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El Buitre

Un artículo de Francisco Abad Alegría sobre humanos, animales, desequilibrios contemporáneos y los mecanismos psicológicos de la proyección y la transferencia a partir de la triste historia de un 'sin techo' oscense a quien le arrebataron su gato.

El Buitre

/por Francisco Abad Alegría/

Así le llamaba su amigo, Juan, que deambulaba en silla de ruedas por las calles de Huesca. No he tenido más noticias de ellos ni lo pretendo; únicamente he conocido lo que la televisión local y una reportera de esta me ha ampliado. Me conformo con mis propias pesadillas.

En la emisión de Aragón en abierto de AragónTV, emitieron el 11 de febrero de 2019 una entrevista con don Juan Tomás Guerrero, un transeúnte que frecuentaba las calles de Huesca, situándose preferente en la zona de los porches de Galicia, en silla de ruedas y desde hace unos meses acompañado por un gato cachorro, de unos nueve meses de edad. El gato era negro, tranquilo, muy afectuoso y Juan lo llamaba Buitre (aunque cualquiera que haya convivido con gatos sabemos que a diferencia de los perros, los gatos no suelen aprender el nombre que los humanos les adjudicamos). Lo del Buitre viene, decía Juan, de la avidez con que devoraba cualquier alimento que le ofrecía su amigo y compañero o alguno de los viandantes que lo conocían y simpatizaban con el pacífico ciudadano y su camarada felino.

Decía Juan que le dieron el gato en la ermita de Salas, en Huesca, y que iban juntos a todas partes: el gatito se acurrucaba en el regazo de Juan, aceptaba sus caricias y palabras y le correspondía con refrotones afectuosos y ronroneos. Y sobre todo se miraban, se acompañaban continuamente. Cuando alguien acostumbrado a la presencia del transeúnte se acercaba, compartía el afecto de la palabra con Juan y con el Buitre. El gato llevaba collar y tenía una pequeña correa para evitar que pudiera importunar a personas a las que su presencia desagradase.

Contado así, parece que estoy preparando una nueva versión de esos cuentos que antiguamente emitían por radio (puedo jurar que fui niño, que alguna vez pertenecí a esa fase larvaria del devenir humano), cuando no había televisión y en las cortas vacaciones de Navidad, que cruelmente acababan al día siguiente de Reyes —lo que truncaba el disfrute de los regalos que Sus Majestades dejaban al lado de los zapatos lustrados al anochecer del 5 de enero—, la radio lanzaba, además de villancicos a todas horas, unos cuentines invariablemente tristes, de huerfanitos desgraciados, niñas que salían disparadas hacia el cielo tras degustar precozmente la amargura de la pobreza y el calor de su última cerilla, niños desgraciados estrujados por malvadas madrastras y cosas por el estilo. Supongo que la cosa funcionaba algo así como: «Yo en cambio, calentito, al lado de la salamandra bien cebada y con padres que me quieren».

La reconfortante sensación de Juan debía ser algo parecido cuando tenía sobre sus rodillas al Buitre: tanta gente sola y yo tengo un amigo con quien entablar monólogos que se tornan diálogos con la respuesta del ronroneo o la mirada cálida y viva de un pequeño ser. En psicología a eso se le llama transferencia emocional y se mezcla con un concepto parcialmente tangente, la proyección, pero en lenguaje cotidiano la traducción es mucho más sencilla: alguien o algo que querer, aunque sea un poquito; un leve anestésico para la radical y amarga soledad que descubres tras la adolescencia y ya nunca te abandona.

Contaba Juan que una mujer (él decía señora) le reconvino por tener mal cuidado a un pobre gato (esas repulsivas matronas al parecer saben muy bien distinguir a un ser mal cuidado…) y un día, en una distracción, arrebató al animal, que no se resistió. Dijo que se lo llevaba a una protectora para que no viviese con un indigente: para el indigente no había protectora, al parecer. Tras reflexionar, Juan llegó a la conclusión de que simplemente le habían arrebatado la compañía del Buitre y habló con un policía municipal, acostumbrado a verlo y saludarlo. Hechas algunas averiguaciones, la Policía municipal llegó a casa de la benéfica mujer, que negó tener el gato; y en una entidad local protectora de animales tampoco pudieron dar noticias del animalito. Con gesto apesadumbrado, Juan decía a la cámara y las pocas personas que le escuchábamos que lo estaba pasando muy mal, tan solo, y que seguramente el Buitre también, porque eran muy amigos: «Era como un hijo para mí».  Cuando le preguntaron si podría identificar al gato, respondió que no era necesario: «En cuanto me vea se tirará a mí». A finales de abril la misma televisión volvió a entrevistar a Juan. El gato no había reaparecido; ahora ya solo pedía ayuda para una nueva silla de ruedas, porque la que tenía estaba destrozada y de otro modo quedaría inmovilizado.

