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El caleidoscopio de Siri Hustvedt

Yolanda Morató explora la pluralidad de intereses que se fusionan en la obra ensayística de Siri Hustvedt.

El caleidoscopio de Siri Hustvedt: color, sentido, forma

/ por Yolanda Morató /

Siri Hustvedt (Minnesota, 1955) es, sin seguir un orden, escritora de ficción, ensayo, poesía, artículos académicos en prestigiosas revistas científicas y traductora. A lo largo de estos años ha afianzado su obra en los distintos géneros, construyendo una voz propia, con una miscelánea de intereses que casan bien únicamente cuando están bien casados: la neurociencia y el arte, las ciencias puras y las ciencias humanas, la psicología y el feminismo, la ficción y la no ficción. Las distintas categorías en las que se enmarca su obra, por la que ha recibido distintos premios,[1] se ven reflejadas a la perfección en los ensayos de su último libro traducido al español: La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (2016, A Woman Looking at Men Looking at Women. Essays on Art, Sex, and the Mind).

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Para entender de dónde parte esta pluralidad de intereses que se conjuga ágilmente en las páginas de muchas de sus obras, no puede pasarse por alto la amplia tradición multicultural que la autora hereda de sus padres, dedicados a la docencia y a la investigación en Europa y América. De hecho, las lenguas extranjeras convivieron cómodamente en su casa, donde compartían espacio el noruego, el francés y el inglés. Su madre desempeñó varios puestos –como profesora de francés o bibliotecaria en St. Olaf College–; su padre fue, en 1980, el primer profesor de Estudios Noruegos distinguido con la orden del rey Olav V. Cinco años más tarde se convirtió en el primer estadounidense galardonado con el America-Norway Heritage Fund.

La lectura siempre ha estado muy presente en la vida de la familia Hustvedt. En su ensayo autobiográfico “Extracts From the Story of a Wounded Self”, la autora narra un verano de su adolescencia que pasó en Reikiavik, Islandia. El texto invoca la lectura como principal protagonista de aquellos días. Esta pasión por leer sigue siendo parte indisociable de su vida y confiesa que aún dedica cuatro horas cada tarde a distintos autores y géneros que la van llevando de un sitio a otro. En El verano sin hombres (The summer without men, 2011), Hustvedt define el libro como “una colaboración entre el que lee y lo que se lee” y lo que resulta de esta combinación es “una historia de amor como cualquier otra” (pág. 198).[2] Estos planteamientos, basados en su curiosidad impenitente, no sorprenden si se tienen en cuenta los temas que construyen el caleidoscopio de su obra. Desde la poesía hasta el ensayo, la autora ha investigado distintas modalidades literarias y, salvo la poesía, todas han seguido intercalándose a lo largo de su carrera.

En 1978, Siri obtuvo una beca para cursar Estudios Ingleses en la universidad neoyorquina de Columbia, donde trabajó como asistente de investigación del poeta Kenneth Koch. Su primer poema, “Weather Markings”, se publicó en The Paris Review en 1981 y un año más tarde, en el sello editorial Station Hill, apareció su único libro en este género, Reading to You (1982), que combinaba verso con prosa lírica. Cosas de la traducción, el hecho de que sus poemas en lengua española llegaran décadas más tarde (en 2007 bajo el título Leer para ti) hace que parezca que la poesía es algo más próximo a la autora de lo que en realidad es, pues, salvo colaboraciones que salpican esos años y un par de publicaciones entre 2000 y 2001, dicho libro supuso el principio y el fin de su producción en este género literario.[3] Por decirlo con una metáfora astral, aunque la luz seguía brillando en el firmamento, la estrella ya estaba muerta.

