Arte

Maturén: elegía con tres lustros de retraso

Quien fuera llamado el Picasso aragonés, a quien Francisco Abad homenajea aquí, parece olvidado por una sociedad vengativa con sus desplantes de viejo comunista antiburgués y de espíritu al tiempo huraño y tierno, ocultando que fue uno de los grandes pintores españoles de finales del siglo XX.

Maturén: elegía con tres lustros de retraso

/por Francisco Abad Alegría/

Maturén (Ángel Esteban Maturen) nació en el corazón de la vieja Zaragoza el 15 de enero de 1949 y murió en el corazón de la vieja Tarazona —en el edificio de la Fundación Maturén que impulsó su primo, el psiquiatra Vicente Ezquerro Esteban y sufragó en 1997 el Ayuntamiento de la villa— el 7 de marzo de 2005, víctima de un cáncer digestivo. Quien fuera llamado el Picasso aragonés parece olvidado por una sociedad vengativa con sus desplantes de viejo comunista antiburgués y de espíritu al tiempo huraño y tierno, ocultando que fue uno de los grandes pintores españoles de finales del siglo XX.

 

Muerto el hombre más celebrado, a los diez días, olvidado

Escrito por Ángel sobre su último cuadro, que me envió dedicado, cuando ya tenía clara la sentencia, que muchos ignorábamos, haciendo una soberbia higa al futuro inevitable, que, por cierto, no llegó por el camino esperado. Ya pasados más que los fatídicos diez días, catorce años, observo que la frase, cuyo autor ignoro, no responde a la realidad; no en este caso; no con este amigo. Morosamente, revuelvo papeles anotados con prisa, algún compendio paremiológico, cualquier material que me proporcione frases con las que matizar la muy lapidaria afirmación autógrafa del artista. Y en diálogo con el agradecido recuerdo aún no mellado, reposo en las impresiones de color y forma, que tiempo ha me enseñaron el surgimiento de la creación en la dialéctica entre talento e incansable acción, serpenteante entre escollos de peripecia vital, arriscada, ocasionalmente indecorosa, a veces amable o bronca, nunca fría o lejana. Mojarse y mancharse, mientras se vive.

Último cuadro de Maturén

 

El arte consiste en ocultar el arte

Muy bonito, Quintiliano, pero es verdad de aspirante al poder. ¿Ves el vaso de agua que pugna por derramarse, la colilla humeante desde incandescente extremo? Técnica perfecta para un muchacho, principio académico ortodoxo. Yo ahora hago primero el dibujo y luego lo voy fastidiando con los colores. Para engañar, claro. Ahora. No pocas veces con pintura de paredes, frotando con una escoba, adhiriendo papel higiénico. Con mucho cuidado. ¡Cómo palpita el pequeño perro en medio de un agua encrespada! ¡Cómo pesca el pez saltarín una muchacha de mirada perdida! Pocos trazos, varias manchas, lentamente superpuestas, un empaste amasado con papel de estraza; cosas para ocultar el arte.

 

No te será fácil guardar solo para ti
lo que gusta a muchos

Lo solías repetir, poniendo cara de abogado de secano: Los que podéis disfrutarlo no tenéis una buena bolsa; quienes la tienen, con frecuencia no lo disfrutan de verdad. El arte, el trazo palpitante, desgarrado, el luminoso azul apastelado de unas flores que hablan (no son buenas, son para vender), la enigmática tabla de planchar, inmensa, estorbando en el pasillo del ático de la plaza del Pilar, el refulgente meteoro verde emergiendo de un oscuro sideral. Ese tríptico medio cubista, de blancos oscuros, grises claros y azules grisáceos (es para mi hijo) que un envidioso profesor lesionó, porque podía hablar de arte en su aula, pero no era capaz de practicarlo.

 

 

Es hermoso que te señalen con el dedo
y digan: ¡Es él!

Decenas de pies en Fortea, sin mudar el gesto. Una Llueca que pone los huevos al revés. Conchas engastadas en universos minerales de inmensa variedad de pasteles virantes. Trazos decididos de gouaches ya antiguos, que saltan desde el cartón preguntando ¿qué hago aquí? La locura de los Pasos para una nueva danza, salida del informe grafito y meciéndose en el aire. Angelotes superdotados e impúdicos que agitan alas y sexo, dando brillo al cielo desvaído desde el que se desparraman en una danza de papel. Aunque vaya a tomar la caña en Belanche o el tinto en El Espejo o a comentar sobre el tiempo con los amigos de Santa Marta, todos saben quién es. La mayoría, además, conocen su historia, sus viajes, sus amistades, sus estancias. Conocen bien sus afectos y con quién comparte un áspero pero vitalista devenir (sin nombre, sin nombres aquí, por favor). Y, sin levantar la mano le señalan —agradecidos por el trato cotidiano, ni condescendiente ni altanero— con la mirada: ¡Es él!

