Opinión

¿Tiene oposición el gobierno?

El Cuaderno plantea un debate sobre la oposición que ejerce la izquierda española al gobierno central.

El Cuaderno plantea hoy un cuestonario acerca del papel que están desempeñando los partidos de izquierda como oposición al gobierno central en esta legislatura. Reunimos al ensayista Enrique del Teso, al narrador Juan Carlos Muñoz y al poeta José Luis Piquero.






¿Considera que la izquierda está cumpliendo satisfactoriamente su deber de hacer oposición al gobierno central o que no está aprovechando sus puntos débiles?





Enrique del Teso

[ensayista]

La izquierda está fracasando como oposición en un sentido muy profundo. Antes de entrar en el análisis, podemos reconocerle a la izquierda las dificultades. El poder de las grandes empresas es ahora mayor que en otros momentos e imponen el orden internacional que les conviene a través de ingenierías fiscales y de tratados de comercio que merman la soberanía de los estados. Los programas de izquierda se perciben ahora como más irrealizables. En España además las deudas de los grandes diarios los hicieron dependientes de acciones gubernamentales y de la publicidad de las grandes compañías controladas por el Gobierno, lo que se acusó con fuerza en sus líneas editoriales. Es justo, pues, reconocer que la izquierda tiene difícil su papel de oposición.

Dicho esto, en el aspecto más superficial la oposición tiene la función de reducir el apoyo a un Gobierno con el que no está de acuerdo. Es evidente el fracaso de la izquierda en esta tarea. No sólo es que el PP se mantiene como fuerza más votada. Es que lo consigue a pesar de escándalos que normalmente hunden el crédito de un partido en cualquier parte. Más aún, realmente está hundido el crédito del PP y de Rajoy, en España y fuera de ella, y aún así la izquierda no consigue mejorar sus resultados.

Pero, como digo, el fracaso de la izquierda es profundo y va más allá del fracaso electoral. En este momento en España están fuera del debate público aspectos básicos del orden social en los que la izquierda debería ser especialmente reconocible. La educación está a la intemperie, como la dejó Wert. La enseñanza universitaria es más cara, tiene menos becas y está desplazando la atribución profesional de los grados a los másteres, donde el sistema es más caro y está menos regulado. La enseñanza primaria y secundaria es más segregadora. El Estado está entregando demasiados recursos educativos a la Iglesia, porque sigue sin plantearse la conveniencia de mantener los conciertos educativos y su necesaria regulación en el caso de que tengan algún papel. La gente cada vez tiene que afrontar más pagos sanitarios porque su financiación es menos solidaria. Las cargas de la dependencia se trasladaron a las familias. La estructura autonómica está necesitada de reorganización y sobrada de idearios identitarios parásitos y unidades de destino en lo universal. Ni siquiera se habla de las funciones del Jefe del Estado. Hace sólo un año Felipe VI agradecía la generosidad del PSOE por dejar gobernar al PP. La de poner en el gobierno al PP era la postura de una parte del PSOE que resultó minoritaria y que quebró la voluntad y sentido del voto socialista. Fue una postura duramente criticada desde Podemos y otras fuerzas de izquierda. Se trataba, pues, de una disputa política y el Rey sencillamente, y como no le corresponde, se estaba alineando con el PP y una minoría del PSOE. Dijo también hace un año que la corrupción es un problema del pasado que vamos superando y que empezábamos un momento de crecimiento porque la crisis había quedado atrás. Pero las encuestas dicen que para la gente la corrupción es uno de los principales problemas de España aquí y ahora. Y en las mismas encuestas se dice que el principal de todos los problemas es el paro y que nadie cree que la crisis haya quedado atrás. Lo que dijo fue propaganda del PP. Un Jefe de Estado no elegido es un anacronismo. Pero que encima sin ser elegido haga política de partido es un escándalo.

Nada de esto se discute ni está en el centro de las disputas políticas. Así lo quiere el PP, porque quiere una enseñanza segregada que no pese en los impuestos, quiere influencia doctrinal de la Iglesia, no quiere el sistema impositivo que requeriría una sanidad y una dependencia tratadas solidariamente, siempre tuvo una actitud caciquil en la gestión territorial y desde luego quiere una Monarquía que sitúe la sensatez en su programa conservador. Y el mayor fracaso de la izquierda es que todo esto esté fuera de discusión porque las urgencias nacionales siempre están en otra parte. Ni siquiera leyes restrictivas de derechos y libertades, como la ley mordaza, que preocuparon en Europa están ahora en el centro de ningún debate importante.

