Entrevistas

Entrevista a Tomás Sánchez Santiago

Una conversación con el poeta y narrador zamorano a cuenta de la publicación de El murmullo del mundo (Trea, 2019), título en el que reúne apuntes, historias y reflexiones de su «yo derramado» y que se suma a una obra amasada con la emoción de las palabras, de la memoria y de la imaginación.

Tomás Sánchez Santiago: «Quienes seguimos apostando por la voz y la presencia como factores básicos de las relaciones humanas somos vistos ya como trogloditas o, al menos, como raros»

/una entrevista de César Iglesias; fotografías de Mar Astiárraga/

Cuando alguien descubre la escritura de Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) al poco constata que será difícil abandonarla. Son muchas las razones. La principal es que a las pocas páginas existe algo que conmueve, tanto emocional como intelectualmente. Y es entonces cuando surge un ser humano que ha venido aquí para contribuir a mejorar la vida. Lo ha hecho con la de su esposa y la de su hijo, con la de sus padres y hermanos, con la de sus amigos, con la de sus alumnos de instituto, con la de sus conciudadanos y, también, con la de sus lectores. Al adentrarnos en sus libros se produce una conmoción que trasciende la creación literaria para decirnos que, pese a tantas pérdidas y demoliciones, la vida merece ser transitada. Hay en su obra un aliento ético, el de las biografías pequeñas, el de los aconteceres mínimos, el único capaz de dar testimonio de la decencia cotidiana que dignifica este mundo.

Sánchez Santiago ha escrito: «No tengo de mi lado el lenguaje». Discrepo. Es el autor zamorano uno de los depositarios de ese don que en música se llama oído absoluto. Se trata, en su caso, de la singular habilidad para cosechar vocablos, expresiones e historias destinadas a la clandestinidad y que sólo su memoria auditiva evita que se fosilicen en el territorio de los olvidos.

Consecuencia de esa virtud, de su oído absoluto, es su capacidad para captar El murmullo del mundo (Trea, 2019), título en el que ha agrupado apuntes, historias y reflexiones anotadas con el rumor del lápiz en viejas libretas y que anteriormente vieron la luz en tres volúmenes: Para qué sirven los charcos (1999), Los pormenores (2007) y La vida mitigada (2014), al que se suma ahora el inédito Muda de siglo, escrito entre 1997 y 2001.

El murmullo del mundo  muestra a las claras cuál es la tarea de nuestro autor: oír y recuperar «los nombres más nublados». En unas ocasiones lo ha hecho con los instrumentos de la escritura estrófica (Amenaza en la fiesta, La secreta labor de cinco inviernos, Vida del topo, En familia, Ciudadanía, El que desordena y Pérdida del ahí), en otras lo ha ejecutado con las herramientas de la narrativa (Calle Feria, Salvo error u omisión, Interior acuario, Años de mayor cuantía). Da igual los aperos a los que recurra. Más allá de las taxonomías, el anhelo de Tomás Sánchez Santiago sigue siendo, como tiene escrito, «pelar las palabras» y evitar que el olvido de lo que fuimos, de lo que somos, amplíe sus geografías con su devastadora tenacidad.

[Una selección de textos de Tomás Sánchez Santiago aquí.]

Poesía, relatos, ensayo… Ésos son sus territorios. Con la reunión ahora de los tres tomos de sus escritos breves en El murmullo del mundo (Trea, 2019) logra una escritura que transgrede la ortodoxia de los géneros. ¿Es donde más cómodo se encuentra?

Diríamos que ésta es una escritura cruzada, una escritura de diario en los dos sentidos de esta expresión. Por una parte, son anotaciones de carné; por otra, dan cuenta de esa vida ordinaria que pasa cada día ante nuestros ojos sin hacerse notar y que hay que atrapar como sea. Incluso a veces son sucesos dramáticos, horribles, ésos que uno lee en la prensa y normalmente olvida casi de inmediato. Este rescate aspira a volverlos a poner ante los ojos del lector. Supongo que para que vuelva a olvidarlos de nuevo. Pero, bueno, es lo único que se puede hacer… Respecto a esa transgresión de géneros, es lo que pide este registro que está, creo yo, más acá de lo que se entiende por gran literatura. Por eso pude permitirse ser una escritura de fuego graneado.

Sus anteriores textos narrativos (Calle Feria [Algaida, 2007 e Isla del Náufrago, 2017] y Años de mayor cuantía [Eolas, 2018]) proceden, como diría Antonio Gamoneda, de la «memoria de los sentidos». Si las dos primeras obras no eran canónicamente ni autobiografías ni memorias, ¿también debemos rechazar la catalogación de El murmullo del mundo como diario o dietario?

