... Narrativa

Asturias en modo lectura

El Cuaderno propone en esta crónica un mapa diferente de las ciudades asturianas a través de las novelas que han localizado exteriores en ellas.

El Cuaderno propone en esta crónica un mapa diferente de las ciudades asturianas a través de las novelas que han localizado exteriores en ellas. Otra forma de hacer turismo, de abrir rutas y de pararse a mirar. Una invitación a la lectura veraniega con Asturias y sus ciudades como espacio narrativo.


Redacción /

Cuando el viajero llega a un territorio, algunas realidades le salen al paso, evidencian su presencia y reclaman su mirada. De un lado, ante la imponente aparición de bosques, acantilados, mares y montañas, el paseante se rinde y admira el espectáculo sublime en que la Naturaleza manifiesta su grandeza y su poder. De otro, atraen su atención las venerables piedras que perduran: casonas, palacios, iglesias, patios, claustros, soportales… se convierten en pruebas de un pasado que ya no existe y le invitan a aventurarse en el túnel del tiempo.

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Oballo, Cangas del Narcea, Asturias

Pero ocultas a todos, salvo a quien sabe ir a buscarlas, en la penumbra de todo territorio permanecen las palabras que lo cuentan, el mundo de sus libros. Este patrimonio, silencioso e intangible pero poderoso, es el único capaz de compendiarlos todos, el único que puede articular un relato histórico y cultural de ese espacio y dotarlo de sentido. Con cada obra, el territorio deja de ser un lugar físico para convertirse en un imaginario, una interpretación literaria —quien dice literaria dice histórica y cultural— de ese espacio.

Asturias no anda precisamente escasa de palabras que la narren, de modo que los recorridos de los paseantes que de ellas se acompañen —como el lector podrá comprobar en esta, necesariamente limitada, muestra que le proponemos— serán tan diversos como los que proponen los muchos libros sobre ella escritos; y su mirada, tan variada como la de los autores con que decidan contemplarla.

Por si algún lector dudara, ninguna de estas lecturas es de ámbito local, porque, a fin de cuentas y bien mirado, la historia de cualquier lugar puede ser universal, como bien ha demostrado Xuan Bello en la Historia universal de Paniceiros (2002).

Seguramente todo paseo literario enfocará Oviedo desde el catalejo de Fermín de Pas, o recorrerá con Ana Ozores el camino hacia la catedral. Cuando ya pensábamos que la muy editada (desde su primera edición en dos tomos, 1884, 1885), estudiada, ilustrada —y esperemos que leída— Regenta no podría dar más de sí, Aventuras literarias publicó su Atlas literario (2016) con acceso digital a más de 60 localizaciones de la novela en el Oviedo de 1884. Con este mapa como guía, la Universidad presidida por el inquisidor Valdés Salas —espacio 46 del atlas clariniano— será el lugar donde el marido de Ana «una vez le había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita, en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto continuo ¡zas! Había santiguado al gracioso».

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Escultura de La Regenta en la plaza de La Catedral de Oviedo.

Con muy distinta mirada se ve ese mismo espacio de la mano de El rector (2014) de Pedro de Silva, una ficción que recrea el trágico fusilamiento por las fuerzas franquistas del hijo del autor de La Regenta, Leopoldo Alas Clarín. Pasea en su inicio Leopoldo Alas Argüelles entre los escombros de la biblioteca universitaria incendiada en la Revolución de Octubre, símbolo de todo lo perdido, mientras el viento del sur anuncia la desgracia del inocente que va a ser asesinado en la no tan heroica ciudad. Y otro será el edificio en ruinas, si acompañamos en sus correrías infantiles a Lena en Nosotros los Rivero (Premio Nadal 1952) y nos columpiamos con ella en las cadenas de la Universidad «después de haberlas ganado, en buena lid, a los muchachos del barrio».

Y si nos acercamos con misma novela de Dolores Medio a la Plaza del Fontán de las horas de mercado —por todas partes cestas, sacos, cajones, mostradores portátiles de madera y cacareos de gallinas, regateos, disputas…— no se hará difícil imaginar en ella el puesto de Tigre Juan (1926), y reconocer con Pérez de Ayala el «ruedo de casas corcovadas, caducas, seniles, que, vencidas ya de la edad, buscan una apoyatura sobre las columnas de los porches. La plaza es como una tertulia de viejas tullidas, que se apuntalan en sus muletas y hacen el corrillo de la maledicencia».

