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José María Pérez Álvarez

La editorial coruñesa Trifolium, dirigida por Xan Arias, ha publicado esta temporada una segunda edición de "Nembrot (Transmigraciones y máscaras)". En esta conversación con el autor, José María Pérez Álvarez, se abordan los detalles de esta nueva edición ampliada y algún otro tema pendiente en su trayectoria literaria

[Foto de portada © Mani Moretón Brasa]

La editorial coruñesa Trifolium, dirigida por Xan Arias, ha publicado esta temporada una segunda edición de Nembrot (Transmigraciones y máscaras), novela del escritor ourensano José María Pérez Álvarez (O Barco de Valdeorras, 1952). Nembrot se publicó por primera vez a finales del año 2002 bajo el sello de la desaparecida DVD Ediciones. Dirigida por Sergio Gaspar, esta editorial apostó en su momento por escritores desconocidos en lengua española que posteriormente tuvieron una evolución muy interesante, como es el caso de Manuel Vilas, José Luis Cancho, Miguel Barrero o el propio José María Pérez Álvarez.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Nembrot sorprendió meses después de ser publicada cuando, en la Feria del Libro de Madrid del 2003, el recientemente fallecido Juan Goytisolo (Premio Cervantes 2015) destacó esta novela como una de las que más gratamente le habían sorprendido en los últimos meses. Goytisolo diferenciaba entre los escritores que escribían para ser vendidos y los que escribían para ser leídos, y situaba a Pérez Álvarez entre estos últimos.

El apoyo de Goytisolo continuó con un artículo en Times Literary Supplement en el que calificó a Nembrot como la mejor novela publicada en el año 2003. Además de Goytisolo, contó también con la buena acogida de Rafael Conte en una reseña publicada en el suplemento Babelia de El País.

En la siguente conversación, José María Pérez Álvarez aborda los detalles de esta nueva edición ampliada y algún otro tema pendiente en su trayectoria literaria.


Jaime Priede.— La publicación de Nembrot en 2002 bajo el sello de la mítica editorial DVD supuso un acontecimiento en el contexto de la narrativa española desde el momento en que Juan Goytisolo celebra su aparición como la mejor novela española de 2003 en la Feria del Libro de Madrid y posteriormente en el Times Literary Supplement. Le habías comentado a Sergio Gaspar, tu editor, que tenías una novela impublicable. ¿Por qué esa sensación? ¿Falta de confianza en el texto o en el contexto?

José María Pérez Álvarez.— Falta de confianza en el texto y en el contexto, ambas cosas. Creo que es algo que no superaré nunca. Todas mis novelas pasan antes la criba de unos pocos lectores amigos. Jamás sé el valor de un texto mío porque sigo sumergido en una inseguridad absoluta acerca del resultado final de una obra. Y asimismo, falta de confianza en el contexto, puesto que, allá por 2000, cuando le envié la novela a Sergio Gaspar, me preguntaba cómo un editor iba a hacerse cargo de un texto prolijo y abigarrado plagado de digresiones que, además, acaso no fuese una novela en el sentido convencional, aunque creo que la novela tiene eso de maravilloso: caben en ella los géneros literarios que uno desee amalgamar: es esencialmente libre y anárquica. Y todo ello firmado por un desconocido nacido en el quinto infierno. Cuando escribí y corregí Nembrot, tenía la seguridad de que no iba a publicarse nunca y acaso ahí estribe lo mejor de ella: la certeza de que siendo una obra para mí, destinada a un cajón o al olvido, me permitía ahondar en mis obsesiones sin pensar nunca en un posible lector, con total libertad. Pienso ahora que fue una especie de diario, un diario de una década, porque en esa obra, aparte de la ficción, aparecen circunstancias de mi vida real (la procesión de san Antonio, la estancia en un hostal de la costa en Cangas, viajes a Mondoñedo o a París) y, a la vez, una reseña de lo que iba leyendo y la música que escuchaba. Esa amalgama de asuntos personales que sólo me interesaban a mí, hicieron que pensase que Nembrot era impublicable. Afortunadamente, en el mundo de los editores aún los hay heroicos y arriesgados. En Sergio Gaspar confluían ambas circunstancias, felizmente en mi caso. Y esos asuntos que sólo me interesaban a mí, también les interesaron a algunos lectores.

