Escenario

Homenaje al western

Eduardo García evoca los juegos de indios y vaqueros de su juventud en este homenaje a un género del que, más tarde, se enamoraría de las películas, y luego de los libros.

/ por Eduardo García /

Imagen destacada: escena de Asalto y robo de un tren, de 1903, el primer western fílmico de la historia

Crecí viendo películas «del Oeste» que siendo adolescente llamé «de indios y vaqueros», y una vez que terminé de crecer a lo alto, supe que eran westerns.

De niño, en la generación de los nacidos a finales de los años sesenta del pasado siglo, jugar a indios y vaqueros era lo más habitual: uno disparaba, otro se dejaba caer herido o muerto, representábamos e imitábamos lo que veíamos en películas de las que no recordábamos el nombre, pero sí el argumento. Caballos, revólveres, arcos, flechas y una gran abundancia de imaginación cabalgaban nuestros tiernos cuerpos.

Era habitual pedir a los Reyes Magos un revólver con restallones que podían ser de una tira o bien circulares. El caso era tener un revólver, por supuesto con su cartuchera incluida. Desenfundabas como habías visto en tantas películas y apretabas el gatillo mientras los restallones emitían ese sonido tan característico, que, unido al humo y al olor tan particular, hacían que tu cuerpo vibrara de emoción. Creabas tus propias películas, donde o bien administrabas la munición, mientras tu hermano la gastaba de una tacada, o apretabas el gatillo a más no poder y llenabas la habitación de un humo que aún hoy recuerdas. ¡Qué grandes momentos! Era como la vida en verano, que —como dice Carlos Marzal en un poema— es el doble de vida. Era jugar al juego por antonomasia, y una vez que terminabas la munición, reproducías los disparos oídos en las películas, donde un rifle emitía un sonido alargado con un eco entre las rocas. A veces la competición del juego consistía en quién imitaba mejor el disparo de un rifle. Y la imaginación de jugar a indios y vaqueros se prolongaba en reproducciones en plástico de pequeño tamaño de caballos, carretas, fuertes, etcétera. Lo que más me gustaba a mí eran los caballos de aquellos indios de vivos colores. A veces no tenías con quién jugar, y eras tú mismo te creabas las situaciones de juego. Aquellas inocentes películas contribuyeron, en fin, a desarrollar nuestra imaginación, para el juego y para la vida en general, en una época en la que solo había dos cadenas y estaba lejos de aparecer el mando a distancia y toda la basura de canales que llegaron más tarde.

Las películas de vaqueros se emitían el sábado por la tarde, y el resto de la semana era una espera que también estimulaba la imaginación, la fantasía de lo que se iba a ver. Aquellas historias secuestraban tu atención en el sofá y solo proporcionaban una pequeña tregua cuando llegaba la publicidad, momento en el que te ibas rápidamente al servicio, para no perderte nada. Pasados los años, ya adolescente, te aprendías los títulos de los filmes y los nombres de actores y directores, intacta la pasión por ver caminar a Robert Mitchum, cabalgar a John Wayne o la delgadez de James Stewart. Su mirada azulada conseguía hipnotizarte; eso sin olvidarse, por supuesto, de las bellezas indias. Había llegado el color y con él apreciabas de manera diferente los paisajes: desiertos, la frontera mexicana e incluso detalles en los que antes no habías reparado, como el sudor de los caballos tras una buena galopada. El color conseguía que disfrutases de la estética del western en el más amplio sentido de la palabra.

Pasé varios años de estudiante universitario sin televisión, pero acudía a ciclos de cine de mi interés y, por supuesto, iba al cine. Más tarde me hice con una televisión pequeña, con la que comencé a seguir fielmente el programa de José Luis Garci en la 2. Era el año 1995 y gracias a él aprendí a analizar películas, a fijarme en el lenguaje cinematográfico, a apreciar aspectos en los que antes no habría reparado; en definitiva, a conocer y amar el cine descubriendo directores y películas, y por supuesto, a escuchar a personas que sabían mucho de cine. Un programa que era todo un disfrute de principio a fin. Ahora que tenemos plataformas e internet para ver y buscar la información que queramos sobre el séptimo arte, además de literatura sobre el mismo, cuando enciendo la televisión y veo una del Oeste, trato de (juego a) adivinar el título de la película. Si estoy en un bar y están poniendo en la TPA (Televisión del Principado de Asturias) la película de la tarde (que habitualmente es del Oeste), no puedo evitar quedarme ausente un momento, tratando de averiguar de qué película se trata: una curiosidad que jamás satisfaría acudiendo a papá Google.

Desde hace unos cuantos años, me descubro leyendo novelas como El trampero, de Vardis Fisher, de la que se hizo la gran película que reseñé en esta misma revista: Las aventuras de Jeremías Johnson, de Sidney Pollack (1972); o Shane, de Jack Schaefer, de la que nació Raíces profundas (1953), por la curiosidad de saber cómo es la visión de un niño en un mundo tan duro. A veces, se encuentra uno sorpresas como que una mujer, Dorothy M. Johnson, fue la autora de Un hombre llamado caballo, de la que también se hizo película en 1970, y la de El hombre que mató a Liberty Valance, novela convertida en una de las mejores películas del Oeste en 1962. Todos estos libros citados están en una maravillosa colección: Valdemar/Frontera, con una excelente presentación de Alfredo Lara que te sitúa cerca del mundo en el que te vas a adentrar, tan desconocido hasta hace poco para el gran público. Además, los diseños de las portadas muestran escenas de una gran belleza, que hacen aún más atractivo el libro.

En estos dos lenguajes, el literario y el fílmico, he descubierto la riqueza de determinadas historias (películas) que, aun teniendo un argumento sencillo, en su origen literario contienen mucho más de lo que se logra plasmar en la gran pantalla. Así pues, una vez más el western sigue invitándome a jugar, pero esta vez acudiendo al papel, dejando que la imaginación se suelte tal como los caballos galopan en las praderas, mientras oigo disparos y veo con todo detalle cómo James Stewart coge el rifle en Winchester ‘73.


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.


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