Pantalla

Los grupos salvajes de Audiard y Peckinpah

Jorge Praga reseña 'Los hermanos Sisters', la última película del realizador francés, conectándola con la mítica 'Grupo salvaje' del director estadounidense.

Los grupos salvajes de Audiard y Peckinpah

/por Jorge Praga/

El director francés Jacques Audiard ha añadido a su no muy extensa filmografía un western producido en Estados Unidos, Los hermanos Sisters. Coincide su estreno con los cincuenta años de una de las cumbres del género, Grupo salvaje, del director Sam Peckinpah, una película que abrió otros horizontes al western sin perder de vista las grandes obras clásicas.

Desde su primera secuencia, Los hermanos Sisters muestra con rotundidad la calaña de sus protagonistas, esos hermanos a los que alude el título: mercenarios, asesinos a sueldo que arrasan en la oscuridad de la noche la cabaña en la que sus rivales tenían secuestrado a un hombre de su patrón, el misterioso Comodoro. Tras el fragor de los disparos que iluminan la penumbra, Charlie y Eli Sisters rematan a los moribundos que aún respiran. La crueldad y la violencia no van ligadas a ningún enfoque moral o condenatorio. La sociedad del western que resucita Jacques Audiard está vertebrada por un poder que sólo sobrevive con el exterminio de sus rivales, y la eficacia de ese método es la única ponderación que se vislumbra. Acabado el trabajo de la secuencia inicial, los hermanos Sisters reciben un nuevo encargo que se desarrollará a lo largo de la película.

En la expedición que emprenden iremos conociendo un poco mejor a esa pareja de brutos. Su padre era un alcohólico que maltrataba a su mujer y al que tuvieron que asesinar para acabar con el sufrimiento de todos. El hermano mayor, Eli, no fue capaz de hacerlo y la responsabilidad del parricidio recayó en el pequeño, Charlie. Esa muerte fortaleció el vínculo entre los dos hermanos, al tiempo que les indicó el camino de la violencia como el único posible para superar los obstáculos de la vida. En el largo y (en cierta manera) purificador viaje, reflexionan sobre su pasado familiar, conversan con los que iban a ser sus víctimas y deciden que para retirarse tienen antes que acabar con todos los que les acompañan en esa organización criminal, incluido el Comodoro. El presentido baño de sangre final no llega a producirse por la irónica muerte natural del Comodoro, y los hermanos Sisters toman una decisión sorprendente que cierra la película: van en busca de su madre, que vive sola en una casa aislada en el campo, y allí se recluyen. Comen, beben café, recuperan sus dormitorios infantiles. La llegada a la casa, con la puerta abierta sobre un porche enmarcando el espacio exterior, recuerda claramente la que abre y cierra Centauros del desierto, la película de John Ford de 1956. La diferencia es que Ethan Edwards, el protagonista fordiano que concluye un largo viaje para liberar a la niña secuestrada por los comanches, queda fuera de la casa protectora en la escena final. Ethan está marcado por la rareza del héroe, su excepcionalidad le impide cualquier refugio. Tendrá que vagar indefinidamente por el espacio exterior. Por el contrario, los hermanos Sisters se adormecen en el lecho familiar.

Retrocedamos cincuenta años atrás; cincuenta años exactos. En junio de 1969 se estrena en Estados Unidos Grupo salvaje, dirigida por Sam Peckinpah. En ella también encontramos la sociedad del western vertebrada por la violencia. En la arrolladora secuencia inicial un grupo de forajidos disfrazados de soldados asalta un banco mal defendido por unos cazadores de recompensas que son incapaces de detener a la banda. El pueblo carece de ley efectiva. Sus habitantes están ocupados en apoyar al Ejército de Salvación en la lucha contra el alcoholismo, los niños juegan torturando unos alacranes, el dueño del ferrocarril es quien toma las decisiones. Los bandidos se salen a medias con la suya: la banda se queda con pocos efectivos y en el pueblo dejan numerosos cadáveres del desfile del Ejército de Salvación que se cruza con el atraco. En la huida que emprenden iremos acercándonos a los personajes. Son ladrones veteranos, fieros, interesados exclusivamente por el botín. Su jefe, Pike Bishop, actúa sin contemplaciones e incluso mata a un compañero malherido que dificulta la rapidez de la marcha (escena, por cierto, suprimida por la censura en España). Llevan a la espalda un largo trayecto de asesinatos y frustraciones y no les queda mucho camino por delante: montar a caballo cuando se rompe un estribo puede ser un grave problema para sus cuerpos envejecidos. Como los hermanos Sisters, sueñan con un gran golpe que les deje retirarse, alejarse. Pero su ceguera egoísta comienza a resquebrajarse cuando visitan el poblado mexicano de uno de ellos y perciben la fraternidad, el cariño, también el compromiso con las personas queridas. Es una brecha decisiva que la película, en otro de sus aciertos maestros, exhibe sin apenas palabras ni subrayados. Peckinpah es probable que no leyese a Ludwig Wittgenstein, pero sobre el desarrollo fílmico de la obra planea una cita del Tractatus Logico-Philosophicus: «Lo que se puede mostrar no puede decirse» (proposición 4.1212)

Tras esa visita el grupo salvaje se cohesiona. Las risas son cada vez más frecuentes, el whisky se bebe compartiendo la botella, ya no se discute con la mano sobre la cartuchera. Algo parecido a la amistad, al afecto, teje sus relaciones. La vida descubre un sentido olvidado tras tantos enfrentamientos y desgarros; una fraternidad que también los hermanos de la película de Jacques Audiard llevaban dentro. Pero el colofón a esa veta de calor es completamente distinto en las dos obras. Los hermanos Sisters se liberan de sus ataduras violentas sin afrontar ninguna prueba que valide su abandono y les haga merecedores de la libertad y de la madurez para encararla. Su repliegue al claustro materno significa exactamente lo contrario a esa autonomía: son incapaces de encarar la vida sin la disciplina mercenaria. Grupo salvaje se cierra de manera completamente distinta. Los forajidos supervivientes se enfrentan al encarcelamiento y la tortura de uno de ellos y en una larga noche de alcohol y juerga comprenden que su vida solo tiene valor si están a la altura del lazo afectivo que acaban de descubrir, y por el que deben sacrificarse. Sin palabras, sólo con una mirada de entendimiento y un gesto de la cabeza, se visten, preparan sus armas y emprenden con solemnidad el camino hacia la escena final, un camino que está entre las grandes secuencias de la historia del cine. No saldrán vivos del rescate pues su trayectoria violenta no tiene redención ni vuelta atrás. La matanza tendrá las dimensiones de su sacrificio; un sacrificio con el que Peckinpah devuelve a sus personajes a la cercanía de los héroes fordianos. Éstos, con sus gestos excepcionales, hacían posible la extinción del mal y el avance de las comunidades nacientes, aunque fuera a costa de quedar marcados y en cierta manera excluidos del bienestar conquistado. Los forajidos de Peckinpah están tan manchados como el mundo que les rodea, pero al menos encuentran una brecha en la que atisban una razón para vivir: la vida de fratría que la película congela para la eternidad en los planos finales de sus risas y afectos. No han muerto para salvar a otros, sino para resguardar y honrar su tesoro común de amistad. Grupo salvaje se cierra con el recuerdo de esa amistad, que de nuevo retorna a los cincuenta años de su estreno.


Jorge Praga Terente (Llangréu [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999) y Cartas desde Omedines (2017), y participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de CastillaLa Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.

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