Creación

El murmullo del mundo

Selección de textos de Tomás Sánchez Santiago.

Selección de textos de El murmullo del mundo, de Tomás Sánchez Santiago


De Para qué sirven los charcos (1984-1995)

Onomástica

Hace tiempo una mujer me decía que nunca pondría al hijo que esperaba Octavio como nombre. La razón era que así se llamaba el tonto de su pueblo. Lo que no sabía esa mujer era que justamente ese era el nombre que su hijo debería llevar para que el tonto de su pueblo le mereciese mejor consideración. El poder de los nombres.

Kafka, símbolo de la suerte

Eligen al escritor para ilustrar un billete de lotería. Aparece una imagen borrosa y afilada, limitada por un sombrero; desdibujado todo, como algo fantasmagórico. Me gustaría conocer al afortunado.

Ya no va más

Termino —después de tres años largos sin saber hacerlo— un poema. Las cuatro de la mañana. Salgo a fumar al balcón. Y la niebla húmeda se abandona en todo. ¿Habrá entrado también en la casa con sus gasas nocturnas?

Morenos

El argelino, cargado con alfombras de motivos africanos (camellos, oasis), intentaba hacerse comprender por la señora que regenta el quiosquito de la lotería de los ciegos en la calle Mayor. «Sí señor —alcancé a oírle a ella—, estos cupones también puede usted cobrarlos en Calatayud». A modo de agradecimiento, el argelino sacó una sonrisa blanquísima —inútil para la ciega—, como quien saca un arma limpia que de inmediato deslumbra. Poco después coincidimos acodados en la barra de un bar. Unos gitanos pretendían venderle un coche usado y él, estribado contra el mostrador, los oía chalanear impávido y les exhibía de nuevo su sonrisa. La sonrisa inocente y bella de los negros.

Jornada de tarde

Las gentes vuelven a sus oficios no bien han acabado de comer: el hortelano y su mujer aran el pequeño huerto con las dos mulas ciegas, el relojero sale de casa y camina muy deprisa, se oye el ruido de trapas en las calles, un hombre con un mono azul pasa fumando sin sostener el cigarrillo con la mano.

Solo yo permanezco contemplándolo todo, oyéndolo todo en silencio. Porque mi único oficio es esperar; mi único deber, mi secreta tarea pura y difícil: inconfesable.

Homenaje a El Nani

Que tus cenizas, aventadas en lo oscuro de los descampados, se liguen al polvo que entra por las troneras de las comisarías a secarle la sangre a tus hermanos.

Definición de eternidad

Asisto en las vías públicas de la ciudad al casual encuentro de dos ancianos. Se han saludado con la efusividad que a lo imprevisto le corresponde, han charlado brevemente y se han despedido estrechándose de nuevo: «Pues nada —dijo uno de ellos—, hasta otro ratito». Calculé entonces las escasas posibilidades que tendrían de volver a encontrarse con vida: la fórmula de la despedida era, desde luego, una definición temeraria de la eternidad.

 

La contemplación pura de un objeto excluye su utilidad también. Largamente, he estado mirando el casco de una cebolla tal como había caído al suelo de la cocina; su color de azafrán desvaído, sus venas sutilísimas, esa delicada transparencia que deja pensar en una lencería que ilumina íntimamente el cuerpo que hay detrás… La mirada inocente ha de saber aislar de todo al cuerpo que mira (y más que nada, de su valor práctico; de su rentabilidad o incapacidad: su servicio).

 

Qué mudez apaciguada la de los radiadores enfriándose durante la noche, desempleadas sus vértebras sin vida.

 

Otra vez las cucarachas de la cocina. He visto la primera mientras fregaba; salió sigilosamente de entre unas cebollas y patatas y comenzó a trepar los azulejos. Se percató de mi sombra y huyó —o empezó a huir— a parapetarse en dirección al vasar donde los cacharros escurren. Qué trajín de patas y de antenas… Y ese color tostado, casi brillante, que yo he visto en el fruto de algunas avellanas recién llovidas.

 

Una araña volcada sobre el techo del cuarto. Manzanas en la cocina. Se hace de noche a las nueve y diez. Apenas hay vencejos. En los escaparates de las tiendas de ropa, los colores son otros —como si los maniquíes estuviesen de pronto entristecidos—. Hay quien habla de llover, en una conversación cogida al vuelo. Marcas de otoño.

