Crónica

Guerrillas, Jon Lee Anderson

Se publica en edición española "Guerrillas" (Sexto Piso, 2018) de Jon Lee Anderson, un referente del reportaje escrito.

Hace apenas cincuenta años, la figura del guerrillero era el símbolo de la lucha por la transformación de la sociedad por la vía armada. Más allá de su éxito específico para tomar el poder en Cuba y de sus derivas posteriores, la revolución del Che y de Fidel sirvió de inspiración para cientos de movimientos a lo largo y ancho del mundo que no lograron, en su inmensa mayoría, el objetivo último. Sin embargo, como muestra todavía la resistencia zapatista en el sureste mexicano, el poder simbólico en el imaginario colectivo puede trascender ampliamente el impacto concreto de la lucha armada.

Guerrillas es un libro clásico del denominado war periodism en el que Jon Lee Anderson aborda mediante diversas crónicas narrativas el fenómeno de las guerrillas, uno de los aspectos cruciales para comprender la historia de la segunda mitad del siglo xx. Anderson viajó por medio mundo para conocer de primera mano la realidad de los muyahidines en Afganistán, del FMLN en El Salvador, del Ejército de Liberación Nacional Karen en Birmania, del Frente Polisario en el Sáhara Occidental y de las células palestinas que luchaban contra Israel en la Franja de Gaza. Independientemente de la suerte experimentada por los distintos movimientos guerrilleros, el aliento que recorre su investigación es «comprender qué es lo que motiva a la gente común para ir a la guerra, para tomar la decisión consciente de matar y morir por un ideal que existe, al menos al comienzo, tan sólo en sus cabezas. Me pareció que el primer paso era el crucial, pues implicaba el cruce de una línea invisible, hacia un territorio en donde la muerte, y no la vida, era la principal certidumbre».

El Cuaderno reproduce íntegro el extenso epílogo del autor a un libro que es referencia del periodismo narrativo y cuya edición española salió a la venta el pasado 19 de marzo bajo el sello de la editorial Sexto Piso.


Jon Lee Anderson (California, 1957)

Epílogo

Mis viajes a través del mundo insurgente coincidieron con una serie de acontecimientos históricos que alteraron profundamente el paisaje político global y que tuvieron un efecto directo sobre muchos de los movimientos guerrilleros con los que estuve en contacto. El súbito colapso del bloque soviético trajo el final de la Guerra Fría y, con ello, también el final de los subsidios de Moscú y Washington que habían alimentado muchos de sus conflictos «por procuración» alrededor del mundo. De repente, carentes de patrocinadores para sus actividades, muchos guerrilleros pidieron la paz.

En enero de 1992, los guerrilleros del FMLN firmaron un tratado de paz con el Gobierno de El Salvador, terminando formalmente con los doce años de guerra civil en que, habíaestado sumido el país. A cambio de promesas de amnistía y reformas por parte del Gobierno, los guerrilleros estuvieron de acuerdo en abandonar las armas y entrar en la vía política. En los años transcurridos desde entonces, el fmln ha evolucionado
hasta convertirse en un partido político. (En las elecciones presidenciales de 2014, Salvador Sánchez Cerén, el antiguo comandante guerrillero Leonel González, ganó la
votación. Con su victoria, demostró que las guerrillas de El Salvador habían recorrido un largo camino desde sus días en las montañas).

Pero los problemas económicos y sociales de El Salvador no han terminado en tiempo de paz. Continúa siendo una de las naciones más pobres de América Latina además de una de las más violentas del mundo, infectada por una extendida cultura criminal que se especializa en el asesinato, el secuestro, el robo de coches y el tráfico de estupefacientes. Muchos de los miembros de esas bandas criminales son hijos e hijas de refugiados retornados, antiguos soldados sin empleo y guerrilleros desmovilizados. Ninguno ha sido capaz de adaptarse a una vida sin mística en la realidad de la posguerra.

