Opinión

El chalet interior

¿Algo más que una hipoteca económica?

En plena efervescencia del debate sobre la pertenencia de España a la OTAN, que habría de dirimirse en abril de 1986 en forma de un referéndum previsiblemente muy ajustado pero al que la izquierda, que defendía la salida de la Alianza Atlántica en contra del criterio del gobierno socialista, concurría esperanzada en la victoria, el filósofo marxista Manuel Sacristán escribió en la revista Mientras Tanto un recordado artículo que tituló «La OTAN hacia dentro». En él sostenía una tesis sugerente que remataba así: «Hacia dentro es la OTAN para España tan temible como hacia fuera, y más corruptora». Argumentaba Sacristán que los proatlantistas, al ceder a las presiones de Estados Unidos y las potencias occidentales, y al justificarse ante una sociedad española mayoritariamente antiatlantista en base a una inexistente amenaza soviética, contribuían a

destruir no ya la insustancial democracia que hoy tiene el país, sino algo mucho más importante, a saber, la confianza que aún le quede a una parte de los españoles en la posibilidad de una vida política decente. La insistente exhortación a aceptar como buenas bases de la actuación política falsedades manifiestas, o como fatal e ineluctable la sumisión a una o varias coacciones, siempre son el fundamento explícito o tácito de que lo político es amoral [… y] tiene que acabar por corromper políticamente a muchos y sumir a otros tantos en la inhibición.

Añadía el filósofo que «tal vez lo más importante que ocurra si el consenso de unos y otros políticos nos integra definitivamente en la OTAN no sea la integración misma, sino la imposición a los españoles del sentimiento de impotencia, de nulidad política, de su necesidad de obedecer y hasta de volver su cerebro y su corazón al revés».

Sacristán falleció poco después de escribir aquel artículo, en agosto de 1985, y no vivió para votar en aquel referéndum trascendental, ni para ver cumplidas en gran medida sus predicciones. No son pocos quienes hoy señalan que, así como en España hubo una transición corta a la democracia que culminó con un referéndum (el que aprobó la Constitución de 1978), y una transición media que concluyó con otro (el referéndum con los pies mediante el cual el pueblo español aprobó de nuevo la joven democracia abarrotando las calles en defensa de las librertades tras el golpe de Estado frustrado del 23-F), también existió una transición larga que encontró clausura en el OTAN sí, OTAN no de 1986. En todos los casos se consolidó una democracia que a la vez fue recortada o, por mejor decir, delimitada, acotada, amojonada. Se desbrozaron algunos caminos a la vez que se cegaron otros. La Constitución reconoció derechos y libertades tan generosos, en muchos casos, como los que más en Europa, pero también apuntaló la Monarquía, los intolerables privilegios de la Iglesia católica y la indisoluble unidad de la nación española, escasamente democrática así formulada. El fracaso del tejerazo convirtió a la democracia en el hecho consumado que hasta entonces no era y amansó al Ejército, conquistas nada desdeñables, pero también infundió a la sociedad un miedo cerval a los riesgos de reabrir los candados del setenta y ocho que sería muy útil a los sucesivos gobiernos: el ya inexistente peligro de un pronunciamiento militar siguió siendo aventado durante mucho tiempo por los guardianes del consenso constitucional frente a quienes porfiaban en reclamar una ruptura democrática profunda. En cuanto a la OTAN, selló definitivamente ese cercamiento de los dominios de lo posible bajo la Segunda Restauración; la famosa ventana Overton de aquello a lo que puede y no puede aspirarse bajo un determinado régimen político. Después de aquella derrota, nadie que cuente algo en la escena política española ha vuelto a reclamar con verdadera insistencia la salida de España de la OTAN ni una política exterior distinta a la gregaria de Washington.

