/ un artículo de Rodolfo Elías /
En 1998, publicaron en Ciudad Juárez la novela Mujer alabastrina, de Víctor Bartoli. El libro causó revuelo por el hecho de que después lo hicieron película. La adaptación estuvo a cargo ni más ni menos que de Vicente Leñero, el conocido novelista y guionista mexicano. Una entrada estelar que prometía mucho.
Durante la publicación de la novela y el subsecuente estreno de la película, en 2006, yo me encontraba lejos de la región. Pero hasta donde estaba me alcanzó la fanfarria. En una visita que hice a Juárez conseguí la novela y desde un principio supe que era mala, por eso no le di mucha importancia. De todos modos conservé el libro, más que nada como referencia, por el solo hecho de ser de un autor juarense.
Fue cuando Yves Figueroa, dueño de la Librería Anticuaria Juárez, me habló de hacer una conversación acerca de Mujer alabastrina para su canal cultural Club Dumas, que saqué la novela para leerla. Quedé horrorizado; la peor basura literaria que haya leído en mi vida. Y el horror producido es más que nada por el hecho de ser ofensiva en gran medida, por su clara misoginia y la forma en que trata algunos asuntos de alta sensibilidad e importancia.
De hecho, Mujer alabastrina es mala en todos los aspectos: como literatura, como referente histórico, como documento sociológico y como artículo recreativo. La película también es un bodrio, a pesar de la adaptación de Vicente Leñero. Hay una película, El callejón de los milagros, que pienso yo es una de las mejores películas mexicanas de todos los tiempos y una de las más bellas que he visto en mi vida. Basada en una novela —Zuqāq al-Midaq— de Naguib Mahfuz, malísima, que fue elevada al rango de obra maestra con el guion de Leñero y la dirección magistral de Jorge Fons. Pero a Mujer alabastrina ni Vicente Leñero la pudo salvar.
La primera falla de la novela está en la primera línea, cuando la Güera, la Chuya y la Cata, las tres protagonistas, entran al salón de baile Hawaian Club y se oye «La pollera colorá». En el tiempo del que el autor está hablando, en los salones de baile de moda ya no se escuchaba «La pollera colorá». Eran los tiempos en Juárez de la Sonora Dinamita y Fito Olivares. Ahí ya está autodescalificándose como referente histórico.
Para rematar lo anterior, al final del primer capítulo Bartoli habla de cómo los viernes las mujeres tenían su ritual de aseo personal, parte del cual consistía en lavarse las axilas —sobacos, dice él, de una forma denigrante— con jabón Fab, cepillarse los dientes con bicarbonato de sodio y pedirle prestada una falda limpia a la vecina. Aquí Bartoli está esquematizando sin ton ni son, sin conocer bien sus referentes. Porque las tres mujeres trabajaban en maquiladora y las maquilas tuvieron su auge, que venía con una cultura de bonanza, del orgullo de trabajar y vivir con cierto decoro. Había una dignidad, un «estatus» en ello.
Una forma de mostrar ese estatus era comprándose ropa, perfumes, maquillajes y todo tipo de afeites. Los productos Fuller estaban de moda. Muy lejos habían quedado los días del bicarbonato de sodio y el jabón Fab. Las mujeres de las maquilas salían los viernes a adueñarse de la noche, dressed to kill: bien bañadas, bien peinadas, bien maquilladas y bien vestidas, aunque fuera con ropa barata o marcas de imitación.
Otras fallas increíbles de la novela están en la sintaxis, los diálogos y la descripción de los personajes. Los párrafos están mal construidos y no hay una secuencia delineada, porque los tiempos se saltean y rebotan de una forma caótica. Y esto último no sucede por una forma de sofisticación literaria o efecto buscado del autor; simplemente, porque no sabía lo que estaba haciendo. Los diálogos son confusos y mal logrados, y el uso del lenguaje coloquial acartonado, por la falta de familiaridad personal del autor con los coloquialismos regionales.