En 2002, un amigo en El Salvador me informaba de que Justo, uno de los compas con los que yo había estado en Chalatenango, estaba en España dando unos cursos sobre Periodismo de Guerra en la universidad. Me enteré de que un viejo camarada de Justo, Haroldo, también había vuelto a la vida civil, abandonando su pseudónimo y reivindicando su verdadera identidad como el poeta y escritor Miguel Huezo Mixco. A finales de 2005 recuperamos el contacto por correo electrónico. En esa época Huezo Mixco se estaba ganando la vida con un Programa de Desarrollo de Naciones Unidas en El Salvador.

Pregunté a Huezo Mixco cómo se sentía con los años pasados como propagandista guerrillero.

–Me siento orgulloso de haber formado parte de ese proceso –me dijo con firmeza–. Reconozco que los sacrificios para el país fueron inmensos, no sólo en términos materiales, sino también humanos, y que lo que se ha conseguido parece ahora muy poco. Sólo con el tiempo, creo, seremos capaces de tener una perspectiva más amplia sobre esa lucha y lo que significó. Que perduren o no sus efectos y que se pueda alcanzar más justicia y libertad no dependerá ya de esa lucha, sino de lo que seamos capaces de construir ahora, con otras herramientas: las del conocimiento y la sensibilidad, los valores positivos.

La revolución salvadoreña, en otras palabras, pasó, pero Miguel Huezo Mixco no ha perdido su mística.

 

En el Sáhara Occidental, el Polisario y Marruecos firmaron un acuerdo de alto el fuego en 1991. Después, una fuerza de pacificación especialmente creada por las Naciones Unidas fue enviada para vigilar el cumplimiento del acuerdo y organizar un referendo que decidiría el futuro estatus del territorio. Pero los desacuerdos entre el Polisario y Marruecos sobre la cuestión de quién es elegible para votar, a un lado y otro del muro de Hasán, han bloqueado repetidamente a los negociadores de Naciones Unidas, y el referendo nunca tuvo lugar. La muerte del rey Hasán II en 1999 y su sucesión por un heredero reformista, Mohamed VI, generó tempranas esperanzas de acabar con el callejón sin salida, pero esas esperanzas no se han cumplido. En el corazón del problema está la continuada insistencia de Marruecos en que el Sáhara Occidental es parte integrante de su territorio nacional, mientras que el Polisario, de forma igualmente inflexible, defiende el derecho de los saharauis a la «autodeterminación».

Ha habido algunos gestos de buena voluntad por ambas partes, incluyendo la liberación de prisioneros. A principios del 2000, el Polisario comenzó a liberar a sus prisioneros marroquíes. Uno de los liberados en 2003 había estado en cautividad durante veintiocho años, lo que lo convertía en el preso político con más tiempo en prisión en todo el mundo. En agosto de 2005, a pesar de la preocupación por el destino de setecientos saharauis civiles y luchadores del Polisario «desaparecidos», que se creía estaban bajo la custodia marroquí, el Polisario liberó al último de los prisioneros marroquíes, 404 hombres en total.

En 2004, después del rechazo de Marruecos a un plan de paz, un frustrado secretario general de la onu, Kofi Annan, amenazaba con retirar las fuerzas pacificadoras de las Naciones Unidas a menos que los bandos contendientes confirmaran su compromiso. Pero el plazo límite fijado pasó inadvertido, el mandato de las Naciones Unidas se renovó –como había ocurrido cada seis meses en los últimos quince años– y la guerra fría de conversaciones y amenazas ha continuado con pocos cambios reales.

Con el paso del tiempo, la generación de líderes de la revolución saharaui empieza a morir. En 2010, Mahfud Ali Beiba, el número dos del Frente Polisario –a quien yo había conocido–, falleció en su casa. En 2016 también murió Mohamed Abdelaziz, el presidente saharaui desde hacía cuarenta años. Fue reemplazado por Brahim Ghalil, otro fundador histórico del Frente Polisario.

Por lo demás, las cosas han cambiado muy poco. Los saharauis que resisten en los campamentos del Polisario en el desierto están en un limbo, como ciudadanos de una guerrillera nación-en-espera. Exactamente igual que cuando los visité a finales de invierno de 1989.

