Opinión

La hibris catalana

De todas maneras, parece claro que el conflicto catalán sí que puede explicarse al menos como una colección o un juego o una escalada de desmesuras; como una desmesura colectiva que a todos ha ido deglutiendo en su voraz crecimiento, como un irresistible tsunami que hubiera arrasado todos los asideros de la inteligencia.

Los antiguos griegos lo pensaron todo, todo lo previeron y de todo sentaron las bases, y manejaban un concepto en torno al cual hacían girar toda su clarividente y asombrosa cosmogonía; toda su lúcida manera de entender el hombre y al mundo. Era la clave de bóveda de la moral griega tal como la de la cristiana es el pecado o la de la japonesa el deshonor, y los helenos la llamaban hibris.

No es un término fácil de traducir con precisión. Se lo suele asimilar al castellano desmesura, pero es sólo una aproximación que no solventa algunos problemas. En castellano, desmesura es sinónimo de radicalidad, y una comprensión superficial de la hibris basada en esa sinonimia podría en consecuencia suponer en los griegos una defensa de la moderación, de las posturas templadas y de la equidistancia. No era exactamente así, y el asunto es más complejo. Para los filósofos clásicos, podía haber mesura en la radicalidad y desmesura en la moderación, y la idea era más bien lo que los filósofos Javier Echeverría y Francisco Álvarez llaman hoy racionalidad axiológica acotada: todo valor —explican— tiene cotas máximas de satisfacción por encima de las cuales se torna en contravalor. Dicho en román paladino, demasiado de lo bueno tiende a convertirse en malo, y no hay nada bueno que no devenga malo cuando se lo cultiva en demasía. Pero se puede cultivar en demasía la templanza, y la radicalidad puede ser razonable si sabe sujetarse a una mesura no entendida como mengua o como renuncia, sino como límite o dique de contención. La violencia más extrema puede no ser hibris si se emplea para detener a Hitler o emancipar a los parias de la Tierra y después se abandona. Y el pacifismo puede derivar en hibris si, estirado hasta el extremo de aquellos protomártires cristianos que se dejaban devorar sin rechistar por los leones del Coliseo, da rienda suelta a la demasía contraria, que es la impunidad de los violentos. Demasiado amor es malo y nada hay de malo en un poco de odio, igual que no lo hay en un poco de dolor. Los griegos decían medén agán: nada en exceso, pero insistamos: nada significa nada. Así lo entendía Bertolt Brecht, que decía que el comunismo es el término medio y que derrocar el orden existente parece espantoso, pero lo existente no es ningún orden. Y así lo entiende Tariq Ali, que acuñó hace unos años el término extremo centro para referirse a esas posiciones políticas que hacen bandera y doctrina de la quietud absoluta y de la inexistencia de alternativas a lo existente.

La clave de todo esto está en el adverbio demasiado. De ello, de la demasía, era de lo que huían y lo que penalizaban los griegos, todas cuyas tragedias —de Edipo Rey a Medea y de Antígona a Hécuba— pivotan en torno a una hibris castigada por los dioses. La idea era que una determinada demasía siempre genera una demasía en sentido contrario, y que en ese juego de vaivenes, en esa violenta sogatira, se hacía trastabillar el precario equilibrio del universo. Los griegos imaginaban el mundo tal como Descartes dejaría de imaginárselo y Humboldt comenzaría a redescubrir que era: un gigantesco organismo vivo en el que todo está interconectado, toda acción genera una reacción y nada puede cambiarse sin cambiarlo todo. También el efecto mariposa y el efecto dominó fueron imaginados por primera vez a la sombra de los olivos de la vieja Hélade. Edward Norton Lorenz diría siglos después que el aleteo de una mariposa en Japón puede desatar un huracán en Eslovenia, pero los griegos, que nunca dejaban que las nubes les impidieran ver el cosmos, volaban más alto y lo enunciaban en otros términos, morales y no meteorológicos: violentando a un ser humano o a un animal —decían— se violenta el universo entero.

Lo contrario de la hibris no era la mesura, sino la armonía: he ahí la inexactitud de la traducción habitual del concepto al castellano, que se debe a que en nuestro idioma no existe la desarmonía.

Para los griegos, la hibris también era el motor de la historia (aunque no lo decían así): todos los conflictos y guerras que jalonan la historia —decían— se explican por una desmesura primigenia y desequilibrante que, provocando otras, desata el huracán.

De alguna manera, tenían razón. Marx dirá más tarde que el motor de la historia es la lucha de clases, y también tendrá razón, pero la lucha de clases no deja de ser la consecuencia de una hibris: la hibris eterna de la avaricia y la explotación del hombre por el hombre, que genera a su vez la de la ira de las masas. En realidad, si uno bucea lo suficiente en cualquiera de los conflictos y guerras contemporáneos, comprueba fácilmente que siempre hay una hibris, que siempre hay una suerte de desmesura, que sigue sirviendo como explicación primera y esencial de lo sucedido.