No es necesario pasar mucho tiempo a su lado para comprobar que Hustvedt es una persona generosa. La pude ver conceder entrevistas y responder una y otra vez a las mismas preguntas sin acusar cansancio y conservando el buen tono. Hay quien la compara a las actrices de Hollywood, algo que, como sin duda salta a la vista, ocurre en el plano físico pero de ninguna manera en el intelectual, porque en su mensaje trasluce una verdad, una convicción, esas certezas que se van adquiriendo con los años y que rara vez deshacen su poso porque no nacen de la impostura sino del conocimiento. En la conversación que mantuvimos el pasado 27 de abril en el Centro Niemeyer (en la localidad asturiana de Avilés), nos aclaró que la poesía es algo que enterró hace décadas y que su frugal incursión en el género sucedió de una manera muy literaria: dedicando una madrugada a la escritura automática, como hacía uno de sus profesores universitarios. El resultado de aquel experimento le desagradó tanto que entendió que había dejado de tener algo que decir a través de la poesía. Su explicación fue determinante: no merece la pena insistir en algo que no nos reporta satisfacción en ninguno de sus planos. Aunque los datos concretos no tienen por qué ser verdad, sí lo es el resultado a la vista de su bibliografía.

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Hustvedt es una escritora que suele reflexionar sobre los géneros con los que trabaja, sobre todo porque, como le sucede a muchos de sus colegas de profesión que no se decantan únicamente por uno, la prensa le pregunta con frecuencia. En su visita a España dejó claro, además, que no sentía la necesidad de acudir a la autoficción si contaba con la ficción sin paliativos. Este no será un argumento novedoso para los conocedores de su obra, que están acostumbrados a leer entrevistas en las que los periodistas a veces dejan que la sombra de la vida real planee sobre su obra. Sin que parezca que le importe demasiado, la escritora sigue jugando a utilizar detalles desde los que catapultarse hacia terrenos más profundos. En títulos como Todo cuanto amé (What I Loved, 2003) pone en boca de su protagonista importantes reflexiones sobre el arte de recordar, el arte de olvidar y los mecanismos de defensa de nuestro cerebro: “somos todos amnésicos” (pág. 18), nos dice en un determinado momento de la novela; también nos recuerda que las mentiras no tienen por qué ser perfectas: “se basan menos en la capacidad del mentiroso que en las expectativas y deseos de quien las escucha” (pág. 232); porque, “¿cuál es la perspectiva de la memoria” cuando volvemos a esos lugares de nuestro pasado? (pág. 21).

Para quienes hayan seguido el desarrollo del conjunto de su obra resultará recurrente la continua reflexión sobre las historias que nos contamos a nosotros mismos. La frase aparece ya en En Lontananza (Yonder, 1998) y el artículo se recoge en The art of the essay: The best of 1999 (ed. Phillip Lopate, 1999); posteriormente dará título a Una súplica para Eros (A Plea for Eros, 2005). La secuencia en sí cruza pronto al territorio de la ficción para reaparecer en Todo cuanto amé (What I Loved, 2003) y en El verano sin hombres (The summer without men, 2011). Las meditaciones sobre la memoria y el cerebro, sobre los mecanismos con los que narramos nuestras vidas, trazan, por tanto, un magnífico hilo conductor entre la escritora de entonces y la que leemos ahora, tanto en sus obras de ficción como de no ficción. En La mujer temblorosa (The Shaking Woman or A History of My Nerves, 2009) nos advierte de que “un recuerdo temprano adquiere nuevos significados y cambia a medida que la persona madura” (pág. 110), por lo que no cabe duda de que este es ya un tema que vertebra toda su obra y justifica que se haya convertido no solo en un recurso discursivo eficaz, sino en su propia seña de identidad narrativa: “la facultad de la memoria no puede separarse de la imaginación. Van de la mano. En menor o mayor medida, todos nos inventamos nuestros pasados personales. Y para la mayoría de nosotros esos pasados se construyen sobre recuerdos coloreados por la emoción” (pág. 112). Hustvedt volvió sobre esta idea en “Three Emotional Stories: Reflections on Memory, the Imagination, Narrative, and the Self”, un artículo científico que, desde su primera frase, proclamaba: “propongo que memoria e imaginación participan de los mismos procesos mentales: las impulsa la emoción y, con frecuencia, adoptan una forma narrativa” (pág. 187).

El recuerdo, la búsqueda y la huella despliegan en la obra de Hustvedt un justo protagonismo. Por eso, si se recurre a la etimología del término investigar, la autora encarna, sin duda, el papel de investigadora total. Las palabras investigar y vestigio contienen en su ADN lingüístico una misma realidad: el rastro indeleble del pasado y la necesidad de perseguirlo. De ahí que resulte tan oportuno citar la famosa frase de Oliver Sacks que suele aparecer en las fajas y contraportadas de sus libros, y que la describe como una “brillante exploradora del cerebro y la mente”. Y es oportuna porque revela una de las principales características que distinguen a Hustvedt: un marcado afán inquisitivo que manifiesta en cualquier conversación, ya tenga lugar en un escenario ante un centenar de personas o en el ambiente íntimo de un restaurante. No hay pose ni en su vertiente más académica ni en la más informal. Es, en la mejor acepción de la palabra, superlativa.