Joven embarazada

 

Su decisión sigue inmutable;
en vano le resbalan las lágrimas

Así lo hubiera dicho Virgilio; así lo hizo Maturén. Vueltas y vueltas, períodos de dureza indescriptible, abismado en la hondura de un cerebro brumoso pero decidido. Calma de amigos (¡qué paciencia, doctora!) y retamas y romeros como abanicos (rojos, verdes, azules) de Sierra de Luna. Guardando, una a una, un tesoro de pesetas de bronce que llenan de fulgor de Alí-Babá la damajuana que encandila a los niños, al lado del fusil para matar elefantes, que es una vulgar escopeta de caza, y el bramante de inmovilizar tiburones, que es un largo cordel de esparto. No hay desmayo, ya pasará. Y pasa. La azul muchacha que medita en su preñez, lo sabía, y esperaba la nueva época, aún convencida de que sus facciones y sus manos jamás recibirían el retoque final. Esperaba entre naturalezas muertas, llenas de negro brillante y rojo marchito, el salto definitivo. Que encuentra apoyo e impulso en personas próximas, luego lejanas y que ahora estará viendo Ángel con más claridad. Con frecuencia las lágrimas del alma nublan la percepción del mundo y arrastran al desenfoque o la falta de reconocimiento.

 

Son pocos los que aman la libertad; la
mayoría sólo busca un amo benigno

Salustio interpreta así un hecho de cotidiana comprobación: la libertad lleva a asumir personalmente un compromiso y por eso, aunque predicada y exaltada públicamente, es rechazada con horror por tanta, tanta gente. No te veo en los catálogos. Alguna breve reseña, una mención urgente. Pero no estás en la crema. No te lo van a perdonar, siempre haciendo lo que quieres (es decir, lo que te da la gana) orgulloso de tu albedrío. Incluso en exceso (¿del propio orgullo o del libre albedrío?). Pagarán tu desprecio en moneda de silencio envidioso, pero no será por siempre.

Ilustración para Cocinar Navarra

 

La envidia se ceba en los vivos.
Después de la muerte se apacigua,
defendida por la gloria que se ha merecido

Aunque eso no es gratuito, ni cae simplemente por su peso. Voluntades persistentes, apoyos merecidos pero a veces incomprendidos, permiten que San Atilano y la angosta de San Bernardo, en lo más empinado de Tarazona, enseñen al que no sabe, por simple ignorancia, por pura ausencia o por mezquino silencio, que aquí ha recalado, para su último viaje, alguien que adorna con brillo propio al Aragón que amamos.

 

La muerte abre las puertas de la fama y
cierra tras de sí la puerta de la envidia

Creen que ya no los ves. Por eso se van a apuntar al festival. Por eso te van a reconocer, porque el juez está por encima del justiciable y es quien decide a la postre. Ya no les vas a mirar de medio lado, levantando las cejas, tras una espesa columna de humo de cigarrillo. Otra ventaja de haber pasado al otro lado. Por cierto, lleno de plomo (como un héroe de película) aspirado y absorbido en la última deslumbrante serie de bruñidos telúricos, brotes de lava cristalina con briznas de color exaltado. Ya podéis incluirme en un catálogo de papel lujoso, comentarme y glosarme; no hay temor de que vuelva a desmentiros ni a que os cante un par de cosas bien dichas.

Niveles de conciencia

 

Ya he vivido bastante, porque
muero sin haber sido vencido

No ha visto Maturén la desolación de la decadencia. Un camino continuo y accidentado, pero ininterrumpido, señala su paso por la vida. No se retira como boxeador sonado, ni como artista desfondado, ni como rabia vital vencida. Se ha marchado al destino definitivo, dejando en el aire la convicción de que lo mejor estaba por llegar. ¡Quién pudiera acabar así!

 

Murió llorado por muchas gentes de bien

Poco hay que añadir a la expresión de Horacio. Has dejado el velo a medio levantar, la certeza de una obra inconclusa y preñada de futuro. Y además, el reconocimiento y el afecto de muchos, cada uno en su nivel y condición. Y en su tiempo; antes, ahora siempre. Probablemente, también después. Y también, como humano, algunas enemistades inmerecidas por algún amigo, surgidas sobre todo de errores de comunicación.

Velador con florero

 

Todo toma un brillo especial
cuando se observa
en la proyección del recuerdo

¿Y por qué renunciar a esa cualidad del ser humano? A distancia, sí. Como la brutal pincelada de Francisco de Goya en la mejilla de santa Engracia, en los párpados de san Lamberto, que destellan cuando se contemplan desde el suelo, a ras del embaldosado de lo cotidiano, de la existencia vulgar. Como el brillo sosegado de la luna, mientras esperas a que los perezosos barbos piquen, que deja el recuerdo de la luz arrulladora y anula la rememoración del frío de la madrugada.

 

La vida de los muertos está
en la memoria de los vivos

Te equivocaste, completamente, con tu frasecita; Cicerón, que era gente de muchas letras, lo dice bien claro. Ahora, desde el reposo del trabajo concluido, sigues viviendo sin dolor en la memoria de tu familia, tus amigos, tus enemigos, tus cartones, tus lienzos, tus tablas… Y creo que no sólo así, sino en un destino de paz y acogimiento, en la culminación del anhelo que nos empuja a seguir viviendo hasta dar el salto y empezar a vivir de verdad. Y, de todas formas, para quienes no entienden así la vida, perpetuarse en los vivos ya es un destino fuera de lo común. La tablilla confuciana de los antepasados es ahora una obra llena de vida y de fuerza. ¡Me alegro de tu error! No has sido olvidado por quienes conocieron tu obra y tu disfrazada humanidad; dentro un tiempo, el incienso volverá a humear antes tu tablilla vital. No seguirás olvidado.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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