/ por Eduardo García Fernández /
La primera vez que vi la película El nadador (The swimmer, 1968), de Frank Perry, me cautivó, y quise saber más sobre ella. Me sorprendió averiguar que estaba basada en un relato de no más de veinte páginas («The swimmer») del escritor norteamericano John Cheever (Massachusetts, 1912-Nueva York, 1982). Este relato es uno de los más célebres de Cheever y fue publicado en la revista The New Yorker en 1964. Está considerado una obra maestra de la literatura contemporánea, en la que Cheever creó la más imborrable alegoría del fracaso que he leído nunca.
El argumento de la película es sencillo: en una zona residencial de clase alta de los suburbios de Connecticut, en los años sesenta, Ned Merrill, el protagonista, magníficamente interpretado por un Burt Lancaster en plena forma física y con una sonrisa devastadora, decide atravesar el condado nadando de piscina en piscina los trece kilómetros que van desde la casa de los primeros amigos con los que se encuentra hasta llegar a la suya, donde probablemente se encuentren sus cuatro hijas jugando al tenis. La película arranca con una cámara subjetiva: se oyen unos pasos en un pequeño bosque en el que se ven una serie de animales: un conejo, un ciervo, un búho y el detalle de una hoja que se desprende y cae en una pequeña charca; después, a vista de pájaro, se ve avanzando por ese espacio al protagonista en bañador que se adentra en la primera piscina lanzándose de cabeza y nadando a crol con gran soltura. A continuación, sin mediar ningún diálogo, alguien le acerca una ginebra y bebe el primer trago dentro de la piscina.
La película nos va mostrando poco a poco que esa odisea juguetona de ir de piscina a piscina nadando está destinada a servirle de himno al propio esplendor del protagonista, porque Ned Merrill esa mañana se siente exultante de energía y quiere disfrutar de un día de verano nadando. Sin embargo, a medida que avanza la narración, vamos conociendo, a través de las personas con las que se encuentra Ned, que no todo es tan maravilloso en su vida, ni todo brilla como su sonrisa, sino que, de un modo suave —podríamos decir que subrepticiamente—, el espectador va descubriendo las sombras y oscuridades del protagonista, y ahí reside el gran encanto de la película, que sabe hacerlo con arte. Es aquí donde relato y película convergen, pues hasta el mismo final nada es lo que parece, como quería mostrarnos Cheever, gran crítico de la clase social alta norteamericana de los años sesenta, pues ¿qué mejor escenario que las piscinas como símbolo del triunfo social? Tanto es así que más de cincuenta años después, en la actualidad, todavía es vigente la piscina particular en los chalets o casas como símbolo de estatus, y de ahí la vigencia de esta película, convertida en obra de culto —estatus que el tiempo no ha hecho sino acrecentar— por la originalidad de su propuesta, por demostrar que uno de los mejores relatos cortos de la literatura norteamericana podía tener una más que digna traslación al cine y por erigirse en una de las grandes alegorías sobre la angustia del ser humano contemporáneo, aquella que paradójicamente surge del bienestar material.
A pesar de las grandes brazadas que da Ned Merrill, no pude evitar verlo como una hoja flotando en un río llevada por los acontecimientos que vamos descubriendo a lo largo de la película; pues el vigor, como si de la clorofila de una hoja en pleno verdor se tratase, va perdiendo poco a poco esa fuerza a medida que pasa por las sucesivas piscinas y convirtiéndose en una hoja seca casi incapaz de mantenerse a flote: en las últimas piscinas, Ned apenas tiene fuerzas para nadar. Y al final, la lluvia de la tormenta parece arrastrarlo hasta su antigua casa.
Resulta muy ilustrativa la conversación que mantiene con su amante Shirley (Janice Rule), en la que Ned dice:
—Nada ha sido como yo esperaba en la vida. De niño, yo creía en las cosas, todo el mundo parecía tan feliz, de niño todo el mundo se quería, ¿qué ha pasado?
Shirley le contesta:
—Que te echaron del cuarto de juegos, eso es lo que ha pasado.
—Mi madre me daba veinticinco céntimos por segar el prado, parece que solamente hace un minuto (aquí la expresión de desolación en el rostro de Burt Lancaster es magnífica), aún noto el olor de la hierba, pasa todo tan deprisa (lo dice bajando la cabeza y moviéndola a ambos lados como no entendiendo cómo es posible que todo pase tan deprisa; Burt Lancaster consigue ahondar más en la desolación), todo el mundo crece y luego… todos hemos de morir, es absurdo, ¿no crees?
Shirley le contesta:
—A veces sí… a veces a las tres de la mañana.
La angustia del paso del tiempo no solo queda magníficamente subrayada aquí, sino que a lo largo de la película está presente en múltiples situaciones, como cuando se encuentra con la antigua niñera de sus hijas, ahora convertida en una joven, y se da cuenta una vez más de lo rápido que pasa la vida. Además de estos aciertos, la película es muy moderna, pues muestra cómo esta niñera ha conocido a su actual novio a través de unos ordenadores que la emparejaron, algo que resulta sorprendente para el año 1968.
No podía escogerse un Ned Merrill mejor que Burt Lancaster, que recibió clases de natación para mejorar su crol y que, en bañador de principio a fin, es capaz de mostrar un personaje tan lleno de matices y emociones como los colores que adquieren las aguas de las piscinas que atraviesa: un hombre-niño que solo quiere nadar a través de las piscinas de sus vecinos y, de paso, tomarse alguna copa, pero que poco a poco se va mostrando como un náufrago en el río de la vida.

Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.
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