Narrativa

Anatomías del Antiguo

"Anatomías del antiguo" es un proyecto editorial independiente que propone una visión plural y artística del casco antiguo de Oviedo.

Anatomías del Antiguo, es un proyecto colectivo que genera nuevos contenidos sobre la ciudad de Oviedo en un contexto de modelo editorial independiente. Amadeo Fernández Durán, Javier F. Granda y Fermín Santos, sus editores, proponen un hilo de continuidad con referentes literarios recientes como Miradas de El Olivar, el libro Oviedo de PataNegra Editorial y Ovetensia. Forma y Verbo de José Paredes. Si bien la ilustración adquiría mayor protagonismo en los citados, el texto toma mayor relevancia en Anatomías del Antiguo. Treinta y dos escritores y ocho ilustradores proponen una mirada personal sobre el casco antiguo de la ciudad: Josefina Velasco Rozado,  Ana Vega, Lan, Santiago Bertault, Javier F. Granda, Leticia Sánchez Ruíz, Juanjo Barral, Natalia Menéndez, Miguel Rojo, · Susana del Llano Pérez, Assaf Iglesias, Julio Rodríguez, Dani Tritón,  Fee Rega, Nabil Amhaz Martínez, Manolo D. Abad, Ceferino Montañés, Lauren García, Igor Paskual, David Suárez, Suarón, José Yebra, Juan Carlos Suárez, Ernsto Colsa, Flor Fernández Viña, Pablo Amor, Emma Cabal, E. Torreira, Virginia Gil Torrijos, Gema Fernández, Rubén Rodríguez, Tamara Camino, Laura Manzano, Mario Cervero, Brezo Rubín, Klára Konkolythege, José Paredes, Carlos Álvarez Cabrero, Nanu González, Cuco Suárez y Fermín Santos.

El Cuaderno ofrece una selección de textos e ilustraciones que forman parte del libro, presentado en público ayer en pleno corazón del casco antiguo de Oviedo.




La sirena

/ Ana Vega /

Le gustaba acariciar la noche con su lento caminar, atravesar las calles mientras escuchaba a Leonard Cohen o Chet Baker. Era una mujer que en cierto modo ya se había despedido de muchas cosas, a quien poco o nada importaba la mirada ajena y mucho menos algún posible tiempo futuro. Esas calles angostas del Oviedo Antiguo la situaban en un lugar muy cercano al estado que su alma sentía en ese momento. A veces el rugir de la manada nocturna lograba alejarla durante un instante de sus propios pensamientos, pero siempre sabía regresar a su refugio interior, en lo más profundo del abismo que la lucidez alcanza, ese modo de perderse en la noche sin ser vista, caminando como entre recipientes vacíos. Sus pasos marcaban el ritmo de una sombra que ya sin luz buscaba un acomodo lejano en la madrugada. De repente sentía el saludo o la palabra de los otros como una especie de agresión, un nudo impuesto a ese mundo interior que a veces la desbordaba, pero sin embargo siempre lograba salvarla del mundo. Caminaba a media luz. Descendía por la plaza del Sol y a veces giraba sin más para subir de nuevo, pues se sentía ya en casa cuando intuía ciertos lugares cerca. Algunos caballeros de esta pequeña ciudad son como faros y es posible sentir su luz en todo aquello que tocan, pues eso y todo lo demás trasciende más allá de las puertas de un bar. Ahí también encontraba no sólo la melodía que servía de estructura ósea sino también los libros que a modo de baldosas amarillas la vida arrojaba a sus pies para reconducir sus pasos hasta el lugar exacto. En otras ocasiones no giraba en modo alguno, para dirigirse a ese lugar indeterminado y difícil de determinar por estructura y hábito que más que cemento se había construido con base de árbol; atravesaba su corteza, abriendo esa grieta en la roca de olivo y al romperla era como si un nuevo mundo invadiera el cuerpo entero. Rostros conocidos, humanos y animales arropaban al recién llegado como un miembro más de la camada de savia y dulce pelaje. A veces tan solo era necesario asomar la mirada para comprobar que otro mundo era posible. Caminar es un modo de conocerse y reconocer el mundo, ver otras vidas, pero también fijarse en el detalle que se escapa a las prisas y que en las noches de luna llena es tan fácil apreciar, aunque es en la oscuridad absoluta cuando realmente surge la verdadera facilidad de descubrir la verdad. Esta mujer no poseía pretensión alguna con su paso sigiloso rompiendo la madrugada, simplemente establecer durante un breve espacio de tiempo como realidad exterior ese universo interior que a veces la desbordaba. En estos breves silencios hacia su interior encontraba ahora cierta calma que en una ciudad sin mar es difícil o imposible encontrar, y sin embargo, en esta sí, quizá, ciertas noches, cuando las sirenas arrojadas a tierras lejanas pueden asomar su cántico de océano a la noche como en mar abierto, y es entonces, cuando mis piernas se unen y una especie de híbrido se conjuga entre cuerpo y agua, y emergen estas escamas que nacen en mi ombligo hasta donde antes se situaban mis pies.






