/ por Pablo Batalla Cueto /
No he leído el Quijote. En algún momento me avergonzó esta negligencia cultural mía. Más aún el no estar seguro de ser honesto si añado el adverbio «todavía». Todavía no he leído el Quijote, ¿lo leeré algún día? Quiero pensar que sí. Pero no estoy seguro. Tal vez nunca llegue a leer el Quijote.
Álvaro me ha contado muchas veces que, en el Colegio de la Inmaculada de los años sesenta —los jesuitas de Gijón— dedicaban una hora semanal a una lectura colectiva del Quijote: cada alumno, por turnos, una frase, un párrafo. Él lo recuerda como una disciplina agradable y doblemente provechosa: aprender a declamar y llegar a la adolescencia sin avergonzarse, como yo, de no haber leído la novela por excelencia. Cree en el canon y su importancia. Considera que haber perdido esa disciplina cultural es uno de los muchos despeñamientos pedagógicos de mi generación y las siguientes. A veces estoy de acuerdo con él, y a veces no. Le doy la razón en que la LOGSE nos hizo más incultos, peor armados intelectualmente. Las nuevas pedagogías erguidas frente al modelo clásico de la clase magistral y memorística trajeron transformaciones necesarias, pero extraviaron algunas cosas que eran importantes. Lo de tirar al niño con el agua sucia. Y las consecuencias se ven ahora, en este momento de atolondramiento civilizatorio, desilustración rampante y asalto generalizado a la razón: conspiranoia, fascismo, etcétera. Pero no creo en el canon, ni en los libros obligatorios.
Yo tuve profesores de lengua que nos imponían lecturas concretas. Recuerdo con frustración la obligación de leer La Celestina, un libro que en aquel momento ni entendí, ni disfruté, y al que le agarré tirria para siempre. Y en cambio recuerdo complacido a dos profesoras que siguieron otra estrategia. Una de ellas —lamento no recordar el nombre— no nos imponía una lectura concreta obligatoria, sino que componía, al principio del curso, una lista consensuada con nosotros. Cada cual proponía un libro, ella podía validarlo o no, añadía cuatro o cinco por su parte y de esos veintitantos escogíamos el que quisiéramos. Que podía ser el Quijote, La Celestina, el diario de Ana Frank o El Señor de los Anillos. Recuerdo cuál leí yo: Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, que había leído de una colección de grandes aventuras en formato bolsillo que había en casa. Las cubiertas eran rojas, con un dibujo bonito y barroco en la portada y una bolita del mundo en el lomo.
El caso de la otra profesora —cuyo nombre sí recuerdo: Berenice Pita— fue más singular. No se podía decir que fuera buena profesora. Desorganizada, caótica y perezosa, se resistía a darnos las clases que debía. Pero era una absoluta apasionada de La Regenta, y se tiró semanas hablándonos de la novela de Clarín en profundidad, sin ahorrarse ningún espóiler, con pasión contagiosa que hizo que yo al menos me siga sabiendo al dedillo La Regenta, sin tampoco haberla leído. Veo como si lo hubiera visto físicamente a Fermín de Pas en la torre de la catedral, contemplando a los transeúntes de la plaza hormiguear abajo. Berenice lo recreaba con una viveza que nos dejaba las escenas grabadas en la cabeza mejor que cualquier lectura.
Con Berenice aprendí, sin saber que lo estaba aprendiendo, que a los clásicos se los puede leer sin leerlos; que al canon no se le puede dar esquinazo así como así; que él te persigue y, aunque tú te creas más rápido, siempre acaba prendiéndote, como el Quijote al bachiller Alonso López (le he pedido a la IA un ejemplo del Quijote agarrando a alguien, para vestir esto; espero que el bachiller no se llamara Antonio Pérez o que no fuera bachiller, sino que solo tuviera la ESO o un módulo de ebanistería). Volveré más tarde sobre eso. Antes, déjeme el lector marcar algo de paquete, con perdón; largarle el párrafo largo de vanidad bibliográfica. No me he leído el Quijote, ni La Regenta, pero tampoco he pasado por completo del canon. Nunca me he emocionado tanto con un libro como con Los miserables, el único que ha conseguido hacerme llorar, efecto que, por lo demás, solo han logrado en mí algunas películas. Me absorbió El conde de Montecristo. Al adolescente moñas que yo era le cautivaba Pablo Neruda. Me fascinó La conquista del reino de Maya, de Ganivet: otro libro de la colección aquella de grandes aventuras. Me impactó La familia de Pascual Duarte, aunque Cela fuera gilipollas, disfruté como un enano de El retrato de Dorian Gray, y me encantó la trilogía barojiana de La lucha por la vida. Me vetaron la entrada a la Sociedad Tolkien Española porque era un ringer, alguien que había visto la película antes de leer el libro. Y me pareció injusto, porque me había vuelto tan tolkiendili que mi libro preferido no era uno de los peliculeros, sino El Silmarillion, y me había comprado la Enciclopedia de la Tierra Media yel atlas de Karen Wynn Fonstad, y con un par de amigos, Fer y Pela, nos habíamos puesto a aprender quenya. Me resultaron pesados Crimen y castigo y Guerra y paz, pero hice de tripas corazón y me los leí enteros. Me dejaron frío La cartuja de Parma y Madame Bovary —pero me gustó mucho La educación sentimental—y, pese a todo, también me los acabé, cosa que no hice con El Don apacible, que sin embargo me estaba gustando.