J. Priede.— En principio, “impublicable” podría ser toda tu narrativa. Libros como Cabo de Hornos, La soledad de las vocales o Examen final  tiene rasgos estilísticos muy emparentados con Nembrot. Bajo ese adjetivo se esconde una exigencia lectora, quiero decir, una literatura para escasos lectores que releen, que no buscan en un libro la evasión o entretenimiento para olvidarse de él una vez finalizada la lectura. Seguro que esa exigencia no remite a un proceso creativo fácil. ¿Qué importancia tiene para ti la corrección y revisión?

J. M. Pérez Álvarez.— No sé si fue Vila‑Matas quien dijo que uno no era verdadero escritor hasta que aprendía a corregir; si no fue él, bien podría haber sido. El proceso de escritura en mi caso es un proceso volcánico, donde acumulo todo, sin medida. La revisión y la corrección imponen la concisión, ir podando lo que considero superfluo, ajustar el texto, desbastarlo. Es la fase en la que me encuentro más feliz con lo que hago. La escritura de un texto me resulta por una parte agradable pero siempre, a la vez, complicada, difícil, tormentosa, como si uno estuviese haciéndose un corte que luego cauteriza con la revisión del texto, con la corrección que en mi caso suele ser un proceso minucioso. Por poner un ejemplo, si tardo tres años en escribir una novela, un año sería de escritura y los dos restantes de corrección; generalmente, en ese proceso final desaparecen muchas páginas. Es como podar, suprimir lo que considero que sobra. Y, por otra parte, creo que, como bien dices, hay, aunque sea sin querer, una cierta dosis de dificultad en lo que escribo; pero no responde a algo que busque; más bien es el resultado de mi concepto de la literatura y de mi forma de ser. Yo es que encuentro a Beckett, uno de mis escritores predilectos, muy divertido.

J. Priede.— Hablando de Cabo de Hornos y de La soledad de las vocales. El primero fue finalista del Premio Nacional de Narrativa en 2005 y el segundo se llevó el premio Bruguera en 2008. Ambos tras la buena acogida crítica de Nembrot. De todos modos, quizá por decisión propia, ahí está la pregunta, te mantuviste ajeno a la vida social literaria y a los círculos de relativo poder que pudiera tener esta. Vamos, que podías haber asomado la cabeza, ser reconocido socialmente como “escritor”, dedicarte a opinar sobre esto y aquello, escribir prólogos, conferencias, presentaciones de libros, jurado de premios… eso que suele llamarse “estar ahí”. Y tú, en Ourense…

J. M. Pérez Álvarez.— Es cierto que podría haber intentando, al menos, acoplarme al mundo literario (paraliterario, sería más adecuado), tratar de asomarme a generaciones o a grupos pero tampoco tengo talento para eso. Ni talento ni ganas. Sigo creyendo que lo de escribir se reduce a estar solo, leer y escribir. Y corregir, claro. Quizá sea un concepto anticuado. Y todo lo que me robe ese tiempo no me sirve. Necesito de esa soledad. Hay gente que puede concentrarse en aeropuertos, en hoteles, en trenes y en aviones; es decir, trabajar en esos medios que para mí son hostiles. Necesito un espacio que reconozca y mucho sedentarismo. Y libros de consulta a mano y diccionarios; sigue siendo fundamental para mí trabajar en y con papel. Y Ourense me presta eso, ese espacio acogedor. Como, por otra parte, me lo prestarían Lugo o cualquier otra ciudad. Mantendría ese ámbito restringido del que hablé en cualquier otro lugar y en el que nadie entraría. Todo lo que rodea al hecho de escribir, presentaciones, coloquios, por ejemplo, me resulta secundario.

J. Priede.—¿Resulta difícil convencer a la crítica gallega de que se puede ser gallego, vivir en Galicia y escribir en castellano? Supongo que fue más complicado al principio, con tus primeros libros…

J. M. Pérez Álvarez.—Este asunto ya lo dejé de lado hace tiempo. Sé que para el canon literario gallego yo no soy un escritor gallego. Soy escritor. Los que empleamos el castellano no somos considerados, hablo en general, como escritores gallegos y me parece respetable esa idea de que no pertenecemos a ese mundo literario gallego. No sé cómo funcionamos ahí, cómo se nos considera, a gentes como Julián Ríos, Fernández Mallo, Torrente Ballester, Blanca Riestra, Susana Fortes, Germán Sierra o yo. Por otra parte, no pienso en ello. Yo escribo, nada más. Digamos que no pierdo un segundo pensando en si me arrumbarán al Panteón de Gallegos Ilustres. En lo referente a la crítica, hay algunos que se ocupan de mis obras y otros que no. Como en cualquier lugar.

