> Crítica

Vidas sin énfasis

"Sinfín" (Huerga & Fierro, 2017), la novela sobre una generación incapaz de rebelarse contra lo que supuestamente la asfixiaba.

[Foto de portada: “Al aire, fotos y poemas”, exposición de Luis Marigómez en los cines Broadway de Valladolid, 2015]

/ por Tomás Sánchez Santiago /

Siempre se invoca a Kafka cuando queremos referirnos a ese principio de cierta narrativa exigente según el cual hay que evitar el énfasis sin perder la intensidad. Esa es la clave: sostener una escritura aparentemente documental sin recurrir a la estridencia y sin sobresaltarla verbalmente; proponer una fortaleza meramente enunciativa para el discurso y montar lo narrado exactamente sobre lo previsible. O sea, sin escamotearlo, responder al guion que el lector prevé y apostar por que el interés no funde sus expectativas sobre el potencial de la imaginación de quien narra o sobre un derroche de tramas laterales que puedan dar otro vuelo al eje mayor del relato. Difícil encomienda esta de no dejarse invadir por la escritura del deslumbramiento sino trabajar arduamente en una fluencia expresiva átona, cuya justeza procede de una increíble labor radical de despojamiento.

Esa es la ejemplar manera de escribir de Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957), quien a través de sus relatos y narraciones (obviemos ahora su incursión en la poesía en Año, editado por Icaria, y sus numerosas traducciones de autores de habla inglesa: William Carlos Williams, Carver, Flannery O’Connor,  Margaret Atwood entre otros) ha mantenido un mismo pulso tenso sin salir de la demarcación de un mundo que ya caracteriza a primera vista al autor de Rosa, Ramo, Trizas o A través, entre otros títulos suyos. En todos ellos hay una misma voluntad narrativa de poner en práctica un estilo prescriptivo que parece emanar de las propuestas superadoras del costumbrismo (naturalismo, neorrealismo, behaviorismo…) ensayadas por autores que renunciaban a todo lo que no fuese una escritura de la constatación. En su narrativa, Luis Marigómez no se aparta demasiado de estas tendencias que, progresivamente,  tratan de afantasmar los ingredientes de sus textos (tramas, personajes, espacios) y prefieren exponer otro lenguaje: el lenguaje de una mirada en la que, como Butor decía, el observador se diluye al estar implicado en ella.

Ese es el punto de partida de Sinfín, la última novela de Marigómez (Huerga y Fierro, 2017). En ella el novelista sigue dando esa lección de persistencia centrípeta manteniéndose en una sede narrativa y verbal propia de quien sabe seguir sujetando la escritura elegida –una difícil escritura natural- sin ceder un ápice a tentaciones para mudarse a otros terrenos expresivos. En la novela se alza de nuevo la voz conductora de una mujer -–una de las constante del autor es narrar desde la perspectiva femenina– que cuenta de sí y de su mundo próximo (familia, amigos…) desde una demoledora sinceridad que no incluye la conmoción y en la que no se encuentra nada que se parezca a una épica. Enseguida, el lector parece quedar prevenido para todo lo que esa mujer cuenta mediante ese compás eficaz que, insistimos, sale con naturalidad del bastidor de la anterior narrativa del autor segoviano, tal como una secreción que ha crecido por su cuenta. En esa clave monológica la voz narradora de la mujer expone el relato de una vida en marcha que es, en buena medida, el mismo de toda una generación que ha terminado por asentarse entre la hipocresía, las renuncias, la conformidad y la desorientación (“Debería irme yo también. No sé adónde. No sé”, esas son las últimas palabras, exentas de patetismo, con que la narradora cierra la novela para seguir viviendo de cara a una intemperie que no parece amedrentarla porque el abismo es el escenario natural de su voluntad de existencia…, de resistencia).