El conflicto catalán que hoy se adueña de periódicos y telediarios y escribe ya los libros de historia del futuro no es una excepción en este sentido, aunque no es sencillo señalar cuál es en este caso la hibris primigenia que comenzó a desatarlo todo. Hay todo un menú de opciones entre las que elegir y, dependiendo del interlocutor, el foco puede ubicarse en los decretos de Nueva Plata de Felipe V, en el fusilamiento de Lluís Companys, en la insolidaridad fiscal de la burguesía barcelonesa o en el decreto de inconstitucionalidad que arruinó la promesa de José Luis Rodríguez Zapatero de que aceptaría cualquier Estatuto de Autonomía que aprobara el Parlamento catalán. Está claro, por otro lado, que hay hibris muy lacerantes en el viaje histórico de los dos ferrocarriles que ahora colisionan; que ambos han conocido la desmesura. José Millán Astray dijo, sí, que «Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación» a los que había que exterminar «cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí», pero lo dijo varios decenios antes de que Heribert Barrera, líder histórico de Esquerra Republicana de Catalunya y el primer presidente del Parlament autonómico, cargara contra la emigración andaluza a Cataluña preguntándose «qué ganamos con que se bailen tantas sevillanas» y contra los magrebíes lamentando que «hay una distribución genética en la población catalana que estadísticamente es diferente a la de la población subsahariana», así como que «hay muchas características de la persona que vienen determinadas genéticamente y la inteligencia es una».

Sea como sea, seguramente esa búsqueda del origen último del affaire catalán sólo pueda ser infructuosa. En el fondo, también la extendidísima creencia de que puede detectarse un origen único y perfectamente delimitable en todos los procesos históricos tiene los colores y el aroma de la hibris; de la hibris de —en una de esas inercias de la religión por las que los ateos nos dejamos arrastrar a veces— seguir buscando dioses artesanos y verbos creadores que nos expliquen el mundo. Los griegos (otra vez los griegos, siempre los griegos) no concebían la historia como una línea, sino como un círculo. Los círculos no tienen principio y final, sino centro y periferia e infinitos lados.

De todas maneras, parece claro que el conflicto catalán sí que puede explicarse al menos como una colección o un juego o una escalada de desmesuras; como una desmesura colectiva que a todos ha ido deglutiendo en su voraz crecimiento, como un irresistible tsunami que hubiera arrasado todos los asideros de la inteligencia. Todo es hibris en esta fea historia, y lo es a uno y otro lado de un tablero en que la primera desmesura en juego es la simplificación metonímica de la portentosa complejidad de la democracia, convertida por unos sólo en ley, por otros sólo en urnas y por todos en algo así como una palabra mágica y extravagante que se pronunciase ignorando su significado pero esperando de ella el sortilegio de hacer desaparecer al adversario. También aquí vuelve a palpitar la religión y esas invocaciones altisonantes de la democracia recuerdan a las del Dios verdadero en esas guerras en las que ambos contendientes aseguran tenerlo indudablemente de su lado sin tenerlo de su lado en realidad, porque Dios no existe si no se lo construye. La democracia de Rajoy y Rufián es una democracia intransitiva y autótrofa que podría decir lo mismo que Yahvé a Moisés en el Éxodo a través de una zarza ardiente: «Yo Soy el que Soy».

En torno a esta hibris de la democracia vuelta antidemocrática vuelan otras, y la enumeración posible tiende a infinito, pero lo interesante no es tanto el número como la simetría; el juego de espejos que hace que los presuntos enemigos íntimos sean en realidad las dos caras de un Jano bifronte. A un lado ruge la hibris del «Piqué, cabrón, España es tu nación», del «¿Qué pone tu DNI?», del meme pixelado y con faltas de ortografía, de la patria impuesta por decreto y a garrotazos; de esa España rancia, casposa y podrida de cutrez de la que cualquier persona sensible e inteligente debería querer independizarse y decir lo que Bergamín: «Mi mundo no es de este reino». Que Massimo d’Azeglio dijera que una vez construida Italia había que construir italianos pero los nacionalistas celtibéricos prefieran destruir españoles y que todas las naciones existenciales se hayan construido a sí mismas en oposición a un Otro foráneo (Francia contra Alemania, Grecia contra Turquía, Polonia contra Rusia, China contra Japón) pero el Otro de España sea siempre una parte de ella misma, como si un hombre dado detestase sus propios brazos, sus piernas o sus genitales y se pasase la vida golpeándolos. Hay esa hibris carpetovetónica, pero al otro lado, imitando minuciosamente los gestos de aquella, emerge paralelamente la hibris del «Som un sol poble», del «Assenyalem-los», de las invectivas contra fuerzas de ocupación que obtienen un millón seiscientos mil sufragios en elecciones escrupulosamente libres pero a cuyos votantes se niega la condición de catalanes por más que se apelliden Pladevall o Casademunt. Hay una anti-Cataluña que puebla las fantasías del catalanismo igual que el nacionalismo español ha señalado siempre una anti-España.