 

Personajes de Cabrero y Paredes en El Olivar. José Paredes.

Siete momentos vitales

/ Juanjo Barral /

I

Carlos había nacido el mismo día, el mismo mes y el mismo año que yo. Lo descubrimos siendo compañeros de EGB en los Dominicos. Así que el azar había querido que fuéramos amigos. Una tarde me contó que su abuela regentaba un bar en la calle Oscura y me llevó hasta allí. Era el Cechini, donde los parroquianos tomaban vinos y se jugaban un rato de vida a las cartas. Fue la primera vez que entré en un bar. Y me sorprendió (no tanto) que solo hubiera una mujer, su abuela, precisamente, tras la barra. Muchos años después, descubrí que mi padre y el de Carlos habían hecho la mili juntos. Que eran de la misma quinta. Y también se habían hecho amigos. Aunque no hubieran nacido el mismo día, del mismo mes, del mismo año. Como nosotros.

II

De camino a la confitería de mis padres, siempre pasaba por la calle Mon. Recuerdo la tienda de antigüedades, la de comestibles, la de colchones… También el Tigre Juan y Los Caracoles. Pero lo que jamás olvidaré es a las dos crías del bar que hacía esquina frente a Las Mestas. La mayor tendría mis doce o trece años y era el ser humano más bello que había visto hasta entonces. Cada vez que pasaba por delante miraba hacia dentro, como quien busca un tesoro en el fondo… del bar.

III

Cuando estudiaba en el Alfonso II empecé a salir con una moza que vivía encima del Gato Negro. Por entonces nos dedicábamos a querernos, a faltarnos de vez en cuando, a aventurarnos en el sexo y la ebriedad. Nunca me había reído tanto, como con ella, en aquellas tardes ahumadas en el Llar y el Ñeru la Curuxa. Todavía hoy me cuesta entender cómo éramos capaces de meternos mano con aquella destreza. Sin que nadie se diera cuenta. ¿O sí?

IV

Conocí a Tino cuando vivía con Araceli en el piso de Javi en La Vega, y yo empezaba a pernoctar por allí. Poco tiempo después Tino abrió el Berlín, cerca de Casa María, casi enfrente del Matías, otras dos leyendas del Antiguo (en las que me había sorprendido, por cierto, alguna redada). Pasé noches memorables perdiendo al futbolín, perdiendo la noción, perdiendo… Me acuerdo a veces de Tino. Y de todas las partidas que ganamos allí al tiempo.

V

Altamirano, años ochenta. Hace una mañana espléndida de sábado. Lito y Casa Manolo abiertos a los paisanos. Gente fumando porros en la calle con la naturalidad de Tierno Galván. Yonquis buscándose la vida, buscándose la muerte. Universitarios como yo. Y por la noche, la modernidad en la Santa y en la Santina, y en el Plaká, y en La Casa de los Martínez cuando abrió. Nunca en ningún sitio conocí una calle tan pequeña con aquella exhibición de latidos. Una calle que no dormía. Una calle que no callaba.

VI

Mucho tiempo después, frente al álbum de mi banda sonora, recordaría… aquella noche del 21 de mayo de 1994 en el hoy Tribeca asistiendo incrédulo a un concierto de los californianos Green Day. La energía de la banda iluminaría varias avenidas de la memoria.

VII

¿Fue en el Monster? ¿En La Caverna? ¿En el Diario Roma? ¿En el Paraguas? Quizá en El Olivar… donde acabamos (casi con nosotros mismos) en compañía de Francisco Casavella, el más indómito escritor de nuestra generación, brindando eufóricos por una noche que no quería acostarse. Una noche que quizá nos recuerde todavía.






