Poéticas

La intimidad del instante

Vicente Valero publica 'Duelo de alfiles', un original y casi detectivesco seguimiento por ciudades, islas, pueblos, cartas, diarios y libros, los pasos confluyentes de cinco grandes escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, que Ricardo Baixeras reseña aquí.

La intimidad del instante

/por Ricardo Baixeras/

Crónica detectivesca en forma de ensayo cultísimo —pero en modo alguno pedante— sobre las hendiduras vitales de Friedrich Nietzsche en el momento exacto en que perdió para siempre la razón, de Rainer Maria Rilke intentando denodadamente cerrar los círculos que se abatían sobre él y sobre las Elegías de Duino, de Franz Kafka leyendo en voz alta ante un público estupefacto «En la colonia penitenciaria» y de Walter Benjamin y Bertolt Brecht jugando ad infinitum una partida de ajedrez, este Duelo de alfiles de Vicente Valero narra unos sucesos que las biografías al uso soslayan. La pretensión es dar cuenta de unos acontecimientos aparentemente insignificantes, pero que transformarán el rumbo de la cultura en Europa. Valero encuentra en lo anecdótico de la exterioridad de esos acontecimientos la interioridad convertida en flujo temporal. La percepción misma de esos sucesos concebidos como un decir. Ser y tiempo. Un texto entonces atravesado con el lenguaje inefable de unas historias minuciosas que devienen una temporalidad inequívoca y que, visto en conjunto, forma una suerte de trilogía junto a Los extraños —libro en el que relata sus recuerdos familiares— y El arte de la fuga, libro con el que guarda una relación más estrecha al tratar de adentrarse en la espesura de las vidas y obras de San Juan de la Cruz, Friedrich Hölderlin y Fernando Pessoa.

Pero este Duelo de alfiles es también un libro de viajes al centro de la escritura, de la literatura y del pensamiento de la mano de unas ciudades convertidas en un inmenso tablero geográfico para contar una búsqueda que avanza gracias al azar que los movimientos del ajedrez dibujan. El ajedrez en manos de poeta viajero Valero se convierte en la cifra de las pasiones:

Una partida de ajedrez no es una metáfora del mundo pero sí puede llegar a serlo de las pasiones que lo mueven, de las tensiones infinitas de su organización social. Pero en el ajedrez, donde los movimientos se despliegan ante la mirada del otro y todos los pensamientos, por tanto, pueden ser descubiertos, no hay posibilidad de hacer trampas ni de ocultar secretas intenciones. El jugador que pierde una partida busca en sí mismo la causa de su derrota: su inteligencia herida, superada por el otro, intenta reponerse una y otra vez, se corrige a sí misma hasta lograr saber qué movimiento le perjudicó y qué otro no le perjudicará más.

En el primer capítulo, titulado «Islas más allá de las islas», el poeta viajero se dirige a Helsinborg (Suecia) para pasar unos días junto al pintor Jorge Castillo. De ahí encamina sus pasos a Dinamarca en busca de los lugares que frecuentaron Bertolt Brecht y Walter Benjamin, de quien Valero ya se ocupó en su extraordinario Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, 1932-1933. El encuentro físico deviene cifra de un mundo a punto de estallar, según especulaba Brecht, o cifra de un mundo que habrá que reconstruir, según creía Benjamin. Por eso «Brecht pensaba, hablaba y escribía como si el mundo estuviera rompiéndose en mil pedazos, mientras que Benjamin lo hacía como si la gran tradición humanística de la que procedía, y que ya había desaparecido casi por completo, fuera a volver de un momento a otro, esperando poder desempeñar él mismo en aquel restablecimiento un papel destacado».

Walter Benjamin (1892-1940)

En «Por qué elijo tan bien los destinos» la mirada del poeta se dirige a Turín, ciudad en la que Nietzsche alcanzaría el cenit de su escritura y de su pensamiento a la vez que la sima de su propia locura. El punto de no retorno. Su finis terrae. Valero regresa una y otra vez a Ecce Homo. Cómo se llega a ser lo que se es, «el libro más inquietante que he leído jamás». Su poética es siempre la misma: convertir el paisaje exterior en pura interioridad, descifrar en el acontecimiento casi banal la tensión curvada de una emoción. Su lectura de Nietzsche es un encuentro con el hombre y la soledad, que mutan en la radicalidad de una pregunta y en la soberanía de una afirmación clarividente:

…¿qué pensador o poeta verdadero —y Nietzsche fue lo uno y lo otro— no es un trabajador incansable de su yo, no asiste enajenado, perdido o simplemente asombrado a la ceremonia de su propio sacrificio? En la transvaloración de todos los valores, punto primero y único de la filosofía de Nietzsche, está la base de la creatividad moderna: crear es destruir para construir a ciegas, entre las ruinas, un yo diferente, único, que sólo puede ser también un yo solitario.

