Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (4)

Nuevas anotaciones de Tomás Sánchez Santiago, escritas esta vez bajo «la luz del norte, adormilada y de plata espesa, sucia como aquellas camisas que nos quitábamos cada sábado».

Los cuadernos pálidos (4)

/por Tomás Sánchez Santiago; fotografías de Encarna Mozas/

Siempre se presenta así, con signos puntuales de la muda de estación: ramajes batidos por un aire más fresco y la luz acolchada de las últimas horas de la tarde. Todo parecer provenir de una llamada general a la lentitud. ¡Pero nadie se explica de dónde viene! Como decía Marina Tsvietáieva, lo más valioso de los poemas y de la vida es aquello que ha llegado involuntariamente. Septiembre.

El segundo movimiento de ese trío de piano de Schubert que tanto me acompaña en la casa del río… Siempre lo escucho con la predisposición a la melancolía que destila el cello tremante de Pau Casals. El piano va subrayando después la misma melodía como un gorrión que picoteara con obstinación lo que va persiguiendo; y a veces se impone a la gárgara oscura del otro instrumento. Parece un esfuerzo compartido. Y cuando se nos hace creer que pasó la nube —porque la melodía se ha vuelto vivaz como un juego de pájaros alegres— vuelven sin previo aviso esas notas graves del violonchelo a mordisquearlo todo una y otra vez hasta dejar en el corazón suave melaza oscura.

 

En la puerta de los grandes almacenes los maridos aguardan como animales taciturnos, desatados, a que ellas salgan del templo con algo entre las manos. Y pasean en silencio entre pasos cortos, sin querer mirarse unos a otros, soportando una desganada complicidad. Estampa extraña de la tarde ortopédica del sábado mientras los muchachos preparan en la ciudad los desbordamientos que ha de traer la noche.

 

Misterioso maestro, entra en el lugar y hay una contracción secreta en todo cuanto lo recibe cuando él desecha el fruto fácil y se agarra al chasquido fértil de las cáscaras. Sabe pesar de otro modo el crédito amargo de las cosas. Se queda fuera de todos los perímetros. Levantas la vista y ya ha desaparecido. Su ademán inicial no era de bienvenida sino de adiós. Así ocurrió ayer también. Misterioso Maestro. Moisés Mori.

 

Encuentro el champú del mes en el escaparate de una modesta tienda, casi una alpargatería (Labradores, se llama) cercana a la plaza mayor. Es un bote grande de color blanco y sin etiqueta ninguna. Una caligrafía quebradiza lo presenta en un simple trozo de papel: «champú de caballo a la biotina». Entro y pregunto si es para lustrar a los caballos o para el género humano en general. «Para cualquier persona. Regenera el cabello. Aquí lo vendemos mucho», me explica con temeraria ilusión el vendedor. Cuando le pregunté si él mismo lo usaba, me respondió con un «¡Síííííííí!» arrastrado que me sonó como un relincho. Entonces, apresuradamente, me salí.

 

Siete cabezas de muchachas erguidas sobre el agua que tiembla, como si no pudiese sostenerlas. Piezas de Jaume Plensa. Están ahí, desafiando misteriosamente la fragilidad. Distanciadas e inaccesibles. La gente las mira desde lejos sin poder hacer otra cosa por ellas. Cabezas sin volumen esférico, parecen troqueladas como monedas enormes, exuberantes, que conservasen —una por una— distinta singularidad facial con rasgos naturalistas muy acusados: un esmero que parece poner cuidado en llenar de escrúpulo la geografía orgánica de cada rostro. Eso las hace más próximas a pesar de su cautividad acuática. Y así se acercan con cautela enigmática a quienes las contemplamos desde la tierra firme. Ídolos que solo con su presencia alteran el aire, ponen a vibrar el corazón de todos; criaturas que invitan a una confianza difícil: la confianza en lo exagerado. Así se imponen, por pura ocupación. No se inmiscuyen en nuestro territorio. Hacen pensar en la debilidad.

 

La luz del norte, adormilada y de plata espesa, sucia como aquellas camisas que nos quitábamos cada sábado. Y, sin embargo, con la ternura de los envoltorios que libran del desamparo a aquello que protegen. La desgana azul de los cielos del norte, su falta de ímpetu concede a la vida lo necesario para desenvolver (¡desenvolver!) cada acto en la ceremonia de la lentitud. Bajo esa luz, las muchachas atraviesan las fachadas y les da sueño.

