/ por Vicent Yusá /
El anhelo de verdad parece un deseo bastante extendido. Quizá porque una sociedad —o una civilización, o la propia vida humana— construida sobre la falsedad sea inviable, una quimera. En cierto modo, nuestras creencias ciertas son como mecanismos de supervivencia; nos alejan de los peligros. Comemos manzanas porque tenemos la certeza de que es un alimento; no le ponemos una cucharada de arsénico al café porque representa un peligro, y es verdad que nos hará daño. De algún modo, el sentido común nos orienta hacia una concepción de la verdad como correspondencia con la realidad. La verdad, de acuerdo con esta interpretación, sería una propiedad de aquellas ideas que muestran un acuerdo con los hechos. Nuestras ideas, para ser verdaderas, deben copiar la realidad, y perseguir la verdad sería el intento de que nuestras creencias representen el mundo.
Sin embargo, esta concepción de la verdad como correspondencia con la realidad, aunque ha sido durante mucho tiempo el enfoque predominante, es hoy ampliamente cuestionada desde distintas corrientes de la filosofía contemporánea. La crítica tiene que ver, en gran parte, con la concepción sobre la realidad y con el uso o las propiedades del lenguaje. La verdad, o la falsedad, no se predican de la realidad, de los hechos, que no son ni verdaderos ni falsos, sino de los enunciados, de las proposiciones. El enunciado «esta mesa es roja» será verdadero si la mesa a la que se alude es roja. Pero la verdad (o la falsedad) corresponde al enunciado, no a la mesa. En ese sentido, afirmar que un enunciado se corresponde con un hecho implica aclarar, por ejemplo, ¿qué tipo de relación es esa «correspondencia»? O responder a la pregunta: ¿cómo algo lingüístico se relaciona con algo no lingüístico? Y, en última instancia, si existe la realidad en sí, al margen de nuestro lenguaje, y si la podemos capturar a través de nuestros enunciados.
Desde el pragmatismo clásico (Peirce, James y Dewey), se ha cuestionado esta teoría de la verdad como correspondencia, aunque con diferencias entre los integrantes de esta corriente filosófica americana. Peirce (1839-1914) concibe la verdad como un medio para comprender el concepto de realidad. Para el fundador del pragmatismo clásico lo real se puede definir como «aquello cuyos caracteres son independientes de lo que cualquiera pueda pensar que son». En este sentido, afirma que una proposición verdadera es nuestra mejor comprensión de lo real, sobre todo si tenemos en cuenta los efectos de esa concepción que tienen consecuencias prácticas (Máxima Pragmática).
Dos ejemplos.
Si alguien afirma «este medicamento es eficaz», la máxima pragmática nos llevaría a preguntar: ¿qué consecuencias observables tiene su eficacia? ¿Reduce la mortalidad? ¿Acelera la recuperación? ¿Disminuye síntomas? La verdad sobre la «eficacia» o su significado práctico queda aclarada por los efectos verificables.
Un segundo ejemplo. Imaginemos dos personas discutiendo el siguiente dilema: «El ser humano es libre», frente a la opción «no, todo está determinado». La discusión puede volverse rápidamente metafísica, muy abstracta. El pragmatista Peirce se preguntaría: ¿qué consecuencias prácticas diferentes tendría que una u otra alternativa fuese verdadera? ¿Cómo cambiarían nuestras acciones? ¿Qué efectos concretos produciría en la vida humana? Sea cual sea la respuesta que consideremos verdadera, las consecuencias prácticas son ínfimas o nulas (seguimos responsabilizando a las personas de sus actos, continuamos castigando a los culpables de delitos, planificando, deliberando antes de actuar…). Quizá la diferencia conceptual entre ambas posiciones es menor de lo que parecía. Tal vez se trata de una disputa meramente verbal, de conceptos indistinguibles, de un pseudoproblema. Si la verdad de algo debe manifestarse en la práctica, posiblemente en este caso no tenga mucho sentido tratar de averiguar cuál de las dos posiciones es verdadera. Para que valga la pena discutir una diferencia, esta tiene que ser relevante en el orden práctico.