 

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Invicta. Carlos Álvarez Cabrero

Caleyando pol Uviéu de los 70

/ Miguel Rojo /

Supongo que por entós yo yera mui mocín y los díes esllizábanse cola inocencia y la galbana de nun sabese contables nin finitos. Quiero pensar nun día. Un día paecíu, ensin dulda, a otros munchos de finales de los 70 pero que, por eses zunes propies de la memoria más dispuesta a ser tirana qu’obediente, dexó güelga na blanda materia del mio celebru. Alcuérdome que veníemos d’ El Palladium (un cine míticu pa toda una xenaración onde proyectaben películes que por entós se conocíen pretenciosamente como d’ “Arte y Ensayu”) de ver “Amarcord” y cómo, poco depués de pasar a la vera la torre la catedral, blinqué sobre la chepa del mio amigu Xuan glayando: “¡Voglio una donna!”, porque lo acabábemos de oyir na película de Fellini y tamién, ¡ai!, porque tábemos más salíos que la punta un indiu, que yera como se decía por entós cuando ún taba más salíu que la punta un indiu. Y asina, montáu a llombos del mio collaciu, enfilamos cai Mon alantre camín de “Las Mestas”, aquel chigrón (que tovía pervive más o menos igual) onde yera fama la inespresividá de los dueños, una pareya venía de pa contra Cangas que nunca naide fuera quien a ver sorrir; y ellí yera pidir unos porrones de vinu peleón y unes bolses de cacagüeses y entamar l’alderique políticu onde la llinde más a la drecha permitida yera ‘l PC de Carrillo y d’ehí tire usté que llibra tolo que quiera pala izquierda, pasando polos maoistes del “MC”, los trotskistes de “La Liga” o los anarcos de la “FAI”, o con xente como Kike ‘l yonki, al que convidábemos y que, d’acuando, sacaba de los bolsos
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del so abrigón negru llibros mangaos nos grandes almacenes de “Galerías Preciados” (nunca nes llibreríes, que—y paecíen menos capitalistes) que—y mercábemos a preciu saldu… Hasta qu’ alguien dicía: “Vamos al Cecchini”, y baxábemos pela cai Oscura y el “Cecchini” yera como si fuera la casa de los tos buelos, o la corte onde mamaben los xatinos de la infancia, porque, anque too golía a xistra y gochizu, yera algo tan nueso que nada importaba, nin que’l suelu fuera de tierra pisáu nin que la barra del bar tuviera inclinada y hubiera que tar atentos a que los vasos nun rodaren contra ‘l suelu… Y pidir unos bocates de cecina qu’ Angelita, cola dignidá d’una condesa venía a menos, cortaba baxo la inespresiva mirada d’ aquel paisanucu de nariz rota que, según dicíen, fuera boseador y agora compartía sábanes col ama, y que xixilaba nun se desmadrara la parroquia mientres escorchaba una botella de vinu semisecu Azpiazu… Y ehí mesmo entamábemos colos cancios acompañando al alto la lleva a los mozos más vieyos, aquellos barbudos que presumíen de tar curtíos en milenta batalles delantre “los grises” y que garraben una guitarra ensin necesidá de glayar “voglio una donna” porque yeren les mesmes donnes les que se sentaben sobre les sos rodielles y perdíen (pala desesperación de los que tábemos, como yá espliqué, más salíos que la punta un indiu), la so llingüina rosa ente aquelles barbones a lo Fidel, mientres fumaben porros y cantaben “A galopar a galopar hasta enterrarlos en el mar…” o “Te recuerdo Amanda la calle mojada corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel”, siempre Víctor Jara, o algo de Quilapayún, que tiraba muncho lo sudamericanu por entós: “Que culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata si viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa Caracas”, (estribillu que nunca entendí, por ciertu, y sigo ensin entender)… Porque por entós creyíamos vivir un momentu cru
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cial de la historia onde ’l mundu taba nun tris de cambiar y una sociedá más xusta y llibre picaba por venir, a pesar de los “Guerrilleros de Cristo Rey”, empeñaos n’evitalo, y que, dacuando, facíen razzies entrando pola puerta del “Cecchini” abriendo les cabeces de cualesquiera que toparen naquel ñeru de roxos y ateos… Y yá acabada la botella vinu, salir a la cai cola risa y la señaldá miedrando tovía en tarrén estranxeru pa dir hasta “Casa María”, la chigrera más vieya del mundu toda fecha arrugues y males pulgues, a tomar unos anisinos de guindes qu’ella mesma facía, mientres Juan Cueto, el reverenciáu y admiráu y nunca tan bien amáu Juan Cueto, los bebía de dos en dos, de pie y na barra, como fain los paisanos: “Juan, tengo una novela coyonuda que me prestaría que leyeres, etc, etc”, “Juan, tengo un artículu pala revista Asturias Semanal que mete mieu, etc, etc”, asina—y soltábemos al probe Juan enantes d’averanos a “El ñeru la coruxa” onde trabayaba Nacho Martínez, que soñaba con dexalo too y colar pa Madrid pa llegar a ser “Matador” algún día… Y mientres caminábamos po la “Plaza‘l Paragües” emburriándonos y glayando cola indocumentada xenerosidá de la mocedá, la nueche rodaba imparable sobre los teyaos de la ciudá y sobre los nuesos corazones, nuna dómina, aquella de finales de los 70 y entamos de los 80, na que tocar la lluna cola punta los deos nun solo yera posible, sinon que yera obligatoriu.