En realidad, no hay que buscar necesariamente una adscripción para lo que se escribe. Era John Berger quien decía que la escritura no tiene un territorio propio y que su fin es simplemente aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe. Ésta de la que hablamos es, naturalmente, una escritura de consignaciones y eso la hace deudora de la realidad que me afecta, que nos afecta; se refiere a ella directamente. Así que recordando a Philippe Lejeune, El murmullo del mundo está atravesado sin disimulos por los dos ejes en que descansa todo diario: el tiempo y el yo. Pero confío en que vaya más allá de la mera crónica y exponga además una actitud —la mía— que se va desvelando a su modo a medida que pasan los más de treinta años que hay ahí embutidos, entre esas páginas.

¿Tal vez sea la vocación testamentaria lo que singularice estos textos?

No lo creo. Insisto en que es una clase de escritura sin previsión de alcance. En realidad, el contenido de este libro está espigado de numerosos cuadernos y libretas. Saqué a cucharadas lo que me iba pareciendo más adecuado. Pero ahí, en ese yacimiento de páginas dormidas, queda más material que casi con toda seguridad nunca se publicará. O yo no lo veré. Sigo llenando mis cuadernos así, sin obligaciones, tan sólo para agarrarme a las palabras y seguir flotando un poco mejor en el barullo del mundo.

Le cito una frase de Hans-Georg Gadamer: «En la palabra poética, la autobiografía sólo tiene sentido si todos nosotros contamos en ella, si todos nosotros somos contados por ella». ¿Es ese su afán?

Estoy de acuerdo con Gadamer. El yo poético es transferible; forma parte de una convicción comunal: la identidad que se revela en el poema también pertenece al grupo, no es exclusiva de uno. Porque, ¿cómo puede importar una vida como la mía? De modo que el yo de este libro —como el de Años de mayor cuantía, por ejemplo— es un yo derramado. No hay grandes revelaciones ni asuntos demasiado sorprendentes. Además, por formación personal no soy dueño de un espíritu que pueda influir en otras opiniones. No argumento con seguridad casi nada; tengo zozobras en vez de certezas. Y soy contradictorio hasta el punto de que a veces me desconozco a mí mismo. ¿Hay quien dé más? Así que me limito a dar señales de algo: lo que observo, lo que escucho. A menudo lo remato todo con un juicio mío personal que me implica directamente en aquello de lo que hablo. Allá va todo revuelto y sin mucho miramiento. Es así.

Afirma que hay dos tipos de escritores: quienes escriben para salvar el tiempo y quienes lo hacen para matarlo. Usted es de los primeros, ¿me equivoco?

Al menos considero que la escritura es una manera de aproximarse a un desvelamiento: el que nos alerta de la profundidad de las cosas. En cuanto a lo de salvar al tiempo, no sé si esa pretensión es acertada en mi caso. En la poesía que he escrito hay mucha reflexión sobre el paso del tiempo, sobre todo en la más juvenil, que yo escribí con menos de treinta y cinco años. Creo que eso era un tic cultural. Hoy me parece una insolencia haber sostenido esa actitud cuando la vida se estaba devanando ante mis narices. Qué cosa, ¿no? Uno no debe entonar elegías en la juventud sino agradecer la fuerza de la vida, ponerse cerca de lo que está vivo y a la intemperie, sin cuidarse de su pérdida, como dice Christian Bobin en su Autorretrato con radiador. Pero, en fin, aquello fue así y así debo aceptarlo. Paradójicamente, ahora me creo capaz de estar en la vida con una templanza y una curiosidad que me hace aceptar todo de otro modo y en calma, sin grandes quejas ni grandes gesticulaciones.

Se reivindica con un neologismo maravilloso: escritor cotidianista. Explíquese.

Bueno, es lo que digo ahí exactamente. Soy alguien que se nutre de la pequeña capilaridad de las cosas que ocurren en los días ordinarios. En esta época se ensalza lo lejano, lo desconocido simplemente porque la tecnología nos permite servirlo al instante en la bandeja de una pantalla. Suponemos así que estar informados es conocer las cosas que ocurren. Es una trampa que le viene muy bien al neoliberalismo y al pensamiento insaciable del capitalismo: hacer confundir la información con el conocimiento. ¿A cambio de qué? De eliminar el espacio del deseo, esa suspensión entre la posibilidad y el resultado. Sin embargo, se jalea eso otro: tú pide y el genio de la lámpara te complacerá de inmediato. ¿Quieres saber? Pulsa una tecla y ya tienes ante ti el dato que precisabas, el tiempo que va a hacer, la distancia y el mejor itinerario hacia el lugar donde deseas ir… Y todo, zas, de manera fulminante. Nos convencen de que tenemos a nuestro alcance un conocimiento sin transición. Somos sus receptores inmediatos aunque no nos importe que se nos haya expulsado de la aventura de acompañar al conocimiento por sus meandros: somos usuarios, no habitantes del mundo.