Peirce, como todos los pragmatistas clásicos, tiene gran apego a la ciencia, al método científico. En esa línea, expresa de este modo su clarificación pragmática de la verdad: «La opinión que está destinada a ser finalmente aceptada por todos los que investigan es lo que entendemos por verdad, y el objeto representado en esta opinión es lo real. Así es como yo explicaría la realidad». La propuesta de Peirce, en el límite, conduce a una visión monista de la verdad; esta es única y existe al final del camino trazado por la investigación.
Por el contrario, la visión de James (1842-1919) sobre la verdad es más pluralista, y en ocasiones contraintuitiva: «En resumen, “lo verdadero” es simplemente lo conveniente en nuestra forma de pensar, del mismo modo que “lo correcto” es simplemente lo conveniente en nuestra forma de actuar. Conveniente en casi cualquier sentido; y conveniente a largo plazo y en general, por supuesto». James cree que las creencias verdaderas tienen gran relevancia para la vida humana, ya que las realidades del mundo pueden ser «infinitamente útiles o infinitamente perjudiciales», de modo que las ideas que nos dicen qué realidades pueden esperarse pueden considerarse como ideas verdaderas si son verificables.
La utilidad, por lo tanto, parece formar parte del concepto de verdad defendido por James. Y participando de esa utilidad estarían aquellas creencias que contribuyen a nuestra felicidad y equilibrio interior. Algunos, como Bertrand Russell, pensaron que James llegaba demasiado lejos al relacionar verdad con felicidad o satisfacción personal, cuando le lanzó su conocida crítica de que este estaba comprometido con la verdad de que «Santa Claus existe».
También James da prioridad a la experiencia: «Las ideas… se vuelven verdaderas solo en la medida en que nos ayudan a establecer una relación satisfactoria con otras partes de nuestra experiencia». Al mismo tiempo, y fiel a la defensa de la ciencia, que es una de las marcas identitarias del pragmatismo clásico, asegura que «las ideas verdaderas son aquellas que se pueden asimilar, validar, corroborar y verificar. Las falsas son las que no».
Otra característica resaltable de las teorías verdaderas es que funcionan, en el doble sentido de que deben trastocar lo menos posible las creencias previas y al mismo tiempo conducir a términos claramente verificables. En ese sentido, para James, «la verdad se hace en el curso de la experiencia, lo mismo que la salud, la riqueza y la fuerza».
Para los neopragmatistas como Richard Rorty (1931-2007), más que en la verdad, que siempre tiene connotaciones de incondicionalidad (independiente de nuestros intereses, emociones, creencias, culturas, las consecuencias o la relevancia práctica), deberíamos centrarnos en la justificación. Ese cambio de verdad por justificación resulta conveniente para advertirnos de que nuestras actuales creencias pueden estar justificadas, pero pueden presentarse objeciones (aparición de nuevos datos, nuevas hipótesis explicativas más certeras, cambios de vocabulario…) que no hayan sido advertidos por aquellos para los que la creencia en cuestión estaba hasta ese momento justificada.
Rorty rechaza los intentos de asimilar lo verdadero con la realidad, y considera que lo verdadero «simboliza un tipo especial de peligro. La utilizamos para recordarnos a nosotros mismos que otra gente en circunstancias distintas podría ser incapaz de justificar la creencia que hasta ahora hemos justificado con éxito ante todas las audiencias con las que nos hemos encontrado». En ese sentido, la justificación, al contrario que la verdad, es condicional, y en una sociedad abierta y democrática debe promoverse el falibilismo, es decir, cualquiera de nuestras creencias puede resultar errónea y, por tanto, revisable. Incluso nuestras convicciones más firmes de hoy pueden ser vistas algún día como equivocadas. Solo es necesario mirar a la historia (esclavitud, subordinación de la mujer, colonialismo…).
Con todo, convendría no excluir a los pragmatistas de las críticas que se derivan de sus propias metodologías, y preguntarnos si estas diferentes apreciaciones sobre la verdad —entre ellos y con el resto de corrientes filosóficas—, tienen alguna consecuencia práctica. Sí es así, y la consecuencia es relevante, merece la pena adherirse a la concepción que favorece los efectos más utiles. Si no lo es, y como ellos mismos asegurarían, estaremos frente a un falso problema.

Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible, Obra abierta y El común desorden del amor.
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