Balesquida XXI. Nanu González.

El estómago de Oviedo

/ Igor Paskual /

El Oviedo diurno se escribe con v de Vetusta. Pero el Oviedo nocturno se escribe con b de bar. Y es que, tal vez, Oviedo tenga una de las noches más divertidas, apasionadas e intensas de España. ¿Por qué precisamente Oviedo, ciudad con fama de esclerótica, tiene esa gran noche? La razón exacta es difícil de saber, pero me gusta sospechar que es porque de esa forma se compensa una vida diurna que, aún siendo amable, tiene un punto cainita, riguroso y victoriano. Estoy exagerando, por supuesto. Nada es tan blanco ni tan negro, pero es cierto que las ciudades —sobre todo las que han sido personajes de película y novela— poseen un carácter determinado. Pero ese carácter puede ir cambiando con el tiempo y, por supuesto, no es el mismo de día que de noche. La noche en Oviedo sirve como equilibrio en el juego de pesos de su balanza vital. Pero hay otra razón de peso. Y es que el Oviedo Antiguo está delimitado por la frontera que marcaba la antigua muralla medieval. Aún se ven sus cicatrices: es la Ley de persistencia del plano. Esa muralla que marca el llamado Oviedo Redondo constriñe en su vieja barriga a todas las personas que sienten la llamada de la sangre a partir de determinada hora. Esa hora en que la que el ser humano relaja su ley y deja hacer. En la panza de Oviedo se unen altas y bajas pasiones y, sobre todo, se juntan el rockerío con la gente bien, lo guapo y lo feo, lo alto y lo bajo. Es decir, aunque los grupos humanos y sociales no convivan en los mismos bares, sí que se juntan en las mismas calles y se mezclan en zonas que si no se tocan, al menos, se miran, se ven y se dan cuentan de que el otro existe. Por momentos, las clases se disuelven. Y cuando hay mezcla, hay diversión. Aunque la muralla apenas se ve, sí se siente. Estás dentro o fuera. No siempre es fácil acceder y no es una cuestión sólo de precio. Tienen que aceptarte y hay una serie de códigos en los cuales se te otorga un salvoconducto que te concede categoría de pertenencia. Es un espacio con sus propias normas. Con el transcurrir de los años, nuestra alma se va llenando de huellas invisibles que blasonan nuestra identidad y son como los estratos del Oviedo antiguo. Así, uno puede volver a casa llorando después de que le hayan roto el corazón mirando el maravilloso arco en esviaje de la Catedral. Puede pasear borracho junto a la raíz pétrea de la muralla. O ir en noche gloriosa en buena compañía debajo de los balcones salientes en bulbo del Palacio de Velarde. O sentir cómo la doble piel —antigua y moderna— del Museo Bellas Artes te da las buenas noches con discreción. Cada rincón es historia y se incrusta en nuestro ADN como si hubiéramos vivido allí desde hace siglos. El Antiguo ha servido de marco para miles de aventuras, cientos de noches que fueron sirviendo de lección de vida, una forma de conocer. Y, como un libro, nos ha dado capítulos de todo tipo: borracheras gloriosas, otras patéticas y hasta peligrosas. Conversaciones que valen su peso en oro y a veces, noches enteras tiradas a la basura. Seducciones de alto nivel e incluso polvos memorables en sus baños o callejuelas. Pero también rechazos terribles y malos encuentros. Por supuesto, está la emoción de los subidones en noches de ascenso constante y, a veces, el temblor y la angustia del descenso y los gritos interiores que resuenan a fracaso. Y siempre, los poetas, recitando sus versos en tertulias o reuniones que duraban más que muchos matrimonios. Sin embargo, yo tardé mucho en ser aceptado dentro de esas murallas. Durante algunos años fui un