Pero el conocimiento se basa en la experiencia crítica, en la cercanía, en la puesta en juego de los sentidos ante las realidades. Eso supone que hay una vida ahí, a mano, que se nos escapa porque no nos interesa, nos parece que no alberga la fantasía, la épica de lo que merece saber una persona del siglo XXI. Y, sin embargo, en el mundo cercano y en la vida cotidiana hay la posibilidad de explorar la grandeza de la existencia; y todo sin apenas salir del barrio. Rilke, fíjese, proponía algo parecido a esto en las Cartas a un joven poeta: estar siempre en cercanía con todo; con las personas, los animales e incluso con las cosas. El poeta debe estar siempre cerca de las cosas; ellas nunca lo abandonarán. Eso decía el gran Rilke.

Hay en su escritura un anhelo de dar cuenta de otra realidad, pero sin dar la espalda a lo real.

Quizás simplemente tiene que ver con eso, con la convicción personal de que la realidad que nos circunda no termina en sí misma. No me refiero a una visión trascendente; más bien a una consideración crítica. Antonio Gamoneda tiene un poema ejemplar que plantea esa misma desconfianza ante una visión idílica de un lugar que se le muestra. Creo que esta actitud tiene que ver mucho con la poesía, con la mirada del poeta que se detiene en las cosas y las nombra para que existan de otro modo desde ese momento. Miguel Casado ha reflexionado con acierto sobre todo esto y acaba concluyendo que para dirigirse hacia la realidad hay que tomar previamente distancia de lo dado como real.

Por otra parte, y ya desde mi experiencia personal, siempre he visto lo real empañado en una buena dosis de irrealidad: si divido en escenas consecutivas un acontecimiento que me ha sucedido —como esas secuencias narrativas en las vidrieras de las catedrales medievales— puedo aceptar que todo eso ocurrió según se cuenta seccionado, yugulado en cada escena; pero en su conjunto no lo acabo de entender del todo, no acabo de aceptar que todo haya sido así. En mi vida esto me ha pasado varias veces, no demasiadas; pero sí, de pronto uno pierde pie y no comprende nada de lo que está ahí, tan a las claras: la realidad le rebasa, le parece asunto imposible de aprehender. Siempre me ha interesado la posición de Giacometti para explicar la apariencia filiforme y escuálida de sus piezas. Él no conseguía ver las cosas como se presentaban en la realidad sino en un tamaño mayor, ya hacia la desmesura, y entonces trataba de mostrarlas así, tal cual las percibía, en una especie de honestidad estética que respondía fielmente a su mirada, a la capacidad de su mirada. Cuando después trataba con todas sus fuerzas de acomodarlas a su verdadero tamaño, en vez de hacer más pequeñas a sus figuras las adelgazaba. Es lo único que conseguía sin traicionarse a sí mismo, a su mirada. Tal vez haya también algo de ello en esa apuesta de la poesía por no salir de lo real pero significarlo de otro modo.

Las historias minúsculas y las personas corrientes pueblan sus libros: Calle Feria, Para qué sirven los charcos… Por citar a algunos, los internos del centro psiquiátrico de Burgo de Osma. ¿Es una forma de venganza?

En aquellos años los residentes del psiquiátrico del pueblo donde vivíamos salían el domingo a pasear por las calles. Era el único día que les dejaban hacerlo. Y ellos eran felices. A mí me gustaba mucho verlos ocupar el pueblo, darle ese desorden que proviene de la inocencia, una inocencia maravillosamente desmandada, claro, porque si no, no sería inocencia. Yo me llevaba bien con dos a los que surtía de tabaco y les pasaba la propina semanal. Eran dos personajes entrañables: se llamaban José Ángel y Juanito. Hablábamos, iban por casa… Pero empezaron a levantarse voces en el pueblo para que cambiase todo eso. Los domingos el pueblo empezó a llenarse de turistas que se llegaban a comer allí, y no parecía procedente que vieran aquel panorama de transeúntes perturbados que parecía desdecir el talante culto del pueblo. Ya ve usted… Entonces yo me alarmé y protesté. Y discutí en todos los tonos posibles. Aquel papanatismo me parecía un atentado contra la felicidad de esos seres que se tiraban recluidos el resto de la semana en aquel viejo caserón. El relato, escrito tantos años después, es un delirio que trata de reivindicar a aquellos hombres y mujeres que podrían controlar la vida del pueblo más de lo que parecía. Sí, en cierto modo es un ajuste de cuentas.

Recuerda la sabiduría de un campesino, de un barbero o de un zapatero que le enseñaron el valor de la palabra y su trascendencia, lo que contrasta con la ignorancia y el desprecio a la que la sometemos en nuestros días. ¿Ahí está nuestra perdición?