Hay la hibris del bestiájez neonazi metido a policía antidisturbios y al que el vídeo de YouTube muestra encantado de salir de su lechera a romper manos, sobar tetas, abrir cabezas y dejar tuertos a adolescentes («¡A por ellos!»), pero también la del niño pijo del barrio de Gràcia que milita en las juventudes de CiU y zarandea, insulta y arroja adoquines al guardia civil hijo de un mecánico de Zafra o de un labriego de Sahagún. En mayo del sesenta y ocho, Pier Paolo Pasolini simpatizaba con los policías en lugar de con los universitarios que tomaban las calles italianas, porque los policías eran hijos de la clase obrera y los universitarios, chicos bien. Y tampoco se trata de eso, pero algo huele mal y algo hay que acordarse de Pasolini cuando se ve a la patronal convocar y secundar huelgas y a anarquistas sedicentes marchando del brazo de los burgueses a construir un nuevo Estado-nación que también tendrá policía (y no, seguramente, más pacífica: no es precisamente su escrupulosa observancia de los derechos humanos la fama que adorna el proceder de los Mossos d’Esquadra).

Hay también la hibris de la banalización de las cosas serias; de una inflación histérica del lenguaje que, como todas las inflaciones, revela una crisis más profunda: la existencial de un Occidente puerilizado que, ignorante de su propia historia y de lo que vale un peine, ya no necesita ver palacios bombardeados, tanques en la calle, listas negras de disidentes a fusilar ni exilios apresurados para ver un golpe de Estado; y ya no precisa noches de los cuchillos largos, campos de concentración ni un Reichstag ardiendo para calificar de fascista no ya a cualquier enemigo, sino a cualquier discrepante. Y hay la hibris de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; de gritar «prensa española, manipuladora», de ahogar gritándolo el trabajo de reporteros que no importa que sean de LaSexta o de Intereconomía, sin lanzar idénticos denuestos contra TV3 o contra uno mismo (los griegos también inventaron la autocrítica): manipular es «operar con las manos» y estrangular es una forma como cualquier otra de operar con las manos.

La más desgraciada de las desmesuras del affaire catalán es, con todo, que lo nacional logre concitar movilizaciones y lealtades que lo social no impulsa desde los años ochenta y que el mundo nuevo que los jóvenes rebeldes de hoy albergan en sus corazones sea cambiar de pasaporte y ya no que los nada de hoy todo lo sean. También es una hibris infausta que se cuadruplique la venta de banderas españolas y senyeres fabricadas en China pero no la de La pell de brau, el maravilloso libro de poemas en el que Salvador Espriu pedía a Sepharad fer segurs els ponts del diàleg y mirar de comprendre y estimar les raons i les parles diverses dels seus fills; ni la del disco en el que Joan Manuel Serrat cantaba: «No me siento extranjero en ningún lugar: donde haya lumbre y vino tengo mi hogar»; ni la de El mundo de ayer, el libro de memorias de Stefan Zweig en el que el gran escritor austriaco calificaba al nacionalismo, a todo nacionalismo, como «la peor de todas las pestes» y una que estaba envenenando «la flor de nuestra cultura europea». Libro que, dicho sea de paso, publicó en castellano una espléndida editorial barcelonesa, Acantilado, cuyo fundador se llamaba Jaume y se apellidaba Vallcorba.

Hay hibris partidarias, también. Cada partido político hace su propia contribución personalísima a esta desmesura general y ninguno está protagonizando horas de gloria que anulen por fin la orfandad de estadistas y proyectos de país que asuela España.

De la inveterada piromanía de la derecha no hay mucho que decir: siempre que se ha dialogado y pactado de verdad en Cataluña, siempre que el Estado ha hecho verdaderas concesiones (en no otra cosa que en hacer concesiones consiste dialogar, otro de esos verbos que se pronuncian sin cesar pero sin adherirles un predicado: dialogar con quién, sobre qué, proponiendo qué, estando dispuesto a ceder qué), ha sido la derecha, ontológicamente liberticida, quien las ha cortocircuitado, avivando en consecuencia la sensación de agravio que, justa o injusta, hoy lanza a dos millones y medio de catalanes a las filas del soberanismo y a la desobediencia civil. Primo de Rivera acabó con la Mancomunitat, Franco con el Estatut de Núria y Rajoy con el de Miravet, al que se podaron artículos que se respetaron en cambio en Valencia o Andalucía y a los que en todo caso el Estatuto vasco, prácticamente confederal, deja cortos.