Los referendos siempre son, en la vida de un país —o al menos en la vida de los que celebran pocos, como es el caso de España—, momentos mucho más trascendentales, cesuras mucho más bruscas, que las elecciones al uso, cuyos resultados, históricos como puedan ser, tienen la fecha de caducidad de la legislatura que con ellas comienza. Lo que sale de los referendos suele ser, en cambio, de longue durée: decisiones que una generación impone a varias de las siguientes. Lo mismo si se refieren a una Constitución, que a una independencia, que a leyes clave como la del aborto, la del matrimonio homosexual o la de sufragio femenino, que al alineamiento de la política exterior de un país, nada de lo que plebiscitan los plebiscitos es por lo general fácilmente reversible. Las dos naciones que todas las naciones son (no sólo hay dos Españas: también dos Alemanias, dos Francias, dos Irlandas…) se vuelcan a ellos al tope de su contraste posible, en algo así como una guerra civil desarmada. Y la cuestión concreta que en ellos se dirime no suele ser la única puesta en juego, aunque sea la única hecha explícita. Alrededor de ella, de manera elíptica o implícita, siempre se deciden muchas más cosas. El de la OTAN, por ejemplo, no sólo dirimió la pertenencia de España a la Alianza Atlántica, sino también, entre otras cuestiones, la presidencia de Felipe González —que anunció que dimitiría si ganaba el no—; el proceso de moderación ideológica que había acometido el partido socialista; si la izquierda alternativa había recobrado la capacidad de movilización perdida con la derrota del ochenta y dos o el enterramiento definitivo o eventual resurrección de la tentativa de política exterior alternativa que, tímidamente, había llegado a abordarAdolfo Suárez: una especie de gaullismo a la española consistente en una España no alineada con ninguno de los dos bloques de la guerra fría y que ejerciera alguna forma de padrinazgo sobre el mundo iberoamericano y el árabe.

En los últimos tiempos, también los partidos políticos han empezado a organizar referendos internos para resolver cuestiones trascendentales; y en esos referendos chiquitines operan idénticas variables a las que atraviesan los grandes. Podemos, nacido ya en esta era plebiscitaria y que los organiza con desparpajo, acaba de concluir uno revocatorio en torno a la pregunta de si sus números uno y dos, Pablo Iglesias e Irene Montero, debían abandonar todos sus cargos. Sabido es el origen de la cosa: la adquisición de un chalé en la sierra madrileña por parte de la pareja, a todas luces incoherente con el discurso que el partido mantiene desde sus inicios según el cual los cargos políticos de la formación deben vivir como y entre la gente corriente y no encontrar en la política un medio de ascenso social; discurso que en el caso concreto de Iglesias se había sustanciado en el aspaventoso alarde de sobriedad franciscana de divulgar que compraba sus camisas en Alcampo y que habitaba un vetusto piso de Vallecas heredado de su tía abuela. Iglesias y Montero han ganado el plebiscito (el pabliscito, malician algunos) con un holgado 68% de los votos y ya han anunciado —en una nueva contradicción con el mensaje, lanzado a mitad del proceso, de que dimitirían si obtenían menos del ochenta por ciento de los votos— que se mantendrán en sus cargos.