Quien prefiera retratos contemporáneos de la tan y bien novelada ciudad de Oviedo, puede acercarse a la calle Mon con José Avello, donde desde los años noventa en el reservado del café Mercurio echan sus partidas los cuatro míticos Jugadores de billar  (2001).

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Calle Mon, Oviedo.

Pocos imaginarios son tan potentes como el de las Cuencas, un reino literario signado por el carbón, como la propia historia de los valles de los ríos Caudal y Nalón. Un siglo exactamente separa La aldea perdida (1903), el best seller en que Palacio Valdés reaccionaba ante la industrialización augurando la destrucción de la vida campesina, de El palacio azul de los ingenieros belgas (2003), en que Fulgencio Argüelles describe este mundo desde la dictadura de Primo de Rivera hasta el revolucionario 1934 mediante la transición de Nalo a la vida adulta.

La tríada de mina, revolución y maquis se halla casi programáticamente representada en la trilogía de Alejandro M. GalloUna mina llamada infierno, Caballeros de la muerte (2005), La última batalla del maquis (2006) y La última fosa. Revolución del 34: caso abierto (2008)— poblada de mineros, castilletes, milicianos, guerrilleros, requetés y fosas que nos interpelan sobre la memoria histórica de la guerra civil y la Transición. Junto a este valle negro destaca la devastada Poladura de la reconversión minera de El club de los inocentes (1994) de Xandru Fernández, un mundo postindustrial tomado por la maleza por el que deambulan prejubilados, parados y drogadictos —y al que el autor vuelve en buena parte de su narrativa, como en Les ruines (2012) o La banda sonora del Paraísu (2006).

Pero también hay vida literaria sobre las Cuencas más allá de estas sendas. Caben destacar, por su audacia formal, las que transita Vanessa Gutiérrez en el último Premio Máximo Fuertes Acevedo: a caballo entre el ensayo y la ficción, El paisaxe nuestru (2017) construye el relato de la preindustrialización a partir de las topografías médicas de José María Jove y Canella sobre San Martín del Rey Aurelio y Langreo. Y cabe preguntarse si no es este también el espacio perdido de la infancia que quiere reencontrar el anónimo motorista de Un buzo en el bosque (2015) de Jaime Priede.

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Pozo Sotón, El Entrego, cuenca minera del río Nalón.

De los muchos y diversos escritos sobre Asturias de José Antonio Mases, no podemos dejar de mencionar aquí su Asturias: historias insólitas, prohibidas o escandalosas (1999), donde hurga en los entresijos de determinados sucesos históricos y se apoya en ellos para mostrar a través de un puñado de relatos un sugestivo repertorio de personajes insólitos; y su monumental Asturias vista por viajeros románticos extranjeros y otros visitantes y cronistas famosos (2001), 1400 páginas en tres volúmenes que compilan los testimonios con los que, a lo largo de los últimos seis siglos (XV al XX), los no asturianos han dejado constancia de su visión de Asturias (costumbres, historia, gentes, cultura y arte, carácter, naturaleza…) en diversos y distintos momentos de la historia.

Del mismo modo, en Escrito sobre Gijón (2002), reunía José Antonio Mases casi mil páginas sobre la ciudad desde la Antigüedad, y en su prólogo decía Juan Cueto que «hay muy pocas ciudades de la Europa atlántica, y excuso decir de las Américas de la otra orilla, que puedan permitirse el lujo de empezar una antología de textos por Estrabón, Pomponio Mela y Ptolomeo y acabar por Enzensberger, Cabrera Infante y Sabina».

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Casetas de la playa San Lorenzo, Gijón.