Debe cargarse con más saña y considerarse menos perdonable la incomparecencia intelectual de una izquierda desnortada, cobarde y que, absolutamente incapaz de ofrecer terceras vías que no sean ni el mero mantenimiento del statu quo ni la utopía regresiva catalanista, se limita en consecuencia a dejarse arrastrar por uno u otro polo de esta simetría de idiocias.

La carga debe ser durísima contra un PSOE irredimible al que parece sentar como un guante todo aquello que Juan Antonio Bardem llamaba al cine español en los años cincuenta: políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico. Debe no tenerse clemencia con un líder caducante que se limita a formular vacuas invocaciones al diálogo y a exigírselo al Gobierno en lugar de liderarlo él mismo lanzando una moción de censura que un PP devastador ha convertido en emergencia nacional sin que, sin embargo, haya pasado a estar en la agenda de la cúpula socialista. Sánchez ha agotado todo el capital de ilusión que había reunido en las famosas primarias y, no siendo en modo alguno parte de la solución, se ha convertido en parte del problema. Pero también hay una carga que hacer contra otra formación, Podemos, que, como los malos toreros y los malos futbolistas, empequeñece en las grandes ocasiones, y en ésta no hace otra cosa que mostrarse ambiguo, esquivo y desoladoramente alérgico a la única bandera que podría resolver cabalmente todo esto, que es la tricolor republicana. Hay una luminosa España alternativa que, «república de trabajadores de toda clase que se organizan en régimen de libertad y justicia», nunca ha dejado de latir y de esperar su rescate bajo los adoquines de la puerta del Sol, donde en los años treinta se aplaudía a Companys y hoy se sigue cantando Al vent y L’estaca. Pero no parece que vaya a ser Podemos quien cumpla la misión histórica de libertarla, y eso deja expedito el camino a los admiradores de Heribert Barrera, a quien, tras su fallecimiento, Oriol Junqueras llamaba estel de tramuntana (uno de los nombres poéticos que los marineros catalanes y mallorquines dan a la estrella polar) en un elogiosísimo artículo que, por supuesto, pasaba por alto que l’avi Heribert también había dicho que «en América, el cociente intelectual de los negros es inferior que el de los blancos», que había que plantearse la esterilización del que es «débil mental a causa de un factor genético», que «antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia» y que «el bilingüismo implica la desaparición de Cataluña como nación».

Al concepto griego de hibris le correspondía una diosa que se llamaba así, Hibris, y a la que los griegos suponían hija del dios de la sombra y de la de la noche, porque los griegos, que todo lo inventaron y de todo se dieron cuenta antes que nadie (hasta el átomo descubrió Demócrito de Abdera), también se dieron cuenta de que la noche es mala consejera. De noche el juicio se nubla y se anudan las peores desmesuras; es de noche cuando se cocinan casi todos los desatinos, y el conflicto catalán —que no tiene visos de resolverse si no es mediante la improbable celebración de un referéndum de independencia legal y pactado que en lugar de dos preguntas haga cuatro y se acompañe de una reforma constitucional profunda en toda España— también es hijo de la noche, aunque sea de esa noche metafórica de la razón de la que Goya bien lamentaba que pare monstruos. Es la noche de la razón o el día de la sinrazón lo que lleva a miles de paletos de Gijón, de Logroño o de Sevilla a colgar estanqueras de sus balcones (la nación como berrido, como escupitajo, como sacada de chorra), pero no es menor el ocaso racional que lleva a ver trescientos años de opresión e imposición constantes en la historia de una tierra que Espartero, sí, decía que había que bombardear cada veinte años, pero cuyos próceres financiaron a Primo de Rivera y a Franco y en la que el 91% de los ciudadanos votó la Constitución del setenta y ocho, la lengua catalana goza de envidiable salud y es vehicular en la educación y se dispone hasta de policía propia.

Se ha dicho en Twitter: desde que desenterraron a Dalí, todo se ha vuelto surrealista; aunque por fortuna, siempre hay hueco para el humor. Lo ha contado el periodista Nacho Carretero, que llamó al alcalde de un pueblo gerundense y le dijo:

—Hola, le llamo de El País.

—¿De cuál? —le respondió el alcalde.

Y los dos empezaron a reírse.


 

1 comment on “La hibris catalana

  1. omelchor

    Esto no es un comentario, es una expresión de sorpresa y admiración. Sorpresa porque es difícil toparse con textos razonados y razonables, admiración por ser un texto razonado y razonable.
    Al terminar echaba de menos a Machado y sus ‘dos Españas’, que a García Lorca lo querían salvar los nacionales y a Primo de Rivera los rojos… pero no, si empezamos con las contradicciones de este país nunca terminaríamos.
    Muchas gracias por hacerme un poco menos ignorante y, espero, un poco más razonable.

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