Crítica

La longitud de la cuerda

En "La longitud de la cuerda" (KRK, 2017), Vicente Ponce, conocido por su columna en El País, integra texto e imagen para desarrollar una peculiar alegoría en torno a cada cuadro.

Portada: ©Amazing Fine-Art Shibari Rope Bondage Photographs.

/ por Guillermo Quintás /

Vicente Ponce cada vez que ha lanzado su mirada sobre nosotros, sobre nuestra cosas y sobre su mundo, lo ha hecho con modestia, sin ruido y contando con un lector dispuesto a reflexionar sobre su texto. En La longitud de la cuerda (KRK, 2017) mantiene un decir alegórico que integra el texto y la imagen, otorgando al estado más inmediato el valor de un principio en virtud de la alegoría que construye sobre el mismo.

Vicente Ponce

Una lectura de La longitud de la cuerda

Vicente Ponce ha sabido mantenerse en el más crudo anonimato, aunque sus artículos de opinión en El País fueran esperados y seguidos por muchos lectores de la Comunidad Valenciana que apreciaban en los mismos un decir lindante con la perfección  y unas tesis maduras y progresistas, enemigas del aventurerismo o de la búsqueda de algún rédito.

Y ha logrado ese anonimato aunque cada vez que ha lanzado su mirada sobre nosotros, sobre nuestra cosas y sobre su mundo, lo ha hecho con modestia y sin ruido; simplemente nos trasladaba un poemario cuyo título representaba toda una premonición de su razón de ser y de algún principio que orienta su cotidianidad, siempre presente en sus poemas. Principio que contribuye a la organización del poemario, que conlleva unas exigencias tipográficas, pero que no se pierde en una página; todo lo contrario, la llena de reflexión, pues sobre ese principio el  lector debe detenerse tanto por tener un alto valor práctico  como  por dar razón de su publicación. Este es el caso en  Instrucciones para mirar el silencioHojas de aire cubren esa cólera, Frío en los alrededores de la palabra o Incendios del tiempo. Así, si en Incendios del tiempo (2003) se identificaba con el hombre de A. Miller porque “no necesitaba decir más de lo que sabe ni menos de lo que cree”, en La Longitud de la cuerda aporta una justificación de su escritura y de sus publicaciones con un  “Para mí y para el otro. También para el humo”. Ambos principios ganan una llamativa presencia para el lector cuando son evocados por un profesor universitario de Bellas Artes que conoce como nadie el imperio de la apariencia que reina en el sector universitario.  Al hacer suyas estas tesis, el lector queda advertido de algo fundamental: al dar cuenta de su problema, nos lo traslada, pero nos ofrece la clave que, en definitiva, resuelve la razón de ser de la escritura: “Escribimos y escribiremos porque aquello de lo que queremos hablar no está” (S. Beckett). Es probablemente ese mundo ideal, el que nos propone evocando muchas de las circunstancias de una vida y un sentir; el uso de la segunda persona no clausura su poema en la inmediatez de su estado de conciencia, no cierra el valor y la proyección del texto sobre su vivencia. El uso de la segunda persona nos advierte de la actitud que debemos observar: “Mantente en el Misterio, lector”.

Vicente Ponce por Antonio Linde

La Longitud de la cuerda. Veinte (Le)Prosas es un  texto publicado por Editores KRK (2017) con el detalle y calidad acostumbradas; en esta obra Vicente Ponce articula con cada texto un cuadro cuya autoría es atribuida a reconocidos artistas que gozan de una especial proximidad con Vicente. Es interesante captar el movimiento que cuadro y texto desarrollan para articular una alegoría. La presentación de cada uno de los textos ya incorpora un título que, en sí mismo, anticipa una premonición del juego de alegorías elaboradas para dar cuenta de ese mundo interior de Ponce, tan veraz.  Los reproducciones de los cuadros encajan a la perfección con la alegoría que el texto desarrolla; es más,  obligan a proyectar la alusividad que el texto entraña y el valor alegórico del mismo del que pasan a formar parte. Vayamos, por ejemplo, ante el texto  Memorizando los ladridos.  El cuadro de Chema López nos muestra cuatro personas sin rostro que conducen unos perros de apariencia sosegada, pero de fino olfato. Esos personajes  y sus perros sirven a una actividad que aparece descrita en una (le)Prosa/texto capaz por sí mismo de construir una escena que sin duda evoca un momento de la vida de Ponce, pero que no agota su valor y significado en la inmediatez del recuerdo de esa vivencia. Quizás, por ello, el texto se abre con una palabras de Keith Richards: “… puedo vivir sin policía”; esa es la conclusión ganada desde una vivencia que será proyectada por el texto. La alegoría del cuadro elaborado en estas dos páginas se percibe al cerrarse el texto con  la evocación de aquel pasado y de nuestro presente: “No dijimos. Ningún olvido”. La fidelidad al grupo y al compañero es el valor a seguir protegiendo. Se cierra de este modo el círculo que nos permite releer el texto y revisionar el cuadro para proyectar los significados surgidos; de este modo, los conductores de los perros, hombres sin rostro,  cobran su verdadero aspecto, pues son los gestores del “programa de humillación, sangre sólida,  coágulos de bilis, de gritos, risas y burlas…”. Cuadro y texto se articulan y potencian las respectivas alusividades.  Esta valor alegórico de cada una de sus prosas ya obliga al lector a refigurar la lectura del propio índice que es todo un símbolo y muestra cómo muta un texto  cuando encuentra un lector. Si algo potencia ese encuentro es el valor alegórico del texto que se articula con la figura o cuadro que acompaña al texto.

Nada pierde esta forma del texto por ser prosa; evoca con sus momentos estadios de nuestro vivir y juzga con una verdad que ya no deja espacio para la discusión. En ocasiones, el lector próximo a Vicente pediría un poco más de justicia para consigo, pues aunque afirme que “sus labios nunca cerraron promesa alguna”, sabido es para quienes le conocemos que todas las ha cumplido. Esa verdad se traslada a un texto que trasluce autenticidad y que no duda en buscar la forma más categórica para una tesis:”no hay nada más sólido que las emociones”. Esos momentos sirven de apoyo al lector, fuerzan su reflexión y sirven de reposo en esa incensante persecución del valor alegórico de cada una de las (Le)Prosas. Estamos sin duda ante una forma muy personal de la escritura y ante estados de conciencia que no se agotan en cuanto tales, sino que alcanzan las situaciones reales de su/nuestra vida.


Memorizando los ladridos

Chema López

…puedo vivir sin policía

Keith Richards

Cuando se inició el interrogatorio no dijimos. Un silencio. Un temblor escondido, vértigo, humo, sillas volcadas, mucho ruido. Tras varios días y sus noches incontables azotándonos con una monótona carga de energía acompañada del rutinario programa de humillaciones, sangre sólida, coágulos de bilis, risas, gritos y burlas, supimos quiénes éramos, también todos los que nos precedieron y también quienes eran ellos: algunas manos siempre cerradas, muchos ladridos y sus rostros. No dijimos. Ningún olvido…


La longitud de la cuerda. Veinte (Le) Prosas
Vicente Ponce
KRK, 2017; 64 páginas; 15,00 €

 

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