La historia de Juan y su amigo el Buitre no es la más triste del mundo, porque hay tanto dolor y muerte repartido sobre nuestro miserable planeta que se diluye como una anécdota en la inmensidad de la injusticia. Mas quería contarla porque además de anécdota remite a otra faceta torpe y ambivalente de la convivencia del humano con eso que se ha dado en llamar mascota (término odioso, tan cosificante como los de contribuyente, votante o ciudadanía: objetos útiles que respiran).

Hace unos años (8 de junio de 2008) se publicó detalladamente la incautación sin orden judicial de más de 150 perros de un criadero canino cercano a Madrid tras la denuncia de hacinamiento y malos tratos por organizaciones animalistas que azuzaron (creo que es la palabra justa) a la Delegación Autonómica de Agricultura y Ganadería para quedarse con los animales, perdiéndose la pista de varios de ellos, hasta que la autoridad judicial determinó que los animales estaban en perfectas condiciones y adecuadamente cuidados. Los tres responsables no pudieron oponerse a la actuación de la Fuerza Pública que procedió y dos de ellos sufrieron magulladuras y otro un infarto de miocardio causado por el disgusto, además de tener que defenderse de un trato administrativo injusto y seguir dos de ellos tratamiento psiquiátrico por depresión reactiva al perder a sus perros, que entregaban mediante un pago moderado a personas deseosas de tener un animal de compañía.

En otra ciudad (cuyo nombre omito porque he extraviado el apoyo documental de salvaguarda) se publicó, supongo que sin faltar a la verdad porque no ha habido actuaciones posteriores por falsa acusación o ataques a la Fuerza Pública, cómo a finales de 2018 unos agentes de la autoridad decomisaron a un indigente cuatro cachorros que le acompañaban mientras mendigaba. El pobre hombre aseguró que le habían dado la pequeña camada para no deshacerse de los animalitos y él se los llevó, ofreciéndolos sin fijar ningún precio a cambio a algún viandante que podría cuidarlos y aceptando a cambio una pequeña propina voluntaria. El decomiso se produjo sin comprobar la pertenencia legal de los animales y sin más explicaciones que el bienestar de los animales, que verosímilmente habrían acabado sus días por sacrificio tras un tiempo sin ser acogidos por nadie.

En Zaragoza se dio un caso límite que publicó la prensa (29-5-2019) pero ya con tintes dramáticos. Unos vecinos de la la calle Montevideo, 3 del barrio zaragozano de Las Delicias alertaron a la Policía Municipal de un probable caso de maltrato animal tras oír ladridos entremezclados con una voz humana. Cuando la policía irrumpió en un local bajo de la citada calle, se encontró con el edificante espectáculo de que un varón de unos cuarenta años convivía desde hacía tres semanas en un local bajo que había arrendado junto con su hermana para utilizarlo como trastero, almacenando allí los pocos enseres que salvó tras el desahucio de su cercana vivienda en la avenida de Madrid y conviviendo con sus dos perros, que estaban perfectamente sanos, con agua y comida y sin signo alguno de maltrato. El cubil de almacenamiento se había transformado en la inhóspita vivienda del desahuciado (cuya hermana pudo ir a vivir a casa de una amiga) y sus amigos perros, a los que no abandonó y con los que convivía como camaradas.

