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A. F. Molina

"Hablando de A. F. Molina" (Libros del Innombrable, 2017) propone por primera vez una perspectiva crítica global de un autor que siempre se mostró ajeno a cualquier tipo de etiqueta.

Hablando de A. F. Molina (Libros del Innombrable, 2017), en edición de Ester Fernández Echeverría, reúne críticas, entrevistas, reseñas y artículos dedicados a A. F. Molina desde los años 50 del pasado siglo hasta el 2013 del presente. Fernando Arrabal, Víctor García de la Concha, Ricardo Senabre, José Luis Calvo Carilla, Antonio Beneyto, Juan Eduardo Cirlot, José Hierro, Jesús Ferrer Solà, Gabino-Alejandro Carriedo, María Zambrano, Fernando Valls, Luis Alberto de Cuenca y Antón Castro, entre otros, prestan atención a la trayectoria literaria de Fernández Molina, una singular mixtura de la visión esperpéntica de Valle-Inclán, el sueño de las calaveras de Quevedo y las figuraciones plásticas de Dalí.

Poeta, narrador, articulista, crítico de arte y pintor, Antonio Fernández Molina, (Alcázar de San Juan [Ciudad Rea], 1927 – Zaragoza, 2005) funda en 1951 la revista y colección de poesía Doña Endrina. Fue Redactor Jefe de la revista Despacho Literario, creada y dirigida por Miguel Labordeta, y Secretario de Redacción de la revista de Camilo José Cela Papeles de Son Armadans. También dirigió la revista de creación y pensamiento Almunia.

Siempre atento a cualquier manifestación artística, Antonio Fernández Molina supo transmitir en su trabajo artístico la misma riqueza y libertad que testimoniaba en su vida diaria. Su obra figura en la primera línea de las propuestas más arriesgadas y enriquecedoras de la literatura en castellano del siglo XX.

Entre su amplia bibliografía, destacamos sus libros de poesía El cuello cercenado, Platos de amargo alpiste, Solo de trompeta  y Cantata en el iceberg. En novela, merece la pena acercarse a Un caracol en la cocina y La liebre mecánica, así como a las obras de teatro Todos los días son espléndidos y La tabla de multiplicar. Es autor también de ensayos sobre arte y de antologías sobre poesía romántica, poesía modernista y poesía mística española.

Ester Fernández Echeverría, una de las seis hijas del artista, ha seleccionado una muestra representativa de los artículos, reseñas, entrevistas y críticas que dedicaron a su padre. De este modo, el lector puede acercarse, por vez primera, a la obra plural de A. F. Molina desde una perspectiva crítica global de la que se carecía hasta el momento .

Asilvestrada (María Elena Fernández), la hermana mayor, ha realizado el collage de la portada, así como los que figuran en el interior, que sirven de portal a las diversas secciones del volumen.

A continuación, reproducimos un extracto de la correspondencia de A. F. Molina con María Zambrano y una “entrevista” que le realizó el poeta venezolano Argenis Rodríguez al autor en su propia casa en 1971.


Carta

(Fragmento)

La Piace, 12 de diciembre de 1969

Señor Don Antonio Molina

Mi distinguido amigo:

Mucho le he agradecido el envío de su libro Solo de trompeta y la dedicatoria. Lo he leído enseguida, lo que es bien raro en mí, por diversas razones. El infierno en que con tanta maestría introduce su libro desde la primera página, me es conocido, aunque desde otro punto de vista, mas en verdad que esto mismo no se sabe bien.  Es muy lúcido su libro que es lo que inevitablemente ha de ser una visita de tal naturaleza. El orden y la claridad, la impavidez desde luego, son imprescindibles para seguir ese viaje hacia el caos, si es que caos es el lugar donde cae Miguelín, el enano demente. Y se lamenta casi la intervención que irrumpe, ¿una última imposición de la sociedad. ¿Por qué no dejarlo descansar al fin, en ese lecho que sugiere su analogía con el estado prenatal?. Por eso el final, esa irrupción, esa interrupción, es un gran acierto. La atonalidad se hace sentir en todo momento, y su condenación desde el momento en que mira fascinado la botella. A todos nos ha pasado quedar prendados de ciertos objetos, mas —es otro acierto grande— hay algo distinto en ese quedarse ahí, en esa mirada. Se siente la condena sobre todo en que no preside su imaginación ninguna imagen salvadora; una habría bastado. Y ninguna de las presencias femeninas que le rodea está dotada tampoco de ese poder en forma decisiva. Sin duda que es lo mas bello, esa teoría de mujeres, figuras de la piedad casi todas. Y qué malamente quedan las que no están tocadas de piedad —no digo compasión— como la señora enseñante. Y se ve desde el principio que es un pintor. Y le felicito por la elegancia de no haber parafraseado o dado simplemente la historia de Toulouse Lautrec, porque puede ser muy bien el mismo, mas sin genialidad. Y ese es otro acierto: no haberlo hecho genial, ya que la genialidad no salva al visitado por ella. Salva una obra en un exceso de generosidad, eso sí, que puede formar parte de la santidad, que es solo lo que salva de la demencia, de la enanez. Mas todo devorado por una vocación se siente enano al lado o bajo la obra, y roza, por lo menos, la demencia.