Hay un diálogo donde la Chuya dice: «Yo todavía creiba que la luna era de queso». Y también usa la palabra endina. En el norte de México la gente no dice, ni decía en ese tiempo, creiba. Tampoco se usaba la palabra endina. Bartoli debe haberlas sacado del cine del Indio Fernández, de la literatura costumbrista o de gente proveniente del sur de México que él probablemente conoció. En su novela La región más transparente, Carlos Fuentes se fusiló los diálogos de algunas películas, sobre todo en los diálogos de las clases bajas. Así, las películas de Pepe el Toro —con Pedro Infante— le dieron la base para los diálogos del personaje Ixca Cienfuegos con su gente.
En otra parte, la misma Chuya habla como los personajes de la película María Candelaria, cuando dice: «Ah, pero los gringos no me volvieron a jallar porque antes que se cumpliera la semana me apalabré con Candelario pa’ que me prestara un cuarto que hizo allá por El Río Escondido», casi como si fuera un guiño de ojo. En sus diálogos, Bartoli también quiere meter todas las palabras del argot local y toda clase de vulgaridades, aunque no vengan al caso. Abusa del lenguaje soez y términos fuera de contexto, de lo cual no doy ejemplos aquí porque sería de mal gusto.
Cuando describe a algunos personajes, es muy consistente en su forma ignorante y simplona de percibirlos. Como el Nano, personaje al que describe con «pantalones guangos, una chamarra del armi, verde bandera; además, un paliacate rojo en la frente». El paliacate es del cine mexicano de los años cuarenta; en Juárez, la gente dice pañuelo. Y toda la descripción de la indumentaria está completamente descuadrada, porque así no vestiría un personaje como el Nano. Para cualquiera que en verdad conozca, a los pantalones guangos les llamará Dickies; cualquiera sabía eso en aquellos tiempos. Es como al describir unos jeans de la marca Levi’s; lo único que se necesita es nombrarlos por la marca y la gente entenderá a lo que se está aludiendo.
También habla de «lisas vaqueras de cuadros». Un joven como el Nano no se pondría Dickies con camisa vaquera. A lo que Bartoli llama «lisas vaqueras de cuadros» son las camisas de franela —de cuadros— que usaban los llamados cholos, descendientes de los zoot suiters de California, en los setenta y ochenta; esas camisas sí iban bien con los Dickies.
Un escritor es un observador de la vida, del tiempo y de la gente con sus interacciones humanas, gestos, palabras, actitudes. Yo de niño observaba mucho a los adultos, y hasta la fecha uso sus palabras y sus expresiones. Tengo gestos y actitudes que les aprendí a adultos hace cincuenta años. De hecho, aún sigo sacando personajes de ahí para mis cuentos. Desde luego que no estoy tratando de decir que eso me hace un buen escritor. Pero de ahí viene en gran parte el conocimiento de causa al escribir.
Víctor Bartoli no escribe como un escritor, porque no piensa como escritor. Escribe como un aficionado, como un wannabe. Pero hay muchas deficiencias más en Mujer alabastrina, aparte de las que he mencionado: la demografía, las atmósferas y los contextos cuatrapeados. Lo que recuerda las primeras novelas del icono de la narconovela Élmer Mendoza. Tampoco Élmer Mendoza pensaba como escritor; y para saber eso bastaba con ver una entrevista de él. Como yo no leo a Mendoza, no sé cómo ande ahora. Me imagino que mejor, porque tiene mucho asesoramiento.
En el capítulo cinco, la Güera menciona que su tío Dolores se cambió el nombre por el de Isaías, después de convertirse a la religión Testigos de Jehová. Y cuenta que el tío lleva a unas mujeres con pañoletas a su casa y le dice: «Arrepiéntete de los pecados que hicistes en esta vida, hermana», mientras le pone la mano en la frente. Las mujeres que lo acompañan lloran, «como si estuvieran locas». Para empezar, los Testigos de Jehová no dicen hermano o hermana, ni mucho menos hablan del pecado, porque son unos de los más liberales. Simplemente instan a la gente a leer la Biblia, sin ningún mensaje de moralidad. Y las mujeres no usan pañoletas cuando tocan puertas para hablar con la gente, ni lloran como locas para pedirte que «te arrepientas de tus pecados».