Pero no todas las historias son tan agridulces. Invariablemente, cada año, tras la temporada de caza, aparecen perros galgos cruel e innecesariamente ahorcados por sus dueños, que no amigos, de cacería, que ya no los necesitan. Todos los años, invariablemente (aunque parece que la tendencia es decreciente), se abandonan perros que se han comprado porque a los niños hay que darles un capricho por Navidad y luego el perro es un ser más de la familia (el último, sí, pero de la familia) con sus necesidades de paseo, tratamientos, molestias, etcétera. La última salvajada publicada (publicada, no la última…) es el hallazgo por la Guardia Civil de seis cachorros de pastor alemán recién enterrados vivos en una localidad del Bajo Aragón (20-8-2019) que pudieron ser rescatados y restituidos a su madre, que los acogió y comenzó a amamantar gozosamente.

Y a eso habrá que añadir otro dato que aún matiza más lo contado, ya sin apreciación ética negativa o positiva. En la ciudad de Madrid se ha establecido por censo canino publicado en agosto de 2019 que en núcleos familiares en edad fértil (no hablo de personas mayores solitarias) es mayor el número de perros que de niños.

Hay diversas explicaciones para todo esto y como casi todas las realidades humanas, la confluencia de diversos factores puede aclarar algo de lo que ocurre, pero normalmente no agota la realidad. Dos son los mecanismos psicológicos, además entremezclados, que pueden iluminar tales fenómenos: la transferencia y la proyección. La transferencia consiste en revivir vínculos afectivos, positivos o negativos, sobre relaciones personales nuevas, a menudo aflorando sentimientos o vivencias reprimidos o simplemente olvidados. Es la repetición de prototipos afectivos o vitales, que resurgen actualizándose ante una nueva interacción. Cierto que la transferencia puede tener aspectos positivos en el tratamiento psicológico, pero cuando no nos movemos en el campo terapéutico psiquiátrico, sigue igual de viva. Actualizar situaciones positivas o negativas pasadas, infantiles, ante analogías con personas o situaciones actuales puede tener efectos positivos o dañinos para las personas que los viven, pero también para quienes los sufren. La transferencia se puede complementar con el proceso de proyección, a saber, un mecanismo de defensa por el que la persona atribuye a otros las propias virtudes, defectos o carencias. Eso también tiene a veces efectos positivos, pero desgraciadamente, salvo en casos de egolatría o vivencias personales extremadamente positivas o felices, puede abocar a conflictos a veces de insospechada gravedad.

De acuerdo, ya lo tenemos claro. ¿Y eso qué tiene que ver con nuestros animales de compañía? Pues absolutamente todo. Un animal de compañía (salvo los teckel entrenados en la primera guerra mndial para explotar bajo los carros de combate franceses o los doberman especializados en despedazar a prisioneros políticos o fugitivos de penitenciarías, por ejemplo) es una pequeña imagen de un semejante, al que inevitablemente humanizamos, en distinta medida según la edad, cultura, afectividad o actividad. El caso del perro es paradigmático (un amigo me decía que es «el único ser creado a medias por la Providencia y el humano», permítanme la licencia) por su secular asociación con todo tipo de tareas humanas, pero lo propio ocurrirá, en distinta medida, con un gato, un mono, un periquito, una serpiente ratonera de Colombia o un pacífico cobaya.

Y aquí viene el problema, que dependerá de la transferencia de vivencias o sentimientos hacia seres humanos pretéritos y el matiz que se le puede añadir en la proyección actualizada del propio yo. Cuando acaricio al gato, proyecto afecto hacia ese pequeño ser casi-humano al que llamamos gato; cuando llamo para dar un paseo a ese pequeño, o grande, ser casi-humano al que llamamos perro, proyecto afecto y deseo de compañía con mi fantasma personal, a menudo benéfico, sin ninguna cadena atada al tobillo. Pero cuando maltrato a ese pequeño ser casi-humano, lo mato, lo torturo, lo abandono, lo dejo morir de inanición, estoy haciendo eso mismo, impunemente, con una imagen de un ser humano. Estoy vengándome de mis tristes fantasmas, de mis fracasos, de mi odio por quienes han triunfado, de quienes me aventajan en sabiduría y bondad. Y, al tiempo, aprovecho la ocasión para hacer lo propio conmigo mismo; utilizo la afilada navaja de afeitar para cortarme la yugular en la imagen que refleja el espejo; me descerrajo un imaginario disparo en el pecho por ser tan miserable y porque no tengo valor para afrontar cuánto fracaso y basura acumulo en mi corazón carnal de despreciable y antihumano Diógenes.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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