 

La propia Birmania –o Myanmar, según el nuevo nombre oficial del país impuesto por el entonces régimen militar en 1989– ha pasado de ser una dictadura férrea a una democracia atenuada bajo custodia militar, con aspectos todavía muy represivos. Tras mi visita, el régimen militar se mantuvo en el poder veintiún años más sin ceder el control político del país. Fue especialmente inmisericorde con la aclamada líder reformista Aung San Suu Kyi, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1991. Entre 1989 y 2010, año en que la liberaron definitivamente, pasó quince años o bajo arresto domiciliario o en prisión. A pesar de esta experiencia, ella continuó abogando por el diálogo no violento para asegurar una transición pacífica a la democracia. En 2010, esa transición empezó con un referendo constitucional seguido por unas elecciones cerradas en que un exmilitar reformista se hizo con la presidencia. En 2012 se permitió que la oposición participara en elecciones parlamentarias y arrasó. Suu Kyi se convirtió en diputada. Finalmente en las elecciones generales de 2015, el partido de Suu Kyi ganó el derecho de dirigir el país, pero ella no pudo asumir la presidencia por una enmienda constitucional que se lo prohíbe por haber tenido hijos con un extranjero. (Ella es viuda de un académico inglés). Se convirtió entonces en la líder de facto, con un título de consejera de Estado, mientras un lugarteniente juró cargo como el presidente formal.

Mientras la democracia birmana intenta avanzar sobre el alambre, el interior del país ha permanecido bajo el dominio castrense. Los militares operan en una situación de disputa y ajuste con el amplio abanico de grupos étnicos y religiosos, muchos de ellos armados, que compiten por el control de sus regiones, y los enfrentamientos bélicos son frecuentes. En la peor de las crisis producidas por estos conflictos, en 2016-17, se vio una campaña de ataques sistemáticos por parte los militares a las comunidades de la minoría musulmana rohinyá, provocando la fuga masiva hacia la vecina Bangladesh de más de 600 000. Todo indica que fue el resultado que buscaban los militares.

A los karen tampoco les ha ido demasiado bien en las últimas décadas. No mucho tiempo después de que yo dejase Kawthoolei en el otoño de 1989, el régimen militar birmano compró armas a China por valor de mil millones de dólares y se embarcó en una ofensiva por toda la nación contra los insurgentes étnicos. A mediados de los noventa, casi todos los grupos insurgentes, excepto la unk, habían firmado acuerdos de alto el fuego con Rangún. En 1995, después de firmar importantes tratados sobre extracción de gas y gasoductos transfronterizos con Tailandia y varias sociedades extranjeras, los militares de Rangún se lanzaron a un ataque sostenido contra los karen, y prácticamente los anularon como fuerza de combate. Las pocas bases que quedaban de la unk cayeron, incluyendo Kawmara y sus cuarteles generales en Manerplaw. Miles de guerrilleros y sus familias huyeron a Tailandia, incrementando la población de refugiados karen hasta una cifra estimada de ciento veinte mil.

Para entonces, la mayor parte de los estudiantes birmanos que se habían unido a los karen en Kawthoolei se habían marchado hacía ya tiempo. Los que todavía no habían desertado, no habían sucumbido a la malaria o no habían muerto en el campo de batalla, se establecieron en albergues o campamentos en Tailandia o buscaron santuarios en otros países. Algunos de los guerrilleros karen que yo conocí han empezado una nueva vida en el extranjero. Se dice que Ganemy, el consejero del primer ministro, ahora vive en Australia. El mayor Robert Zan, que aparentemente continuó entrenando a sus karen y a cuadros estudiantiles como «terroristas» hasta bien entrados los años noventa, dejó finalmente el campo de batalla de Kawthoolei por un nuevo hogar en Minnesota.

Durante dos o tres años después de mi última visita a Kawthoolei, recibí felicitaciones navideñas del francotirador mercenario japonés Motosada Mori. Más tarde, las felicitaciones se interrumpieron. Durante años, me pregunté qué habría sido de Mori. Finalmente, en 2004, en una revista para mercenarios, leí que había muerto luchando en Kawthoolei algunos años antes y que lo enterraron allí.