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J. Priede.— ¿Se puede hablar en tu narrativa de un antes y un después de Nembrot? Me refiero ahora a la confianza que su reconocimiento te pudo aportar como escritor, confianza en una voz propia, un determinado estilo, una propuesta radical que se veía abocada a las ediciones minoritarias…

J. M. Pérez Álvarez.—Sí, Nembrot supuso una frontera. Lo que había antes apenas me interesa. Pero no me reportó confianza alguna su aparición, creo haberlo dicho antes. Se mantiene la inseguridad total en lo que escribo que siempre tengo que confrontar con el parecer de otros lectores y de otros escritores. Es más, pienso que, con la edad, tengo menos confianza en lo que escribo. Me ronda la idea de que a lo mejor estoy rebajando mis expectativas, de que la degradación física, y la mental, claro, hace que mi literatura se resienta y vaya perdiendo calidad; no hay nada más triste que esos libros que siguen saliendo porque quien los firma es ya un nombre reconocido pero que no son sino un paso más hacia la vulgaridad. Nembrot no me ha hecho más fuerte; probablemente sí más inseguro, puesto que escribí Nembrot con la seguridad de que nadie iba a leerlo y ahora ya sé que lo que escriba llegará a algunos lectores y a algunos críticos. Cuando escribir es una costumbre y no una necesidad, hay que cortar. Conviene estar alerta.

J. Priede.— Como lector del Nembrot de 2003 en la editorial DVD, me encuentro ahora con un libro diferente. Fue una lectura reveladora, de la que guardo un recuerdo imborrable. En aquella primera edición, suprimes doscientas páginas del original o, al menos, de una versión que en un momento dado considerabas definitiva. Nembrot se reedita ahora en Trifolium con el añadido de esos quince capítulos y el paréntesis “transmigraciones y máscaras” como subtítulo.  Nembrot tiene tras de sí una historia textual que merece ser contada…

J. M. Pérez Álvarez.— Nembrot, como casi todo lo que escribo, fue una obsesión. Desde 1990 hasta 1994 le dedicaba todas las mañanas varias horas; escribía de madrugada, a las cinco o a las seis de la mañana, hasta las nueve, más o menos. Después de ese proceso, la reescribí de nuevo. El resto del tiempo, el resto de esa década, lo dediqué a revisar, a corregir. De hecho me parecía tan descomunal el resultado (hablo de cantidad, no de calidad), que fue cuando le suprimí esos quince capítulos y esas doscientas páginas. En concreto, para la edición de Trifolium hube de recurrir a un amigo que tiene todo lo que escribo; tiene las distintas versiones de lo que voy escribiendo y hasta lo que rompí, que es más de lo que escribí. Afortunadamente, él conservaba un disquete con la versión original de 1994, en aquel inolvidable WordPerfect, con los capítulos y las páginas que no aparecieron en DVD Ediciones y que ahora Xan Arias acogió, asimismo heroicamente, en Trifolium. Ya lo dije: ahora casi veo la novela como un depósito donde durante una década di cobijo no sólo a una ficción sino a las experiencias que iba viviendo: estancias en la costa, en un pueblo del Ribeiro de Ourense, viajes a Mondoñedo, a París… Y a la vez incorporaba las lecturas: recuerdo que leí y releí a Borges, a Cunqueiro, a Onetti, a Verlaine, a Rimbaud. A Arlt, Ocampo, César Vallejo, Bioy Casares, Sollers, a Caroll, Risco, Blanco Amor. A Cortázar. Más o menos, de una forma explícita o no, se iban incorporando a la corriente, al flujo de lo que escribía. Porque veo con cierta claridad que lo que escribo no es sino un préstamo: recibir voces ajenas y tratar de darles la mía. Y la música: con Nembrot hice algo que no había hecho ni volví a hacer: escribir escuchando música, sobre todo clásica, tangos y jazz. Creo que no volveré a escribir nada con una sensación tan abrumadora de libertad, con tanta pasión, con tanta obsesión.

