Crónica

Barra Libre

Dieciséis autores cuentan sus experiencias personales en torno a una misma idea: el bar.

Barra Libre es un libro colectivo que reúne dieciséis textos de no ficción en torno a la idea de “bar” abordada de manera subjetiva, experiencial y decididamente práctica. El proyecto ha sido patrocinado por los responsables de los bares ovetenses Diario Roma, El Olvar y Sol & Sombra. El trabajo fotográfico ha sido de Luz Sol y han colaborado los siguientes autores: Gema Fernández, Lauren García, Santiago Bertault, Javier F. Granda, responsable también de la edición, Virginia Gil Torrijos, Manolo D. Abad, Tamara Camino, José Yebra, Hernán Valladares Álvarez, Rubén Rodríguez, Fee Reega, Ceferino Montañés, Fernando Romero, Rosa Cordero Díaz, Ernesto Colsa y Aidan McNamara.

Cada bar es un reducto, un escenario vital, un lugar de encuentro, un bar no se queda en la propia percepción, se instala en el pensamiento y deseo colectivo, se conforma de diversas presencias e identidades.  El bar es uno y múltiple, es lugar donde se airea la personalidad y se moldea a sí misma la clientela en un flujo de relaciones visibles e invisibles. En este proceso de socialización surgen propuestas como Barra Libre, un recorrido personalizado por diversos bares emblemáticos de Oviedo que entrecruza experiencias muy diferentes entre sí, pero con un mismo destino: los bares, esos bares.

El Cuaderno reproduce dos de los textos incluidos en este volumen. Nos vamos de copas con Gema Fernández y Manolo D. Abad.


 

La Caja de Músicos

Gema Fernández

Una busca sin saberlo. Acuerda con su sombra la predisposición a quedarse varada en el asombro, a distinguir de pronto un resquicio de luz en la escala de grises de la paleta urbana, una mirada limpia que le permita obviar sus propios puntos ciegos.

Una busca sin importar el qué, el cómo, el cuánto, el cuándo, sin saber exactamente qué dirección tomar, hacia dónde camina, qué distancia salvar, cuál atacar… porque hace mucho tiempo que ha logrado entender que el sentido certero, si es que existe un sentido vital para sus pasos, lo marca el corazón y no sus pies.

Y en ese deambular introspectivo, esa eterna mudanza de una misma, a veces una encuentra en una caja las múltiples maneras de perderse, de acabar diluida en las vidas de otros hasta reconocerse por completo.

La palabra “caja”, etimológicamente, proviene del latín “capsa” que a su vez deriva del verbo capere (tomar, asir). Es un receptáculo de diversos materiales cuya finalidad es guardar cosas en su interior para almacenarlas, preservarlas o transportarlas. Pues de eso quiero hablar, de un lugar que es una cápsula que nos contiene y nos aísla de la rutina y “la normalidad”.

A La caja de músicos se llega por instinto o no se llega. El nombre de la calle, “Buen suceso”, ya hace presuponer que inevitablemente te estás aproximando a una cosa especial, un “vete tú a saber qué” prometedor. Desde fuera apenas se distingue el interior, lo suficiente para saber que hay una barra y detrás de la barra un camarero y tras éste millones de secretos soplándole al oído la intimidad ajena, cautivos en su memoria por esa confidencialidad, exime de contratos que debe regir la ética, si es que se tiene, profesional y tras esos secretos probablemente una casi certeza de poder compartir una caña, una copa, cualquier cosa… un silencio, con algún otro náufrago de barra que, ya sea por intuición o por fe tabernera, ha acabado arrojándose también a las profundidades de esta caja febril y semidadaísta. Pero desde fuera, desde el exterior de ese espacio, es imposible intuir lo que dentro se cuece… lo que tanto enriquece al que se por fin se adentra.

La primera vez que atravesé sus puertas lo hice, como otros peregrinos de la noche, atraída por la música, ese canal de comunicación universal que excita la imaginación humana, que agita la conciencia individual, que tiende lazos, que invita a la fuga, que aparca la sensatez en doble fila y cuelga la prudencia del perchero. Música en directo, sin enlatar, música donde el público tiene siempre la última palabra y el músico la penúltima nota a ejecutar. Música en vivo en ciudades raquíticas con aceras dolientes de una mudez impuesta, ciudades oscuras donde la agonía cultural retumba en los suspiros de la resistencia, en la firme esperanza de aquellos que jamás tuvimos miedo al “ruido”.

Recuerdo que tocaba un trío de jazz. El público era escaso pero atento, manifiestamente devoto en sus aplausos. Yo los miraba desde la puerta, pájaros sin cielo escogiendo una superficie más austera para batir las alas. La calle era un perfecto folio en blanco y en ese pub recóndito, infravalorado, se tornaba posible redefinir los poros de la piel y pintarlos al margen de los márgenes, y exactamente así me sentí yo, aquella primera vez que… en ese primer momento cuando… así me sentí, parte del eclecticismo de un collage armónico donde convergían los anhelos pospuestos, los sueños exiliados a un territorio demasiado próximo a la comodidad, la realidad difusa de todos los que tratábamos de imbricar una porción de felicidad en eso que llaman vida.