Ese mismo año, una delegación de la unk encabezada por el general Bo Mya viajó a Rangún, donde firmó un acuerdo de alto el fuego a cambio de la promesa del régimen de plantear una asamblea nacional en la que todos los grupos étnicos de Birmania estuvieran representados y de esbozar una nueva Constitución nacional. Mientras estaba en Rangún, los anfitriones de Bo Mya le ofrecieron un banquete para celebrar su septuagésimo séptimo aniversario. Murió dos años después. Para entonces, ya había perdido sus bases en Kawthoolei y era un refugiado más en Tailandia.

 

En Gaza, la primera intifada palestina terminó a comienzos de los años noventa, cuando comenzaron las conversaciones directas entre Israel y los palestinos, generándose esperanzas para un arreglo duradero del conflicto. Se hicieron amplias concesiones por ambas partes, como el reconocimiento del «derecho a existir» de Israel por parte de la olp y el recíproco reconocimiento israelí de la olp como un partido político legal. La Autoridad Palestina, un Gobierno virtual encabezado por Yasir Arafat, al que se le permitía volver a su patria por primera vez desde 1967, se estableció en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania. Era sólo una cuestión de tiempo, parecía, el que hubiera un Estado palestino.

Pero no se cerró un acuerdo final de paz, y en septiembre del 2000 comenzó una segunda intifada palestina. Esta vez, sin embargo, no fue una resistencia protagonizada por shabab que tiraban piedras, sino por combatientes palestinos que utilizaban armas automáticas y, cada vez más, por jóvenes terroristas suicidas en las calles de Israel, dispuestos a morir y a matar, al mismo tiempo, a todos los judíos que pudieran. La gran tragedia de la oportunidad perdida para la paz en los años noventa significó que una nueva generación de palestinos creció sin ninguna esperanza de futuro. Para un número trágicamente grande de ellos, la muerte en una «operación martirio» llegó a parecer un destino deseable. Sus atentados se llevaban a cabo en restaurantes, calles atestadas y autobuses públicos, y causaron horribles carnicerías. Muchos cientos de civiles israelíes murieron en el nuevo baño de sangre.

La respuesta de Israel fue golpear con inmisericorde dureza. Llegó a ser rutinario que Israel enviara sus tanques y helicópteros de combate para responder a los ataques en suelo israelí; que se destruyeran las casas de los terroristas suicidas, se asesinara a los líderes de Hamás con misiles y bombas y se disparara sin el menor reparo contra cualquiera que pareciese sospechoso. Como sus oponentes palestinos, las últimas hornadas de soldados israelíes eran mucho más insensibles e inclinados a la violencia que los que habían actuado en la primera intifada. Entre sus más de tres mil víctimas se contaron quinientos niños palestinos. También mataron a varios periodistas y activistas extranjeros en favor de los derechos humanos, aparentemente a propósito. En Breij, donde yo pasé mucho tiempo durante la primera intifada, el Ejército israelí mató a ocho personas, incluyendo varios civiles, en una incursión para detener a un líder de Hamás. Una de las víctimas era Nuha al-Magadmeh, una mujer palestina en su noveno mes de gestación, que fue aplastada cuando los israelíes dinamitaron la casa que estaba junto a la suya y el muro de la vivienda se derrumbó sobre ella.

El terrorismo de la nueva intifada también puso fin a las idas y venidas de muchos palestinos entre Gaza e Israel. Por pernicioso que fuera, muchos palestinos dependían para su subsistencia del sistema de «trabajo negro» de Israel, y éste prácticamente desapareció. Israel ha resuelto su problema de escasez de mano de obra importando trabajadores contratados de países como China, Filipinas y Rumanía. En 1991, con una población estimada en 750 000 personas, Gaza era uno de los lugares más poblados del planeta. En 2016, su población alcanzó los dos millones de personas.

A pesar de toda la violencia –o quizá a causa de ella–, las líneas directrices del futuro Estado palestino están empezando a tomar forma. Después de un largo y tenso callejón sin salida con Yasir Arafat, que terminó sólo con su muerte por enfermedad a finales del 2004, el Gobierno israelí comenzó a contratar de nuevo a palestinos. Una vez se reanudaron las negociaciones con el nuevo líder elegido por los palestinos, la violencia de la segunda intifada se frenó de forma significativa. Se reforzó la seguridad por medio de la separación física, cuando Israel levantó un enorme muro de hormigón a lo largo de sus impuestas fronteras con Cisjordania. (Unos pocos años antes, Gaza ya había sido separada de Israel, mientras que sus derechos tradicionales de tránsito a Cisjordania a través de Israel fueron suspendidos en el año 2000). Puesto que las ciudades y pueblos palestinos quedaron aislados unos de otros en una serie de enclaves territoriales, el muro pareció haber sido diseñado no sólo para separar a palestinos e israelíes sino también a unos palestinos de otros. Muchos palestinos comenzaron a temer que cuando finalmente terminara la ocupación israelí, no serían habitantes de una patria, sino de una prisión.