extranjero. Y un empollón: cuando tocas la guitarra ocho horas al día, no tienes mucho tiempo para salir. Además, yo había vivido en Herrera (San Sebastián) y en Avilés con lo que no tenía una pandilla hecha del colegio. Encima, Ayones que es donde vinieron a vivir mis padres, estaba a varios kilómetros de Oviedo. Ese aislamiento, en un futuro, me vendría muy bien, ya que al estar encerrado en casa pude pasar muchísimas horas aprendiendo a escribir canciones, tocando y escuchando música. Sin embargo, mi mayor deseo en el mundo era tener una banda de rock and roll. Y para tener una banda hay que juntar a varias personas que toquen un instrumento. Y a la gente se la conocía en el instituto o en los bares. Así que la vivencia más determinante de mi vida rockera ocurrió en un bar, pero de día, aunque el bar se llamase “Noche y media”, que es como una frase de madre de otra época (“¿No querías taza? ¡Pues toma taza y media!”). Y es que en el instituto sólo había conocido a una persona con ganas de montar una banda. ¡Sólo una! Después de varios ensayos aquí y allá, vi que el asunto no tenía ningún futuro y volví a refugiarme en mi torre de marfil con la guitarrita de los cojones y las canciones malas de solemnidad que hacía por entonces. Mi amigo, harto de que verme en situación desesperada, me llevó a ese bar porque iban músicos y se hacían jam sessions. Me presentaron al dueño que me citó para la próxima jam session. Esperé ese momento con ansias de drogadicto. Llegó el día y, cuando entré en el bar, no había nadie. Sólo el camarero. Me miró con cara de compasión y me explicó que justo era el día del descenso del Sella y, como nadie me conocía, no tenían mi teléfono para avisarme de que se cancelaba la jam session. Era uno de esos días del verano ovetense, vacío, seco y con el aire plomizo atascado por la ausencia de viento. Me senté esperar y, al cabo de varias horas llegó un tipo. Era guitarrista y el dueño se alegró de ver que la espera no había sido en vano. Me lo presentó y allí mismo, hoy eso sería imposible, enchufé el amplificador, conecté la guitarra y me puse a tocar en el mismo bar. El camarero incluso tuvo el detalle de apagar la música. Y allí mismo, en esa esquina, concentré en unos pocos minutos, todas las horas de práctica de varios años. Al poco rato salí de allí abrazado a aquel tipo con el embrión de mi primera banda de rock montada. Años después he tocado en todos los rincones del Oviedo antiguo. En los bares y también en las plazas que son el gran invento del urbanismo; en la de la Catedral, Feijoo y Daoiz y Velarde. Ante veinte personas y frente a diez mil. Pero es en la memoria de esa ciudad, en el escenario físico y emocional de su gran tripa de calles, casas y bares donde uno se llena del material imprescindible que luego habitan las canciones. Y ahora que todo cambia, los refugios cierran pronto, las diversiones son otras y los intereses muchos, me pregunto si esa muralla nos expulsará fuera del paraíso o nos dejará seguir alimentando nuestros sueños.






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Radiografía del Antiguo. Nanu González.

Fontán

/ Emma Cabal /

Jueves,

mañana,

mercado.
Un montón de prosa
(“todas las tallas”

“tres bragas a un euro”,

“verduras de la tierra”,

“bonito y barato”)
y, de golpe, la poesía
(“abanicos y paraguas”

“llévame unos suspiros”,
y un endecasílabo

que una encuentra por casualidad

en una conversación cotidiana

y que luego,

no se sabe por qué,

se queda susurrando en el oído,

como una invitación.

“Mañana a las diez en el gato negro”)


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