En cambio me he leído unas cosas rarísimas: una novela de Stefan Popa sobre la decadencia de la lengua arrumana, una novelita boliviana sobre unas huelgas mineras de hace un siglo, la indeciblemente cursi Altar mayor de Concha Espina, que no me gustó, pero que me dejó grabada en la cabeza esta descripción de los Picos de Europa que recito de memoria, «Un inmenso oleaje de piedra, engreído hacia Dios». O Los cruzados de Sienkiewicz en una tosquísima edición cubana de tapas blancas, papel que casi se deshacía en las manos y pintoresca traducción (Jurand de Spychow por Yurando de Espichovo y así), la única al español que pudo encontrar mi amigo Czesław Ratka, que quería regalármela. Y que luego me mandó también una cinta de vídeo con la película polaca, por supuesto sin subtitular, lo que no me impidió verla entera y disfrutarla, aunque no entendiera una palabra.
De todos los libros célebres que sé que me gustarían, pero no he leído aún, algo dentro de mí me ha dicho siempre que todavía era el momento. Yo que sé por qué no lo era, pero no lo era. Y me ha pasado, con otros libros y autores que postergué a sabiendas, que cuando por fin me puse con ellos, noté que la espera había sido una decisión correcta. Disfrutaba cosas y pasajes, porque las entendía, que en otro momento no hubiera disfrutado, porque no las hubiera entendido. Me pasó con Chirbes, sé que me pasará con Javier Marías, a quien llevo una década queriendo leer y postergando. También estoy postergando La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa, que sé que me encantará porque lo tiene todo para encantarme: selva, milenarismo, rebeldes alucinados y liminales. Algunos de estos libros en estado de postergación ya los tengo: los compré en su momento y los coloqué en mi biblioteca, sin arrepentirme en ningún momento de haber gastado el dinero en un libro que no me iba a leer. Una biblioteca no tiene por qué ser un conjunto de libros leídos, sino que puede ser un paisaje que no recorres entero, pero que siempre tienes a la vista, y que te la alegra.
Se suele decir que no hay que tener prisa en escribir; que un buen novelista tiene que vivir antes que narrar. Y me parece que pasa lo mismo con la lectura. Es célebre aquello de que Borges (a quien no he leído; sí a Bioy Casares; me gustó, pero no me enamoró) se enorgullecía más de los libros que había leído que de los que había escrito. Desde que yo mismo escribo libros, lo entiendo y lo suscribo. La lectura es una disciplina tan ardua o más que la escritura; escribir es una forma de leer, y leer, una forma de escribir.
Con los clásicos también pasa que, a poca cultura que tengas, los lees sin haberlos leído. No he leído La Regenta, pero me la contó Berenice, y no he leído el Quijote, pero he visto pasar muchas veces por delante de mí al Caballero de la Triste Figura. Primero fue la serie de dibujos aquella de los ochenta («Sanchooo, Quijote. Quijoteee, Sancho»). Luego, las referencias esporádicas que te topas aquí y allá en otras lecturas; los clichés del Quijote: ladran y cabalgamos, con la Iglesia hemos topado, la ínsula Barataria, la playa de Barcino, y por supuesto los molinos que no eran gigantes, y Aldonza que era fea como un demonio pero al Quijote le parecía Scarlett Johansson, y la razón recuperada justo antes de morir, y Unamuno diciendo aquello de que, al final, el Quijote se sanchiza, y Sancho se quijotiza. Al izquierdista también le fue apareciendo el Quijote republicano: la canción de Serrat en el casete del coche, «hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado»; descubrir más tarde que eran unos versos de León Felipe; avistar al Quijote a través de León Felipe a través de Serrat, a quien se podría llegar a través de la versión rockera de Josele Santiago. La radiactividad de los clásicos es tan fuerte que puede atravesar tres y más sarcófagos; brillar y que su brillo nos cautive a través de ellos. E incluso a través de las representaciones del enemigo: el Quijote carlista de Ferrer-Dalmau —qué cuadros tan bonitos pinta este buen vasallo si tuviera buen señor—, el Quijote de Pemán, conmoverse al leer que Manuel Fraga decía y lamentaba no haber sido don Quijote, ni haber ganado la batalla de Pavía. El Quijote puede ser el Quijote, y sus campos los de La Mancha, o ser Breaking Bad y sus desiertos los de Albuquerque, contando esencialmente la misma historia. Alonso Quijano puede llamarse Walter White y cocinar meta, y Sancho Panza llamarse Jesse Pinkman. Cervantes puede llamarse Pierre Menard.
