Crítica

Adiós, señor Friant

"Adiós, señor Friant", la nueva novela de Philippe Claudel (1962), llega a las librerías en una bella edición de KRK.

 

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Philippe Claudel

Ante el museo del porvenir

/ por Moisés Mori /

El autor cierra esta novela con una escueta “Nota biográfica” sobre el pintor Émile Friant (1863-1932). El nombre de este artista francés —el señor Friant del título— seguramente dirá poco o nada a los posibles lectores del libro, aunque —sabemos por la Nota— fue un pintor conocido y laureado en su época, si bien un tanto olvidado en la actualidad; en cualquier caso, el escritor lo tiene presente, pues ambos nacieron —con un siglo de diferencia— en la región de Lorena, y Philippe Claudel (Dombasle-sur-Meurthe, 1962), que sigue viviendo allí, puede contemplar en la capital lorenesa, en el Museo de Bellas Artes de Nancy, los principales cuadros de Émile Friant. “Las obras pintadas” -—explica Claudel en la contracubierta— “son a menudo grandes espejos que nos invitan a contemplarnos”. Y sigue: “En esta novela quise hablar de él, y hablar de mí mismo a través de él”.  Luego Adiós, señor Friant empieza así: “Pasé parte de mi infancia a orillas del Gran Canal. No el de Venecia, sino el de Dombasle. No se encuentra en ninguna pintura. Nada tiene de pintoresco ni de suntuoso. (…) Mi abuela vivía en una casita en la orilla de estas aguas engañosamente adormecidas. Era esclusera.”

En efecto, los recuerdos de infancia y el personaje de la abuela (“Abuela”) constituyen el punto de partida de este relato que comienza en esa esclusa de Dombasle y nos lleva de la Gran Guerra al siglo XXI; un texto breve (no llega a las cien páginas), en el que el narrador se sirve de algunos cuadros de Friant para evocar líneas, rumbos de su trayectoria personal (orígenes familiares, el niño junto a su abuela, desorientación posterior del estudiante, días difíciles y superación de la crisis en Nancy, el escritor actual…), para trazar asimismo rápidos apuntes de un tiempo que no puede olvidarse y unas vidas más bien minúsculas.

School of Nancy Museum, City of Nancy, Lorraine Region, France.
La comida frugal, Émile Friant (1863 -1932)

Hasta doce obras de Émile Friant (todas ellas reproducidas en esta bella edición de KRK) van jalonando e impulsando un relato de corte autobiográfico: el narrador se mira y se dibuja en el espejo artístico de otro. El procedimiento es destacable en sí mismo, pues a través de los cuadros del pintor (Bebedores, Joven de Nancy en un paisaje nevado, El día de Todos los Santos) se crea una atmósfera, vínculos temporales, cobran cuerpo y alma los personajes del libro; la historia viene así generada por las pinturas: es la mirada primera de Friant la que hace brotar el discurso, la reflexión, la memoria confesional, la crítica, el pulso poético. Y esta transición entre pintura y escritura, la fusión de una y otra, se realiza de modo natural, con delicada sabiduría narrativa. Lo que hubiera podido quedar en simple catálogo de un célebre pintor local o en la mera yuxtaposición de arte (ajeno) e historia (propia), resulta aquí una pieza indivisa, original, donde Ph. Claudel marca un espacio narrativo en el que —aun sin acogerse a los presupuestos de la autoficción (“En esta novela quise…”)— difícilmente podríamos deslindar siempre lo autobiográfico de lo ficticio o novelado. El escritor abre así un territorio que le permite tanto la indagación introspectiva (“hablar de mí mismo”) como el salto imaginario, la descripción realista de las gentes y las aguas de Dombasle, como una escritura creativa (“Los reinos auténticos caben a menudo en el hueco de una mano”). En suma: los dominios de la literatura.

