De rerum natura

Listas electorales, egos, testosterona, mujeres y hombres (en ese orden)

En los últimos meses, escribe Pedro Luis Menéndez, en las declaraciones que buscan el altavoz constante de los medios y de las redes, los dos temas que más parecen turbar la serenidad de los políticos son: el de atacar a sus rivales como si fueran enemigos a muerte (y no lo son; en realidad son colegas), y las listas, las listas, las listas.

De rerum natura

Listas electorales, egos, testosterona, mujeres y hombres (en ese orden)

/por Pedro Luis Menéndez/

Aún no ha comenzado la campaña electoral propiamente dicha, aunque es de sobra sabido por todo el mundo que el término campaña electoral resulta casi vacío de significado, desde que durante el año entero —¿o van más?— la clase política española da la impresión (seguro que errónea) de no tener más interés que enzarzarse en sus propias luchas intestinas.

Intento pertenecer a esa tribu, pequeña en número, a la que molesta profundamente las generalizaciones del estilo los catalanes son…, los comunistas son… o los curas son…, pero la verdad es que toda la clase política (de acuerdo, admito un casi) nos lo ha puesto a huevo. En los últimos meses, en las declaraciones que buscan el altavoz constante de los medios y de las redes, los dos temas que más parecen turbar su serenidad son: el de atacar a sus rivales como si fueran enemigos a muerte (y no lo son; en realidad son colegas), y las listas, las listas, las listas.

¿Estoy o no estoy en las listas? Si estoy, ¿estoy en un lugar que me permita alcanzar o mantener la silla, el sillón, el sofá (o lo que usted quiera)? ¿Están los míos en la lista o están los del otro? Si están los míos, ¿qué posiciones ocupan? Si están los del otro, ¿existe algún modo de que dejen de estarlo?

No quiero escribir un artículo facilón: es que me encuentro realmente ofendido. Y no me sirve la excusa de que los políticos son como somos todos los demás; de que sólo nos preocupa lo nuestro. Si es así, que no se dediquen a la cosa pública. Y si es injusto con su trabajo —absolutamente imprescindible para nuestra sociedad—, lo que afirmo, ¿por qué los ciudadanos tenemos esa impresión? ¿Qué están comunicando mal? ¿O esa comunicación resulta totalmente intencionada para apelar a las emociones más primarias de los posibles votantes, en un mundo que ha dejado de pararse a pensar?

Extraigo dos casos que me han llamado la atención por encima de otros (cada cual que añada sus propios ejemplos): el PP asturiano y las agrupaciones políticas madrileñas a la izquierda del PSOE. Asturias conoce desde hace tiempo las dentelladas de tiburón que se dedican entre sí los y las líderes del Partido Popular en la región, pero la ferocidad con que se están masacrando en las últimas semanas no la habíamos visto nunca, como si se encontraran a las puertas de un suicidio colectivo. ¿Alguno de todos ellos se ha parado a pensar cómo percibimos los ciudadanos semejante carnicería? ¿Cómo pueden creer que, después de esto, van a resultar fiables a nuestros ojos como gestores de lo público?

El caso de la izquierda madrileña es también muy llamativo. Pretenden, con toda lógica, desbancar a los populares del gobierno de la comunidad, por una parte, y mantener el Ayuntamiento por otra, además de posicionarse lo mejor posible en las elecciones generales. Todo perfecto, si no fuera porque no han sido capaces de ponerse de acuerdo en las listas (que no pretendan engañarnos con que no se han puesto de acuerdo en los programas), de manera que concurren a través de cuatro partidos, o como quiera usted llamarlos. Repito con otras palabras las preguntas que formulaba en el caso anterior: ¿qué imagen piensan que están dando a todos cuantos piensan que se necesita una izquierda fuerte que frene la derechización de una parte considerable de la sociedad española? ¿Cómo nos piensan convencer de que no se trata de intereses particulares por encima del interés público?

Con toda sinceridad, no veo más que egos; egos tan pagados de sí mismos que ya no ocultan ni la chulería ni el desprecio que sienten por quienes no pertenecen a su parroquia, sea ésta la que sea. Me importa poco que, cuando no aparecen en los medios, puedan mantener relaciones cordiales, amistosas, afectivas o del tipo que sea, porque no es eso lo que me ofrecen como ciudadano; no es eso lo que me permiten observar cada día. Estas declaraciones las realizó Manuela Carmena en noviembre de 2018:

Hay una crisis de lo que significa la manera de hacer política. Estamos viviendo un momento muy triste porque la clase política lleva mucho tiempo muy desprestigiada, pero no consigue levantar cabeza y da un malísimo ejemplo; cada uno va a lo suyo y en el diálogo político parece que solo buscamos lo que nos diferencia del otro. Es como una ansiedad por criticar al otro para diferenciarnos. Mucha gente dice “lo que propone este partido es estupendo pero estamos en la oposición y hay que decir que no”. Es terrible. A la gente eso le harta y casi le da risa. Nada es ni tan horrible ni tan fantástico. Los discursos de los políticos son infantiles, son simples, son teatrales y la gente de esta sociedad es madura.

Lo de la testosterona guarda relación directa con los egos. Y no se trata de un asunto menor. ¿En qué disciplina compiten? ¿En halterofilia? En la guerra particular que llevan adelante con esmero los partidos de derechas (que tiene su guasa), el expresidente Aznar se acaba de despachar, mientras escribo estas líneas, con esta perla dialéctica dirigida a otro ego de los grandes: «A mí no me hablan de una derechita cobarde porque no me aguantan la mirada». De acuerdo, lenguaje mitinero, pero toda esta gente ¿qué piensan de sí mismos? ¿De verdad no aprecian que los ciudadanos (al menos una parte importante más allá de quienes militan en sus partidos) los vemos como matones de colegio?

Y en cuanto a las mujeres, ¿ofrecen una manera diferente de actuar en política? Porque cuando me refería a la testosterona, no hablaba sólo de los hombres. Si quiere usted un ejemplo, vuelva a pensar en el caso del PP asturiano. Aunque por lo general presentan actitudes más respetuosas, o al menos esa percepción tenemos quienes estamos fuera de sus militancias, no parece importar demasiado porque no lideran ninguno de los grandes partidos; ni uno solo. Si ha llegado usted leyendo hasta aquí, le ofrezco una última paradoja que hoy reflejaba el diario con este titular: «El PP es el partido con más mujeres en puestos de salida para las elecciones del 28-A». Según afirman en la noticia, las mujeres ocupan el 45% de los números uno en las listas del PP, el 42% en PSOE y Unidos Podemos, y el 39% en Ciudadanos. No sé, igual es cosa mía, pero no parece que avergüence a nadie.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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