En «Fantasía de los Trópicos» la lectura de «En la colonia penitenciaria» se funde con una invitación a leer los propios poema del lector viajero en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Augsburgo. Kafka leyendo su «sucia historia» una tarde noviembre frente a unas cincuenta personas entre las que se encontraba un poeta llamado Rilke y en presencia de los cuadros de Van Dongen y Vlaminck que estaban colgados en las paredes y Valero leyendo sus poemas «a las siete de la tarde» y tratando de no asombrarse en demasía ante la pregunta de «un hombre que no parecía ni alumno ni profesor» y que resulta absolutamente kafkiana: «¿Ha escrito algún poema sobre el Holocausto?». Un juego de espejos conformando una mise en abyme genial que tiene como telón de fondo agudísimas reflexiones sobre el Holocausto. Esta fantasía del poeta viajero sabe conformar los entresijos del personaje de la colonia que llegó a una isla para contemplar, fascinado y horrorizado a la par, a la par tortura y liberación, el sadismo de unas prácticas punitivas en torno a una máquina infernal programable.

Por último, en «De castillo en castillo» Valero el viajero dibuja el contorno de un enigma llamado Rilke. El paisaje enmudecido de los pasos de Valero dirige su mirada a la experiencia de la muerte, pero el dolor de Rilke ante la imposibilidad de concluir con éxito las Elegías se convierte, al fin, en canto elegíaco. Como afirmaba el poeta en una carta fechada en 1923 las Elegías y los Sonetos mostraban una misma actitud: «mantener la vida abierta al lado de la muerte» e «introducir las mutaciones del amor […] sin excluir la muerte». Lo que Valero muestra en este capítulo es la resolución de una impaciencia, el contacto benéfico que en Rilke produjo la reconciliación entre vida y poesía. Todos los obstáculos que le habían impedido a Rilke avanzar con las Elegías se resuelven en una revelación final: «la vida ha dado sus frutos, ha triunfado, ha hecho pues lo que tenía que hacer, en perjuicio de la soledad creativa y de la contemplación absoluta».

Y con todo, este Duelo de alfiles viene a confirmar lo que ya sabíamos. Que Valero trata su prosa como el más delicado cristal de bohemia y que su escritura tiene más que ver con el paseo interior que con cualquier otro movimiento exterior. Así lo expresaba en su deslumbrante Diario de un acercamiento, Pre-Textos, pág. 64:

El poeta paseante será ya siempre un poeta abierto a lo desconocido, pues todo paseo implica divagación y hallazgo, también el paseo poético. La palabra recorre un espacio y necesita aprehender la mística del momento: camina con la luz, gracias a ella, pero sabe también asomarse a lo que permanece oscuro. La poética del paseo consiste en ese transitar de la palabra por el significado imprevisible del camino, en este hallar sin objetivo, en este ir y venir por la eterna divagación del mundo y los sentidos, de la luz y las sombras.

Valero entiende pues que en las vidas de Nietzsche, Rilke, Brecht, Benjamin o Kafka aparecen esos instantes privilegiados que no son puntos paralizados por el paso del tiempo, evanescentes y fugaces para ser comprendidos de una sola vez, sino que se convierten en flujos temporales que convergen hacia la intimidad de su cumplimiento efectivo. Entienda como quiera el lector de este libro delicadísimo —que en tantos momentos recuerda, por la serenidad y firmeza de su tono y confusión de géneros, a las obras de Claudio Magris, Cees Nooteboom o W. G. Sebald— los fragmentos que Valero trata de recomponer y sepa que la melancolía que traspúa es la contrapartida de una lucidez extrema trabajando coco a codo en el espacio perdido de una memoria  entendida como pensamiento en movimiento.


Duelo de alfiles
Vicente Valero
Periférica, 2018
168 páginas
15,20€


Ricardo Baixeras es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Barcelona y doctor en teoría de la literatura y literatura comparada por la Universitat Pompeu Fabra. Es autor del libro Tres tristes tigres y la poética de Guillermo Cabrera Infante y de otros trabajos sobre Arturo Bolaños, Augusto Roa Bastos, Nélida Piñón, Gabriel García Márquez y otros escritores latinoamericanos.

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