“Poseemos en nosotros mismos toda la música: yace en las capas profundas del recuerdo. Todo lo que es musical es una cuestión de reminiscencia. En la época en que no teníamos nombre debimos haberlo oído todo” afirmaba Cioran, y tomando como certero este pensamiento, podemos corroborar que la Caja de Músicos no es un lugar exclusivo para profesionales del instrumento, ni mucho menos un escaparate al servicio de los artistas más vanguardistas, la Caja de Músicos es el punto de inflexión a partir del cual nos recordamos poseedores de todas las canciones y todos los poemas y todos los diálogos de todas las películas y todas las tendencias pictóricas, dramáticas, vocales, corporales, y todas las corrientes desechadas y las más laureadas, pero también de todas las tristezas, todas las carcajadas, los enamoramientos, las traiciones, los encuentros casuales, las soledades no escogidas, los afectos electos… y es por eso que justo al cruzar sus puertas automáticamente nos innominamos, desnudamos el yo, los egos adyacentes, porque allí no hace falta carta de presentación para reconocernos afines a los otros, los que justo a nuestro lado tararean tímidamente la letra pegadiza de una misma canción.

Desde mi posición fronteriza escudriño los rostros de la gente… me doy cuenta de que a sus espaldas cargan también el peso de la invisibilidad, como si esa cualidad de pasar inadvertidos se hubiera convertido en un hábito a combatir. Alguien me mira a los ojos y el tiempo se ralentiza. Me siento cómoda, existe una atmósfera dentro de esa caja que nos vuelve valientes de repente, un crujido de aceptación, un ataque frontal a la impostura.

No, la Caja de Músicos no es un local de moda, ¿cómo podría serlo? Si allí podemos ver un coro matriarcal y antifascista desmembrando armonías para que la totalidad de una canción brille con singularidad en el empaste sonoro del conjunto… y ¿quién sabe? Seguramente también desfilará un pintor con alergia a los pinceles, un profesor de inglés adicto al karaoke, una enfermera hipocondríaca, una reciente viuda que porta el peluquín de su marido en su bolso de cuero, una cantante muda, un soñador con insomnio, un crítico de arte con complejo de culpa, un bulldog con ínfulas de gorrión, una arquitecta que duerme a la intemperie… la aleación perfecta entre el frikismo y la genialidad, la más bella metáfora del absurdo. Y nadie juzga, porque no existe allí mayor legislación que el impulso animal de sabernos iguales debajo del pellejo, ganadores por fin en nuestra individual carrera de derrotas… y todo es amable.

No, claro que no, la Caja de Músicos no es un local de moda, es un compromiso con la libertad y la solidaridad, con el arte, con las cosas bonitas que tornan este mundo habitable, es un baúl ontológico, la chistera de un mago, el taller donde, probablemente, el reparador de sueños que cantaba Silvio restaura los anhelos furtivos de la psique humana.

Siempre he querido ser la bailarina elíptica de una caja de música de ébano, llamarme Elisa y ejecutar un brisé perfecto mientras Beethoven aporrea un piano y compone una bagatela que descifre mi nombre.

Sé que existe un lugar para desafiar la realidad, sé que existe, espero que, en domingos lluviosos como éste, me encuentre, como siempre, sus dos puertas abiertas.






Hothouse

Manolo D. Abad

Te quedas tan quieto/ Escondido en la esquina/ Esperando una señal / Para venir, vengo/ Ah, ah, ah/ Se te ve el plumero, sí/ Sois todos iguales/ Pero, ¿a quién debo culpar/ cuando me enamoro?/ Al principio, me intrigas/ Pero la forma en que te mueves/ me aterra y tú/ me traes recuerdos/ de las cosas que no necesito/ Eres una flor de invernadero/ Eres algo que no puedo afrontar/ Porque no te puedes controlar/ No te puedes controlar/ Doy un paso entonces/ Doy un paso atrás/ Un poco curiosa ya/ Al principio tienes éxito/ Pero la forma en que te mueves/ me aterra y tú/ Me recuerdas las cosas que no necesito.

(“Hothouse”- The Sound)

Nunca escribí ni en bares ni en pubs, aunque mucho de lo que viví en ellos se quedó marcado en algunos lugares de la memoria y del corazón, que nutrieron una parte de mi personalidad. Pero escribir, con boli y libreta u ordenador, no. Probablemente por la esencia tan íntima que me supone el acto de la escritura. Sobre todo, cuando estoy inmerso en la ficción o en esos momentos en que tengo que extraer de mí lo que llevo dentro. Las luces, las sombras. En los bares, como cantaban mis adorados The Sound, siempre he tratado de buscarme, o de perderme, en todas sus variables. Allí descubrí y encontré amores, músicas, amigos, personajes, un universo que es el que compone una parte de mi vida que me sostiene, que me motiva para seguir hacia delante.