Los clásicos, el canon, puede que sean eso, pueden serlo: un resplandor lejano que uno tiene siempre a la vista y hacia el que puede acudir o no acudir. Se cuenta de Vázquez de Coronado, el descubridor español del Gran Cañón del Colorado, que su búsqueda de las Siete Ciudades de Cíbola por el oeste norteamericano se desencadenó porque alguien había visto a lo lejos unas casas que brillaban de una manera que solo podía significar que fueran de oro macizo. Coronado las buscó, las buscó, descubrió el Gran Cañón mientras las buscaba y, cuando al fin dio con ellas, resultó que no eran de oro, sino del paupérrimo adobe de los indios pueblo, cuyos tonos ocres brillaban, dorados, a lo lejos bajo el sol inclemente del desierto. Supongo que se decepcionó. Pero descubrió el Gran Cañón. Con los clásicos puede pasarnos algo así: los lees por fin después de años de verte perseguido por su sombra y resultan parecerte una mierda, con perdón. A mí me pasó con Guerra y paz, libro que algo tendrá cuando lo bendicen, pero que yo solo recomendaría para calzar una mesa. A la gente le digo que no lea Guerra y paz, sino Vida y destino, de Vasili Grossman, el Guerra y paz del siglo XXI. Ese sí que lo disfruté como un gato en una matanza, aunque sea igual de ambicioso y de prolijo y de monumental. Y sin embargo, cuando me invitaron a presentar en Madrid, con Juan Andrade, su El cielo y las ruinas: guerra, fascismo y revolución en Europa (de 1914 a la guerra de España), empecé diciendo que aquel libro era «una epopeya, un Guerra y paz». No un Vida y destino, un libro que, temáticamente, tiene mucho más que ver con el de Juan.
Macondo sí me pareció hecha de oro y no de adobe cuando leí Cien años de soledad. Pero a veces pasa que el oro resulta ser adobe y, aun así, no dejas de encontrar pepitas por el camino. En una época en que me puse con el Boom, el libro que más me emocionó no fue ninguno de los pichichis del ranking de las ventas —Márquez, Vargas Llosa, etcétera—, sino el Roa Bastos de Hijo de hombre, aquella novela asfixiante y magnética sobre la guerra del Chaco. Y, sobre todo, Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier. Una guerra en la selva y un edén perdido en la selva. Quién sabe por qué me emocionan tanto las selvas, yo que nunca he visitado una ni tengo mayor intención, pero hay algo ahí que me tañe alguna remota cuerda de la guitarra del alma, a la que sin embargo no llegaron el Conrad de Lord Jim, ni la caza de la ballena de Moby Dick. Ahora que me doy cuenta, también hay selva en La conquista del reino de Maya. Y eso me cautiva, pero no me cautiva el mar, a pesar de descender de balleneros reales; al menos cinco siglos —lo he comprobado— de marinos del puerto de Tazones. También detesto el marisco.
Puede ser esa otra virtud de los clásicos: son importantes hasta cuando no te gustan, hasta cuando los detestas, pero los lees forzado por la tiranía del canon. Descubres cosas de ti, te ofrecen un mapa de ti mismo que tal vez sigas sin saber interpretar, pero al menos lo tienes.
Cada época de la vida tiene su afán. Como lector de ensayo pasé los primeros treinta años de mi vida interesándome casi exclusivamente por la edad contemporánea. Me lo leí todo sobre la guerra civil. Hoy no toco un libro sobre la guerra civil ni con los dedos de otro y lo que me gusta es leer sobre civilizaciones antiguas, tema que antes no me llamaba en absoluto. Sobre Alejandro o los persas o los bizantinos o los mongoles: qué maravilla los libros de El Ático de los Libros, qué maravilla los libros sobre Bizancio de Judith Herrin. Pero no porque me haya vuelto un reaccionario, adepto a la épica cipotuda de los destructores de mundos y los mandones continentales, sino por algo que tiene que ver con la evasión. En un mundo que se despeña y que me aterroriza, no quiero leer sobre la edad contemporánea y las raíces inmediatas de ese derrumbe, sino marcharme lejos, a las estepas de Gengis Khan, al paso del Hidaspes, a buscar al Emperador de Mármol bajo el Cuerno de Oro.
