Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (84)

Tomás Sánchez Santiago registra el murmullo del mundo: vellones de polen por el camino del río, la luz ilegal y los aires ácidos del final de mayo, las dos facciones del gremio de la hostelería...

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Pelliza)

Se les conoce enseguida por su escaso repertorio de gestos. Vienen andando como cualquiera, se acercan a una papelera y con una estricta gimnasia de movimientos hacen escrutinio de lo que hay en ella. Sopesan así lo que los demás nos hemos quitado de encima tras el sobeo de la utilidad. A veces meten del todo las manos y alzan ante sí las presas. Luego siguen andando en pos de la siguiente papelera. Conocen mejor que nadie los itinerarios de lo sobrante.


El acto de escuchar… Se entrega quien está escuchando, no quien está poniendo la voz. En la quietud y en el encogimiento de quien pone atención a las palabras de otro está la más alta muestra del agradecimiento. Quien elige escuchar nunca mancha el mundo.



Bajo el cielo azul, este juego de tejados viejos de todo tipo. ¿Qué encubren? ¿Qué resguardan? Por un momento, justo cuando acaba de amanecer, la vida parece reducirse a esto: una sucesión dormida de tejados diversos. Y en la cara leprosa de las tejas todo un mundo: barbas de líquenes, yerbajos espontáneos, pequeños esqueletos calcinados por la intemperie, objetos de la vida que han ido a parar ahí… Es la belleza desamparada de lo que no cae al suelo.


Cuidado: cuando asome la vejez con sus taimados ademanes iniciales, que nadie nos programe esa última aventura. Nada de Talleres para el Buen Claudicar ni Cursos Superiores de Vejez Activa ni cosas por el estilo. No, no. Ya en la mera contemplación de lo próximo hay misterio y aventura suficientes como para poder estrenar el mundo cada día con ojos nuevos. Por no hablar de las novedades del idioma del cuerpo con sus primeros recados sorprendentes (confundimos entonces lo desconocido con lo grave). En el umbral de esta edad se halla la más alta sabiduría que hemos encontrado, mucho más allá de los códigos que se nos hacían aprender a lo largo de nuestra existencia para titularnos como peritos en el vivir. Ahora, al fin, somos criaturas felizmente desconcertadas. ¿Quién, adónde nos llevan? Nadie al timón. Eso es. Como en aquella infancia remota en que íbamos inaugurándolo todo con susto e ilusión día por día.


Deshacerse en elogios, deshacerse en excusas, deshacerse en lamentos… Así se dice. Deshacerse en palabras. No es otra la aspiración del poeta.



(volviendo de La Alhambra)

Atrás los labios caídos de la tarde. Atrás invocaciones y costumbres. Atrás la seda oscura de las murmuraciones y la fiebre entresoñada de las rosas. Atrás la lengua de la algarabía. Atrás el alarido de la Historia. Atrás ruido de alfanjes y yeguas impacientes. Atrás el mismo oscurecer de entonces, como una miel muy vieja volcada sobre heridas que aún pueden rezumar. Atrás el perro loco y revuelto de los celos. Atrás la delación del centinela en la Puerta del Vino. Atrás la dentera minuciosa de los cinceles. Todo ha quedado atrás, a la espalda de todo. Atrás y atrás y atrás. Y yo regreso de La Alhambra, voy bajando lentamente, dejándome caer entre pájaros últimos y la llorosa gárgara del agua. Detenido un momento, aguardo a que la vida ordinaria que ya se impone me desmienta que una vez hubo ímpetu y belleza y la dulce locura del desorden sin amo de los sueños. Atrás, ahí atrás.


Es un reloj de última generación. Controla los latidos del corazón y la presión arterial, indica la temperatura del ambiente, pronostica el tiempo, proclama el horóscopo, expone las oscilaciones de la Bolsa y avisa con su alarma si en casa hay pasos ajenos o se ha dejado encendida una luz. Dentro de nada también interpretará nuestros sueños y, conforme a algún algoritmo, recomendará apostar a cierto número en la lotería. Algunas veces, pocas, se le consulta para saber la hora; el reloj aún nos la dice.



Cada noche, junto al río, el ulular sombrío de un pájaro. Canto oscuro y medroso, como un oboe donde quedó atascado un espesor…. Alguien que entiende de pájaros me indica que podría tratarse de un cárabo. No lo quiero saber. Conocer el nombre, lo sé, me hará atender ese canto de otro modo, como si la precisión nominal revolviese la atención. «Para que el río sea río le sobra el nombre», escribió una vez Aníbal Núñez. Y, mucho antes, para Propercio ya era suficiente que «las aves sin dueño / con cantar no aprendido / hinchen el aire de dulce armonía». Propercio, sí, a quien llegó a traducir el propio Aníbal.


Aprovechan esta tarde clara los ancianos del parque para hacer piña en esa zona que han convertido en territorio natural. Hay uno que se marcha; al salir del parque se cruza con una mujer que aún acude presurosa a la reunión y bromea con ella: «No pongas la cabeza al sol, que se te saben las mentiras». «Ay de mí», responde ella nada más sin dejar de avanzar a trancas y barrancas con su andador. Son las bromas en las palabras de los viejos, que se permiten lo que sea porque han cruzado ya todas las fronteras.


Vellones de polen por el camino del río. En las malezas se ha enredado una gasa lanar como si un rebaño celeste hubiese pasado por aquí y quedase su huella prendida en el barullo vegetal. Hay algo de visita a destiempo en esta invasión anual impertinente. Van desapareciendo las alergias y queda este paisaje de algodones obstinados como un regalo para disculparse de lo que hizo el polen mientas estuvo vivo. El daño se ha convertido en compañía.


Pequeña península de fiebre. Herpes labial (una calentura, nos decían de pequeños). Llegan hasta ahí las palabras trepando por la voz y se esfuerzan por salvar ese promontorio de escozor palpitante. Quién sabe si no se originaría al dejar al descubierto, en la flor de los labios, una palabra falsa como un ladrido que nunca debió asomarse al mundo.


«YO TAN 4.30 Y TÚ TAN 11.11». Eso proclama la gran pintada en el zócalo vacío. Se trata de hacer de lo privado pasto de todos, pero sin ofrecer más datos. Convertir en acto público esa declaración no resuelve el enigma que solo ellos —«yo y tú»— sabrán. Y supongo que el mensaje estará en el camino habitual del destinatario, ella o él.



Se va a cerrar el negocio. Lo dice la propia mujer que lo regenta «desde hace 47 años», una mujer de ojos transparentes y hablar reposado, como el agua que se oye venir sin trampa desde un lugar que no se conoce. Trabajadora de noche («a las dos de la mañana ya estaba cada día en el obrador»), nos lo está contando a los últimos clientes, que la escuchamos con algo cercano al respeto o a una admiración inconcreta, indefinible, porque qué podemos saber nosotros de esa manera de llevar la vida. Y todo termina ahora. Cuarenta y siete años después. Los últimos amarguillos. Pastelería «Trigal».


Se necesitan políticos creíbles. Razón aquí.


El gremio de la hostelería se divide en dos facciones: la de los que te llaman «chico» y la de los que te titulan de «caballero». Ninguna de las dos acierta.


Termina mayo. Esta luz ilegal, estos aires ácidos. Se engolosina la tarde, estirada sin orden más allá de sí misma. La noche: un apagón que no termina de llegar.


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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