Quince novelas que abarcan más de un siglo de narrativa sobre la ciudad se reeditaron durante 2008 en la colección Las novelas de Gijón, un siglo en que, con el pasar de los años —y de mucha literatura por debajo del puente—, los autores se abren desde Cimadevilla y la calle Corrida hasta las callejuelas de los márgenes, y la fachada marítima va dando paso, como en la ciudad, al pintoresco muelle, las playas, los astilleros y la conflictiva reconversión industrial. El lector puede pasear el decimonónico Gijón de teatro y casino de Tarfe con Manolita Cálvez (1888), adentrarse en el mundo obrero de Rosa de Natahoyo (1940) de Alfonso Camín, acompañar al mítico anarquista leonés Buenaventura Durruti en el atraco al Banco de Gijón recreado en La pólvora y la sangre de Óscar Muñiz (1993), conocer la bohemia gijonesa de la mano de Luciano Castañón en Vivimos de noche (1964) o el monólogo existencial del doctor Sotero Granda en La borrachera (1981) de Luis Fernández Roces, sumergirse en los suburbios con el realismo sucio de La balada del Pitbull (2002) de Pablo Rivero o acercarse con Darío Cabezón a Una semana muy negra (2003), en que Pedro de Silva le da una vuelta de tuerca al género negro precisamente en el escenario de la popular Semana Negra, que ha cumplido treinta años mientras redactamos este artículo.

En Helena o el mar del verano (1952), Julián Ayesta evoca un primer enamoramiento en el frescor remoto de unos días de agosto pretéritos y felices en el Gijón amable de los merenderos y del «baño por la tarde [en la playa de san Lorenzo], cuando el sol bajaba y estaba grande y cada vez más encarnado, y el mar estaba primero verde y luego verde más oscuro, y luego azul, y luego añil, y luego casi negro».

Desde 2008 no han sido pocas las novedades; ese mismo año la ciudad era reconocible en la Promenadia de Derrumbe  (2008) de Ricardo Menéndez Salmón, y el pasado año volvíamos al Gijón lumpen con Érase una vez el fin (2016) de Pablo Rivero y al asesinato de Rambal con La tinta del calamar (2016) de Miguel Barrero, flamante Premio de no Ficción Rodolfo Walsh en la Semana Negra de Gijón. Con, además, dos novelas en su haber —L’aire de les castañes de García Oliva (1989) y La ciudá encarnada de Pablo Antón Marín Estrada (1998)— Rambal va camino de convertirse en un ilustre personaje literario de la ciudad, aunque no desbanca aún a Jovellanos. El Jovellanos de Rodríguez Carracido (1893), Bonet (1952), Gómez Ojea (1989) o González Arias (2005) ha tomado la palabra con Juan Pedro Aparicio en Nuestros hijos volarán con el siglo (2013), para narrar su propia vida mientras huye de las tropas napoleónicas.

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Vista lateral de la Playa Mayor de Avilés

Sin duda el retrato más conocido de Avilés es el de la muy editada y traducida Marta y María (1883) de Palacio Valdés. Esa Nieva de la familia Elorza que habita el palacio de la calle Rivero está bien acompañada por la Mayita de Fernández Caravera (1942), el ambiente marinero de Arobias en ¡Fondo! (1910) de José de Villalaín (El americanín de Romadoiro), la Villagris  (1924) de Jesús G. Robés o el Miracielo de la Isabelina (1924) de Constantino Suárez.

Muy otra es la ciudad que mira con distancia y sorna el supuesto Jack que firma los artículos de José María Malgor en Observaciones de un extranjero (1929-1934). Y sin duda el Avilés más singular es el de la apocalíptica y pacifista ciencia ficción del dos veces alcalde de la ciudad, David Arias. En Después del gas (1935), colapsada Europa por el uso de gases tóxicos durante una II Guerra Mundial vaticinada en 1935, el búnker avilesino es el refugio de un puñado de supervivientes que ensayan una utopía que la historia se encargó de desmentir.

Andando el tiempo, y llegada realmente la guerra, vuelven la mirada con insistencia hacia la ciudad sus emigrantes y exiliados: Avilés es Un pueblo donde no pasaba nada en la «novela de un tiempo quieto» (1962) de Rafael Suárez Solís, y también el espacio de sus cuatro Comedias de allí (1954). También Luis Amado Blanco vuelve a la ciudad en Un pueblo y dos agonías (1955), y ensaya interesantes caminos de ida y vuelta entre Cuba y Avilés en varios relatos de Doña Velorio, nueve cuentos y una nivola (1960) a través de la propia Doña Velorio, la aristocrática anciana que desde la isla recuerda su tierra, o de Pepín, el Mulato, que se alista y muere en el bando republicano.