Los principios y las apariencias

Sinfín procede directamente de A través, un extenso relato de 2007 planteado como un diario y cuyos protagonistas reaparecerán aquí otra vez con sus tribulaciones anteriores y con las novedades propias del curso de la vida, esa sucesión de rituales (muertes de los mayores, divorcios, embarazos impertinentes, infidelidades, matrimonios calculados…) que van trazando la existencia incolora de una clase social cimentada apenas sobre la flojedad de sus convicciones. Los personajes de Sinfín son personajes sin peligro para nadie salvo para sí mismos, como aquellos tigres de papel de la película de Fernando Colomo en la que ya se podía suponer adónde irían a parar tantas ínfulas revolucionarias de salón y tantas convicciones de escayola, sin una mínima solidez más allá de su vistoso mural de apariencias. Luis Marigómez acude a unos versos de Holan, que abren la última parte de Sinfín, para resumirlo certeramente: “Nunca fuimos del todo. Solo parecíamos, / pero parecíamos plenamente”. Se plasma así de una vez la escasa entidad de los personajes de Sinfín, figurantes de una burguesía blanda atrapada con facilidad en los reclamos de la época.

Mediante una estructura ternaria (“Vuelta”, “Nido” y “Daño” son sus partes, tres movimientos regidos por esa sigilosa facultad de introspección en que funda Marigómez su mundo narrativo), se descarna hasta el fondo a cada uno de sus personajes sin hacer ni un chasquido merced a esa eficaz desecación enunciativa a la que ya hemos aludido. Es un registro de trallazos secos que ponen en guardia al lector o lectora por su lapidaria desnudez sin concesiones. La narradora -una mujer innominada que proviene también de la narrativa anterior del escritor- tiene, frente a los demás personajes de la novela, la osadía de tratar de reventar una y otra vez el orden convencional al que su vida le empuja. Mediante un registro directo y sin trampa, segregado sin aparente elaboración, desgrana su vida en un recuento que termina siempre en el vacío y en el naufragio de una autoestima muy débil (“tuve siempre la costumbre de no estar atenta a lo importante” (…) No me gustaba verme en pintura” (…) “Soy un bicho”); enseguida se logra empañar la atención con ese discurso sofocado y en primera persona del singular que podría recordar aquellas figuras femeninas irredentas de la novela española del siglo XX, como las protagonistas de Nada o de La plaza del Diamante. En Sinfín se trata de otro contexto, obviamente. Pero se detecta en la protagonista aquella misma inconformidad desventurada, aquella remisión a un vacío de tinte existencial que no prometía nada halagüeño: “Todo iba bien. Era como si ya estuviésemos muertos. Nuestra vida ya había acabado. Solo nos faltaba recorrer un camino trillado, lleno de felicidad y aburrimiento (…)”. Que una joven recién casada se adjudique estas palabras prematuras de derrota vital solo puede tomarse como síntoma de una insatisfacción -la de la comunión con lo previsible- que ella pretende remediar al margen de los demás, incluidos aquellos tigres de papel que acabaron anclándose disimuladamente en las mismas conductas que antes habían repudiado.

Todo el relato de la primera parte, “Vuelta”, tiene ese aliento acre de lo fallido. En él la protagonista conjuga de numerosos modos el verbo escapar antes de verse obligada a pactar irremediablemente con la vida convencional, ser fiel a unos principios que ella trata de salvar con actuaciones socialmente escandalosas. La obsesión por escapar, físicamente o desde su espíritu, la perseguirá de continuo, y eso la va a distinguir del resto de la tribu más próxima, con la que muy pronto dejará de sentir empatía. No le importará destrozar su matrimonio, explorar otros modos en su condición sexual, abandonar empleos acomodados pero de una insulsez que no la colma. Sin embargo, sus intentonas, como manotazos al aire, terminan en el fracaso de un retorno, de una “vuelta” a la cápsula inicial de su vida condenada a ser repetida como -en efecto- una de esas cintas sinfín que no altera jamás su ciclo. Más adelante, cuando al regreso de su escapada más radical espere recriminaciones o compadecimiento, ella explicará con otra contundencia su actitud: “(…) había ganado respeto, incluso una pizca de asombro. Me había atrevido a hacer algo que a ellos también les hubiese gustado. ¿Quién no está harto alguna vez de su vida? ¿Quién no quiere alguna vez llevar a cabo la mayor locura? Yo lo intenté hasta un límite que ellos nunca habían imaginado”.

