Poéticas

Pregúntale al polvo, Destínez

La escritura de Xaime Martínez responde a la construcción de un mundo alternativo que trata de restituir una identidad aniquilada. Sus poemas, provistos de un simbolismo juguetón, muestran la asimilación de todas las voces que han ido transformando al sujeto poético, un arquetipo posmoderno que lleva a cabo dos acciones superpuestas: la de construir un discurso ficcional donde el yo ahonda en la intimidad, y en el que también intenta deconstruirse a sí mismo, y la de esbozar una teoría sobre el poeta y su oficio en ese entorno de «crepúsculos magnéticos».

Pregúntale al polvo, Destínez

La verdad (?) sobre el caso Cuerpos perdidos en las morgues. Una novela de detectives, de Xaime Martínez

/por Guillermo Sánchez Ungidos/

Otra historia sutilmente distinta, una que trata sobre cuerpos perdidos en las morgues públicas y un hombre muerto que sujeta en su puño el misterio de una bala de oro. Una incógnita: ¿Dónde están esos cuerpos perdidos en las morgues? ¿Y dónde el tibio amor que los compuso?

Oficial de policía Fatal Destínez,
con número de placa 72152X y domicilio en la calle de Les Moles

 

Alguien tras el cristal pulsa una tecla.

 

Fatal (&) Destínez, perro romántico

El gran número de perspectivas que ofrece la poesía de Xaime Martínez nos sitúa ante una línea literaria ecléctica, mística y, en ocasiones, intencionalmente borrosa. Su escritura es la manifestación de una reflexión literaria continua y voraz. En Cuerpos perdidos en las morgues. Una novela de detectives (Ultramarinos, 2018), uno de sus últimos trabajos, nos encontramos ante una compleja tarea de intertextualidad, en un universo que incomoda, porque a ello es precisamente a lo que aspira el autor. Frente a todo lo que se dice en vano, se alza esta escritura transgresora, que quiebra verso a verso lo ya creado, las convenciones estéticas, la propia idea de lo literario.

Ya que el engañoso subtítulo alude a una novela, parece lógico referirse a la poesía como una forma, apenas disimulada, de narración. En esa secuencia título-subtítulo, como señala el editor, Unai Velasco, «la identidad del poemario recibe un claro mentís cuando se nos informa de que estamos ante una “novela de detectives”», derivado de la invocación de los subgéneros pulp (de lo policiaco a la ciencia ficción, pasando por el relato histórico). Pero uno de sus mayores méritos quizás sea —en franca sintonía con Roberto Bolaño— el de reconquistar el territorio de las posibilidades narrativas de la poesía, de aspecto coloquial, que parecen haber sido usurpadas por los aleatorios amigos del realismo de masas («50 kilos de adolescencia, 200 gramos de Internet»), para los campos de la aventura y de la imaginación, a la vez cotidiana y onírica.

La escritura de Xaime Martínez responde a la construcción de un mundo alternativo que trata de restituir una identidad aniquilada. Sus poemas, provistos de un simbolismo juguetón, muestran la asimilación de todas las voces que han ido transformando al sujeto poético, un arquetipo posmoderno que lleva a cabo dos acciones superpuestas: la de construir un discurso ficcional donde el yo ahonda en la intimidad, y en el que también intenta deconstruirse a sí mismo, y la de esbozar una teoría sobre el poeta y su oficio en ese entorno de «crepúsculos magnéticos». En los mejores casos, el texto parece una broma («en los peores, un tratado deontológico»), una compleja refinería de significación que desvela la cara oculta de los hechos y nos deja repentinamente estremecidos al mostrar, tras lo absurdo, el fracaso y el sacrificio del sujeto en una rutina desde la que el (des)orden íntimo desautoriza el (des)orden exterior.

Una revisión valiente, original, irónica y crítica de la historia y la identidad de un crimen y la desaparición del cadáver, investigada por Fatal Destínez (Xaime Martínez), un detective helado, perdido, dual, a lo Arturo Bandini, Nick Belane o Arturo Belano. Además, como también apunta el editor, Xaime Martínez (Fatal Destínez) retoma la idea de la literatura como transformación erótica y remedio amoris, como territorio lírico híbrido que hace recorrer, poema tras poema, una apropiada tradición genérica, un fuego cruzado, un gesto propio de cierta narrativa polimórfica del posmodernismo, que demuestra, como ya vaticinaba David Foster Wallace, que «la ficción en tiempos pardos puede no ser parda».

