Crónica

Los indios eran los buenos

Xavier Tornafoch reseña 'La historia indígena de Estados Unidos', de Roxanne Dunbar-Ortiz.

Los indios eran los buenos

/por Xavier Tornafoch/

La reciente aparición del libro La historia indígena de Estados Unidos, de la historiadora norteamericana de raíces nativas Roxanne Dunbar-Ortiz, ha vuelto a remover las plácidas aguas de la historiografía de los Estados Unidos de América, en relación nada más y nada menos que a la propia esencia de los orígenes de este país, hoy en día la potencia hegemónica mundial, y al discurso que apoya este relato.

Tradicionalmente, el nacimiento de la gran federación norteamericana se ha descrito como una enorme epopeya de personas intrépidas que se lo jugaron todo para construir un país nuevo, modelo de democracia y respeto a los derechos humanos. Sin embargo, la expansión de los colonos europeos hacia el oeste se llevó a cabo a costa de los pueblos indígenas que allí habitaban. Centenares de miles de inmigrantes escoceses e irlandeses llegaron, y no de forma pacífica, a territorios ocupados ancestralmente por los pueblos del maíz: sociedades agroganaderas que tenían relaciones entre ellas, y también conflictos que no derivaban en guerras de exterminio ni genocidas, como sí lo fueron las que emprendió el gobierno de los Estados Unidos contra estas naciones. El nuevo Estado norteamericano favoreció un colonialismo de asentamiento para otorgar propiedades a los free-soiler (campesinos sin tierra propia). Ahora bien, todo esto no sucedió de forma épica ni tranquila.

Roxanne Dunbar-Ortiz (1939- )

No eran, según asegura Roxanne Dunbar-Ortiz, desprotegidas familias en carromatos las que llegaban al oeste, sino unidades de los Rangers que practicaban técnicas de limpieza étnica parecidas a las que llevarían a cabo los Einsatzgruppen nazis en Europa del Este durante la segunda guerra mundial. Las ciudades indígenas fueron arrasadas y sus habitantes muertos, esclavizados o expulsados hacia otros lugares. Estas atrocidades, cometidas por militares que hoy en día son venerados como héroes en los Estados Unidos, como William Tecumseh Sherman, Philip Sheridan o George Armstrong Custer, fueron justificadas en nombre de una supuesta superioridad civilizatoria. Incluso el gran poeta norteamericano Walt Whitman defendía el exterminio indígena en aras de la «república blanca» que debía reinar en toda Norteamérica. El gran teorizador de esta «república blanca» fue Andrew Jackson, uno de los padres de la Constitución de los Estados Unidos, al que Barack Obama acostumbra a citar de forma elogiosa en sus discursos.

Pero la guerra de los colonos norteamericanos contra los legítimos dueños de las tierras indígenas no tuvo solamente una vertiente militar: también fue una agresión cultural, económica y educativa. Así pues, los niños de las tribus indígenas fueron apartados de sus padres e internados en colegios para su europeización y cristianización. Los antiguos idiomas de las primeras naciones norteamericanas fueron perseguidos y ridiculizados. El búfalo, uno de los sustentos alimentarios de los pueblos indígenas, fue cazado hasta casi exterminarlo de las grandes praderas, con lo que la vida de esas comunidades dejó de ser posible. Esta estrategia de exterminio colonial tiene que ver también con la guerra contra México, el resultado de la cual privó a ese país de la mitad de su territorio nacional, que pasó a los Estados Unidos de América. Antes de eso, la independencia de la República de Texas ya se produjo por la negativa del gobierno mejicano a mantener la esclavitud, como exigían los colonos tejanos de origen inglés. Con la independencia de ese antiguo estado mexicano, las poblaciones hispanas, afrodescendientes y nativas volvieron sufrir formas atroces de discriminación y esclavismo. Después de la guerra civil norteamericana, durante la cual algunas tribus indígenas combatieron al lado de la Confederación, porque se sentían más protegidos por ésta que por la Unión que presidía Abraham Lincoln, el ejército del Oeste incorporó masivamente a soldados de origen africano, que eran conocidos como soldados búfalo. Muchos de ellos se alistaron huyendo de las leyes y las persecuciones que reinaban en los vencidos estados del sur después de la guerra y de la emancipación de los esclavos.

En cualquier caso, los pueblos indígenas no fueron sacrificados sin combatir. La resistencia de los nativos, la guerrilla que protagonizaron, que dio líderes que se hicieron célebres, como Tatanka Yotanka (Toro Sentado) o Goyathlay (Gerónimo), fue feroz y puso a los invasores en serios apuros durante muchos años. Al final, esa resistencia guerrillera, que la cinematografía de Hollywood trataba como estricto bandolerismo, fue la que permitió a los indígenas conservar lo poco que pudieron de sus poblaciones y culturas.  El aplomo de los guerreros siux, cheyenes o pawnees evitó la total desaparición de estos pueblos en la guerra genocida que el colonialismo norteamericano emprendió contra ellos.

Cabe preguntarse, como lo hace Roxanne Dunbar-Ortiz, si una democracia que practica el genocidio es una democracia. A finales de la segunda guerra mundial, cuando se juzgaba en Núremberg a los criminales nazis, los norteamericanos impidieron considerar el genocidio para cualificar jurídicamente los crímenes del Tercer Reich, ya que recelaban de ser ellos mismos acusados por el exterminio indígena de Norteamérica. Raphael Lemkin, el abogado judío, natural de Lviv (Ucrania), que insistió en la cuestión del genocidio fue apartado de la Universidad de Yale, donde daba clases, y pasó los últimos años de su vida intentando que el concepto genocidio fuera reconocido jurídicamente como la puesta en práctica de acciones coordinadas que pretendan la destrucción de los elementos constitutivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su exterminio. Sin lugar a dudas, las políticas llevadas a cabo en Norteamérica contra a población nativa respondían enteramente a esta definición acuñada por Lemkin. Al final, resulta que los buenos de las películas western de Hollywood no eran los de las caravanas, sino los indios.


La historia indígena de Estados Unidos
Roxanne Dunbar-Ortiz
Capitán Swing, 2019
344 páginas
21€


Xavier Tornafoch i Yuste (Gironella [Cataluña], 1965) es historiador y profesor de la Universidad de Vic. Se doctoró en la Universidad Autónoma de Barcelona en 2003 con una tesis dirigida por el doctor Jordi Figuerola: Política, eleccions i caciquisme a Vic (1900-1931) Es autor de diversos trabajos sobre historia política e historia de la educacción y biografías, así como de diversos artículos publicados en revistas de ámbito internacional, nacional y comarcal como History of Education and Children’s LiteratureRevista de Historia ActualHistoria Actual On LineL’AvençAusaDovellaL’Erol o El Vilatà. También ha publicado novelas y libros de cuentos. Además, milita en Iniciativa de Catalunya-Verds desde 1989 y fue edil del Ayuntamiento de Vic entre 2003 y 2015.

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