Crítica

Nembrot, el juego de la creación y de la destrucción

El crítico Francisco López Serrano celebra la edición íntegra de "Nembrot", la novela de José María Pérez Álvarez que entusiasmó a Juan Goytisolo.

/ por Francisco López Serrano /

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Tras su aparición en DVD Ediciones, Juan Goytisolo reseñó Nembrot en The Times Literary Supplement, calificándola como la mejor novela publicada en España en 2003. Hoy, tras su reedición en digital bajo el sello Uno y Cero en 2014, vuelve a publicarse en la editorial Trifolium, donde José María Pérez Álvarez viene editando sus últimas novelas, con el título con el que se concibió, Nembrot (transmigraciones y máscaras) y con el añadido de quince capítulos que ocupan un total de doscientas páginas, por lo que esta reedición tiene mucho de novedad editorial.

Que doscientas páginas de una obra, lo que constituye las dos quintas partes del total, queden en un cajón mientras el resto se da a la estampa nos proporciona información inquietante, por un lado, de las imposiciones de un mercado editorial no siempre interesado en la literatura, con sus editores y sus agentes literarias con licencia para capar; por otro, de las vacilaciones de un autor que muchas veces, ante la perspectiva del rechazo, consciente o inconscientemente inhibe su propio flujo creativo para adecuarlo a los estándares rigurosos que establece dicho mercado. Encarar una carrera de escritor sin concesiones, desde la libertad y por tanto desde la periferia de lo que se ha dado en llamar el mundo editorial, es una decisión ardua en la que a veces, a tenor de ciertos resultados, es fácil perder el sentido de la realidad, ver gigantes donde solo hay viento (ni siquiera molinos), e incluso terminar resentido y amargado. El propio Goytisolo lo expresa de forma contundente: “Hay escritores que escriben para vender y escritores que escriben para ser leídos”, otra cosa es que los mecanismos mercantiles permitan que esa voluntad de ser leídos se transforme en realidad, es decir, que una obra y su lector se encuentren entre tanto oropel y tanta ganga.

La actual adición de este material con el añadido de los capítulos originalmente suprimidos viene a ocupar un espacio vacante, una categoría vacía cuya huella se hace patente en la lectura actual y en su contraste con el primer Nembrot, pues la naturaleza y la literatura sienten el mismo horror al vacío. Los capítulos rescatados del cajón arrojan nuevas luces y sombras a la historia, proponen digresiones, puntos de fuga, homenajes explícitos o implícitos a autores, como en el episodio humorístico incorporado en esta edición definitiva con el título de “Mollyday”, y en definitiva expanden y amplían un universo que como en el caso de Cortázar en Rayuela muestra o propone su propia mecánica narrativa. Así, este rescate del cajón (y no hablaré aquí de las virtudes modificadoras y depurativas que el cajón opera en cualquier obra, que son las que el tiempo obra en nosotros y en nuestra percepción de lo que solo cambia en la medida en que nuestra visión de seres cambiantes se modifica a la hora de juzgar lo que permanece inmutable), como los fragmentos que Horacio Oureiro arroja a esa papelera que tiene mucho de espacio entrópico, de universo donde la realidad se disgrega y disuelve y que el lector ocasional recoge, desarruga y lee, viene a establecer un nuevo paralelismo entre la literatura y la vida, otro más de los muchos que la obra muestra, a la vez que simboliza una pequeña victoria contra los designios restrictivos del mercado, y aquí hay que felicitar al editor de Trifolium por este acto de valentía y de justicia editorial en el cual se restituye a la literatura lo que de la literatura es.

Nembrot cuenta, intercalando tiempos y voces narrativas, fragmentos de un diario y de una correspondencia fallidos, la truncada historia de amor entre Horacio Oureiro y el escritor argentino Ernesto Jorge Bralt Cosío (autor, como un moderno Caballero Audaz, de novelas eróticas), desde la pensión de una población de la costa gallega, que tiene su más claro referente en la venta cervantina, ese espacio donde diversos destinos confluyen propiciando las más variadas, trágicas o vodevilescas situaciones, conflictos y equívocos. El presente o “lado de acá”, por emplear la alusión cortazariana, se entrelaza con el “lado de allá”, el París, el Dublín o la Galicia rural de la infancia donde las evocaciones de Horacio se proyectan, se alternan y entrecruzan en una narración que fluye como un río bifurcándose y desdoblándose en múltiples afluentes y en la que sobrenadan como espuma el deseo, la frustración, el fracaso, la cobardía o la impostura.

Las primeras palabras que en la narración salen de la boca de Horacio Oureiro: “Mentiría si dijera que me llamo Horacio Oureiro”, una declaración en la que niega su identidad, y que nos remite a las palabras de Yago en el drama de Shakespeare: “Soy el que no soy”, constituye un avance de ese juego de identidades, de esas transmigraciones y máscaras que van articulando y desarticulando, velando y desvelando la historia.

En Nembrot (transmigraciones y máscaras), Pérez Álvarez, como el Brahman, se entrega con plena libertad a un juego a la vez creativo y destructivo. Nembrot es “ese juego sin fin con las palabras” del que habla Valente, pero también ese “alegre trabajo de destrucción” que proponen Shklovski o Picasso, como inseparable de todo acto creativo (No en vano José María Pérez Álvarez viene trabajando en una novela sugestivamente “impublicable” titulada Proceso de Demolición). Un juego en el que resulta apasionante implicarse, una fiesta del lenguaje llena de paralelismos, homenajes explícitos o implícitos a Cervantes, Cortázar, Cunqueiro o Joyce simetrías y asimetrías, reflejos y juegos de espejos entre la realidad y la ficción, entre la literatura y la vida.

En el mundo de Nembrot la realidad narrativa es un ente literariamente consensuado, una amalgama de voces y referencias que confluyen y encajan siguiendo la técnica del puzle y del arte combinatorio que propone Perec. De ahí que, en virtud de un inexorable principio de incertidumbre, esa realidad ficcionalmente consensuada que es Mondoñedo se desdibuje y se diluya cuando nadie lee a Cunqueiro. Doble homenaje al autor de Merlín e familia y al Torrente Ballester que creó en su Saga/Fuga el inestable territorio supeditado al consenso de Castroforte de Baralla. De ahí que el personaje más enigmático y demiúrgico de la novela, el señor Uno, maese Pedro cervantino con su teatrillo de titiritero, reproduzca un maléfico juego de espejos donde la realidad se desdobla en esa paródica mise en abyme que constituye el eterno diálogo de la literatura con la literatura.

Nembrot (transmigraciones y máscaras) es, como ya señalamos, un ejercicio de absoluta libertad literaria, la obra de un autor que escribe sin condicionamientos ni consideraciones ajenos a la propia literatura. Pero es ante todo una obra escrita, doy plena fe de ello, para ser releída. Saludemos la aparición en su totalidad de este gran hito de libertad y celebremos el acontecimiento de su reaparición al fin tal como fue concebida y escrita por su autor, con el inmenso regalo que supone ese doble acto de lectura/relectura, donde lo leído y lo releído se iluminan mutuamente dando una nueva dimensión inédita a este monumento narrativo.


 

 

 

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