/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
Leopoldo Alas, Clarín, es un escritor que todavía resulta paradójico para cualquiera que se adentre en su obra. Y es que, hasta fechas relativamente recientes, solía considerársele autor de dos novelas, especialmente de La Regenta, y de algunos cuentos; un escritor de obra exigua, acorde con su vida corta. Sin embargo, nada más alejado de la realidad que esa cómoda etiqueta pseudoacadémica con la que se despachaba al arrinconado Clarín no solo en los libros de texto, cuando se le citaba, sino también entre lectores y algún que otro crítico de los que se consideraban especializados en los autores del realismo español del siglo xix.
Por eso no deja de producir cierta perplejidad que la obra del hacedor de Guimarán resulte, para cualquiera que transite por sus páginas, un dédalo casi insondable. A su producción narrativa hay que añadir una ingente labor periodística y crítica, artículos, ensayos, cuentos, folletos, discursos, traducciones, cartas y textos de muy diversa naturaleza que desbordan ampliamente la imagen escolar del novelista de La Regenta.
Leopoldo Alas no dejó de escribir prácticamente un solo día de su vida; por eso su obra oculta, o menos transitada por los lectores, ocasiona una admirativa impotencia en todo aquel que se sumerja en sus páginas. Esa dimensión y vastedad de su obra quizá sea la principal causa de que todavía no exista una clara categorización de ella ni de su poliédrica personalidad intelectual.
Clarín fue novelista, cuentista, crítico, periodista, profesor, polemista y lector voraz; pero, sobre todo, fue un escritor que hizo de la escritura una forma permanente de intervención en su tiempo. Su obra no puede entenderse como una sucesión de piezas aisladas, sino como un vasto taller en el que literatura, crítica, pensamiento y periodismo se entreveran continuamente.
Jean-François Botrel, egregio hispanista francés, dedicó buena parte de su actividad investigadora a sopesar, medir y delimitar la obra de Clarín como si fuera la de un vasto continente, por lo que puede considerársele, con toda justicia, el mayor explorador de la obra clariniana o, al menos, el que ha llegado más lejos, el primero que ha alcanzado el Finisterre clariniano. Esa inmersión y cercanía permanente en la obra del autor de El gallo de Sócrates hace que Botrel también sea quien mejor ha analizado la compleja personalidad de Leopoldo Alas, quien más ha profundizado, Clarín adentro, en su tarea de escribir y crear.
Botrel es el agrimensor de la obra del hacedor de Guimarán, al que todos acudimos cuando tratamos de descomponer en cifras el palimpsesto clariniano. En el prólogo de su libro Escribir y crear: Clarín adentro, ya nos da unas precisas coordenadas de la obra clariniana, de su incesante creación y escritura:
«[…] son prueba “los miles de versos y versos de su niñez”, las docenas de obras dramáticas o líricas no todas “herméticamente quemadas” o los cincuenta y pico números de Juan Ruiz, el periodiquito de su adolescencia, los poco menos que noventa artículos al año que produjo de 1875 a 1901, con puntas de más de ciento cincuenta, sus dos novelas publicadas en vida (La Regenta y Su único hijo) y sus ciento y cuarenta y pico cuentos, sus Folletos literarios, sus múltiples ensayos y/o discursos, sus traducciones, etc., equivalentes a más de 37 millones de letras de molde, en total».
Pero Botrel no se limita a realizar una cuantificación estadística de la obra de Clarín, sino que su prospección llega hasta los últimos resortes creativos del hacedor de Guimarán, como demuestra en sus investigaciones, por lo que su desglose cuantitativo no deja de ser una consecuencia indirecta de su perspicaz indagación. Botrel es quizá el primer investigador que aborda la obra de Clarín desde una perspectiva global, como el gran intelectual europeo que emana de su obra, tanto narrativa —novelas, cuentos—, periodística —Paliques, crítica literaria— como de su obra fáctica —cartas, conferencias— e incluso no nata, como Bárbara. El redentor, Papa o Dios, o de la que solo quedan principios o fragmentos, como sucede con su proyecto más antiguo, Juanito Reseco. Ello hace que su acercamiento al autor de La Regenta y de Pipá nos muestre al escritor total, evitando las sinécdoques investigadoras con las que se suele abordar la obra de Clarín, unas veces como autor de La Regenta y otras, como cuentista, como periodista y crítico literario, como si cada una de estas facetas literarias fuese una unidad separada, pero capaz de explicar en sí misma el conjunto de la obra clariniana. En este caso, las partes no son el todo, sino que configuran o prefiguran un todo que todavía no ha llegado a concretarse, ya que Clarín, como desvelan las investigaciones de Botrel, no se acomoda a las reduccionistas etiquetas con las que la historiografía suele sistematizarlo.