Escribir supuso siempre un desnudo como en esas portadas de “Interviú”, un despojarse de todo aquello que nos cubre. Otros lo toman como una forma de pavonearse, representan un teatro sobre las bambalinas donde son los protagonistas. Otros buscamos en lo más profundo de nuestro interior, en ese lugar al que jamás queremos llegar, el que escondemos tras nuestra sonrisa, tras nuestra copa, tras nuestra versada y culta conversación. Son todas nuestras máscaras que nos protegen de nuestros propios demonios, de nuestros miedos, de nuestros muchos miedos que, a veces, incluso, nos impiden teclear unas miserables letras que nos permitan sentirnos mejor frente a todos y cada uno de nuestros múltiples dolores. Librarse del miedo, de todos los miedos. Sentirse libre con tu copa delante. Olvidarte del mundo y sus juicios, de la sociedad, de todo y de todos. Ser completamente libre frente al líquido salvador.

Permanecemos en la barra, tratando de no caer en el mismo vacío que nos acompaña en cada día. Y, por eso, necesitamos sentirnos en casa. En nuestra intimidad. Nada de templos. No, no, no y no. ¿Templos? No, por favor. Los templos podrían ser museos o algunos lugares de culto para quienes necesiten lugares de culto. Los bares, nuestros bares, son nuestra segunda casa, un hogar especial donde nos sentimos a salvo. Donde nada ni nadie puede juzgarnos. Un refugio frente al dolor, frente a la agresión de un mundo cada vez más hostil. ¿Templos? Déjense de bobadas, de mixtificaciones. Porque aquí, en cada bar, vive la vida real. Y queremos que sea así hasta que las nuevas generaciones consigan –con su botellón, con su falta de humanidad, con su estúpido egoísmo– terminar con nuestros hogares, nuestros refugios.

Conocí el amor tras la dulce mirada de la mujer que me arrastró en dos etapas, separadas por veintitantos años, a una montaña rusa de sentimientos de la que he sobrevivido. Encontré algunas parecidas a ella, se aparecieron para mi propio bien, pero yo ya estaba atrapado en sus rizos, en su voz, en ella. Fueron un bálsamo y me gustaría darles las gracias una a una. Mi corazón siguió haciéndose pedazos, pero es muy probable que la culpa fuera mía. Pedí otro vino y seguí mirando hacia algún lugar, quizás unos ojos que me buscasen, quizás perdido en una música que me elevase más allá de todos mis temores.

Y los conciertos. ¡Ay, los conciertos!

Encontrarse ahí, en medio de la multitud, mientras mentalmente las letras te llevaban, los decibelios a tope conseguían un efecto psicodélico al que sumabas las dos o tres cervezas… Volabas sobre los miedos. Perdías todos y cada uno de los temores que te aterrorizaban en los momentos más inesperados. El miedo a una existencia hasta el fin de la noche. El miedo a vivir hasta las últimas consecuencias. El miedo a seguir sin ningún tipo de red, como un suicida. El miedo a ver cómo la juventud se acaba. El miedo a comprobar cómo las oportunidades llegan a acabarse hasta para aquellos que conservan el comodín de la suerte. El miedo a la muerte, a una muerte provocada. El miedo al miedo, al desamor y al rechazo.

Por eso, cada noche de concierto era una celebración. Un escape. Una prueba de vida. Llegar el jueves al Channel, pagar la entrada, tomar una cerveza, ver al grupo, quizás cruzar una mirada con una mujer añorada en tantas noches…

Al final, llegó La Antigua Estación. Mi casa. Hoy, La Salvaje. También mi casa. Y la sensación sigue siendo la misma. Un hogar. Mi sitio al que pertenezco. La gente que quiero tener a mi lado. La que me pregunta y me escucha, la que no me juzga. Ahí estoy, sólo puedo dar gracias por haber conseguido pertenecer. Otros sólo conseguirán bebida a precio barato en un lugar inhóspito, en un botellón dantesco e inhumano. Yo siempre podré pedir un vino –mi hígado ya no permite los lujos de antaño– aunque no haya una mísera moneda en mi pantalón. Porque son mi familia, aquí en La Salvaje, los quiero y creo que me quieren, refugio y hogar.






Barra Libre
VV. AA.
Edición de
Amadeo Fernández Durán y Javier F. Granda

Patrocinan:
Luis Salgado [Diario Roma], Amadeo Fernández Durán [El Olivar]
y Rubio Marcos Campos [Sol & Sombra]

Oviedo, 2018; 158 páginas


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