 

Fui a hablar de poesía con mis amigos. Pero ellos me hablaron de voracidad.

Baja la lluvia a la ciudad. Y me pilla en la calle. Hay una dimisión general en la tarde del sábado. Contemplo desde mi refugio las fachadas mojándose, los toldos recogiéndose a toda prisa, el ánimo en suspenso de quienes han detenido sus itinerarios y, enmudecidos, esperan contemplando los garabatos del agua. Hay algo de advertencia en estos golpes de lluvia que hacen fracasar los gestos cotidianos de los transeúntes y la altivez y el rigor de nuestros horarios.

 

Un hombre no auxilia a su mujer, que acaba de sufrir una crisis de hipoglucemia, y se pone a grabarla en su agonía final hasta que ella muere. Luego avisa a la policía. Versión extrema de esa necesidad de convertirlo todo en materia de exhibición numerosa, como si el último sentido de cualquier acto —incluido el acto supremo de morir— fuese hacerlo público, entregarlo a la arena para hacer de ello espectáculo igual que los combates de los gladiadores, los sacrificios humanos y las ejecuciones en las plazas de las ciudades. La retransmisión se adelanta en importancia a la propia naturaleza de los hechos y así el demiurgo es quien hace público lo que ocurre, no quien lo genera. Lo que la técnica permite ya es, simplemente por eso, moral. Y basta. Es curioso: la misma sociedad que reivindica la privatización de todo lo posible busca con denuedo hacer público todo acontecimiento, sea cual sea. Se empieza por fotografiar la paella que nos ponen en el restaurante para difundirla de inmediato urbi et orbe y se acaba con monstruosidades como esta que hemos conocido en estos días. Nicholas Ray aceptó que Wim Wenders grabara su agonía hasta que «¡corta!», llegó a decirle cuando percibió que ya se iba y esa última experiencia solo le pertenecía a él. Pero Wenders no le atiende y sigue filmando en su desesperada tentativa de mantener en la película —o sea, en la vida— a su amigo hasta el final, cuando cae el relámpago sobre el agua. Wenders, que luego se arrepentiría, suponía que morir podía ser también un acto estético. Pero este monstruo que prefiere grabar la muerte de su mujer antes que salvarla revela algo horroroso: morir es ya cosa de quincallería mediática. Pasen y vean.

 

Día entero volcado sobre la necesidad de escribir. El lenguaje está de espaldas y levantar cada palabra se convierte en un esfuerzo parecido a alzar a pulso un peso con el que no puedo apenas (yo, que me desvié hacia el territorio de las palabras porque sufría lo indecible cuando se trataba de aguantar demasiado tiempo sujetando en tensión física algo…). Y todo se convierte en una súplica sostenida y en el desbrozamiento a ciegas de un itinerario sin despejar: el itinerario obnubilado de la escritura, que no se me desvela. Así pasé, mirándolo todo como un pelele, la tarde atascada del domingo.

Cruzo ante el edificio de una universidad privada que está implantada en muchas de las grandes ciudades españolas. Ostentoso, su lema ocupa toda su fachada: «DONDE DAR LO MÁXIMO ES LO MÍNIMO». Es una deliberada propuesta equívoca, claro. Una invitación a suponer que quien se matricule y traspase esos muros encontrará la facilidad. ¿También las universidades se han convertido en supermercados con ofertas y promociones? También, también. Solo que primero se pasa por caja y luego se compra.

 

Final de una carta familiar: «P.S: ¿Por qué tenemos esa fijación con la madre al final del camino?».

 

Esos escritores de hipertrofia biográfica que se afanan en llenar las solapas de sus libros de titulaciones y reconocimientos, ¿no se darán cuenta de que el lector, tras atravesar el boscaje de tanta palabrería, puede llegar agotado —y hasta exhausto— a la obra en cuestión? Decía Ribeyro en uno de los Dichos de Luder que hay artistas tan preocupados del pedestal que cuando terminan de hacerlo no tienen fuerzas para empezar la estatua. Algo de eso, sí…

 

METEORO

Un nombre pasa ardiendo
en medio de la noche. Un galope
de caballos heridos por sorpresa.
Caen sobre el corazón
frutas rojas
y pañuelos sin calma,
arrollados por todos los adioses.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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