El lenguaje debe tener, más que exactitud, resonancia; es decir, una capacidad atmosférica de intervenir emocionalmente en nosotros. Eso se consigue con la voz. Tanto los campesinos como aquellos zapateros de los que aprendí el valor emocional del lenguaje hablaban, ponían vuelo en las palabras. Y sabían lo que decían aunque su léxico fuese limitado. ¿Usted recuerda cuando se cantaba mientras se trabajaba? O, al menos, se hablaba de experiencias reales, se bromeaba… Ahora asistimos a una relegación de la palabra. Los emoticonos, la sígnica y la señalética (ya ve usted qué palabros), el mundo icónico, las máquinas parlantes…, todo eso hace primar la inmediatez sobre la morosidad, la ventriloquía sobre la autenticidad del acto de hablar. Y la voz humana, con sus modulaciones, desaparece. Sin duda, la oscuridad en la comprensión o la imposibilidad de mantener una dialéctica está también en el punto de mira de los poderes, de quienes siguen pretendiendo formar de nosotros una masa acéfala y llena simplemente de pulsiones básicas. Dice George Steiner que mientras no podamos devolver a las palabras en nuestros periódicos, en nuestras leyes y en nuestros actos políticos algún grado de claridad y de seriedad en su significado, más irán nuestras vidas acercándose al caos. Pero eso es lo que se busca denodadamente, invistiendo la pretensión, una vez más, del aura del progreso. Así que quienes seguimos apostando por la voz y la presencia como factores básicos de las relaciones humanas somos vistos ya como trogloditas o, al menos, como raros.

Reivindica la fortaleza verbal ante tanta palabrería. Así nos habla del «luto de las sartenes», de «terminar con los usurpadores de la felicidad humana» o cuando queda paralizado al oír a un albañil un poco beodo pronunciar la palabra enfoscar. Son tres ejemplos entre miles ¿Hay en ello, además de la voluntad creativa, una reivindicación de la dignidad humana a través de la lengua?

A mí me gustan por sí mismas las palabras. Las sigo oyendo resonar dentro de mí así, aisladamente, y me parecen como criaturas que se mueven, que se adhieren a algo mío interno y quedan por un tiempo así, brillando en algo parecido a la oscuridad. Puedo sentir aún con mucha facilidad eso: el agradable escozor de las palabras, de ciertas palabras que yo no elijo; más bien me eligen ellas a mí y entran a poblarme por algún tiempo con sus destellos, con su increíble peso específico. Es la vida secreta de las palabras, por decirlo como en aquella película. Su compañía es insobornable a veces durante mucho, mucho tiempo. Todo puede perderse pero ellas se quedan ahí con su oscura fidelidad no solicitada, igual que esos animales que nos siguen sin porqué.

A la muerte de Juan Rulfo, recuerda una anécdota de la que fue testigo en Salamanca. Agradece al autor de Pedro Páramo «tanto su exigua intensidad literaria como su silencio». Vivimos en un entorno bronco, excesivo y ruidoso, que se extiende también a la literatura. Al modo de Rulfo, ¿se hace necesario el silencio literario?

Dejar de escribir es el hecho cimero del escritor. Despedirse de las palabras. Entrar en la mudez. Uno ha dicho en más de una ocasión que el poeta es el que está dispuesto a abandonar las palabras, no el que hace acopio de ellas creyendo que cuantas más pueblen su obra la hacen mejor. Los poetas torrenciales cometen demasiados pecados contra la mudez, como llamaba Beckett a la escritura. El caso de Rulfo es ya un paradigma del escritor que no necesita escribir más, sobre todo porque su reducida obra sigue ardiendo ante todos nosotros sin acabar de consumirse nunca. Pero él, qué duda cabe, habría tenido habilidad para seguir escribiendo. Sin embargo, prefirió parar porque acaso ya no necesitaba añadir ni una palabra más a ese mundo lleno de inquietante evanescencia que creó para nosotros. Me gustaría haber sabido si el hecho de no escribir torturó a Rulfo alguna vez. No podemos saberlo. A lo mejor, sí. A lo mejor sufrió por no acertar a encontrar algo tan incandescente como lo que dio lugar a Pedro Páramo o a sus increíbles relatos. Pero lo cierto es que renunció a intentarlo. Le bastaba con ese libro que faltaba en su biblioteca, como él gustaba de decir cuando le preguntaban por su silencio. No necesitaba más el gran Rulfo. Cuando nosotros nos veamos así, desasistidos y sin necesidad de seguir hilando palabras, ¿qué haremos? Nos acordaremos de Rulfo pero será difícil imitar su actitud, conformarse con movernos entre las sombras frías de las palabras ya dichas. El gran poeta Máximo Hernández, del que soy amigo hace muchos años, lleva ya mucho tiempo de secano. Sin escribir poesía. A sus sesenta y tantos años, cada vez que nos encontramos, le pregunto si no se le ha calentado la mano. Y, de manera recurrente, me explica una y otra vez que la poesía ha roto con él y que eso no debe conmoverlo. Y así es. Lo escucho siempre lleno de respeto y de admiración. La misma admiración que tuve para con el autor de Matriz de la ceniza la conservo ahora para quien ve tranquilo y sin patetismo cómo se alejan de él las palabras.