Bartoli explota un sensacionalismo exagerado y vulgar, creado con hechos exaltados, diseñados para producir en el lector un efecto de azoro, escándalo o admiración. Hechos que, por otro lado, son huecos, falseados y manipulados. Abusa de un costumbrismo de cartón, pintoresquista. Su afán exagerado de sensacionalizar es el único rasgo periodístico que percibo en Bartoli, solo que su obra carece de los rasgos documentales e investigativos propios del buen periodismo. El bestseller mexicano Luis Spota también abusaba de un costumbrismo acartonado. Pero hasta en sus peores momentos de costumbrismo mal logrado, Spota exhibe la influencia del periodismo documental. Además de tener muchos más recursos lingüísticos.
También las peripecias son exageradas. Y pasan una tras otra, sin darle un respiro al lector. A veces pudiera uno pensar en la novela picaresca; una picaresca femenina, en este caso. Pero uno de los rasgos más característicos de la picaresca es el ingenio, y Mujer alabastrina carece totalmente de él. Bartoli carece de los tres elementos esenciales del escritor: conocimiento de causa, propósito y dominio del idioma.
Pero el rasgo más fuerte es su forma de denigrar a la mujer (irónicamente, el autor dedica la novela a su madre). Y aunque es ofensivo de por sí, es exacerbado por su forma despectiva de hablar de Meche, uno de los personajes, que acaba formando parte de las desaparecidas de Juárez. No puede uno evitar pensar que acaso la novela sea una especie de vendetta contra la mujer o que Víctor Bartoli está reforzando alguna agenda de los que le publicaron su libraco. No olvidemos que entonces había altos intereses en justificar muchas de las deficiencias del gobierno y las autoridades, por la falta de esclarecimiento y respuestas a la desaparición de mujeres.
Esto es lo que el periodista y escritor juarense Willivaldo Delgadillo escribió en su artículo «Francisco Barrio: el cinismo y el olvido», publicado el 24 de enero de 2015 en La Jornada: «Barrio fue gobernador de Chihuahua entre 1992 y 1998, años en que cundió la violencia relacionada con el narcotráfico, generando numerosas desapariciones de personas, muchas de ellas mujeres jóvenes. Durante ese periodo el feminicidio se convirtió en un problema endémico al que Barrio respondió con escasa sensibilidad. Hizo comentarios moralinos tendientes a incriminar a las víctimas; sugirió que se trataba de prostitutas o de niñas descuidadas por sus familias. El aparato judicial de su gobierno actuó con ineficacia y negligencia». En su librejo, Víctor Bartoli asegunda los comentarios de Barrio.
El pasaje donde se describe la debacle de la Chuya con su galán Natalio es un buen ejemplo de cómo Bartoli enfatiza la condición biológica de la mujer de una forma morbosa y degradante. En los diálogos objetiviza a la mujer, sin que esta se pueda reivindicar. De hecho, la forma en que el autor trata a sus personajes femeninos ni siquiera está diseñada para dar lástima, sino más bien asco. Muy contrario a lo que dice la letra de la canción «Mujer», de Agustín Lara, de donde fue sacado el título. Mujer alabastrina parece tener el propósito fundamental de degradar a la mujer. Su forma de vivir la vida y llevar sus relaciones humanas habla de una barbarie de otro siglo y otro hábitat. Las interacciones de las cuatro mujeres con la gente, especialmente con su familia, son agresivas verbal y emocionalmente; y a veces pasan también a lo físico. Toda la trama es hostilidad y violencia.
Parte de saber contar una buena historia es tener personajes entrañables, aunque algunos de esos personajes sean villanos; Mujer alabastrina no tiene ninguno. En su trato con los hombres, las mujeres nunca ponen límites. Hay una clara intención de querer hacerlas ver como unos seres sin dignidad ni amor propio, que no se respetan a sí mismas. Es imposible simpatizar con ellas así como nos las presentan. Están diseñadas para desagradar o producir aversión.
Hay un pasaje donde la Güera entra en una situación incestuosa con otro de sus tíos, Emiliano, cuando ella aún estaba en la primaria. A veces se excita y platica esto como si fuera algo muy natural. Luego nos habla de otro encuentro igual o más aparatoso que los de la niñez, cuando ella ya es una joven y pasa la noche en un hotel con el mismo tío Emiliano. Y también cuenta esto como si fuera una situación divertida, lo cual la pone como una degenerada.