Xaime Martínez

Para una gramática del crimen

La referencia metapoética reaviva la revisión de la literariedad en la escritura de Xaime Martínez, de su función como instrumento de expresión y de su capacidad de representación y reconocimiento. No obstante, no es el lenguaje en sí el objeto de análisis, sino la invención del propio lenguaje como cauce de salvación personal, de la expresión y sinceridad emocional articulada en el arte del fingimiento. En esto último, en la falsedad de la vida y de la literatura, se sitúa de manera particular nuestro autor, en un proceso que va desde el testimonio existencial hacia una concepción artística de refugio personal desde el que contemplar y vivir la muerte de y en la escritura, una crisis en la visión poliédrica del individuo.

En los poemas que conforman Cuerpos perdidos en las morgues, el autor crea un nuevo mundo en que el amor —y la muerte, y la supervivencia, y la existencia— sólo es posible a través de la ficción y del espectáculo. Sus protagonistas delegan en un guion el devenir de sus afectos: dudan sobre el amor, pero leen todos los cuerpos, y tratan de dar respuesta a todas las preguntas que la narración les dicta.

La ficción es aquello que el hombre nos enseña a temer: cómo sobrevivir al espectáculo y al cariño si la intimidad es un «cuerpo como guía de lectura». En esa zona fractal es donde se sitúa el libro de Xaime Martínez, entre dos planos de realidad irreductibles, una doble ausencia, un espacio contradictorio, hostil y cordial en el que el sujeto poético y demás personajes malgastan el tiempo («Pensé que el mundo era/ una chocolatina pegajosa que otro dios/ culpable y vengativo no se atrevió a comer»). La literatura, como la morgue, almacena los cadáveres de lo vivo, restos existenciales que únicamente pueden ser (re)construidos a través del lenguaje poético del extrañamiento.

El poema es como un cuerpo: tiene ojos, y huesos, y piel, y rostro. La poesía, el amor, la putrefacción: palabras sinónimas que aquí han de engullirse con cuidado. Somos, como Fatal (&) Destínez, criaturas pequeñas devoradas por un monstruo que, con el tiempo, nos salvará de la quema o de la inhumación. Eso es todo. El resto es confeti:

 

(Esto no es un poema sino un refresco light

de naranja semiótica.

Rellénalo las veces que te dé la gana:

es gratis.)

 

La tormenta pseudo-expresionista de los versos de Xaime Martínez emplaza la imposibilidad de la articulación lingüística en una zona de soledad y desprotección, estableciendo una correspondencia sospechosa e incierta entre el proceso de creación y el de interpretación. En ese resto corpóreo que es el poema, el lector se enfrenta a su condición de artefacto («Amor, esto no es/ un poema-postal»), al rol que ocupa en la actualización del significado de la poesía («No es tampoco un metapoema;/ no pienso en aquel cerdo/ capado por los medios del lenguaje») y al (re)conocimiento de sí mismo en el mundo que habita, revelándose como retórica, una dialéctica entre lo imperfecto y la máscara («Si acaso, esto es tan solo un monolito./ O algo más humilde, una piedra rugosa// (por cierto, amor, ¿quién eres?)// que tal vez flota dentro de una masa/ de agua extrañamente densa.// Como mi vida.// Oh, shit»).

Encontramos, por tanto, evidencias de una intención crítica en torno a la literatura, que no es más que la pelea con el lenguaje, con la vida creada literariamente («para escribir del otro lado de la ley para encontrar el amor verdadero y proletario»). Cada texto, una zancadilla a la ficción, inteligente y audaz, se significa a sí mismo. La ironía no es menor que el patetismo en la historia y no impide que podamos elogiar la singularidad de una voz que no carece de anclaje en la genealogía de la posmodernidad, y su capacidad de sorprender no trunca su capacidad de conmover ni, al hurgar en la herida del lenguaje, olvida reflejarse en el espejo del poema.

Sin pelos en el alma

Cuerpos perdidos en las morgues: una novela de detectives explicita un conjunto de hechos poco probados que demuestra que la muerte es algo fatal, que la vida circula entre «suspiros químicos», inspectores de policía que guardan durante meses cadáveres del tigre, experiencias oníricas o «infiernos generalmente urbanos», apropiaciones o metaficciones patarreales. La red de significados que conforman este relato (imaginado por la poesía) construye, con un irrisorio y esquizofrénico entramado textual, un doloroso y extraño cuaderno que compromete la madurez y la autoconsciencia: «Amor, amor, me temo/ que han robado nuestros cuerpos».