Me interesa mucho esa expresión suya, «la mentira deliciosa», cuando se refiere a la obra de Cunqueiro, Pla o Perucho. ¿Cómo se armoniza ese mentir con la máxima de metáfora y verdad que sustenta la creación artística?

Esos tres fabuladores fueron capaces, cada uno a su modo, de reinventar la vida. Cunqueiro fue el más extremo en ello; Pla, el más sobrio, el dueño de una economía verbal que espantaba de continuo toda pretensión de iluminar con retórica lo que podía solventar en tres trazos que bastaban. Yo transité como lector durante muchos años esas obras; a Cunqueiro aún lo sigo leyendo. Creo que lo hago como un acto de afirmación de la imaginación como parte natural de la memoria. «Si el maestro lo hizo, yo podré también», algo así es lo que creo ver cuando leo a Cunqueiro; y entonces entro mejor sin recelo en los ensamblajes entre la verdad y la ficción hasta dejar ambas unidas en una indiscriminación que no necesita de más explicaciones. Lezama Lima era capaz de describir una habitación del siglo XVII como si acabase de salir de ella, dando un lujo de detalles minuciosos que parecían acabar de suceder. Pero no se hace necesario comprobarlos. Ya existen para siempre en el asombroso relato de Lezama. Esto de la verdad y la mentira es una especie de carga que llevo encima cuando hablo con lectores de cosas mías, en especial de Calle Feria y de Años de mayor cuantía. En cierta ocasión, tras un coloquio un poco incómodo sobre esto mismo, un hombre del público dijo algo que lo resolvió todo de una vez. Dijo que no debíamos preocuparnos tanto de saber si lo que yo había contado se ajustaba a lo real porque a partir de ese libro la calle Feria de Zamora, donde viví y donde mi familia tuvo su tienda de curtidos, era como aparecía en la novela y no como había sido en la realidad. Bueno, es una osadía discutible decir eso, ya lo sé, pero yo lo entendí como la apuesta por la autonomía de la narración al margen de la realidad que quiere plasmar. Y, además, como decíamos antes, todos sabemos que la imaginación es una parte natural de la memoria; nadie puede responder de que estas dos facultades humanas vivan en departamentos ajenos. Así que donde no llega la memoria llega la invención, incluso aunque no sepamos que la estamos utilizando. El escritor Miguel Barrero lo dice muy bien en su última novela cuando explica cómo la historia se sostiene a veces en detalles increíbles que parecen proceder de la ficción pero que son ciertos y, a la postre, son ellos los que le otorgan verosimilitud a lo real.

El murmullo del mundo, un título que justifica en la página 157: «Salgo al ruido del mundo […] Su murmullo a veces me da miedo». ¿A qué o a quién teme?Soy temeroso por naturaleza. No arriesgo demasiado en la vida. No conduzco. Me manejo con torpeza en aeropuertos. No tengo pericia para casi nada manual. Mi capacidad de desorientarme es legendaria (si yo le contara…). Y, para colmo, empiezan a aparecer los primeros agujeros en la memoria, que era la facultad de la que me fiaba mucho hasta hace poco. Así que para un tipo de esa catadura es fácil sentir miedo. Pero ese miedo a los engorros y a las situaciones de poco pelo, como las que he citado, me divierte, me hace tomar conciencia de hasta dónde puede llegar la fragilidad. Convivo decentemente con esas sensaciones de incertidumbre, de extrañeza que a veces propicio yo mismo… Sin embargo, hay otro miedo que es al que me refiero en El murmullo del mundo. El miedo a la intransigencia, el miedo al triunfo de la ordinariez, el miedo a la dictadura de lo gregario, el miedo a esos individuos que se han erigido en mandarines (Trump es un ejemplo) y son capaces de arrastrar de nuevo a masas hasta donde ellos decidan, el miedo a la pérdida del buen gusto, el miedo a la caída en desgracia de la discreción, el miedo a la falta de pensamiento crítico en la gente, capaz de matar por una discusión futbolística pero incapaz de aceptar que les están engañado a ojos vista, el miedo a la falta de compasión, el miedo a la feroz individualidad desentendida de los demás que impera en esta cultura en la que lo otro es algo que se repele simplemente a causa de su otredad. Todos los días veo muestras de ello. Entonces —y me estoy repitiendo— salgo al barrio, hablo con los comerciantes de la zona, intercambio opiniones cara a cara con mis amigos, me saludo con conocidos solamente de vista, comparto un vino que alguien me paga a lo lejos en un bar mientras me hace una seña con la mano, paseo con Ana cada tarde sin más propósito que ir observando lo que nos sale al paso… Y caigo de nuevo en la cuenta de que en esta vida mitigada me encuentro seguro no tanto por sus límites como porque se desmienten esas otras acechanzas. Y el desamparo, que es el estado natural humano, se calma. Una vez más, la cercanía me salva. Y el murmullo del mundo es otro.