En La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres se entremezclan todos sus temas como si fuera una Enciclopedia Hustvedt. Entre los aspectos que más han interesado a la prensa a su llegada a España está su postura feminista; y aunque el libro refleja una indudable y continua lucha por la igualdad, basada, como el resto de temas, en documentación científica, no puede decirse que sea el eje principal. Está porque está ella: porque es esa mujer que observa el mundo e intenta dejar por escrito los sesgos e incongruencias a los que nos sometemos. Por eso, a pesar de que el ensayo “No son competencia” pone sobre la mesa ejemplos incontestables de machismo, que ilustran lo que Hustvedt denomina “realce” de la figura masculina y “encogimiento” de la femenina, las polémicas surgidas a raíz de declaraciones como las alimentadas por el escritor noruego Karl Ove Knausgård, no deberían monopolizar el análisis de la obra. De hecho, aunque el subtítulo de la edición española incluya la palabra “feminismo”, no ocurre así en la edición original estadounidense, donde la palabra elegida es “sex”, mucho más acorde a los términos en los que habla Hustvedt. No hay que olvidar que la narradora del título es un singular, “la mujer”, la que mira a los otros. En este sentido, se trata de una obra que revela genuinamente el carácter de la escritora: en sus páginas se recopilan las preguntas que se ha hecho en distintos ensayos ya publicados: desde su experiencia en terapias con enfermos mentales hasta sus estudios de otros escritores. Por eso no llega a ser ni objeto ni sujeto: es la observadora tenaz que documenta el mundo, los mundos, entre los que se mueve. Habría sido enriquecedor que, en su visita a España, su trabajo sobre neurociencia hubiera aparecido en alguna(s) de páginas que se les dedican a otros divulgadores científicos.

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El último término del subtítulo de la obra vuelve a insistir, no en vano, en las relaciones entre la mente y quienes somos. Aunque en español la palabra del original, mind, se haya traducido como ciencia, la mente se convierte pronto en otro de los protagonistas del libro. ¿Por qué interpretamos las cosas como lo hacemos? Es una pregunta omnipresente en la obra de Hustvedt. En El verano sin hombres, una novela sobre los límites de la identidad, las consecuencias que conllevan los cambios vitales y las distintas crisis que sufren quienes lo experimentan, Mia, la protagonista, se pregunta si “la lectura masiva había convertido mi cerebro en una máquina sintética que podía convocar a la filosofía, la ciencia y la literatura” (pág. 18). El trasunto de su producción literaria (tanto de ficción como de no ficción) es, pues, mucho más complejo.

Como investigadora del área de la psicología, en el conjunto de su obra el papel de la memoria no se relega únicamente a un plano visual dominado por el arte y la literatura, sino que, como ya adelantaba en Todo cuanto amé, “después de todo, fabricamos historias a partir del fugaz material sensorial que nos bombardea en cada instante, una serie fragmentada de imágenes, conversaciones, olores y el tacto de las cosas y las personas. Eliminamos la mayoría para vivir con una apariencia de orden, y esta reorganización de la memoria continúa hasta el momento en que morimos” (pág. 120). Además de analizar con detalle las relaciones humanas un número importante de textos literarios y obras de arte, Hustvedt ha trabajado con pacientes de la unidad de psiquiatría de la Facultad de Medicina Weill Cornell de Nueva York, con pacientes de la clínica psiquiátrica Payne Whitney (2006-2010), publica en revistas como Psychology Today y Neuropsychoanalysis y en 2016 fue profesora del área de psiquiatría en el DeWitt Wallace Institute.