Pero decía Juan Cueto en la Guía secreta de Asturias (1975) que la historia de Avilés está perfectamente dividida en los años 50 por un antes y un después: la llegada de Ensidesa, la acería que modificó su anterior estado. Esa «flamante sociedad nacida y crecida al aire de la contaminación, a la sombra de las chimeneas en flor y de hornos más altos y elegantes, leré, que los de Bilbao», ya se anuncia en el Avilés de posguerra de También se muere el mar de Fernando Morán (1958); y es el escenario en clave de novela negra de El cai nunca duerme (1989) de Xosé Nel Riesgo, donde la zona portuaria es digna de una escena de Blade Runner y «l’espectáculu de la ENSIDESA encesa yera tan ablucante comu la so propia crisis de los caberos años».

Pero, como cualquier otro territorio, Asturias no es sólo espacios literarios —estos mencionados en nuestro recorrido y muchos otros—, sino también varios tiempos. A la Asturias medieval tan en boga con la novela histórica, siempre conviene volver, con las construcciones prerrománicas al fondo, guiados por «Magilo, el errante», el personaje con que Fulgencio Argüelles entrelaza Los clamores de la tierra (1996), ubicada en el siglo IX en torno al monarca arquitecto Ramiro I, y A la sombra de los abedules (2011), sobre los tiempos de Alfonso III el Magno; o por el Betumu de La Deva (1999) de Xosé María Vega, para ver cómo se enfrentan a los invasores los clanes astures. Podríamos retornar incluso a la Tierra Pésica, guiados por la sabiduría del bardo Xalabán y el viejo Lane en Pul sendeiru la nueite (1982) de Roberto González-Quevedo.

En una Asturias medieval más real, aunque paradójicamente no menos legendaria ni sobrenatural, nos sumergen los Relatos medievales asturianos del sieglu XII (2003). En estos siete relatos latinos traducidos al asturiano y signados, según su editor, Xulio Viejo, por la voluntad de legitimar el reino de Asturias como sucesor del visigodo, hay lugar para el traslado a Oviedo de las reliquias del Arca Santa o de los restos de Santa Olaya desde Mérida, para la milagrosa fabricación de la Cruz de los Ángeles o para la leyenda de la venganza del conde don Julián.

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A lo largo de esta suerte de paisaje literario de Asturias hemos eludido la mirada de los poetas, su recensión precisaría cuanto menos de otro artículo. Baste al menos dejar constancia aquí de los 38 poetas que —en 800 páginas de la mano de José Luis Argüelles— reúne la antología bilingüe (asturiano-castellano) Toma de tierra (2010), testimonio del excepcional periodo del Surdimientu poético en la lengua asturiana que tomó cuerpo a partir de 1975, y que da cuenta de su amplitud generacional —nacidos a lo largo de las cuatro décadas que median entre 1940 y 1980—, de su diversidad de sus miradas y de la capacidad expresiva de la lengua asturiana.

El más viejo de los que abren este periodo es el recientemente fallecido Pablo Ardisana (Llanes, 1940-2017), con sus versos cerramos este viaje literario por Asturias:

Fonte

Hay fontes tan llonxanes nacíes
que nin aprovecen coles lluvies
nin amenorguen nel calor encesu.
Bebe n´elles la páxara pinta
y el verderríos añera nes sos cueves.
Conocen toles palabres d’amor
y escuchen de les vieyes clares sabiduríes…
Quiero, asina, diciti la fonte que yes tú.

Fuente

Hay fuentes nacidas tan lejanas
que ni aumentan con las lluvias
ni merman con el calor más denso.
En ella bebe la pájara pinta
y el martín pescador anida en sus cuevas.
Conocen todas las palabras de amor
y escuchan de las ancianas claras sabidurías…
Quiero, así, decirte la fuente que eres tú.

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Referencias  bibliográficas
Mapa La Regenta, de Aventuras Literarias:
http://www.aventurasliterarias.com/2017/shop/portfolio/la-regenta/

 

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