Tiene dicho que escribe para perder el miedo a las palabras. ¿Aún las teme?

Un poeta sabe que las palabras encierran a la vez sabor y susto; posibilidad e impotencia. Él es el vigilante de las palabras; el que las cuida de dejar en manos espurias, ya sabe: la publicidad, la política, la sofisticación del habla en ciertos ámbitos… ¿Qué hacer con ellas? Llevarlas a todas partes como un mendigo con el síndrome de Diógenes que carga con cuanto puede, con todo lo desechado del día. De acá para allá. Dentro de él. Preservar las palabras de la sombra del Poder. Esa es su tarea, en la que debe estar presente también el poder literario, claro, al que hay que dar la espalda como a los demás. Tomás Salvador González, el extraordinario poeta que acaba de fallecer, lo explicaba muy bien en aquel libro suyo, Favorables País Poemas, compuesto a base de titulares de prensa recortados que él combinaba hasta conseguir alzar poemas incómodos, poemas enigmáticos constituidos con las propias palabras de los periódicos. Ya que ellos usurparon nuestro lenguaje para usarlo a su manera —decía Tomás Salvador en aquel libro—, yo utilizo sus propias palabras para hacer poemas. Una labor de restitución necesaria. El temor a las palabras proviene de haber tomado conciencia de que su carga emocional debe mantenerse viva mientras las usamos, mientras las devolvemos sin adherencias —o al menos procuramos hacerlo— a la tribu.

Armoniza en su obra la ternura y el espanto. Ternura por las vidas mínimas y sus aconteceres; espanto, por el malismo que nos asuela. ¿Me excedo?

Puede ser que sea así. Pero en cualquier caso no hay patetismo ni gesticulaciones excesivas. Uno ha ido aprendiendo que la entraña de la vida es un cajón donde cabe de todo. La condición humana se configura con mimbres muy diversas que todos tenemos así, en estado latente. Unas se despiertan y otras, no. Pero la malevolencia, la envidia o la tibieza, por poner estos ejemplos que se me ocurren ahora, no nos son en absoluto desconocidos a nadie aunque no los experimentemos. Esa intuición de lo execrable, de lo miserable o de lo magnánimo convive silenciosamente con nosotros y nos ayuda a saber qué habría más allá de sus límites si es que los sobrepasamos. Eso basta.

Por otra parte, me parece que esa inundación del mal que cada día se nos muestra en los medios de comunicación no se compadece con otra visión, igual de real y auténtica, de la nobleza que hay en el mundo pero que no se exhibe. Si en los telediarios decidieran hacer diariamente una sección titulada —es un decir— «Noticias del bien», nosotros sabríamos que existe también ese lado. Y, sin embargo, apenas se muestra. Nos conformamos con repetir lo horrible hasta lograr trivializarlo por saturación: mujeres asesinadas, inmigrantes que desaparecen en el mar, nepotismo político institucionalizado, comportamientos socialmente patológicos… Es como si a base de repetir estas lacras se fueran a remediar. Pero no se toman medidas políticas eficaces al respecto. Fíjese en las muertes de las mujeres a manos de sus parejas. Cada semana hay un caso, al menos. Y eso desde hace años (van ya más de mil víctimas, según creo). Es horroroso. ¿Cómo es posible que políticos y legisladores no hayan encontrado hace tiempo soluciones a esta lacra? No me puedo creer que sea imposible. Hay una dejadez, una tibieza, una entrega a la desesperante lentitud de los engranajes judiciales y administrativos que no se ha superado. La ciudadanía contempla todo atónita mientras persisten los asesinatos. O, por poner otro ejemplo, pienso ahora en la vergonzante situación de los pisos de alquiler en las grandes ciudades; resulta que nuestros jóvenes han de irse a esos hoyos laborales (Madrid, Barcelona…) porque es donde se concentra el trabajo que ha desaparecido en su tierra. Pero, precisamente porque hay más demanda, la vivienda allí se encarece hasta unas cotas injustificables. Cuando he podido exponer críticamente esta situación, se me ha dicho que es imposible remediarlo con facilidad, que sería un atentado contra la libertad de mercado…. Sí: pero en Alemania se acaba de poner freno a esa misma situación controlando el ayuntamiento berlinés los precios de alquiler de la vivienda. O sea, que no era ciencia-ficción entrar en esa cuestión con decisión. Pero me parece que me desviado mucho de la pregunta…

Dice que su manera de «replicar a la vida» es crear «un pequeño patio» donde hacer el «ruido sereno e inseguro de unas cuantas palabras cargadas de incómodo plomo». Más que una poética, es todo un tratado moral. ¿Es su forma de resistencia?