J. Priede.— “Sólo entiendo el mundo desde el punto de vista literario”, comentabas en una entrevista. Hay una estirpe de escritores tocados por el mismo ala, se me vienen a la cabeza Pascal Quignard, Pierre Michon, Roberto Bolaño, Vila-Matas… Autores que han hecho de la lectura el motor de su escritura. No hay separación entre vida y literatura, en su caso. ¿Te reconoces ahí, en esa tribu?

J. M. Pérez Álvarez.—No leí a Quignard. Lo único malo de la brevedad de la vida es que siempre te morirás antes de leer lo que te apetecería leer. O sea, la vida es una amputación, una resta. Por lo demás, sería un honor pertenecer a la familia de Vila‑Matas, de Michon, de Bolaño, a quienes leí abundantemente. Ese tipo de afirmaciones, lo de entender el mundo desde un punto de vista literario, son peligrosas, pero es cierto que así lo veo: como una enorme ficción, con sus altibajos, sus páginas brillantes y sus errores. La vida es un libro infinito, con permiso de Borges. Y no la veo de otro modo; acaso sea una perversión pero es la única forma que entiendo para encarar este juego en el que como dijo Cortázar, somos las cartas pero no las manos que las barajan. No me concibo en el mundo de otro modo; pero no me refiero sólo a escribir sino, y fundamentalmente, a leer. Todas las experiencias que viví serían vaguedades si alguien no las hubiera escrito o yo no las hubiera escrito: la amistad, el amor, el odio, la ira, el hastío y etcétera.

J. Priede.—El propio Vila-Matas defendía en algún artículo reciente la necesidad de reivindicar la ficción en literatura frente al auge que últimamente ha tenido la llamada literatura de no-ficción. Podemos hablar del fenómeno Knausgảrd con la serie Mi lucha o buena parte de la obra de Emmanuel Carrère, por citar a dos escritores espléndidos, desde mi punto de vista. La correspondencia precisa del lenguaje con la realidad siempre es diferida, dice David Lodge en El arte de la ficción ¿Sigues también con atención ese auge de la supuestamente no-ficción?

J. M. Pérez Álvarez.—La literatura es como un océano (perdón por la imagen) en el que confluyen ríos diferentes. Y algunos de esos ríos vienen más limpios que otros. No puedo con Knausgàrd. Me ganó por KO en la página ciento y pico y suelo ser duro de pelar. Un error mío, probablemente, pero no me interesó lo que leí, lo poco que leí de él. Carrère me gusta bastante más. En lecturas soy muy anárquico; estoy atento a las novedades, a lo que se hace aquí y lo que se hace fuera, en fin, lo que me recomiendan lectores de los que me fío o escritores cuyo juicio es fiable para mí. Y esos otros autores que a veces se descubren por azar. Y releo.

J. Priede.—Hablando de lecturas, el poso de la literatura hispanoamericana, al menos de la influida por la literatura francesa, se intuye como mar de fondo en tus libros. Por ejemplo, Nembrot tiene un parentesco con Rayuela en su atmósfera, una cuestión de tono, de formas de estar de los personajes…

J. M. Pérez Álvarez.—Ciertamente. Eso es innegable. En torno a los diecisiete, dieciocho años, descubrí la literatura hispanoamericana (es una exageración, claro: ya estaban Rubén Darío, y Gabriela Mistral y Huidobro y Neruda, entre otros), y le dediqué muchos, muchos años, a leerla. En aquel famoso boom venía de todo. Hubo de todo, mejor y peor. Pienso ahora, mientras respondo, por qué no se habrá colado entre ellos el grandísimo Filloy. Consumí como un adicto; si tuviese una formación académica, hubiese podido escribir un buen manual. Desde Cepeda Samudio a Bryce Echenique, desde el más encumbrado de ellos hasta los que eran menos famosos. Tamizar esas lecturas, como escritor, fue un reto porque a la que te descuidabas, te salía una niña levitando en un capítulo y un coronel frente a un pelotón de fusilamiento en otro. Pero como lector fueron un aire refrescante cuando ya habíamos leído a los autores españoles; confrontar esos dos idiomas que son el mismo idioma pero con matices diferentes, a mí me resultó agradable. Y enriquecedor.