En otra parte también se nos describen escenas incestuosas de Cata con sus hermanos y su padre. De las cuales Cata habla muy quitada de la pena, minimizándolas completamente, lo cual nos la presenta casi como una ninfómana. Para nada sale Cata bien librada en este episodio. Es como si las protagonistas estuvieran compitiendo entre ellas para ver quién es la más prosaica, vulgar y degenerada.
Y llegamosa la parte donde el autor nos habla extensivamente de Meche, que sería una de las tantas víctimas de las desaparecidas de Juárez en los noventa. Dice la Chuya: «La que si me da mucha lástima, por haberse echado a la perdición su puritito gusto por los recochinos hombres, fue mi prima Meche. Dios me perdone y la guarde en su santo seno… Pero, para mí que fue eso lo que hizo que ella terminara en esa forma en El Lote Bravo». En ocho páginas Bartoli nos describe un gran número de peripecias que Meche pasó con su familia, con diferentes galanes y una serie de embarazos. «En cuanto salía de la casa, le gustaba subirse a los carros que la invitaban», añade la Chuya. Y, para no variar, la cronología entre la edad y la muerte de Meche no encaja.
En la trama continuamente se reafirman mis observaciones anteriores, que la empatía de Víctor Bartoli por las mujeres parece estar completamente fuera de la cuestión. Así como nos las proyecta, ninguna es digna de simpatía; y Meche menos que nadie. Bartoli habla de cuatro mujeres distintas, que son la misma. Cabe señalar aquí que las muchachas desaparecidas en Juárez eran en gran parte maquiladoras. Y al hablar así como habla de ellas, con tal saña, el autor las revictimiza, las deshonra. Como cuando habla de la odisea que vive la familia de la Güera para que empiece a trabajar, por ejemplo.
En esa parte también se muestra, otra vez, el desconocimiento de Bartoli del habla popular, a pesar de que usa frases de su época. Como cuando la Güera dice «desde que yo tenía razón», en vez de desde que yo tenía uso de razón. Y uno se lo podría atribuir a la ignorancia de la Güera, pero en otra parte la Chuya dice «desde que tengo razón». A propósito, en esa parte la Güera también se suelta hablando de una forma prodigiosa, à la García Márquez, en un galimatías que involucra a la abuela Fátima y al tío Emiliano. Haciendo despliegue de un pretendido realismo mágico, chabacano y de mal gusto, que está completamente fuera de lugar.
Ahora, mi comentario de Mujer alabastrina es la reacción al leer algo sin calidad y con tan bajos estándares literarios, que además denigra a la mujer y carece completamente de humanidad. Se tiene que decir algo, porque la mediocridad está a la orden del día y es exaltada por la gente sin escrúpulos. No se necesita mucha capacidad de apreciación literaria para saber que Mujer alabastrina es una novela mediocre; solo se necesita sensibilidad, honestidad y un poco de buen juicio.
Se ve claramente que una de las razones por las que Víctor Bartoli vio su novela publicada —y hecha película— fue por ciertas afiliaciones (que se insinúan en la película). Y por su ataque a la mujer juarense, que iba en contexto con la narrativa oficial. Pero aun así hubo aquellos que, tras la muerte de Bartoli, hablaban de él como si hubiera sido el gran autor incomprendido y olvidado que debió haber gozado de un reconocimiento mucho más grande.
Víctor Bartoli era un gran desconocedor de la cultura popular y eso lo inhabilitó como escritor, porque no tiene sus referentes bien definidos. Desconocía cosas que son de conocimiento general (música popular de determinadas épocas, indumentaria típica de ciertos grupos sociales, expresiones y modismos, lugares conocidos, etc.), a pesar de haber crecido durante una época (años sesenta, setenta y ochenta) de mucho auge en la cultura popular. Aun así, él se sentía como una especie de vocero de su tiempo.
En una entrevista que le hicieron, le preguntan que cómo había logrado reproducir el lenguaje que se escucha en su novela, que si pensó en personas de alguna zona específica de Ciudad Juárez. Bartoli contesta de una forma categórica: «No, ciertamente… Porque nací con él, en mi boca». A la pregunta de que cuál era el mensaje de su novela, contesta con la misma prestancia: «Quizá logre convencer a los académicos norteamericanos de que la novela no es un artículo de entretenimiento sino que tiene una función social más precisa, además de ser capaz de aportar una visión de su momento histórico». Hum.

Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica y Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.
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