Algunos ensayos se leen como novelas (el que leyó No digas nada, de Radden Keefe, lo sabe), y algunas novelas se leen como ensayos, porque te interesa el ambiente, aunque no te interese la trama. Algunas novelas se leen a medias, de algunas lees solo diez páginas, otras las devoras, otras las lees una y otra vez, aunque yo nunca he leído nada dos veces, salvo los tebeos de Tintín, que me leo todos los años. También tengo pendiente ponerme a fondo con la poesía. No sé si tengo la sensibilidad necesaria: leí a Ángel González con devoción y me sé de memoria el poema de «para que yo me llame Ángel González», pero el primero que memoricé —lo recito con un amigo siempre que nos emborrachamos— fue aquel de «ese lugar que tienes, cielito lindo, entre las piernas, es un lugar común: por lo citado y por lo concurrido».
Hay un momento para leer a Arturo Pérez-Reverte y disfrutarlo y que eso te deje el poso que tenga que dejarte, y hay otro para detestarle y reírse muchísimo con el Celebrities de Joaquín Reyes y con aquello de Manuel Rico, que llamaba a don Arturo Bic Cristal (escribe normal), y sin embargo darte cuenta de que en el humus de ti dejó una huella importante la figura del «héroe cansado» revertiano. A un amigo mío le pasa con Joaquín Sabina: ahora le cae gordo (a mí siempre me cayó gordo), pero fue muy sabiniano, y hace un par de meses fue a un concierto suyo medio pidiéndonos un perdón que nosotros no le pedíamos. «¿Qué quies? Ye Sabina». Yo le entendía perfectamente. Reverte me parece un pedante y un cuñao, pero, inconfesablemente, me seguiría gustando que me invitara a su casa, y me enseñara a su biblioteca, y me diera un paseo en barco, y me hablara de Conrad y de la guerra de Eritrea.
Todo ese disparate, toda esa aleatoriedad existencialista, son los libros y sus lectores. Somos así, y es bueno que lo seamos. Hay y habrá siempre un momento para todo. El momento correcto para leer el Quijote pueden ser los quince, cuando uno tenga la cabeza llena de sueños quijotistas, o los ochenta, cuando uno mismo se haya convertido en un Alonso Quijano razonable y melancólico. El Quijote siempre estará ahí y eso también es un clásico: un libro que no va a descatalogarse ni aunque todo estalle en pedazos definitivamente y volvamos a una Edad Media de pequeñas bibliotecas en dispersos monasterios. Quizás lo que haya que leer entonces primordialmente sean los libros que sí pueden descatalogarse, los olvidables, los olvidados, esos que rescata Álvaro Acebes en El Cuaderno, los perecederos, los libros malos o no muy buenos, los contingentes, pero que dan la medida de una época. Un poco eso que dice Žižek de que, para entender una época, valen más las pelis malas que las buenas. La guerra fría es Rocky IV más que El espía que surgió del frío y es Rocky IV la película que hay que ver si quieres entenderla.
Yo, al menos, voy a seguir procrastinando unos años, dedicando el tiempo que podría dedicar a leerme el Quijote a ver Rocky IV por tercera o cuarta vez. O Los anillos de poder, la última serie de televisión ambientada en la Tierra Media. Que me pareció narrativamente mala, pero de la cual me entusiasmó lo que indignaba a otros: los elfos negros, la Galadriel feminista, etcétera. Y estoy completamente seguro de que a Tolkien también le hubiera entusiasmado, porque un clásico —y cuánto sabía él de clásicos— es eso: un libro que se geologiza, que escapa a la tiranía de la caducidad histórica y se vuelve trama mitológica, un cazo en el que todo María Santísima quiere meter la cuchara, sardinas que todo el mundo quiere arrimar a su ascua y que les sirvan para dar la brasa lo mismo al güelfo que al gibelino, al neoespartano que al woke. Todo escritor sueña con eso; con el momento en el que tu libro deja de ser
Miguel de Cervantes Saavedra: El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, Madrid: Juan de la Cuesta, 1605; íd.: Segunda parte del ingenioso cavallero don Quixote de la Mancha, Madrid: Juan de la Cuesta, 1615
y se convierte en
el Quijote,
o deja de ser
John Ronald Reuel Tolkien: The Lord of the Rings, Londres: George Allen & Unwin, 1954–1955, 3 vols.