La responsabilidad del PSOE y de Podemos, y por lo tanto sus respectivos fracasos, es distinta. El PSOE siempre debió su tamaño a ser izquierda pero mainstream, ser izquierda no alternativa y sensata, la izquierda no aventurera que cuida del sistema y está libre de heterodoxias graves. Parte de su oficio es tener sentido de Estado y nunca hacer peligrar intereses inmediatos por objetivos lejanos ligados a ensueños ideológicos. Desde esa condición, en el PSOE parece haberse dado una tormenta perfecta que lo llevó a su actual esterilidad. Por un lado, tuvo unos dirigentes que, con sus claros y oscuros, estuvieron implicados en el tipo de escándalos y secretos que ahora acechan al PP. El hecho de que sigan teniendo mucho mando en el PSOE y que las prácticas legales pero caciquiles y clientelares sean habituales donde tiene poder continuado, como Asturias o Andalucía, hace que el partido participe de unas complicidades que lo lastran como oposición. Por otro lado, el nivel político de los actuales dirigentes es bajo y no parecen capaces de afianzar un liderazgo que ahogue la influencia de viejas glorias, que hace tiempo que son más viejas que glorias. Pensemos en que donde en su día estuvo Alfonso Guerra ahora está Adriana Lastra. Y, finalmente, el PSOE, que recordemos que tiene su razón de ser en representar la izquierda moderada y realista, parece haber interpretado, de una manera no se sabe si perezosa, simplona o abiertamente conservadora, cuál es el lugar de la moderación y cuál el de la radicalidad. Acepta la intuición de que es extremista lo que haga ruido por chocar con ciertos poderes y lo que resulte complicado y extenso de gestionar. El PSOE puede considerar más radical un plan para eliminar los conciertos educativos que la extensa privatización de la sanidad pública que tiene lugar en Galicia. Como digo, la influencia de líderes pasados con intereses dudosos, la poca entidad política de sus actuales dirigentes y una percepción distorsionada de la moderación convirtieron al PSOE en estos últimos tiempos en un juguete del PP. El PP no concedió nada al PSOE. Absolutamente nada. Ni siquiera cuando el PSOE puso a Rajoy en la Presidencia. Y Rajoy ni siquiera mintió. Dejó claro que no modificaría ninguna de sus llamadas reformas. Y propuso para presidir el Parlamento a Jorge Fernández, el ministro que utilizaba la seguridad del Estado para fabricar embustes contra adversarios políticos. Toda una declaración de intenciones. En cambio, cada vez que el PP pide unidad ante alguna urgencia nacional, el PSOE acude solícito y sin negociar. Y siempre hay una urgencia nacional para que prime la unidad y el acuerdo para hacer lo que el PP quiera. Cataluña fue sólo el último episodio. Si el PSOE piensa que la actuación del 1 de octubre dirigida por la Vicepresidenta fue deplorable y que en Cataluña había que aplicar el 155, lo que debería hacer el PSOE es reprobar a la Vicepresidenta, como había anunciado, y apoyar al Gobierno en la aplicación del 155. En lugar de eso, siente una obligación equivocada de unidad nacional y cierre de filas con el Gobierno. Retira la reprobación de la Vicepresidenta y por supuesto el PP hizo y deshizo sin informar ni consultar al PSOE. Y lo seguirá haciendo y el PSOE seguirá renunciando a lo que piensa por una urgencia nacional permanentemente reclamada.

Hay algo del éxito inicial de Podemos que aún se mantiene. Podemos cayó como esa gota de lavavajillas que vemos en los anuncios y que dispersa la grasa abriendo un espacio de limpieza circular que se va abriendo. Abrió un espacio en las entrañas de la situación política de 2014 que interesó a mucha gente. Es evidente que la gestión de ese espacio fue inexistente. Pero digo que parte del éxito se mantiene, una parte pequeña. Ese espacio se abrió y ahí sigue. No es que la gente volviera al redil. Ese espacio sigue esperando que alguna versión de las llamadas fuerzas del cambio tenga algún acierto para espesarse de nuevo. Pero no parece que Podemos esté cerca de tener ese acierto. La evolución de Podemos tuvo mucho de lo que vimos tantas veces en la izquierda: mirar hacia dentro, interminables disputas incomprensibles, personalismos, purismos que quieren pasar la falta de compromiso por exigencia, pasar de percibirse como un medio para percibirse como un fin, desconexión con la gente (¿llegaron a pensar en llevar el Tramabús a la Castilla profunda?), fuga de talento y poca capacidad de adaptación. El espacio abierto sigue a la espera de algún acierto. Pero no estoy seguro de qué pruebas de contraste tiene Podemos para decidir que algo fue un acierto o un error.