El cuerpo y la identidad, el lenguaje y la verdad (?): los poemas son los «cuerpos perdidos en las morgues públicas» (¿yace Roger Wolfe aquí?); el poeta, «un hombre muerto que sujeta en su puño el misterio de una bala de oro». La historia mata, es el golpe certero del amante lírico, de un Ovidio el Obtuso (Foster Wallace style), inteligente y visceral, que propone, «con la vitalidad desesperada que en algunas ocasiones se atribuye a los poetas», una inversión paródica del género, que puede leerse en clave de poética, en busca de respuestas:

 

acabaréis por lanzaros sobre el fuego de la verdad

que es el único fuego que existe

como dos detectives que nunca pudieron encontrar

el cadáver borroso del maníaco,

o quizá como dos espectadores que contemplan y que fingen

diferentes lunas.

 

El mundo poético esbozado aquí es veneno para los que se han dedicado a hacer de la literatura un escaparate de promoción, generación y jerarquía; lo más opuesto al dolor ilimitado, a la injusticia, al aullido, al hedor, a la noche interminable y tediosa. Cadáver, espectro, siempre solo, entre palabras muertas: «Yo soy Alguien». En fin, poemas que narran lo que queda, los restos del hombre, de la humanidad, del mundo, de la belleza… El texto es una grieta, una ausencia: «después de la caída y de los muertos,/ este furor sagrado no me sirve». Lejos de la ingenuidad, la poesía viene para vengarse y transgredir, ahondando desde la oscuridad. Hay pasos en falso, palabras insensatas que avanzan, un disparo perfecto; la ficción traza la silueta del cadáver; todos los cuerpos se desangran por igual: «Nadie recorrerá ya este camino/ salvo tu puta madre, ja, ja».


Selección de poemas

CUERPOS PERDIDOS EN LAS MORGUES

 

Solo el terror despierta a los amantes.
Eduardo Lizalde

 

¿Dónde están esos cuerpos perdidos en las morgues?
¿Y dónde el tibio amor que los compuso?

Me desperté y llorabas
Como una gasa húmeda la noche te envolvía
tal material quirúrgico recién hervido
las horas de la noche te envolvían con su gasa húmeda
y caliente perlada de rocío y tal vez yo
también pero no va de eso el poema
sino:
me desperté y llorabas
y te dije recuerda amor que nos dormimos viendo
               Penny Dreadful
lo más probable es que esto sea solo
un sueño de los míos
y una mierda
soy yo la que siempre sueña las cosas

Pero da igual el caso es que llorabas
qué nombre le pondremos a este bulto y evitabas mirar
qué te parece bulto Aureliano tumoración nódulo
mamario

Te dormiste tú solo como siempre
Perdona no me creo que haya vuelto a pasar eres
imbécil no me toques es posible
que no dijeras esto sino algo
más parecido a
Oh can you feel my heartbeat?
Yo te contestaría sí pues la verdad es que puedo
Oh can you feel my heartbeat?
Yo te contestaría alguien cambió los nombres en las
fichas policiales
Oh can you feel my heartbeat?
Yo te contestaría entiendo su preocupación señora
pero estamos atados de pies y manos
Y alguien quizás un productor quizás el guionista
aunque lo dudo
montaría después aquella escena en que el maníaco
revisa
las firmes ataduras de su víctima
y yo de pronto tomaría el punto
de vista del fanático y tú bueno ya imaginas

ME DESPERTÉ Y LLORABAS
pero en esta
ocasión tal vez no dijimos nada por un rato
Un abrazo tan solo (El plano se va abriendo / ¿eso es
un pene?)

Desconocía que escucharas a Nick Cave te dije al fin
No sé quién es Nick Cave me contestaste
Y entonces me detuve
No sé quién es Nick Caaaaaave

Me desperté otra vez
Me incorporé muy rápido en la cama Sin prender
la luz logré bajar a la cocina Cogí un vaso
Me sacudí aquel sueño como pude

Despierta, dije.

Amor, amor me temo
que han robado nuestros cuerpos.

jUNTA DE vALLADOLID

Mas detenido el látigo en su vuelo,
la conquista del mundo habrá de congelarse.

Sanguíneas calles de Valladolid, oro sanguíneo naciendo
en tierra de los encomenderos, la teología es
una vasija rota o eso gritan, la guerra justa es
justa al comienzo del verano o eso gritan,
treinta proposiciones muy jurídicas,
algo vibrando en el principio de las cosas

y pese a todo no habrá resolución posible.