En 2005, Israel retiró sus fuerzas militares de Gaza, poniendo fin a treinta y ocho años de ocupación militar. Como parte del proceso, tropas israelíes evacuaron también a los habitantes de varios asentamientos judíos que habían sido construidos allí; luego destruyeron las instalaciones que habían dejado atrás. Pero Israel todavía mantenía el control marítimo y aéreo de Gaza, así como el de los suministros de agua, luz y telecomunicaciones, todos procedentes de Israel. O sea que Gaza era ahora «libre», pero, como el resto de Palestina, de la que estaba desconectada, era una isla, unida al mundo exterior por sólo dos cruces, uno con Egipto en la península del Sinaí, y otro con Israel. Internamente, esta olla a presión reventó en 2007, con combates fratricidas entre Fatá y Hamás en los que murieron cientos de palestinos. Al final ganó Hamás, lo que supuso que Gaza quedara en sus manos y Cisjordania en manos de Fatá. Palestina sí se gobernaba a sí misma, pero partida en dos, y sin unidad a la vista. En cuanto a los israelíes, hacen incursiones bélicas en Gaza siempre que se les antoja en represalia por ataques ocasionales auspiciados por Hamás. En 2008, Israel invadió Gaza para castigar a Hamás. Cuando retiró sus fuerzas después de una campaña de tres semanas, dejó atrás miles de casas destruidas y un saldo de más de mil palestinos muertos. En 2014, otra incursión masiva por aire y tierra dejó más de veinte mil casas en ruinas y más de dos mil muertos. En 2017, el Ejército israelí empezó la construcción de un muro subterráneo que correría por toda la frontera con Gaza. Su propósito: terminar de raíz con la amenaza que representan los túneles cavados por los grupos militantes palestinos. Para finales de 2019, Gaza podría ser el único lugar en el mundo separado de su vecino por un muro sobre la superficie y otro subterráneo.

 

Muchas cosas han ocurrido en Afganistán desde el verano de 1989, cuando pasé un tiempo con los muyahidines afganos dura nte su asedio de Jalalabad, pero recuerdo con claridad el encuentro que tuve con aquel chico de once años que, en el campo de batalla, me dijo que lo que él quería era «matar k uffar», «infieles». En aquellos días, en Afganistán, la definición de kafir cambiaba de una persona a otra. Formalmente era un «no creyente», un infiel, pero el término también podía incluir a los extranjeros –gente como yo–, a los que se podía matar porque no compartían la fe del islam, o simplemente porque tenían un aspecto distinto. Aunque yo estaba justo a su lado, el chico afgano era demasiado joven e inconsciente para comprender que yo me habría ajustado perfectamente al perfil.

Un día o dos después de mi encuentro con aquel muchacho, mis escoltas muyahidines me evacuaron urgentemente de la línea del frente después de que un grupo de «yihadíes árabes» enviara un explorador a husmear alrededor de la fortaleza donde me encontraba. Los yihadíes eran voluntarios religiosos de los países árabes que habían venido a luchar al lado de los afganos. Yo no había buscado ningún contacto con ellos, aunque tenían su base en un campamento cercano, porque se decía que eran poco amigos de los occidentales. El explorador yihadí habló con uno de los centinelas afganos. Le dijo que él y sus compañeros estaban buscando kuffar a los que matar, y creían haber visto a uno –yo– con el muyahidín en la fortaleza. El centinela lo desmintió y le dijo al árabe que estaba equivocado. No había kuffar allí, dijo, sólo muyahidines afganos. El árabe se fue, pero, según el centinela, que inmediatamente vino a avisarnos, no parecía haber quedado muy convencido.