Sí, es la resistencia íntima, como la llama en su conocido ensayo sobre la proximidad Josep Maria Esquirol, quien acude a Gaston Bachelard para hablar de esa pequeña casa que necesitamos tener dentro de una casa más grande, que es el mundo; una casa que tenga más recogimiento e intimidad que confort. Algunos —Thoreau, Wittgenstein— lo llevaron a cabo hasta el límite en su experiencia personal. También yo creo en la necesidad de ese espacio, un espacio mental, la búsqueda de unas afueras, de unas moradas donde aquietar lo que se embravece en el excesivo contacto con el fragor del mundo. Esas tres o cuatro horas primeras del día, mientras va amaneciendo y uno lee o escribe en calma mientras observa la lenta fila inacabable de coches que van a desaguar a la ciudad al alba, bastan para entonar algo el espíritu. Por no hablar (ya lo he hecho aquí) de esa saludable vida de barrio donde lo próximo está muchas veces, aunque sea inadvertidamente, cerca de lo fraterno.

Nada humano le es ajeno. De ahí que en El murmullo del mundo estén los acontecimientos y preocupaciones familiares, personales, con las alegrías y las angustias del ciudadano Tomás Sánchez Santiago. Hay un decir ético. ¿Lo comparte?

La vida de cada cual es como un juego de luces: luces cortas, luces largas, intermitentes… Así que un libro como este, una especie de almanaque despedazado, tiene que tener de todo: lo propio, lo de todos, lo próximo, lo ajeno… No podría ser de otro modo.

Su mirada procede de un «pesimismo cordial», confiesa; una declaración que le acerca al Antonio Gramsci que hablaba del «pesimismo de la inteligencia» frente al «optimismo de la voluntad».

Bueno, se me ocurrió llamarlo así sin saber muy bien qué decía. Pero creo que se entiende. En esta hora del mundo, con la salud del planeta tan comprometida, la persistencia de una injusticia global que no parece que vaya a cambiar, una demografía polarizada, una economía al albur de intereses que se olvidan muy a menudo del rostro verdadero de la ciudadanía… En fin, son razones para no estar muy esperanzado. Pero ahí está eso otro: un mirlo que canta a pesar de todo, un niño que se muere de risa contigo, la música que de pronto empapa de algo indefinible el espacio que te rodea… Hay encerrada en estos hechos deliciosos una vitalidad suficiente, un ánimo que empuja a seguir confiando a ciegas, instintivamente en el élan, como dicen los franceses.

Muda de siglo, que abarca el periodo 1997-2001, es uno de los cuadernos inéditos ahora recuperado en El murmullo del mundo y ahí ya vaticina muchos de los males que nos aquejan. No es que le vea de profeta, pero muchos de sus temores hoy son certezas. ¿Supongo que lamenta no haber errado?

Ojalá hubiese sido todo de otra manera. Ya se veía venir al monstruo entonces, hace veinte años. Lo peor es que muchos de aquellos indicios se han agravado, han tomado carta de naturaleza y parece que estuvieran con nosotros desde siempre. Y acaso sea así.

Le cito un ejemplo. Habla de unos grafitis aparecidos en su barrio: «Álvaro, estás en la lista, y una cruz gamada. Patriotas, y un símbolo fascista». Y añade: «Me preocupan que todos vengan del mismo lado». Hoy ya no sólo están en las paredes: esos tipos se sientan en las instituciones democráticas. ¿Qué nos ha pasado?

Pues que se ha obligado a la historia a bascular hacia el lado peor, hacia donde parecía que nunca volvería a llegar de nuevo porque, como tantas veces oíamos, somos habitantes del siglo XX y sabemos a qué atenernos; esas barbaridades sólo pasaban antes, cuando los hombres eran ignorantes, etcétera, etcétera. Y ya vemos cómo se van abriendo fisuras por donde se han colado las actitudes intransigentes de la ultraderecha, que van tomando posiciones en los diversos estados europeos. O sea, que la formación educativa de las nuevas generaciones, que incluía valores contra la homofobia, el machismo, la violencia… es ahora contrarrestada con el aval siniestro de estas formaciones políticas que entran sin contemplaciones en espacios conquistados poco a poco para lograr una nueva sensibilidad.

Invoca una frase de Wilhelm Dilthey («La vida es una misteriosa trama de azar, destino y carácter») para encontrar explicación a acontecimientos de los que da cuenta, entre ellos su propia escritura.