El color de la resignación

Será después, en “Daño”; la parte última de la novela, cuando, sobre cualquier iniciativa particular, la vida se imponga con la tiranía natural de lo que con los años va minando una existencia cualquiera: los fallecimientos de los ancianos, los divorcios familiares, la llegada de los niños… de nuevo ese “sinfín” que es la vida con sus inercias y sus pulsiones repetidas de generación en generación. Es otra de las lecciones de esta novela, inscrita de hoz y de coz en el fondo narrativo de Luis Marigómez, quien alguna vez ha declarado que el tema mayor de sus obras es el efecto del paso del tiempo. También sucede así en Sinfín, cuyo tercer movimiento desvela al cabo del tiempo un silencioso despedazamiento entre unos y otros (“Decidimos comportarnos como pequeños burgueses con trampas. Tanta teoría liberadora para acabar en lo de siempre.”) como saldo final de aquella insatisfacción, de aquella descompensación fatal entre los principios expuestos y los comportamientos asumidos. Sin variar el registro, con la velocidad de crucero de ese ritmo de alcance notarial que se impone desde el primer momento en la novela, todo es sin embargo más descarnado en “Daño”. Se asiste a ese despedazamiento mutuo, una especie de juego caleidoscópico mortal en el que las relaciones entre unos y otros van variando al albur de nuevos encuentros y también como consecuencia de esa curiosidad que provoca el aburrimiento, como siempre se ha contado de esas clases acomodadas cuyos objetivos se cumplen en el área menesterosa de la conformidad. Los juegos de emparejamientos indiscriminados son ya el único sustituto de aquel vacío que atenazaba a esta galería de personajes, resignados a no querer parecerse nunca a sí mismos.

Antes de este último movimiento, Luis Marigómez ensaya en “Nido”, la parte central de la novela, un discurso coral y acéfalo en el que no se sabe quién habla (no es necesario: se trata de conversaciones despersonalizadas, presididas por esa norma común que otorga todo discurso tópico y que consiste en hacer de las palabras un acto irreflexivo y sin alcance: “Hablamos por placer; para jugar a engañarnos unos a otros”). Compartimentada en temas de sesgo generacional (la muerte, el dolor, la educación, los animales domésticos, el sexo…), esta parte pone realmente al descubierto la insulsez a la que han llegado los aprendices de brujo con el paso del tiempo. Se han convertido, en efecto, en personajes que habitan en la ociosidad, semejantes a los que aparecen en ciertos relatos de Ignacio Aldecoa y García Hortelano, por no hablar de los de algunas películas de corte neorrealista (Calle Mayor, Los inútiles) en las que se exponía la insustancialidad de jóvenes de vida acomodada que necesitaban inflar la vida de aire prestado. En otro contexto, los personajes de la novela de Marigómez respiran también de ese modo ya con la secreta convicción de haber convertido sus respectivas existencias en un marasmo falto de impulso, anodino y sin profundidad. Un adelanto a la medida de lo que vendrá después.

En definitiva, Luis Marigómez, quien en alguna entrevista ha declarado que su deber como escritor es estar siempre a la contra, ha levantado en Sinfín, entre otras cosas, una verdadera recusación que pone en cuestión las estructuras sociales sobre las que se alzó una generación que ha sido incapaz de rebelarse contra lo que supuestamente la asfixiaba. Y todo, una vez más, a partir de la iniciativa de una voz femenina llena de convicción y exenta de ansiedad, y de un tejido textual al que ya nos tiene acostumbrados el autor y que busca en la ausencia de alteraciones de cualquier índole una eficacia que se agradece en tiempos dominados por una facilidad digestiva que no todos buscamos al empezar a leer una novela. Este es el caso.


Sin fin
Luis Marigómez
Huerga & Fierro, 2017
170 páginas; 15.00€


Luis Marigómez  (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) vive en Valladolid. Crítico literario (ahora en el suplemento La sombra del ciprés, de El Norte de Castilla; antes en Diario 16; ABC; etc.). Fue coeditor de la revista de poesía Veneno de 1989 a 1995. Cofundó la revista El signo del gorrión (1993-2002). Tradujo el poemario Luna nueva, de Margaret Atwood, 2000. Es autor del libro de poemas Año, 2008. Ha publicado las novelas Vísperas, 1999; Rosa, 2002 y A través, 2007. Sus relatos aparecen en Ramo, 2001, premio Miguel Delibes, y Trizas, 2011.

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