Winding dirt paths through grassy hills at sunset with mountains in the background
> Pensamiento

Las rutas invisibles

Los pájaros no conocen fronteras y desde el espacio tampoco se ven. En este artículo, Ricardo Rodríguez Martín indaga en las fuerzas que empujan a migrar y en por qué la convivencia exige reciprocidad entre quien llega y quien recibe.

/ por Ricardo Rodríguez Martín /

Los pájaros no conocen las fronteras.

Cuando el alimento escasea o cambia la estación, recorren miles de kilómetros siguiendo rutas más antiguas que los mapas. Cruzan mares, montañas y desiertos sin saber que debajo hemos trazado líneas, levantado aduanas y colocado banderas. No migran por ideología ni por ambición. Migran porque la vida los empuja.

Nosotros también.

Desde el espacio no se ven fronteras.

Muchos astronautas han descrito la impresión de contemplar una Tierra sin divisiones visibles. Se distinguen océanos, cordilleras, desiertos y nubes. No aparecen los límites entre países. La geografía permanece. Las fronteras desaparecen.

Y, sin embargo, discutimos por ellas, levantamos muros a su alrededor y las convertimos en motivo de conflicto y de miedo.

La paradoja es que la necesidad que empuja a cruzarlas es mucho más antigua que ellas.

Las ballenas atraviesan océanos, los salmones remontan ríos, las semillas viajan impulsadas por el viento y las aves cruzan continentes. A diferencia de las plantas, que permanecen arraigadas a un lugar, los animales recorren el mundo buscando las condiciones que sostienen la vida.

Los seres humanos también.

Buscamos seguridad, alimento, trabajo, afecto, refugio o futuro.

La migración no es una anomalía de la existencia.

Es una de sus expresiones fundamentales.

Sin embargo, solemos contarla mal.

Hablamos de flujos, porcentajes, cuotas o estadísticas. Mucho menos de las fuerzas que empujan a una persona a abandonar el lugar donde nació.

Porque esas fuerzas rara vez caben en un titular.

Nacen en conflictos históricos, disputas por recursos, estrategias militares, intereses energéticos, acuerdos económicos o decisiones tomadas en despachos que nunca conocerán quienes terminan soportando sus consecuencias.

Las explicaciones suelen envolverse en palabras elevadas: libertad, seguridad, identidad, democracia, religión o civilización. Y todas pueden contener parte de verdad. Pero, una y otra vez, bajo esas palabras aparecen también cuestiones mucho más materiales: el control de minerales, energía, agua, tierras fértiles, rutas comerciales o áreas de influencia.

La geopolítica habla un lenguaje abstracto, pero sus efectos son profundamente concretos: una familia que abandona su hogar, un agricultor que pierde su sustento, un joven que cruza un mar o una madre que emprende un viaje incierto con sus hijos.

Quienes migran casi nunca participan en las decisiones que reorganizan el tablero.

Solo reciben la onda expansiva.

Por eso lugares tan distintos como Ceuta, Gaza, Lesbos, Lampedusa, Ciudad Juárez o las periferias olvidadas de algunas ciudades europeas comparten una semejanza profunda.

En todos ellos, las grandes fuerzas de la historia adquieren un rostro humano.

Lo que desde lejos parece estrategia se convierte, de cerca, en vulnerabilidad.

Pero la frontera no solo pone a prueba a quien llega.

También pone a prueba a quien recibe.

Allí se encuentran dos fragilidades que no deberían convertirse en enemigas: la de quien busca una oportunidad y la de quien teme perder la estabilidad que posee.

Ambas son reales, ambas merecen respeto y ambas están condenadas a entenderse.

Porque las fronteras pueden cruzarse en unas horas.

La convivencia tarda años en construirse.

Ningún barrio se sostiene únicamente sobre derechos. Ninguna comunidad prospera únicamente sobre obligaciones. La convivencia requiere algo más difícil: reciprocidad.

Quien llega debe comprender el lugar al que llega, sus normas, sus costumbres y sus equilibrios.

Quien recibe debe resistir la tentación de convertir al recién llegado en una amenaza abstracta.

La convivencia comienza cuando ambos dejan de verse como extraños y empiezan a reconocerse como vecinos.

Las culturas más fecundas de la historia no nacieron del aislamiento.

Nacieron del encuentro.

Toda lengua contiene palabras llegadas de lejos. Toda ciudad conserva huellas de quienes llegaron antes. Toda identidad es, en alguna medida, el resultado de cruces, mezclas e intercambios que el tiempo terminó convirtiendo en algo propio.

Convivir no significa borrar las diferencias.

Significa aprender a habitarlas.

Tal vez por eso la migración hable menos de fronteras que de esperanza.

Hay personas que encuentran cerca de casa las condiciones necesarias para desarrollar su vida.

Otras no.

Nadie elige dónde nace. Nadie elige las circunstancias económicas, políticas o históricas que lo reciben al llegar al mundo.

Lo que intenta elegir, cuando puede, es dónde construir una vida.

Y tal vez ahí se esconda una verdad más profunda.

Llegamos a este mundo atravesando una primera frontera: el cuerpo de nuestra madre.

Desde entonces no dejamos de movernos.

Atravesamos la frontera entre la infancia y la madurez, entre la ignorancia y el conocimiento, entre el lugar donde hemos estado y aquel hacia el que nos dirigimos.

La vida entera es, en cierto sentido, un desplazamiento.

Los pájaros siguen cruzando continentes sin conocer las líneas que hemos dibujado sobre los mapas.

Desde el espacio tampoco se distinguen.

Solo se ve una pequeña esfera azul suspendida en la oscuridad.

Una esfera llena de seres vivos que buscan, cada uno a su manera, un lugar donde poder seguir respirando.

Quizá la verdadera pregunta no sea por qué la gente se mueve.

Quizá la pregunta sea cómo hemos llegado a olvidar que la vida siempre lo ha hecho.


Ricardo Rodríguez Martín (Madrid, 1983) es ingeniero agrónomo y ha trabajado en España y en la Patagonia argentina en proyectos vinculados al territorio, la sostenibilidad y los procesos de transformación. Cultiva la poesía y el ensayo, con una escritura centrada en la memoria, la percepción y las formas contemporáneas del desarraigo. En ocasiones firma textos literarios bajo el seudónimo Anaxcrundo.


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