J. Priede.—En el año 2006 el escritor Bryce Echenique plagia un artículo tuyo y echó la culpa a su secretaria. Luego se demostró que había una larga lista de casos similares en el haber del peruano, autor, por otro lado, de Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña, dos libros maravillosos. Cosa fea su forma de proceder y de llevar ese caso. ¿Hasta qué punto podrías releer sus libros sin que te sintieras afectado por lo ocurrido? ¿Podrías discernir ambas cosas? Por otro lado, a pesar de tener razón y quedar demostrado, no estoy muy seguro de que aquello te haya beneficiado, este país es muy raro para esas cosas…

J. M. Pérez Álvarez.—Yo admiraba y admiro a Bryce Echenique; o a cierto Bryce Echenique. Por supuesto, al que escribió esas dos obras magníficas que nombras. Pero hay más: El de Dos señoras conversan, por ejemplo. El de los cuentos. El de Guía triste de París. El de Magdalena peruana y otros cuentos. Aunque es muy irregular. La amigdalitis de Tarzán no me interesa para nada; lo mismo me sucede con ese exceso que es No me esperen en abril o El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Efectivamente, después de que plagiara dos artículos míos, se puso en contacto conmigo mediante un correo electrónico en el que intervenían una secretaria, Fujimori, Nostradamus, Fangio, el pisco, Maradona, Gardel, los jeroglíficos de Nazca, Robin Hood, el cebiche y las corrientes del Golfo. Pero eso no influyó en la admiración que tengo por ese Bryce espléndido de las obras citadas. Y aunque este asunto ya no me molesta, ni, de hecho, me interesa, hay algo en lo que tú haces hincapié y que me parece importante. Es lo siguiente: cuando Bryce Echenique me plagia (a mí y a más escritores) mucha gente retuerce el delito y lo justifica como tú apuntabas: a fin de cuentas, ese pobre desgraciado desconocido de Pérez Álvarez tiene que estarle agradecido a Bryce Echenique porque gracias al plagio ahora sale su nombre (el mío) en los periódicos. Poco menos que de víctima paso a ser verdugo o, por lo menos, un afortunado. Y la verdad es que no vendí un ejemplar más de mis novelas porque me hubiese plagiado Bryce Echenique.

Mani Moretón Brasa
José María Pérez Álvarez (O Barco de Valdeorras, 1952)

J. Priede.— ¿Cuál es tu proceso de trabajo en un libro? ¿Hay una planificación previa o surge de una dispersión que va tomando cuerpo como un todo orgánico? ¿Tiene más importancia en ese proceso la trama o el personaje? La tuya es una narrativa muy de personaje, si se puede decir así…

J. M. Pérez Álvarez.—No hay planificación previa. Nace más de lo que apuntas: una dispersión que va tomando cuerpo. La soledad de las vocales surge de las imágenes de esos letreros comerciales a los que les falta una letra. Examen final de una idea que tuve un día fumando un cigarrillo en el balcón: un coche rojo aparcado debajo y contra el que pensé que se estrellaba un suicida. De hecho, salvo en los capítulos largos, en los que más o menos sabes qué va a suceder de un día para otro (pienso en el relativo a Mondoñedo, por ejemplo), en Nembrot me ponía cada mañana delante del papel y armado con el bolígrafo ignorando qué iba a escribir. Suelo partir de una frase, de una idea, de una imagen. O sea, que trabajo sin red y a veces me descalabro. Pero me divierto; me cuesta pero es divertido. Espero que el día en que escribir me aburra, lo deje.

J. Priede.—¿Cuál es tu relación como lector con la literatura europea contemporánea? Aunque no tengan que ver directamente con tu estilo, imagino que sentirás cercanos a autores en los que hay una exigencia lingüística y una complejidad estética  más allá del seguimiento de una trama, como puede ser el caso de WG Sebald, Handke, Gonçalo M. Tavares,…

J. M. Pérez Álvarez.—Nada leí de Tavares. Hace ya muchos que leo a Handke; y a Sebald lo descubrí más tarde, probablemente a principios de este siglo. Es que, salvo que tenga la seguridad de que un autor no me va a defraudar, lo primero que hago es leer los suplementos literarios y no comprar lo que recomiendan; dejo pasar el tiempo. Si más tarde alguien en quien confío avala esa obra o si resiste el paso del tiempo, puedo ir a por ella. No estoy desacreditando a los críticos, que los hay excelentes, sino a los grandes grupos empresariales que reseñan sus propias obras con un descaro pétreo. Así que mi relación con la literatura europea no es una relación estable, con contrato de por medio, sino que pico por aquí y por allá. Bernhard, Andric, Cartarescu, Herta Müller, Szymborska, Joseph Roth, los clásicos rusos, Döblin…, bueno, no se trata de incurrir en otro catálogo después de los hispanoamericanos reseñados antes. Quizá por una tradición y una costumbre ya casi longeva, soy bastante afrancesado.