 

Qué mal recibido de siempre el luto de las sartenes en las cocinas. De todos los aperos es siempre el más escondido, el más vergonzoso. Se amontonan unos tamaños sobre otros en la oscuridad de su refugio. Allí guardan silencio hasta que las despierta el aceite nervioso e íntimo. Apenas tienen vida pública.

 

El capricho de los envoltorios (envoltorio: qué palabra tan cómica) que protegen las cosas: la puntilla estremecida que rodea las magdalenas, el cartón fofo del estuche de los huevos, el amparo de una red rojiza para las naranjas, la lata clueca donde el polvo del pimentón se duerme… Todo higiénicamente lejano (y cada vez más) del tacto nuestro. Al menos, no consideremos estas barreras como obstáculos, sino por ellas mismas: formas dignas aun cuando su utilidad se agota.

 

Va atardeciendo sobre la cara de ella, sentada todas las tardes a mi izquierda junto al balcón de este cuarto. Llega un momento en que el pelo blanco, encajado en una permanente de olas blandas, ya no se ve. Ni tampoco la tensión del cuello ni la amenaza azulada de las cataratas sobre el ojo derecho ni las arrugas radiantes. La noche niega también para ella los estragos de la edad, de la primera vejez ya innegociable.

 

Los tempranos gorriones de la deshora, los perros sedientos, los colegiales insubordinados y el temblor del cielo duplicado en esas aguas inesperadas nos revelan de pronto para qué sirven los charcos.

Franz Kafka, de Cécile Ambert.

De Muda de siglo (1997-2001)

En Albania, donde la transformación del régimen comunista en algo parecido a la democracia está arrastrando dificultades gravísimas por motivos principalmente económicos, han sustituido el edificio destinado anteriormente al Ministerio de Cultura por un gran Bingo Nacional. El derecho a ser ricos por azar parece ser para los albaneses —vistas las imágenes del otro día— la única posibilidad de hacer estallar la uniformidad social del régimen caduco. La escasa preparación intelectual, la falta de iniciativa en la educación social de varias generaciones y la crisis general económica, agudizada en ese ángulo europeo, tienen mucho que ver en todo esto. Es muy significativo que la gran revolución civil de Albania sea la sustitución de la cultura por el juego para aproximarse a esta mentalidad occidental que hace tiempo también  sustituyó, por identificación, ambos conceptos.

 

Grafitis en el barrio: «Álvaro: estás en la lista», y una cruz gamada. «Patriotas», y un símbolo fascista. «No al sistema». Me preocupa que todos vengan del mismo lado.

 

En la prensa vienen estos días dos ejemplos igual de vergonzantes. En USA se ha inventado una ciudad llamada Holiday donde todo está absolutamente planificado para la felicidad: espacios, número de habitantes y animales, comportamientos, profesiones… Recuerda a uno de aquellos falansterios de siniestra pervivencia en ciertas sectas, aún vigentes. Los habitantes de este engendro disponen de dos horas diarias —tras el desayuno y a la vuelta del trabajo— para hablar con los convecinos… por Internet. Y todo en este plan de perversa aritmética.

Lo otro aún es peor: se ha destapado la olla de los horrores retrospectivos y de pronto se sabe que en Suecia, Finlandia, Noruega, Suiza y Austria se han llevado a cabo programas de esterilización a hombres y mujeres de inconveniente disposición para mantener pura la raza durante los últimos sesenta años, que se sepa. Esta es la exquisita neutralidad que algunos de estos países exhibieron en la segunda guerra mundial para no colaborar con los nazis. Si un día los gobiernos levantaran las alfombras, el pueblo descubriría con horror cuánta barbarie secreta han cometido los hombres impunemente en nombre de las grandes mayúsculas. El Orden, la Religión, el Estado o el Progreso.

Cada vez me arrimo más al amor de las letras minúsculas.

 

Floro, el pescadero triste de mi barrio, ha cerrado ya su modesto comercio. Hacía tiempo que lo venía anunciando entre quejumbres. «¿Cómo va eso, Floro?», se le preguntaba. Y él siempre: «Mal, muy mal». Y luego añadía. «Cualquier día tendremos que cerrar». La verdad es que los hipermercados —las grandes superficies, como dicen ahora llenándose la boca— les van comiendo el terreno a otra raza menuda y frágil de comerciantes como Floro, impotentes para pelear contra estos gigantes impersonales. Así que habrá guardado sus mandiles rayados y sus juegos de cuchillos —ars cisoria— y se habrá ido a abrir un hueco a otro lugar, como un resignado personaje de Torga.

