Eduardo García evoca los juegos de indios y vaqueros de su juventud en este homenaje a un género del que, más tarde, se enamoraría de las películas, y luego de los libros.
Escribe Pedro Sáez, al hilo de la muerte de Isabel II, acerca de nuestra incapacidad como europeos para darnos cuenta de nuestra propia visión sutilmente imperialista de las cosas.