Bien: también en este caso se dirimían muchas más cosas que la ya de por sí importante de quién manda en Podemos. También en este caso se ha marcado un antes y un después en la corta historia del partido. Tal como le sucedió a la España de 1986, de este referéndum sale un Podemos distinto, seguramente mucho, que el que a él entró, aunque a priori parezca que sale exactamente el mismo. Concretamente, se sientan precedentes, se da lugar a una suerte de jurisprudencia, llamada a arborescer en numerosas derivaciones en el futuro. Podemos se ha construido un chalé interior tal y como España se impuso a sí misma una OTAN interna al aprobar la exterior, porque ha sancionado que, tal como para el catolicismo no hay pecado tan grave que no pueda anular un número suficiente de padrenuestros y avemarías, tampoco aquí hay principios innegociables ni infracciones imperdonables del código ético: basta para limpiarlas la penitencia de someterlas al voto de unas bases difusas, cambiantes y encauzables con toda una panoplia de espantajos. Como en todos los referendos, en éste el victorioso es un múltiple en el que conviven los defensores más entusiastas de Iglesias y Montero con militantes tan indignados como los que han votado no, pero en quienes ha pesado más el temor a conducir al partido a una inestabilidad suicida a apenas un año de iniciar ciclo electoral, tanto mayor cuanto que nadie se atrevió a postularse como califa en lugar del califa. Era Iglesias o el caos y el caos no gusta ni a los anticapitalistas, pero ese coyuntural arroja la consecuencia estructural de que todos y cada uno de los cargos de Podemos provenientes de la clase trabajadora podrán comprarse ahora con sus ingresos como políticos, si pueden y lo desean, los chalés en los que hasta ahora no podían vivir, porque si la idea de democracia radical que inspiró el nacimiento de la formación no ha quedado del todo desarbolada, lo que vale para el líder no puede no valer para el último concejal. Más aún, queda fatalmente quebrado un principio que Podemos había tomado del 15-M, que a su vez lo había tomado del movimiento feminista: aquél según el cual lo personal es político. Si se ha aprobado un chalé con piscina, ya no se podrá no aprobar el fondo de pensiones privado y totalmente legal que se le criticaba a Gaspar Llamazares; ni el yate que se le abomina a Felipe González, fácil de justificar, si su compra fue limpia, con arreglo a los mismos argumentos que Iglesias y Montero han esgrimido para su château: la necesidad de relax y distensión del líder político asediado por los paparazzi. Ni tan siquiera se podrá afear la alergia clasista a la escuela pública que algunos políticos de izquierdas manifiestan a la hora de escolarizar a sus criaturas. En uno de los mejores artículos que se han escrito en los últimos días sobre el asunto del chalé, Emmanuel Rodríguez apuntaba en la revista Contexto que

merece la pena considerar las razones educativas que la pareja ha dejado caer ante el futuro de sus mellizos. […] Iglesias-Montero han mostrado sus preferencias por Galapagar también a causa de un colegio público que practica un moderno programa pedagógico por proyectos. En la elección de colegio se desliza subrepticiamente la aquiescencia al modelo de mercado escolar neoliberal. La defensa de la educación pública implica el compromiso con el colegio público que tenemos más cerca, no la selección de aquel que consideramos mejor por razones muchas veces inconfesables.

Y en otro reciente y espléndido artículo en su blog, Xandru Fernández interpelaba así, en formato de carta abierta, a Iglesias y Montero:

Defendimos los escraches de la PAH, ¿y ahora vais a exigir privacidad y que no se moleste a esos niños que todavía no han nacido y ya sirven de excusa para vuestros actos, como si los demás no tuviéramos hijos y no quisiéramos que recibieran la mejor educación del mundo? ¿Por qué no pueden estudiar por proyectos en Vallecas? Trabajad por ello, haced que en la educación española la innovación pedagógica deje de ser una excentricidad de rojos y pijoprogres. Mientras tanto, confiad en que en Vallecas hay maestros y maestras que saben hacer su trabajo a pesar de todas las restricciones que les impongan los gestores de lo público que huyen de lo común.

En efecto, tampoco será ya fácil hacer escraches (aunque ya se hacen cada vez menos) cuando se ha ganado este referéndum con el argumento de que debe protegerse a los hijos de los políticos y su bienestar de los fragores de la política; pero sí lo será, en cambio, que siempre que se pueda sostener de manera creíble que existe una amenaza de inestabilidad para el partido (y siempre se podrá en un partido como Podemos, de equilibrios internos muy precarios y universalmente repudiado por el establishment mediático) deben tragarse sin rechistar cualesquiera ruedas de molino que permitan conjurarla. Volvemos a encontrar aquí una traslación micro, a la pequeña escala de un partido político, de una tendencia macro no ya española, sino internacional: la de la conversión de la estabilidad en una especie de dios veterotestamentario merecedor de todos los sacrificios y de no importa qué claudicaciones que permitan apaciguar su iracundia. Se clama en Podemos por la estabilidad del partido con las mismas texturas discursivas con que los voceros del Partido Popular claman estos días contra la tormenta bursátil que aseguran que ha provocado la moción de censura recién lanzada por el partido socialista (y no la crisis política italiana, como ha entendido toda la prensa europea de ese crack que se ha dejado sentir en todas las bolsas del continente y no sólo en España). Y ese discurso debe considerarse igual de peligroso en Podemos que en el gran concierto del mundo: su recorrido natural, si sigue medrando, es acabar justificando cierres autoritarios y tecnocráticos. Cuando los mercados, sean los que sean, se vuelven cada vez más asustadizos, acaba sobresaltándolos el mero ejercicio de la democracia, y en ese sobresalto hiperestésico germinan los monstruos. El monstruo de la dictadura y un monstruo aún más monstruoso: el de las democracias falaces que convierten el miedo en el cuarto poder y construyen un electorado resignado a medida de sus caudillos.