María Zambrano

[Inédita, 1969]


 

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Antonio Fernández Molina (1929 – 2005)

A. F. Molina: “¡Deja estar tranquilo, hombre!”

/ por Argenis Rodríguez /

Argenis Rodríguez.— El verdadero nombre de A. F. Molina es Antonio Fernández Molina.

Antonio Fernández Molina.— Lo que pasa es que aquí hay muchos Fernández y yo prefiero llamarme Molina. O así AFM, como me firmó.

A. R.— El Fernández es como el Rodríguez, que abunda por todas partes.

A. F. M.— Bueno, ¿y qué?

A. R.— Pues nada.

Molina no se está quieto y es un «personaje» en Palma. Yo creo que después de Cela y de Miró es el tercer personaje. Pero a lo mejor me equivoco y es el primero.

A. R.— ¿Cuántos años tienes tú, Molina? ¿49?

Molina me mira con dureza y dice una grosería.

A. R.— Bueno, hombre, está bien, pongamos que tienes 42. Entonces Molina sonríe. Molina, ya lo dijimos, no se está quieto. Cuando no pinta o dibuja, escribe. Molina a veces se pierde unos quince días.

A. R.— ¿Qué te habías hecho, hombre?

A. F. M.— Que escribía una «novela» de 600 folios.

A. R.— ¡No me vas a decir que escribiste una novela de 600 folios en quince días!

A. F. M.— Pues sí, la escribí y fuera de eso pinté una porción de cuadros.

Sí, Molina no para. Molina pasa de los 42 y tiene seis hijas a cual más hermosa. Uno llega a su casa y salen sus seis hijas a invitarlo a uno a jugar a la pelota. O sale Josefa, su mujer, para invitarlo a uno a comer. O sale su sobrina, que es maestra:

Sobrina.— ¿Se bebe usted un vinito y se come un pollo?

Y el que oye, que soy yo, acepta todo. A mí me gusta el vino y me gusta el pollo.

A. R.— Oye, Molina, te estoy arruinando.

A. F. M.— ¡Que vas a arruinar! Yo con las letras mantengo a 13 personas, fuera de los invitados.

Cosa que es cierta. En casa de Molina siempre hay un invitado. Todo aquel que traspone su puerta es invitado a comer.

Molina no duerme. Molina trabaja en su cama. Se acuesta en una cama donde hay más espacio para los libros.

A. R.— ¿Y la Josefa dónde duerme?

A. F. M.— Pues, ahí —y Molina señala un sitio muy pequeño.

A. R.— ¿No me vas a decir que con esa barriga que tienes, tú y la Josefa duermen en ese espacio?

A. F. M.— Ya estamos acostumbrados.

Molina se impacienta cuando no recibe correspondencia. Molina ha publicado libros en todas partes, muchos de ellos, tres o cuatro, han sido traducidos al francés y al portugués. Para el autor de esta nota Molina es el más importante escritor joven de España. Sí, para el autor de esta nota, a quien Molina tiene por loco e invita cada año a su casa, Molina es el escritor más importante de España. Molina también pinta, pero el autor de esta nota no sabe nada de pintura y no opina sobre el particular. Molina anda descalzo por su casa. A Molina los autobuseros de Palma no le cobran el pasaje. Molina es un hombre muy sobresaliente. Para empezar es el secretario de Camilo José Cela. Molina es un «gran hombre», aunque sea bajo y barrigón. Y su mujer, la Josefa, es una gran mujer.

A. F. M.— ¿Tú no sabes que lo de la Josefa y yo son unos amores célebres?

A. R.— No, yo no sé nada.

A. F. M.— Bueno, otro día te cuento. Ahora me voy a escribir una biografía de Dalí que me pagaron por adelantado.

Molina, admirador de Breton, lleva una vida surrealista. Sus libros Un caracol en la cocina, En Cejunta y Gamud y Solo de trompeta son de lo mejor que se ha escrito en la España de nuestros días.

A. R.— Un día vendrán y te descubrirán, le digo yo.

A. F. M.— ¡Deja estar tranquilo, hombre!

El autor de esta nota, en casa de Molina, duerme en el lavadero.

A. R.— Eh, Molina, que hace mucho frío aquí.

A. F. M.— No te quejes, hombre, no te quejes, piensa que ahí han dormido Arrabal, Guinovart y Tàpies… bueno, y ahora tú.

[El Nacional (Venezuela), jueves 25 de febrero de 1971]


Hablando de A. F. Molina

Hablando de A. F. Molina
Edición de Ester Fernández Echeverría
Libros del Innombrable, 2017
308 páginas, 19,00 €

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