Después de oír estas noticias, mis compañeros afganos se sintieron extremadamente alarmados y dijeron que era sólo cuestión de tiempo que los árabes volvieran con una fuerza más numerosa de hombres armados dispuestos a encontrarme. Actuando con rapidez me hicieron ocultarme tras un turbante, me envolvieron en una manta patou afgana y luego me colocaron entre ellos, todos fuertemente armados, en el asiento trasero de un todoterreno. En pocos minutos estábamos en camino. La única carretera que conducía fuera pasaba precisamente por delante del campamento de los árabes. Los yihadíes miraron con mala cara cuando pasamos, pero no abrieron fuego, aparentemente porque iba con los aliados locales.

Eso fue varios años antes de que conociera el nombre de Osama bin Laden, pero posteriormente me enteré de que él estaba en Jalalabad ese verano y que aquellos yihadíes formaban parte de sus hombres.

El asedio de Jalalabad fue un fracaso trágico. Varios miles de vidas se perdieron en el proceso, incluyendo las de muchos jóvenes a los que había conocido en la línea del frente, adolescentes voluntarios de los campamentos de refugiados en la vecina Pakistán. Tres años más tarde, los muyahidines finalmente tomaron el poder en Kabul, y entonces, como era de esperar, trataron de apoderarse de la ciudad, reduciendo gran parte de ella a escombros y matando a cientos de miles de civiles en la operación. Mientras tanto, con el ascenso al poder de los muyahidines, mi viejo anfitrión en Argandhab, el mulá Naquib, fue nombrado comandante supremo de Kandahar. No obstante, tras una caótica ocupación de sólo dos años, entregó la ciudad a los estudiantes religiosos armados conocidos como «talibanes», que en 1994 se extendieron por el país desde sus madrasas de Pakistán, dispuestos a restaurar la ley y el orden e imponer la justicia islámica. En 1996, habían tomado Kabul, habían impuesto una estricta tiranía islámica sobre el país, y pronto acogieron a Osama bin Laden, que había estado viviendo en Sudán durante los años anteriores. Bin Laden regresó a sus viejos lugares favoritos de Afganistán y comenzó a preparar su organización terrorista, Al Qaeda, para su yihad global contra Occidente.

Con los ataques a Nueva York y Washington D. C. el 11 de septiembre del 2001, el mundo insurgente –en un sentido devastadoramente real– llegó a ser por fin parte de nuestras vidas.

 

Dos semanas después de los ataques, fui de nuevo a Afganistán, por primera vez desde 1989. Pasé tres meses viajando a través del país antes, durante y después de la campaña militar contra los talibanes dirigida por los Estados Unidos. Pocos días antes de Año Nuevo, llegué a Kandahar.

Los talibanes habían desaparecido de la ciudad cuando yo entré. Las tropas militares americanas, que acababan de llegar, habían ocupado una base en el aeropuerto a las afueras de la ciudad, y pequeños grupos de comandos de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, barbudos y vistiendo ropas afganas, fuertemente armados, recorrían los alrededores en camionetas. Por lo demás, Kandahar no parece haber cambiado mucho desde 1989; era todavía una ciudad pobre, apaleada y sucia. Aquí y allá, los restos de edificios que habían sido recientemente bombardeados por los estadounidenses. Encontré al mulá Naquib viviendo en su nueva casa en las afueras, al norte de la ciudad, junto al destartalado complejo, rodeado por un muro, donde el fugitivo líder talibán, el mulá Omar, había vivido hasta fecha muy reciente.

En la época de mi visita, Naquib trataba de ofrecer un perfil más bien bajo. Los estadounidenses y sus aliados afganos que ahora controlaban Kandahar sospechaban que había ayudado al mulá Omar a escapar de la ciudad antes de que ellos llegaran. Durante la guerra, un par de semanas antes, cuando las fuerzas estadounidenses y antitalibanes habían cercado la ciudad, el líder talibán había estado de acuerdo en entregarse pacíficamente después de haber dejado Kandahar en manos de Naquib. Pero en algún momento de la noche, antes de que la rendición se hiciera efectiva, Omar, varios dirigentes talibanes importantes y la mayor parte de sus combatientes se habían desvanecido misteriosamente. Tras un intento poco entusiasta de mantener la ciudad con su propia milicia, Naquib había cedido y se había retirado a su casa, proclamando estar «cansado de la política». Afirmaba no tener conocimien to de cómo había escapado el mulá Omar.