El referéndum aviva por otro lado un muy pernicioso sultanismo. Incluso aunque fuera deseable aflojar las costuras de un código ético excesivamente riguroso, que quizás lo fuera, ha sido el líder, y sólo podía ser el líder, y ello pervierte todo el proceso, aquél cuyo devenir personal ha impulsado el cambio. En lugar de promover un debate interno sobre la idoneidad de aprobar esos cambios en la formación y adoptarlos en lo personal sólo después de permitirlo el partido, el procedimiento seguido por la pareja presidencial podemista ha sido el inverso: es Podemos quien ha pasado por el sastre para adaptarse a las nuevas complexiones existenciales de Iglesias y Montero. Y lo ha hecho de forma escrupulosamente democrática, sí (aunque algo habría que decir sobre la escasa fiabilidad de una democracia electrónica sin censos ni interventores), pero inquieta pensar que, aun democráticamente, en este Podemos saudí sean más fuente de derecho los actos, opiniones y hechos consumados de su líder que la deliberación abstracta y desapresurada en órganos asamblearios. Es casi seguro que en Podemos nunca se hubiera celebrado un referéndum sobre una modificación del código ético consistente en permitir a sus líderes vivir en chalés, y lo es igualmente que, en todo caso, las bases no hubieran aprobado semejante modificación. También lo es que ni Óscar Urralburu, líder de Podemos en Murcia, ni Jorge Ramiro, el de Soria, hubieran sido capaces de motivar por sí mismos el debate comprándose un chalé en El Esparragal o en La Toba. L’État, c’est Pablo y como en la Granja Animal de Rebelión en la granja, todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

De la historia decía Mark Twain que no se repite, pero rima, y en esa rima está cifrado todo el valor de la ciencia histórica: ofrecer cabos de los que tirar para explicar el presente. Para entender el de Podemos es ilustrativo leer a Sacristán, pero también la historia de Los Verdes alemanes, una organización que empezó presentándose como un partido antipartidos (así lo llamaba Petra Kelly, una de sus lideresas) rigurosamente asambleario, alegremente irreverente, inquebrantablemente insobornable en sus principios ecopacifistas y porfiadamente refractario a arrellanarse en las poltronas de la política institucional pero que andados los años acabó justificando el bombardeo de Kosovo y el programa nuclear alemán. Quienes conocen bien la historia de la formación señalan que la pérdida de la inocencia la vivieron los Grünen, y ahí empezó todo, en forma de un incumplimiento de su decálogo ético aparentemente menor, pero que sentó un precedente que aceleró todas las renuncias posteriores: la firma de un gobierno de coalición en el land de Hesse con el SPD local, especialmente distinguido en su defensa de la energía nuclear.

Lo decía Calderón en La vida es sueño: «Porque el honor/ es de materia tan frágil/ que con una acción se quiebra/ o se mancha con un aire». Y esto no lo dijo nadie, pero lo digo yo: los referendos los carga el diablo.


 

Historiador de formación y periodista de profesión. Colabora con 'La Voz de Asturias', 'Atlántica XXII' y 'La Soga' y acaba de publicar su primer libro, 'Si cantara el gallo rojo', una biografía social del dirigente comunista Jesús Montes Estrada, 'Churruca'.

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