Pero las obras concretas y la trayectoria artística de Friant no funcionan únicamente como un material de apoyo bien integrado en el discurso; representan algo más: un espíritu fraternal, un modelo posible y, al tiempo, cuestionado. El narrador no solo se detiene en esas pinturas para describirlas, para relacionarlas con su entorno familiar y social, con su propia historia en Dombasle o Nancy; también emite juicios estéticos sobre ellas (“Aquí no falta nada, todo es sonido, fragor de vida”, dice, por ejemplo, de Los remeros del Meurthe; o “No me convencen los Enamorados”); pero, sobre todo, señala cómo el arte de Friant, en la medida en que se vio reconocido por el éxito (“tuvo demasiado éxito demasiado pronto”), se fue haciendo más convencional y académico, al punto que en cuadros diversos, y por más que conlleven premios, encargos oficiales y aplausos, poco queda de la energía primigenia, de aquel malestar con el mundo, de la rabia y el desafío que se manifestaba en tachaduras, trazos gruesos, en la rapidez nerviosa de los primeros lienzos. En definitiva, el arte de Friant —nos asegura su fraternal comentarista— se estanca con el tiempo, se adormece, se vende: tiende así hacia el adorno, el remate, la pincelada virtuosa; es ya solo esto: “Ahogarse en las encumbradas pinturas al fresco de las prefecturas”; o, en otras palabras: “El hijo del cerrajero convertido en pintor de los burgueses”.

Los enamorados, Émile Friant

En fin, tal como se nos presenta, la carrera del pintor lorenés no parece salirse de cauces tan comunes como lastimosos: el vanguardista que se adocena, el rebelde domesticado… Pero el espejo de Friant ofrece al escritor una imagen viva, muy cercana, y más cuando el nieto de la esclusera, el estudiante de humanidades, ha sentido en las calles de Nancy parecida rabia, los mismos desafíos ante el mundo (“sé de lo que estoy hablando”) que el pintor de Bebedores. Los riesgos, por tanto, son palpables, amenazantes: la trampa que un novelista prometedor -él lo sabe- debería evitar; no obstante, la conciencia de ese peligro no le hace moralmente superior a su hermano, más bien establece con él un diálogo cómplice que equivale a ponerse a prueba a sí mismo (“¿En qué aguas, en cuanto a mí, acabaré algún día hundiéndome?”), y es ahí, en esa franca mirada interior, como aparece su mejor ley. Entre tanto una pregunta inquieta: por qué escribir.

En 2001 (primera edición de Au revoir Monsieur Friant), Philippe Claudel aún no había publicado sus libros más conocidos; por ejemplo, Almas grises será Premio Renaudot en 2003, La nieta del señor Linh sale en 2005…, es a partir de esos años cuando podemos ya hablar de un escritor de éxito. Por otra parte, sabemos que el narrador de Friant también es escritor; él mismo —nos dice en estas páginas— es autor de Mosa el olvido y El Café del Excelsior, títulos que se corresponden con los de dos libros publicados por Ph. Claudel en 1999 (por el momento, sin traducción española). Aun así, no debemos sustituir o conmutar, sin más, a los dos escritores de Dombasle; ni identificar por completo a la abuela con Abuela.

De este modo, el final de la historia constituye un cierre perfecto -además de sorpresivo-, otorga al conjunto del relato una dimensión nueva, perfila el camino que habíamos recorrido: todo el texto se recarga así de significación. El narrador ha retenido ese dato último («Adiós, señor Friant»), pero ya lo teníamos ante nosotros, por más que no hubiéramos sabido verlo antes, considerar esa posibilidad. Así que desde esa última página -sin sentimentalismo alguno, con la sola fuerza de la literatura- regresamos con los ojos más abiertos a la esclusa y a la Gran Guerra, al niño que pesca en el río y al paisaje nevado de Nancy, al escritor de Dombasle y al hijo del cerrajero.

No se encuentra en ninguna pintura: Buenos días, señor Claudel.


Extracto

No podía entonces saber que este deterioro de pétalos y estambres ilustraba la parte más agria del destino humano. A unos metros de mí, Abuela recogía grandes manojos de catiginarias para dar de comer a sus tres conejos rusos, que tenían ojos de ternero. Organizaba en mi cabeza, con las flores despellejadas a las que había dado nombre de damiselas, bailes de princesas. Tenía unos diez años. Que es tanto como decir que tenía todo el tiempo del mundo.

 Cuando hacía malo nos quedábamos los dos en la cocina. Esta estancia angosta tenía un aroma a hule y a hierro, a levadura de cerveza, a parqué recién lavado. Me tomaba ahí mi tierna vida como un vaso de refresco. Sentado en la silla de madera clara y asiento verde, mis pies no tocaban aún el suelo. Esos pocos centímetros que me separaban del mundo de abajo, ese vacío inmenso que me permitía menear las piernas, sin que nada impidiera este balanceo juguetón, expresan hoy en mi mente la distancia exacta entre la felicidad y su asesinato.


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Adiós, señor Friant
Philippe Claudel
Traducción de Francisco González Fernández
KRK, 2017; 103 páginas; 15,95 €

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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