y se convierte en LOTR, o en ESDLA. Una sigla, un topónimo, un árbol muy viejo o ya un fósil de árbol, y en el cual va creciendo el musgo copioso de la fanfiction. El musgo tolkieniano es la serie de televisión y decirle a alguien que es feo como un orco; el quijotesco es la serie de dibujos, Breaking Bad y la canción aquella de El Reno Renardo, basada en la de la serie de dibujos: «Anchooo cipote, cipoteee ancho». Cervantes, que era un cachondo, tampoco se hubiera enfadado, al contrario. El sueño de un escritor para su obra no es verla embalsamada, sino viva e impredecible, porque, entonces, también él estará vivo; nadie quiere que lo embalsamen. Yo me atrevo a pensar que el Manco de Lepanto hubiera coincidido conmigo en la tirria que les tengo a las casas-museo de escritores. Lo escribí en alguna parte al hilo de la venta de la que fue la casa de Vicente Aleixandre durante cuarenta años, Velintonia, que a muchos indignó, pero que a mí no me quitó el sueño.
No creo en las casas-museo. Pablo Neruda empezó a caerme gordo cuando visité la suya (y eso fue antes de enterarme de su violación a una criada cingalesa o de la hija con hidrocefalia a la que repudió e insultaba). No creo en esa sacralización de los libros y los escritores, ni que sus viviendas sean espacios sagrados que hayan de preservarse intactos a toda costa, ni que las instituciones públicas tengan la obligación de ser anticuarios de la mesa, la cama, el orinal, el cajón de los calzoncillos y el bol de los chococrispis de cada novelista y cada poeta con entrada de enciclopedia. Lo que hay que pedirles es subvenciones para la literatura nueva y el acceso a la vieja, editoriales Quimantú, Fondos de Cultura Económica, bibliotecas de La Pléiade, becas de ayuda a la creación…, y, si hay que hacerle museos a la literatura, mejor uno, no de Cervantes, sino del Quijote, que relate y exponga las mil derivaciones del mito del Caballero de la Triste Figura, y le hable del quijotismo ruso y le exponga el dernier soupir de don Quichotte de Blasco y los dibujos de Doré y hasta los cuadros de Ferrer-Dalmau. De cualquier gran escritor, el mejor museo —el único interesante— es su obra; un templo portátil y reproductible, como el rabino Ben Zakai discurrió que podía ser la Torá después de la destrucción del de Jerusalén. Una sinagoga de la que uno pueda ser devoto, practicante pero poquito, creyente pero no practicante, agnóstico, ateo que tal vez un día se caiga del caballo y se convierta, o tal vez no.
O devoto tan devoto que nunca llegue a entrar al último sanctasanctórum. A mi amigo Ángel le apasiona Alejo Carpentier y se lo ha leído todo, mayor y menor… salvo Los pasos perdidos. Sabe que es el mejor, sabe, por supuesto, que le gustará, pero se niega deliberadamente a leerlo. Dice que, cuando lo haga, ya no habrá más Alejo Carpentier; ya no quedarán zonas oscuras y excitantes en el mapa de la aventura carpentieriana, y que eso le da vértigo. Lo entiendo perfectamente porque percibo a mi vez, por una superstición tan estúpida como arraigada, que esas renuncias prolongan la vida. No te morirás mientras no leas Los pasos perdidos, no vendrá la Parca a por ti mientras no te hayas leído el Quijote: sentada te esperará, impaciente y paciente, a que le quites ese post-it al corcho de lo pendiente. Y cuando se te lleve, se te llevará pasándote el brazo por el hombro con amabilidad, y charlará contigo de camino al otro mundo, y te preguntará qué te pareció el Quijote y te contará que, en las cárceles de Franco, se llegó a prohibir el Quijote, porque los presos cogían ideas. Pero que mucho disfrutó ella vengándolos en noviembre del setenta y cinco, segándole la vida al Comandantín de los cojones sin la guadaña afilada, para que el corte no fuera seco, ni breve la agonía.
Que le den al canon. Pero que no marche lejos. Lo necesitamos cerca, para impugnarlo, para disentir de él, para que sea la Ítaca que nos haga caminar, aunque sea en dirección contraria, y nos haga encontrar por el camino nácar y coral, ámbar y ébano, perfumes sensuales, hermosas mercancías, ciudades egipcias y los emporios de Francia. Que siempre en su montura nos guarde un sitio vacío el Caballero del Honor.
Todo esto es, en fin, una manera de justificarme a mí mismo por no haber leído el Quijote. En realidad, ya me vale.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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