 

Leo en el periódico que los ingleses han sacado al mercado una silla eléctrica, igual a la real, que ya han vendido en los parques de atracciones —en España también— para exhibirla junto a la noria y la montaña rusa. El entretenimiento consiste en provocar una pequeña descarga en el cuerpo, sujeto con siniestros correajes como ocurre en la realidad cuando hay una ejecución. A ver hasta dónde se aguanta. Esta asunción de lo macabro, estos juegos con la muerte son también parte de ese proceso de trivialización del que tanto hablo y que impulsa la sociedad en general desde todos sus ángulos. Los condenados a muerte se han transmutado en verdaderos freaks al igual que los ritos de deificación se aplican al deporte (¿no hay ya una Iglesia maradoniana?) o cierta pieza de música clásica pasa a ser la sintonía del anuncio de un yogur. El mundo de este fin de siglo va siendo un gran parque infantil donde nada estará prohibido salvo poner en cuestión la falta de seriedad, la falta de reflexión y la falta de silencio.

 

Los científicos han descubierto que el mapa genético del ser humano es sorprendentemente similar al de un gusano de un milímetro que vive en el cieno y se alimenta de bacterias. Entre ambas especies hay una coincidencia de miles de genes. De modo que la ciencia no hace sino ratificar muchos siglos después lo que ya la sabiduría antigua había proclamado con los ojos llenos de vergüenza y de humildad: «¿Qué es el hombre para que Te ocupes de él?», protestaba Job. La ciencia, esa dama prestigiosa y segura, ha tardado algún tiempo en llegar a esa misma conclusión que ya sabíamos, ¿no?

 

En Filipinas, un barrio obrero se ha trasladado a vivir a un cementerio privado, lleno de panteones ilustres. He visto gallinas entre las tumbas y ropa tendida en cuerdas, dispuesta entre dos remates de lápidas. Banqueros, militares y notables están, ya era hora, donde les correspondía, bajo los pies descalzos de la pobreza. Y la ostentación funeraria es por fin corregida por esas familias que aman, juegan y plantan semillas para sobrevivir en los espacios acotados de la podredumbre, donde se creía que el respeto iba a impedir pisar sobre cráneos mondos que fueron nidos de crueldad, recintos azotados por la ambición de la opulencia. Y vuelve a fundarse la pobreza sobre las cáscaras crujientes de los poderosos.

 

Tengo en ocasiones esa sensación melancólica y abstracta de que no puedo seguir al mundo. La inflación de noticias ya interesa más que sus propias repercusiones. Es una catarata imparable y caudalosa que apenas permite la morosa lucidez de un análisis entretenido. Es la dictadura de la actualidad (recuerdo aquel verso de Juan Ramón para afirmarse: «Sí, la inactualidad»). Si a ello sumamos el tiempo entregado al trabajo, a la casa, a los amigos…, entonces es muy fácil encontrarse uno de repente fuera de juego, de espaldas a lo que ocurre. Ahí es cuando opto por resistir a esa bulimia informativa. Y claudico. Me planto.

Nada me gustaría entonces tanto como poder escuchar a algunos de mis vecinos (ese viudo del segundo, soriásico y triste desde el fallecimiento de su mujer; ese trabajador del tercero a quien apenas saludo de mes en mes) y a los comerciantes de mi barrio. Una benéfica sensación de corporalidad me inunda si de pronto caigo en la cuenta de que saber más no implica necesariamente el tributo de estar informado puntualmente del ritmo del mundo, sino ese otro alcance corto, húmedo y cordial que da la cercanía de cuanto acompaña la aventura de los días de diario.

 

Voy a tomar algo a El Olvido, el bar del barrio con ese increíble nombre cernudiano (¿y entonces cómo no ir a él?). En la barra, dos paisanos hablan lo suficientemente alto sobre donaciones de sangre. «En cualquier caso —le dice uno al otro— hay que donar sangre para tener reserva nacional, no siendo que luego haya que importarla de afuera; y vete a saber de quién será». «A lo mejor de un negro», apostilla el otro.