La obra de Hustvedt nos confirma que no necesita recurrir ni a los metros ni a los versos para crear, interpretar y descubrir el placer estético: consigue con su prosa momentos de absoluta comunión con el lector. Como inesperadas conexiones neuronales, sus libros reflejan un cuidado sistema de vasos comunicantes. Estas relaciones son particularmente intensas en su última obra, La mujer que miraba a los hombres que miraban a las mujeres, editada parcialmente en España (pues el original en lengua inglesa se compone de tres secciones en lugar de las dos que tiene la versión española). En sus páginas, Hustvedt conjuga disciplinas con facilidad y convierte este libro, a caballo entre la divulgación científica y la crítica de arte, en una obra cuajada de preguntas en la que cualquier persona con inquietudes puede encontrar reflexiones sobre mente y cuerpo, ciencia y literatura. Acudiendo a esa metáfora de Todo cuanto amé, en la que Hustvedt describe su matrimonio en un momento de la trama “como una larga conversación” (pág. 47), La mujer que miraba a los hombres que miraban a las mujeres es un diálogo continuo en el que un diagrama de Venn se expande a su vez generando círculos concéntricos: una obra de arte que, al tomar la necesaria distancia, nos revela una elaborada estructura matemática.


Obras citadas

Hustvedt, Siri. La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres. Ensayos sobre feminismo, arte y ciencia, trans. Aurora Echevarría. Barcelona: Seix Barral, 2017.
— A Woman Looking at Men Looking at Women. Essays on Art, Sex, and the Mind. Nueva York: Simon & Schuster, 2016.
— “Three Emotional Stories: Reflections on Memory, the Imagination, Narrative, and the Self”, Neuropsychoanalysis, An Interdisciplinary Journal for Psychoanalysis and the Neurosciences 13 (2011): 187-196.
The Shaking Woman or A History of My Nerves. Nueva York: Henry Holt, 2009.
— The Summer Without Men. Nueva York: Picador-Henry Holt, 2011.
What I Loved. 2003. Londres: Sceptre, 2007.
Leer para ti. Madrid: Bartleby Editores, 2007.
A Plea for Eros. Nueva York: Picador, 2005.
— “Extracts from a Story of the Wounded Self”, Samtiden, noviembre, 2004.
— “A Plea for Eros” en The art of the essay: The best of 1999, ed. Phillip Lopate. Nueva York: Anchor Books, 1999, 117-129.
Yonder. Nueva York: Henry Holt, 1998.
— (trans.). “Six poems by Tor Ulven” de Vanishing Point. Writ, nº 18, 1986.
Reading to You. Barrytown, Nueva York: Station Hill Press, 1982.
— “Weather Markings”. The Paris Review 81 (1981): 136-137.

•••

[1] Por Los ojos vendados (1992) recibió el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de Berlín por su adaptación cinematográfica. Todo cuanto amé (2003) obtuvo el premio de Libreros de Quebec y el Femina Étranger; además, fue finalista del Llibreter y del Waterstones Literary Fiction Award. Con El verano sin hombres (2011) resultó finalista del Femina Étranger. El mundo deslumbrante (2014) ganó el premio Los Angeles Times Book de ficción, fue finalista del Dublin Literary Award y entró en la selección del Premio Booker. Entre las distinciones por el conjunto de su obra fue galardonada con el Gabarron International Award for Thought and Humanities (2012) y el Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oslo (2014).

[2] Aunque las citas de los distintos libros de Hustvedt aparecen del español a lo largo del texto, se trata de traducciones realizadas a partir de los originales en lengua inglesa por parte de la autora del este artículo. Por ello, se indican los títulos de las obras en español, pero se incluyen entre paréntesis las ediciones que se han empleado para las traducciones aquí recogidas.

[3] A principios de la década de los ochenta publicó “Broken Geometry” en Pequod 12 (1981): 69-73; y dos poemas: “Eclipse” y “Hermaphroditic Parallels” en The Paris Review 87 (1983): 129-130. En 1986 aparecieron las traducciones de seis poemas de Tor Ulven (1953-1995) incluidos en Forsvinningspunkt (Gyldendal Norsk Forlag, 1981) y publicados en inglés como Vanishing Point, en el número de 18 de Writ. Entre 2000 y 2001 publicó “Haiku” (sobre Chardin). Art Issues, Summer (2000) y “Nine Boxes.” A Convergence of Birds: Original Fiction and Poetry Inspired by the Work of Joseph Cornell. Ed., Jonathan Safran Foer. Nueva York: D.A.P., 2001.

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