Mirar al retrovisor

¿Prohibir o estimular el smartphone en las aulas? Un debate absurdo

Un artículo de Joan Santacana.

Mirar al retrovisor

¿Prohibir o estimular el smartphone en las aulas? Un debate absurdo

/por Joan Santacana Mestre/

Cuando mi hijo iba al instituto, su profesor de física les prohibió en una ocasión el uso de las reglas de cálculo con el argumento de que no siempre tendrían una en el bolsillo. Transcurridos unos años, mi hijo, acordándose de aquel maestro, me dijo: «Fíjate, ahora tenemos un ordenador en el bolsillo». En efecto, hoy todos llevamos en el bolsillo las mejores enciclopedias del mundo, la biblioteca más inmensa que existe, el atlas más completo y detallado de la Tierra y un sinfín de otros elementos de conocimiento. Pero el smartphone es como Jano bifronte: tiene dos caras. Por una parte, es todo lo dicho; por otro, una máquina de fabricar noticias falsas y de destrucción del conocimiento. Así pues, ante él hay dos caminos: o lo incorporamos a nuestra vida o lo combatimos. Pero mucho me temo que, en realidad, el segundo camino no existe. Es imposible combatir esta máquina tan formidable y poderosa. Y si lo es, cabe hacerse una pregunta: ¿por qué hay quienes se empeñan en alejarla de la escuela y de los institutos? ¿Por qué tantos autoproclamados educadores aconsejan un uso restringido? En Francia, la Cámara Baja de la Asamblea Nacional ha llegado a aprobar una ley por la que se prohibe su uso en las escuelas. Nosotros hemos discutido este tema en numerosos artículos científicos e incluso libros.

Somos muchos los que defendemos que hay que educar a nuestros niños y jóvenes en el uso de los smartphones y las aplicaciones que de ellos se derivan. Pero educar en el empleo de esta máquina poderosa no significa sólo saberla usar de forma pasiva, como consumidores de las aplicaciones: es importante empezar a reflexionar sobre qué significa esta educación en el campo de las tecnologías digitales. Cuando utilizamos una aplicación, en el fondo ésta se halla regulada por lo que en ciencias de la computación se llama algoritmo, es decir, un conjunto amplio y complejo de prescripciones y reglas predefinidas, sistemáticamente ordenadas, que nos permite alcanzar conclusiones o llevar a cabo una acción pautada. Cuando se principia una acción regulada por un algoritmo, una vez se ha iniciado correctamente, ésta se desarrolla hasta el estadio final de forma prestablecida.

Internet, así como todo el sistema complejo de apps que podamos utilizar, está sujeto a algoritmos computacionales. Son algoritmos quienes deciden el resultado de una búsqueda en la Red; son ellos los que deciden la prioridad de las noticias que leemos; ellos nos ofrecen productos para comprar o consumir.

Ni que decir tiene que estos algoritmos están modificándose continuamente en función de las informaciones que se introducen en la Red, y cada vez más van perfilando nuestro gusto, nuestras preferencias y nuestras necesidades. Por esta razón, confiamos cada vez más en el resultado de estas búsquedas, crecientemente satisfactorias, pero al mismo tiempo desarmamos nuestros sistemas de vigilancia cerebral y muchas alertas y prevenciones. A la vez que esas búsquedas se hacen más útiles, se hacen también más peligrosas.

En los campos de la cultura, la educación y el patrimonio se diseñan productos digitales que originalmente sólo pretenden facilitarnos la comprensión de alguna cosa de manera amable e inteligible. Tales productos suelen generar ventajas con respecto a los sistemas tradicionales, pero al mismo tiempo van creando una especie de jaula de oro digital en torno a nosotros. Todos los inputs que nos llegan están condicionados por las informaciones sujetas a algoritmos de que disponen los motores de búsqueda que satisfacen nuestras necesidades. Algunos analistas han llegado a etiquetar a los algoritmos como nuevos dioses. Para Enrique Dans, uno de los grandes expertos en tecnologías de la información, puede afirmarse que

En el fondo, siempre hemos estado dominados por algoritmos: las religiones, que forman una parte inseparable de la historia de la humanidad y que aún gobiernan porciones significativas de los hábitos y la existencia de millones de personas, no son más que un conjunto de algoritmos diseñados para regular unas conductas determinadas. Ahora, muchas de esas conductas, en lugar de regularse por lo que supuestamente alguien escribió hace muchos años en un libro sagrado, se regulan por los cálculos de una máquina en función de nuestras acciones y las de otros. Cuando hablamos de los algoritmos como los nuevos dioses no vamos tan desencaminados.

La conclusión de todo esto es fácil de extraer: en el mundo digital, si nos limitamos a seguir el cómodo camino trazado, lo haremos según los pasos que otros han diseñado y valores culturales asentados durante siglos, elementos patrimoniales que han constituido auténticos faros de la cultura y la experiencia humana de miles e incluso millones de años, pueden llegar a ser alterados. Así pues, el control de los algoritmos que rigen nuestras aplicaciones comienza a ser más importante que nunca. Antonio Machado escribió en los trágicos años treinta del siglo pasado, dirigiéndose a los estudiantes españoles en los aciagos días de la guerra civil, que «o los estudiantes hacen política o la política los hará a ellos». Nosotros, al igual que el poeta, nos hallamos ante una disyuntiva: o los que nos dedicamos a la educación, la cultura y el patrimonio aprendemos a programar y a controlar los algoritmos a nuestro favor o bien otros nos dirigirán a nosotros.

Hoy más que nunca, en pleno auge de las fake news, cuando las distorsiones de la realidad y de las evidencias son tan fáciles de provocar, se necesitan herramientas nuevas para encauzar el conocimiento. Si no nos damos cuenta de esto, simplemente seguiremos un camino incierto de cambio cultural.

Dicho esto, cabe preguntarnos de nuevo: ¿es bueno intentar alejar a los jóvenes de este mundo digital? La respuesta es que, afortunadamente para los niños y jóvenes de hoy, no hay ley capaz de oponer muros al huracán digital.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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