Ya veo yo la sangre en botellas etiquetadas como las del vino, con denominación de origen y leyendas encomiásticas: «Sangre segura. Reserva del 94», por ejemplo.

Pequeña silla eléctrica, de Andy Warhol.

De Los pormenores (1996-2003)

UN ARTE AÚN IMPERFECTO

¿Cuándo será la fotografía por fin réplica fiel de la realidad? Cuando los rostros y los cuerpos de los retratados envejezcan al ritmo de las propias personas. Naturalmente, llega un buen día en que desaparecen. A la vez.

APROBADO GENERAL

Son auxiliares de clínica, cocineras, electricistas… generalmente mujeres, que han llegado en un viaje largo, colectivo y barato o han pasado la noche anterior almacenadas en una pensión de la ciudad. Vienen al instituto cada año a examinarse para mantener un trabajo que ya desempeñan; pero les exigen una titulación oficial y han de pasar el trago ignominioso del examen, un examen de cultura general. A duras penas caben en los pupitres adolescentes. Muchas están asustadas. Y hasta avergonzadas. Alguna apenas sabe escribir con seguridad algo más allá de su nombre. No puedo más, y tras entregarles la hoja con el ejercicio, me sorprendo a mí mismo atreviéndome a decirles en alta voz:

—Pueden copiar, naturalmente, pero háganlo con cierta elegancia, por favor.

A mi lado, un oscuro inspector de enseñanza de esos que tienen galones en la lengua me miró y tragó saliva. Impertérrito, me puse a leer el periódico.

LOS BORDES DE LA DISCRECIÓN

Se les reprocha a los dos que no hayan ahorrado nada hasta hoy, ya en el final de su vida. Y casi es verdad. No tienen joyas, no tienen muebles de valor, no tienen atesorado el dinero previsto. Hoy ella, a los ochenta años, ha ganado las siete mil primeras pesetas de su vida. En cuanto las tuvo en las manos dijo: «Las repartiré entre los nietos». Y poco antes él apenas le dio importancia a que le pudiesen timar todo el dinero que le van a pagar por la venta de su querida casa. Quieren irse del mundo sin nada entre las manos, tal como vinieron. Lo que tenían que transmitir a los hijos ya lo transmitieron. Así que toda su vida ha consistido en un discreto despojamiento (préstamos inciertos, ayudas desinteresadas, ausencia de cálculos…) hasta llegar a la sencilla desnudez del final. Pero no se les entiende y se les piden cuentas de su paso por el mundo. Mas ellos no dejarán ningún rastro material: ni casa ni ahorros sustantivos.

Algún día nos preguntaremos, ante tanta levedad, si fue verdad que existieron. Y entonces habremos de comprobarlo dentro de nosotros mismos. En ningún otro sitio.

BROMEO EN PÚBLICO

—Pues sí, como lector de novelas soy marsista.

—¿Y se puede saber a quién lee usted?

—¿Y a quién va a ser? Pues eso, siempre que puedo a Juan Marsé.

TALGO

Asistir a un pedazo de intimidad: ver dormir a una muchacha al mediodía en el tren y frente a mí. Su cara rota en la inmovilidad; el émbolo del pecho respirando tenuemente. De repente, se despierta y me mira. Y se turba. Como si supiera lo que estoy pensando: «Te he visto durmiendo; estabas indefensa».

HERÁCLITO

Un hombre va leyendo en el tren una edición concreta de la poesía de Shakespeare. Es la segunda vez que compra ese mismo libro (la otra se le extravió en una ciudad de paso) y ahora se está atareando en volver a subrayar los mismos pasajes para tener la sensación de que este ejemplar sigue siendo aquel otro.

Cuando ha terminado, observa que en el asiento de al lado una mujer también está leyendo a Shakespeare. El hombre alcanza a ver que se trata de la misma obra suya. Se inquieta cuando comprueba que es también la misma edición que él maneja. Se asusta al asegurarse de que también está subrayada parcialmente, que los subrayados en rojo de lápiz son suyos, que el ejemplar es aquel perdido en una incierta ciudad. Busca la página en la que lee la mujer. Pasa las hojas a tono con ella. No hay duda ya. Era su libro. Horrorizado, comprueba que en aquel había subrayado justo lo contrario que ahora.

