De rerum natura

La pornografía y la (des)educación sexual

Un porno virtual degradante, violento y misógino educa hoy en el sexo a las generaciones más jóvenes, entre las que va prendiendo un machismo redivivo que llega a dejar pequeño al de nuestros abuelos, advierte Pedro Luis Menéndez en este artículo que también rememora los albores de la pornografía en España después de la Transición. También aquel primer porno tenía mucho de machista, pero «no formó nuestra ideología ni nuestro modo de ver el mundo», sostiene el profesor.

De rerum natura

La pornografía y la (des)educación sexual

/por Pedro Luis Menéndez/

Creo que no vi pornografía propiamente dicha hasta que las cintas de vídeo llegaron a los hogares: antes, el cine clasificado S, que era un quiero y no puedo, y algunas revistas extranjeras con fotografías sexuales explícitas pero sin movimiento. Eran los ochenta. Mi generación ya no vivió las excursiones a Perpiñán. Nos conformábamos con el destape y el reconocimiento al fin notorio de los cuerpos de las actrices españolas del momento. Bellos cuerpos.

Las primeras cintas pornográficas las veíamos en pareja, solos, en grupos de amigos, nos las pasábamos e intercambiábamos como antes habíamos hecho con los elepés musicales; y empezaron a formar parte con naturalidad de nuestras vidas, también de nuestras vidas sexuales, porque aportaban sugerencias e ideas que con mejor o peor fortuna podían llevarse a cabo.

Mi generación fue la primera en que la iniciación sexual de los varones no se realizó a través de la prostitución, sino a través de nuestras propias compañeras de juego, mujeres ellas que destaparon también con nosotros su propia sexualidad sin tapujos. Por eso, tanto ellas como nosotros no sabíamos mucho: apenas conocíamos la palabra clítoris y al punto G le quedaban bastantes años para acudir a nuestras vidas. Pero lo pasábamos bien.

Fue entonces también cuando descubrí que la palabra superdotado tenía más acepciones que la conocida y que las comparaciones siempre resultan odiosas, aunque ellas insistían en que eso no era lo importante sino los juegos, las caricias, el rito demorado de los preliminares. Aprendimos juntos, ellas y nosotros. Tal vez sea una de las pocas generaciones que lo haya hecho así.

Las historias de las películas obviamente eran muy simples: paciente y enfermera, médico y enfermera, jefe y secretaria, butanero y clienta, fontanero y clienta, maridos engañados, intercambios de parejas, algún trío, interraciales, y en casos extremos alguna pequeña orgía sin demasiada sofisticación, si exceptuamos las películas francesas, generosas en ambientación con dosis de fetichismo, frente a las parcas producciones norteamericanas, más del estilo aquí te pillo, aquí te mato.

Ya existía entonces un mundo más duro, con tintes de sado, con violaciones simuladas, con humillaciones verbales o gestuales, pero no nos interesaban o, más bien, no nos ponían. Tampoco les gustaban a nuestras mujeres. En realidad, a ellas no les gustaba el porno, no las excitaba, o no del modo en que nos excitaba a nosotros. Para la mayoría de nuestras compañeras, el porno era aburrido.

Cuando las analizo con los ojos de hoy, casi todas aquellas películas eran profundamente machistas y situaban a la mujer como puro objeto de deseo y de posesión por parte de unos machos dominantes cuyo placer máximo se obtenía al penetrar, del modo que fuera, aquellos cuerpos que se dejaban hacer, gustosos, y en los que los rictus del dolor y los del deseo se distinguían con dificultad.

Pero este subtexto, este trasfondo, no tuvo la más mínima repercusión en unas vidas jóvenes que ya avanzaban en el proceso a la madurez, acompañadas en nuestro caso por novias, mujeres o amigas que desarrollaban sus profesiones fuera de los hogares, como nosotros; que salían por las noches como nosotros, que cantaban las mismas canciones o leían los mismos libros; que ya, aun con dificultades, eran más iguales a nosotros que nuestras madres lo habían sido a nuestros padres. Así que aquel porno no nos dio más que lo pretendido alguna madrugada en que llegábamos cargados de copas, y no formó nuestra ideología ni nuestro modo de ver el mundo, y por supuesto no formó nuestra sexualidad. Mi generación, por decirlo en términos actuales, no tuvo una iniciación virtual al sexo que fuera previa a la real.

Además, nos prometimos a nosotros mismos que las siguientes generaciones no debían crecer con la ignorancia y con el miedo en que nosotros crecimos, y pusimos en los papeles y en las leyes que la educación sexual era importante, y que tanto la familia como la escuela debían de modo explícito tratar este tema con naturalidad, como un elemento más de todo el proceso educativo.

Nos lo prometimos a nosotros mismos, pero, con excepciones, no lo cumplimos. En nuestras aulas, hoy por hoy, el tratamiento del tema es mínimo, cuando no inexistente. «Bien —podemos pensar—, tampoco es tan grave: ya lo descubrirán al crecer como hicimos nosotros». Y con el miedo a ser tachados de puritanos o, por el contrario, de querer sexualizar prematuramente a las niñas y niños, miramos en otra dirección. Y nuestra dirección no coincide con la dirección que han tomado nuestros niños y adolescentes. El suyo es otro camino, y nosotros no estamos en él.

Lo que expongo a continuación es sólo un ejemplo de los miles que podemos encontrar a un golpe de clic, sin ningún filtro de edad ni de otro tipo, sin cortapisas. Si no lo ha hecho nunca y es usted madre o padre o trabaja en el mundo educativo, haga la prueba, necesita hacerla, es importante que la haga.

Teclee en su navegador la palabra cerdas y brotará ante sus ojos una página web que se presenta exactamente con ese título. Su contenido está formado por cortes pequeños de vídeo (cinco o diez minutos de duración) en que, para entendernos, se va al grano. Olvídese usted de guiones, de preliminares, de justificaciones del tipo que quiera. El consumidor accede al producto en su punto central, sin adornos, sin pérdidas de tiempo.

Primeros resultados de una búsqueda en Google de la palabra ‘cerdas’.

Pero si le está pareciendo que el nombre de la página a la que hago referencia ya es en sí degradante, consulte entonces la galería de títulos con que son presentadas los cientos de escenas entre las que puede elegir. Me tomo la molestia de ilustrarle con algunos de esos títulos: «Polvos calientes y chicas tragando leche», «Una mamada en toda regla», «Toda la corrida en la cara de la madura viciosa», «Compilado de putitas brutalmente folladas», «Leche para la joven viciosa», «La joven perra quiere semen».

¿Ya tiene usted suficiente dosis de asco? Pues no mire en otra dirección, porque este es el porno que consumen sus hijos, sus hijas o su alumnado. Así que mejor no se haga usted preguntas luego sobre el machismo, el sexismo, la violencia contra las mujeres, o ponga los ojos en blanco extrañándose de que en estos tiempos los jóvenes a veces parezcan más machistas que sus abuelos. Ya sabe: mire la pantalla, ahí tiene la respuesta.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

 

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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