Gracias a esta dedicación investigadora, Botrel no solo ha podido rescatar algunos manuscritos perdidos, sino también exhumar algunos de sus primeros cuentos, como «Estilicón» y «Post Prandium (Cuento trascendental)»; y, sobre todo, conocer y estudiar cómo componía y escribía Clarín, no solo sus obras de ficción, sino su inmensa producción fáctica, así como aquella en la que la realidad y la ficción se entreveran.
Botrel es quien mejor ha estudiado cómo creaba y escribía el hacedor de Guimarán. Casi podría decirse, sin forzar demasiado la imaginación, que estuvo sentado al lado de Clarín viendo cómo componía sus obras, ya que son muchas las horas que Botrel ha pasado observando detenidamente, a través de su lupa filológica, cómo escribía Clarín, para analizar, como un entomólogo, su proceso de creación.
Botrel llega a demostrar, siguiendo las cuatro fases señaladas por Pierre-Marc de Biasi, que Clarín trabajaba prácticamente sin «antetextos», lo que quiere decir que escribía directamente sin quedarse, salvo contadísimas excepciones, con el manuscrito:
«La escritura es, pues, una proyección urgente, inmediata o mínimamente mediatizada, en la forma impresa: periódico o libro, con o sin corrección de pruebas de imprenta, y nadie puede razonablemente imaginar que, para La Regenta o Su único hijo, se encuentre algo parecido a los 75 “cahiers de brouillon” y cuatro “carnets de note” que acompañaron y sirvieron a la génesis de À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust».
Clarín, más que autor de mapa o de brújula, siguiendo la distinción que hizo célebre Javier Marías, es un autor que no confecciona su obra por escrito, que confía a su memoria la reconstrucción mental, en ocasiones durante años, de la trama general de sus obras. No obstante, cuando las vierte directamente en el papel, generalmente cuando ya las tiene comprometidas a un editor o impresor, se deja llevar en ocasiones por los meandros de la escritura —como evidencian los dos volúmenes de la primera edición de La Regenta—, por lo que las correcciones y modificaciones las realiza habitualmente en las pruebas previas a la impresión definitiva: «Las primeras pruebas las considera Clarín como una especie de copia impresa pasada en limpio de su original, lugar imprescindible para establecer un diálogo con su propio texto».
Clarín, como indica Botrel, fue un escritor poco valorado por sus coetáneos, que lo consideraban sobre todo un crítico literario pro causa eorum. En esta dolorosa postergación como escritor tal vez se encuentre, como compensación, su enfermiza propensión a convertir cualquiera de sus textos en dinero y, aunque en menor cuantía, también sus obras de creación literaria. Esta justificación compensadora de su frustrada actividad literaria estaba solapada bajo el interés mayor que Clarín proclamaba a los cuatro vientos: el de defender los garbanzos de sus hijos.
Además de las razones literarias esgrimidas, Clarín también defendía su condición de intelectual y, por lo tanto, su visión del mundo y su independencia crítica, que lo llevó a ejercer, para imponer su criterio, una deliberada combatividad como táctica y, como señala Botrel, «acaso también como manera de ser, que en algún momento pudo ser percibida como agresividad».
Pero Botrel llega a realizar la descripción más perturbadora de Clarín al ir más allá de los tópicos y los lugares comunes que sobre el autor se han venido repitiendo a lo largo del tiempo, algunos incluso para perfilarle una especie de leyenda negra:
«Podríamos preguntarnos si el seudónimo Clarín no llega a ser un verdadero heterónimo, sintomático del perpetuo desdoblamiento entre el escritor público, seguro y dominador hasta en el desprecio, y el hombre, humanamente frágil e hipersensible que, en momentos de crisis, no puede sostener el personaje social detrás del cual se refugia y tiene que crear otros personajes literarios como catarsis para sus continuas tensiones y búsquedas de solución para sus profundos desequilibrios».
Botrel reúne en Escribir y crear: Clarín adentro ocho trabajos sobre el hacedor de Guimarán, que adquieren otro significado al conformar, en su connotación, un libro nuevo, que muestra en su crudeza los interiores ahumados de Clarín y también la inagotable fuente de donde emana su deslumbrante creatividad.
Botrel nos muestra en este libro el taller de Clarín, un espacio recóndito y casi secreto, en el que podemos sentir, en su quehacer creativo, al hacedor de Guimarán. Llave que generosamente ofrece al lector el mayor agrimensor de su obra.
Gracias al libro de Jean-François Botrel, lo sabemos (o lo recordamos) todo en lo que atañe a la manera de escribir de Clarín.

Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.
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