Naquib tenía en gran medida el mismo aspecto que yo le recordaba. Era todavía grande y fornido, pero su barba lucía ya algunos mechones grises. Me recibió en el modesto zaguán de su casa, en un complejo donde había unos cuantos pistoleros holgazaneando por su florido jardín. Al principio Naquib no se acordaba de mí, pero dijo recordarme después de que yo le refrescara la memoria con algunas historias acerca de mi estancia en el campamento de Arghandab. Sonrió. Estaba contento, afirmó, de recibir a «un amigo de los días de la yihad», y acepté su invitación para acompañarlo a visitar el viejo campamento base al día siguiente.

Mazen Agha, el rimbombante ayuda de campo de Naquib, estaba también allí, y cuando lo saludé, su rostro resplandeció de reconocimiento, con la misma risa de tono agudo que yo recordaba de años atrás. Pero Mazen Agha tenía un aspecto ajado y algo desmejorado, advertí, y ya no estaba tan esplendoroso como antes.

Cuando volví a la casa de Naquib, a la mañana siguiente, me recibió en un lujoso Toyota Land Cruiser grande y blanco. Vi que tenía varios coches idénticos aparcados allí y alabé sus hermosas posesiones. Orgullosa y confidencialmente, me dijo:

–Tengo diez como éste; eran del mulá Omar –añadió Naquib con picardía.

Cuando pasamos por el destruido complejo de su antiguo vecino y comenzamos a subir la colina hacia Arghandab, Naquib comenzó a jugar nerviosamente con los mandos de un reproductor de cd. Cuando el canturreo de una romántica melodía llenó el coche con su música, Naquib sonrió con satisfacción. Le pregunté si los cd estaban en el Land Cruiser cuando tomó posesión de él.

–Sí –respondió.

–Eso significa –le dije– que al hombre que prohibió la música a sus compatriotas le gustaba escucharla…

Se encogió de hombros y dijo:

–Eso parece.

Naquib se quedó en silencio unos instantes; luego, con otro de sus guiños, dijo ocurrente: –¿Qué sería la vida sin música?*

* Naquib fue gravemente herido por la explosión de una bomba atribuida a los talibanes en marzo del 2007. Después de recibir tratamiento médico en la India, regresó a casa, donde murió de un infarto en octubre del 2010. En mayo del 2011, Osama bin Laden murió en un ataque dirigido por las fuerzas especiales estadounidenses en su escondite en Abbottabad, Pakistán. En 2015, los talibanes divulgaron que el mulá Omar había muerto de tuberculosis dos años antes, en abril del 2013.


 

Guerrillas
Jon Lee Anderson
Traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas
Sexto Piso, 2018; 340 páginas; 23,90 €

Jon Lee Anderson (California, 1957) es un periodista especializado en temas políticos, particularmente en conflictos y guerras. Es colaborador habitual de The New Yorker e imparte cursos en diversos centros educativos del mundo. Ha desarrollado un estilo propio en la forma de escribir perfiles de personajes como Fidel Castro, el Che Guevara, Augusto Pinochet, el rey Juan Carlos I de España y Saddam Hussein. Ha publicado, entre otros, Che Guevara. Una vida revolucionaria (Anagrama, 2006), El dictador, los demonios y otras crónicas (Anagrama, 2009) y La caída de Bagdad (Anagrama, 2006), con el que obtuvo el Premio Reporteros del Mundo 2005. En la editorial Sexto Piso ha publicado La herencia colonial y otras maldiciones (2012), Crónicas de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso (2015) y, en coautoría con José Hernández, la novela gráfica en tres tomos: Che. Una vida revolucionaria (2016).

Jon Lee Anderson mantuvo hace unos meses una polémica con el escritor Antonio Muñoz Molina a raíz de su utilización del término “paramilitary” para referirse a la actuación de la Guardia Civil y las cargas policiales en Cataluña el pasado 1 de octubre.

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