Hay una tendencia general que la izquierda no parece estar percibiendo o no está trasladando a la población, y no sólo en España. El orden social tiende a ser cada vez más desigual, pero compasivo. Se insiste en que nadie quede tirado en la cuneta, pero sin precisar. Nuestro sistema venía teniendo dos características. Una era una razonable igualdad (sin utopías) en los servicios básicos del Estado. Esto suponía que eran accesibles los mismos niveles educativos o de asistencia sanitaria para clases bajas y clases altas. La otra era que el bienestar era tratado como un derecho. El bienestar consiste en tener que dedicar una parte pequeña de la renta en las cosas de las que no podemos prescindir, como la comida o la atención médica. De esta manera había recursos para cultura y ocio, muy desiguales, pero bastante generalizados. La tendencia de la que hablamos consiste, efectivametne, en no dejar a nadie en la cuneta, en el sentido de que nadie sea analfabeto o no pueda terminar una educación media; y en el sentido de que tenga atención médica básica o media. Lo que se va erosionando es que tenga acceso a las máximas prestaciones sanitarias y a los ciclos más altos de formación superior, porque la financiación deja de ser solidaria. Y se erosiona el bienestar, porque se pretende que cada vez tengamos que gastar más en las necesidades básicas. No percibo que la izquierda esté explicando y combatiendo este proceso. Más bien percibo que cada vez lo interioriza más. Es inolvidable aquel discurso Susana Díaz en sus fallidas primarias, en las que equiparaba los estudios de máster con la segunda casita en la playa.

La izquierda está fallando, por tanto, en su labor más superficial y en el tratamiento de las tendencias profundas. En España, de momento, el PP no necesita tener crédito ni confianza para gobernar. Pueden seguir haciéndolo con el mayor desprestigio. Y el PSOE y Podemos siguen buscándose a sí mismos.


Juan Carlos Muñoz

[narrador]

¿La… izquierda? ¿La izquierda, dice usted? El caso es que me suena… ¡Ah, ya sé, qué memoria la mía! Hubo una época en que, permítame la confesión, a mí me gustaba mucho, yo la votaba, anda que no cambiaron las cosas bajo su mando, le dieron la vuelta a esto como un calcetín. Descríbamela, por favor, no vaya a ser que haya envejecido y la esté confundiendo con otra. ¿Sigue yendo con chaqueta de pana y sin corbata? Ay, perdone, yo es que esto de las modas lo llevo fatal, me quedé en los ochenta y de ahí no he salido… Así que levantan a veces el puño, pero sin mucho énfasis… Y cuando mejor funciona es cuando defiende sus principios sin hacer ostentación… ¡Sí, ahora me acuerdo! La vi pasar hace un par de horas, iba un poco demudada, caminando con rigidez, era como si las piernas no la sostuvieran… La acompañaban un par de tipos mal encarados, me dieron muy mala espina, casi iban empujándola. Sí, uno así como alternativo y supertransversal, mientras que el otro iba agitando una bandera a todas horas. Ah, no lo sabía. Que el primero se hace llamar Populismo y el otro Nacionalismo. ¡Y que la han secuestrado! Qué horror… Ya decía yo que notaba algo raro en su actitud. Me suplicó con la mirada, pero no supe interpretar su llamada de auxilio, qué estúpido he sido. Pues a ver si la rescata, me da mucha pena, tenía pinta de estar pasándolo muy mal. La necesitamos para que defienda la sanidad y la educación públicas, y para que logre acabar de una vez con la corrupción… ¿Tan ingenuo soy? Hombre, no creo que el rescate que pidan esos individuos sea tan caro… Ah, que sí. ¿Tan despiadados son? Vaya, pues entonces será mejor no hacerse demasiadas ilusiones. En fin, buena suerte, intuyo que la va a necesitar.


José Luis Piquero

[poeta y traductor]

En los últimos meses un amplio sector de la izquierda española ha hecho dejación de sus funciones como oposición. Se ha dejado de hablar de recortes sociales y de libertades y el problema catalán ha acaparado toda la atención. La situación de emergencia nacional podría en parte justificar esa actitud de la izquierda moderada, que ha adoptado una posición “de responsabilidad de estado”. El fenómeno también se ha producido en la izquierda catalana, la moderada y la radical, que no han tenido problemas en apoyar y/o gobernar con un partido de la derecha liberal (un equivalente al PP) que antes era su enemigo natural. Y por razones parecidas: la creación de su propio “estado” era prioritario frente al programa social. Es evidente que ambas derechas han sacado mucho partido al problema nacionalista, como elemento de distracción ante recortes, corruptelas, etc. No obstante, parece probable que si el conflicto catalán se encauza en un futuro próximo, las agendas políticas también se redefinirán.


 

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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