Podrán vibrar los adoquines y las tristes mercancías en
las panzas de los barcos y los tratados de
derecho internacional y las túnicas negras de
los dominicos,
tensos como la cuerda tensa de otro arco,
como la cuerda tensa, el mundo
solo podrá romperse o disparar,

y pese a todo no habrá resolución:
ambos tendrán que ser declarados vencedores.

Retomarán los ánades salvajes
su vuelo como un látigo en la mente del poeta
y la viruela y nuevas epidemias de viruela y el tifus y la
gripe y la difteria
devastarán campos y bosques de la América lejana
y un niño nacerá que llevará por nombre Garcilaso el
Inca

y alguien preguntará si mereció la pena,
este parar y este detenerse
si mereció la pena ver el mundo desde lejos
con su belleza simple, con su horror colapsado.

Alguien dirá que sí, que estuvo bien.

Y yo seré aquel hombre que te besó en la frente.

Varcelona

Me hundí en el corazón de Varcelona para diferenciar
las lilas de la tierra muerta
pero desconocía el objetivo último de la misión así
como detalles referentes a la morfología de
las flores

Me hundí en el corazón de Varcelona
como una faca oscura entra en el tórax de una mujer
dormida
y contemplé la hipóstasis del pop
y los bucles rojizos de Théodore Gericault cayendo
frente a él
como símbolo de la existencia / del valor / de la
pedantería
y las necrópolis de hippies sus túmulos ardiendo su
educación sentimental
y la locura o la estupidez de los modernistas bajo la
forma
de castillos rosáceos que escalan Collserola
y la muerte humeando como un tren junto al
Restaurant Rancho el Paso

Me hundí en el corazón de Varcelona tan solo para ver
morir a un hombre
Y esto sí supe hacerlo aunque es posible que yo fuera
ese hombre

Huí a los suburbios para escribir desde la periferia
los cinturones industriales traspasados por la noche
barriadas de cristal hundidas autopistas
para escribir del otro lado de la ley para encontrar el
amor verdadero y proletario
pero caí en la cuenta pronto de que yo soy la ley
y de que el centro de la tierra se desplaza allá donde yo
voy y me busca inconsolable como un
sicario del narco yo le juro una y otra vez no
sé quién encontró el dinero
pero donde yo estoy está el mundo: todos los hombres
tienen mi cara y quieren degollarme

Me hundí hasta las rodillas en el tibio corazón de
Varcelona
como al atardecer se hunden los hombres en los
campos de centeno —y alguien puso en mis
manos un garrote

Con la vitalidad desesperada que en algunas ocasiones
se atribuye a los poetas recorrí
las calles confundidas por la niebla
silbido indistinguible de los trenes y las balas
recorrí aquellas calles y es bastante probable que haya
muerto

Tal vez me obsesioné con la presencia
del Tibidabo extrañamente erguido
sobre tantos crepúsculos magnéticos
Me imaginé aguardando en el salón de un piso del
Eixample como un explorador
como un explorador atormentado y aburrido en los
estómagos de un pájaro gigante

Me hundí en el corazón de Varcelona para escribir sin
cargo de conciencia la palabra «crepúsculo»

Probé el amor de los objetos materiales
Soñé su ser concreto y limitado y su caducidad
Recogí el pan de los mendigos en las calles del Gótico
Recogí el pollo a l’ast de los xarnegos en las calles del
Raval
Recogí los fideos y la sangre de los chinos en las
esfumadas calles del barrio de Gracia
Recogí el corazón de Varcelona con la sola intención
de devorarlo
y no pude
y mis dientes temblaron y mis manos temblaron y mis
ojos temblaron
Y no pude
Y susurré al oído de los guiris en Las Ramblas
Jamás Jamás Jamás Jamás Jamás

Me hundí en el corazón de Varcelona
Tendréis que disculparme: sigo vivo.


Cuerpos perdidos en las morgues: una novela de detectives
Xaime Martínez
Ultramarinos, 2018
68 páginas
14€


Guillermo Sánchez Ungidos (Avilés [Asturias], 1993) es graduado en lengua española y sus literaturas, máster en formación del profesorado por la Universidad de Oviedo, y máster en teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad de Barcelona. En la actualidad, cursa el doctorado en investigaciones humanísticas en la Universidad de Oviedo, y sus principales líneas de trabajo son la metaficción, las nuevas formas del relato y la visibilidad y las proyecciones de la teoría literaria, sobre las cuales ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas y volúmenes colectivos.

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