J. Priede.—En la narrativa en lengua española parece que por fin se produce el auge del relato corto, muchos autores y autoras jóvenes de América están desembarcando en las editoriales españolas y ya no lo hacen de espalda, sino con una promoción importante. ¿Estás atento a esas novedades?

J. M. Pérez Álvarez.—Sí, me interesa mucho lo que están haciendo. Pero es un poco lo que antes te decía: uno no tiene tiempo para leer todo pero me dejo aconsejar. No quiero incurrir en una nómina porque siempre iba a quedarse fuera alguien a quien admiro por un olvido que luego no podría justificar. Pero sí me interesa lo que se está haciendo en México, en Chile, en Argentina… Afortunadamente, si después del llamado boom, hubo una generación (hablo de gente más o menos de la misma edad pero con voces bien diferenciadas) como Piglia, Bolaño, Aira, Fogwill, ahora hay autores, hombres y mujeres, entre los treinta y los cuarenta que están escribiendo obras magníficas; me refiero sobre todo a ficción; la poesía la conozco menos. Y en España sucede lo mismo: hay escritores extraordinarios. Decía recientemente Calasso que había muy buenos autores pero ninguno excepcional (la cita no es literal). Ese tipo de afirmaciones encierran, creo yo, un error: carecen de la perspectiva del tiempo. Posiblemente en 1920 que Joyce era un genio lo creían él, Sylvia Beach y dos o tres más; algo similar sucede con Kafka. Esos autores que Calasso cataloga de muy buenos pero no excepcionales, a lo mejor dentro de cincuenta años son clásicos irrebatibles; aunque en el mundo literario, también las modas tienen su importancia. Quizá hoy resista mejor Conversación en la Catedral que Cien años de soledad, no lo sé. En España hay gente que está escribiendo libros de relatos de una enorme calidad; lo mismo sucede en Hispanoamérica, donde la tradición del cuento parece más consolidada. Da la impresión de que tuvo más prestigio en el otro lado que entre nosotros y eso que en este país hubo verdaderos maestros en ese género tan difícil. Y hay asimismo gente escribiendo unas novelas interesantes, algunas de enorme calidad, a mi entender.

J. Priede.—La edición de Nembrot en Trifolium está muy cuidada y hecha con buen gusto. ¿Estás ahí para quedarte o uno siempre aspira a hacerse un hueco entre las grandes?

J. M. Pérez Álvarez.—A mi edad hacerme un hueco entre los grandes es como esperar a que me llamen para llevar la bandera nacional los próximos juegos olímpicos. Claro, me gustaría vender millones de ejemplares y estar en mi casa escribiendo, leyendo, sin más. Yo tuve buena fortuna con las editoriales. Salvo mi primera novela, Las estaciones de la muerte, publicada por la Junta de Extremadura, mantuve una relación de amistad con Sergio en DVD; una relación que aún continúa. Primero lo conocí como editor, luego como poeta y ahora, además, como novelista. Me editó tres libros hasta que ese fraude mundial denominado crisis se llevó por delante la editorial. No sólo la editorial pero es lo que nos concierne ahora. Sólo publique un libro en Bruguera, La soledad de las vocales, y apenas traté con Ana María Moix, a quien le dediqué Examen final, pero en ese trato breve que tuvo conmigo fue extremadamente cariñosa. Y desde 2012 estoy en Trifolium, con otro amigo, Xan Arias. Con Nembrot ya llevamos tres libros juntos. Las editoriales pequeñas, al menos en mi caso, sirven para que la relación entre el editor y el escritor sea cordial, de amistad; no eres uno más que publica allí sino alguien por quien se preocupan. Tanto en DVD como en Trifolium estuve y estoy a gusto. Sé que los medios de los que disponen no son los mismos que las editoriales más potentes pero, en el caso de Trifolium, tal como apuntas, el producto, es decir, cuando el libro ya más que un libro es una mercancía que hay que vender, resulta de lo más atractivo que se puede encontrar en el mundo editorial.

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