EL LENGUAJE AL VACÍO

Qué manía, más significativa de lo que parece, ésta de sustituir por cifras lo que se debería contar con palabras. Ya es moneda común escuchar expresiones como tolerancia cero, déficit cero, línea tres —esto último en asuntos de Enseñanza, tal como si se hablara de un autobús—. Y ahora, al borde de las elecciones generales, oigo decir a un reputado periodista que «estamos ya en el día D menos doce», para indicar que faltan doce días para la fecha del plebiscito.

Se tiene miedo a las palabras, a los jugos luminosos y crudos de las palabras. Y se emplea el lenguaje metálico y sin alma de las cifras. También ahí se puede ver el rostro frío de la hora de esta sociedad nuestra. Dentro de nada a lo mejor alguien nos dice cuando le preguntemos por su familia que es «huérfano simple de nivel uno» en vez de confesar que ya falta de la vida alguno de los dos progenitores. Hasta esos nombres primordiales escamotearemos.

GESTERÍA

En la procesión, tras el concejal que acompañaba al Cristo iba una mujer con otro cometido municipal: llevaba entre los brazos un abrigo plegado por si la autoridad tenía frío.

LAS LLUVIAS

Primera tarde de lluvia en estas postrimerías del verano, cuando el candil de la luz empieza a brillar menos, como una moneda ya muy desgastada. Entonces nos echamos a las calles, oscurecidas de repente. Y da gusto ver el agua, esas pompas que los chubascos levantan en los charcos, el olor imperante y dulce del ozono en el aire, el vapor que sube del suelo a envolverlo todo como una lana húmeda.

Luego todo cesará —seguro— y en un par de horas la vida volverá a lo que era en estas jornadas. Pero, mientras, se agradece esta pausa, este deslizamiento taimado de las cosas, este golpeteo de astillas casi metálicas en los escaparates abandonados de los comercios, que ya encienden luces enfermizas de neón en el interior, donde los dependientes escuchan solos y confundidos el ruido de la lluvia en los cristales, casi la melodía misteriosa de una expulsión.

Lluvia de medianoche, del Sage Mountain Studio.

De La vida mitigada

 

El joven que me presentaron y que llevaba una camiseta de principios —eso quise suponer yo— donde se leía esto: EAT and SLEEP and PLAY.

 

La caja registradora de la frutería que se mostraba a sí misma sin pudor en el escaparate, abierta e invertebrada para persuadir a posibles ladrones de que no merecería la pena intentar entrar en el local. Entre manos de plátanos y cebollas radiantes, ese cajón abierto y desnudo, exhibiendo facturas atrasadas y unas cuantas monedas como argumentos decimales.

 

El anciano que va a cruzar trabajoso el paso de cebra. Se ayuda como puede de un andador. Su encorvamiento es exagerado y sus movimientos, costosos, se parecen a los de un saurio de gelatinosa pereza. Delante, la empleada que lo cuida va tecleando su móvil, desentendida por completo de él. Cuando ella llega a la acera, el anciano sigue esforzándose por ganar la orilla por fin antes de que el semáforo cambie. Ella continúa, absorta, tecleando.

 

Las lilas que han llegado otro año a casa. Un hermoso ramo de flores moradas y blancas. Las trajo el mecánico que nos arregló el coche. Y eso es lo que les da otro realce cuando las veo aquí, en medio del salón. El aire huele a esa intensidad carnosa que detiene la respiración por un momento. Y yo entonces me acuerdo del mecánico, un viejo alumno que ha tenido ese gesto de traerlas al volvernos a encontrar. Las cosas son también la aventura que las propicia, no cabe duda.

 

Las primeras hojas que se desprenden de los árboles del parque. Son ya amarillas, demasiado amarillas, como extrañas rodajas de limón que van apareciendo en el borde del césped a iluminarlo de esa primera debilidad que anuncia ya los caldos cansados de septiembre.

 

Una pintada, descomunal y anónima, que luce en una pared de mi barrio: «QUIERO LLEGAR A FIN DE MES». Estos grafitis revelan con un desahogo terminante eso que en los periódicos y en las cátedras radiofónicas se empeñan en analizar con conformismo racional. Frente a la fina destilación de datos y cifras, esta súplica sollozante que tizna de arriba abajo una pared. El idioma de los perdedores.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria(2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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