No hay mucho que decir. Uno escribe sin perpetrar un guion previo al que someterse. Va pasando la vida y uno va tratando de atrapar aquello a lo que alcanza. El murmullo del mundo es eso: un alboroto de impresiones de todo tipo que se van ordenando a su modo. No hay premeditación ninguna. Pero tampoco la hay en la poesía que he sabido escribir hasta ahora, al menos durante la larga gestación de cada libro, en esos maravillosos primeros compases —que pueden durar hasta años— y en los que el lenguaje se encuentra ante sí mismo sin más plan que manifestarse así. Luego llega eso otro: el caer en la cuenta de que los poemas tienen una filiación que les permite irse emplazando de determinada manera en lo que empieza a comportarse como un libro… Pero, sí, en el trance laborioso e incierto de la escritura me siento vinculado a lo vivo, a lo que va ocurriendo cerca o lejos de mí pero que me afecta. Saber si debo o no tratarlo poéticamente es algo de lo que no soy completamente responsable. Sucede así. El poema se presenta a menudo por su cuenta. No sé decirlo de otro modo.

Otra de sus preocupaciones: la enseñanza. Adelantó su jubilación como profesor porque, ha reconocido, lo «derrotaron» con la burocracia y la ausencia de un compromiso de los gobiernos con una educación equitativa basada en la equidad, en la libertad y en la responsabilidad. ¿Es una de sus derrotas?

Yo he sido muy feliz dando clase. Volvería a hacerlo. No conozco tarea más hermosa que ésa. Pero llegó un momento en que la educación se fue estancando, no hubo ya renovaciones audaces (más bien eran gestos para la galería) acordes con los cambios importantes sociales de los últimos veinte años y se impuso una esclerosis general que, poco a poco, fue haciendo que los centros de enseñanza se pareciesen cada vez más a oficinas. Y luego toda esa turba de personajes de la Administración que no vivían la enseñanza en su verdadera dimensión: inspectores, técnicos de educación, especuladores didácticos, profesionales de la economía que supeditaban todo al gasto público (en especial, desde la última crisis general) y, en fin, todas esas labores de papiroflexia que iban haciendo perder tiempo y energía al profesorado, más pendiente de cumplimentar papeles que de dar clase. Lo peor era que toda esa burocracia estaba encaminada a falsificar la realidad. Recuerdo aquel inspector que nos advirtió taimadamente de cómo nos convenía aprobar más a los alumnos porque si no llegábamos a un tanto por cierto estimado por la Administración, deberíamos sufrir una auditoría. Realmente, se trataba de eso: de maquillar, fuera como fuera, las estadísticas para aparecer en Europa con cifras que debían hablar de un sistema educativo radiante. Y eso no era así. Así que me marché, me fui con esa vaga sensación de haber sido derrotado por todos los agentes educativos salvo por los alumnos, con quienes pude mantener complicidad y afecto hasta el final. Eso me llevé conmigo de mi ejercicio de profesor de educación secundaria.

Tiene escrito que cuando llega a nuevos territorios, usted realiza visitas «de escucha, un cuidadoso espionaje verbal» donde rastrea palabras, también olores y, sobre todo, vidas. Me quedo con esa definición suya, «espía verbal». ¿Se reconoce en ella?.

Pues sí, en cierto modo, sí. Me gusta escuchar. Valente consideraba a la poesía como un «acto de escucha». Así que el poeta, antes de hablar, es el que escucha. Las palabras que me gustan están a menudo en la voz de los otros. Soy un impenitente visitante de mercados y mercadillos al aire libre. Esas soluciones expresivas de los vendedores que las vocean son maravillosas. Hace no mucho uno de ellos pregonaba unas fresas, y como la clienta que tenía delante no se decidiera a comprarlas, el vendedor tomó una en sus manos y le soltó: «¿Pero usted las ha visto bien? ¡Si parecen isótopos!»…

El ensimismamiento geográfico es una de las patologías de nuestros días. Dejo de lado la política, pero el mal también afecta a la creación artística. Sin embargo, su escritura está muy arraigada a un entorno físico y emocional. Al igual que el irlandés Patrick Kavanagh, ¿usted hizo de la «Ilíada una riña local»?

Era Yeats quien decía que lo local era el guante que el creador se ponía para hablar del universo. Esa versión del ensimismamiento sí me convence. Otras, no: me parece perniciosa la exaltación de lo propio que acaba por desentenderse de todo lo demás hasta el desprecio.


César Iglesias es licenciado en filología española por la Universidad de Oviedo. Ha trabajado desde 1982 como periodista en diferentes medios de comunicación (Cadena SER, La Nueva España La Voz de Asturias) y en gabinetes de comunicación de instituciones públicas. Es autor de la plaquetteLas casas pechadas (Trea, 2011) y de los libros Lengua del duelo (Trea, 2016) y Piazza del bacio (Trea, 2016), este último en colaboración con el artista plástico Federico Granell.

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