Crónica

Venceremos

Pablo González compendia, en el aniversario de la toma de posesión de Salvador Allende, la malhadada historia del gobierno de la Unidad Popular y su ignominioso derribo por un golpe de Estado auspiciado por Estados Unidos.

Venceremos

/por Pablo González/

Cuentan que, tras perder las elecciones de 1964, Salvador Allende se mostraba especialmente compungido, cabizbajo y desesperanzado, y no por la derrota en sí, sino por las mentiras y manipulaciones difundidas en la campaña por el poder de siempre y sus medios de información; demasiadas incluso para ellos. Al viejo Allende le había hecho particularmente daño la historia de una criada en una casa vecina (recordemos que el futuro presidente provenía de una familia acomodada de la burguesía chilena) que él conocía bien. La mujer trabajaba de chica para todo por un salario de hambre, atrapada desde casi el inicio de sus tiempos en aquella cuerda donde lo mismo cocinaba, limpiaba, cuidaba de los niños de otros o arreglaba cañerías, en espera de migajas, caridades y paternalismos. Pues bien, la veterana sirvienta había enterrado sus escasas ropas y humildes pertenencias en el jardín de la mansión de su amo, temerosa de que aquellos rojos comunistas liderados por Allende, enemigos de la propiedad privada, le quitasen sus miserias para repartirlas entre el lumpen holgazán que nada merecía. Los medios inundaban al público con imágenes de iglesias en llamas, campos de concentración, disturbios callejeros, carros de combate soviéticos y guerrilleros cubanos con cara de pocos amigos mientras lanzaban los recados amenazadores ya conocidos: nosotros o el caos. A toque de corneta, la mass media se cuadraba dócilmente ante sus jefes para bombardear miedo a discreción, no fuera a ser que los de abajo se revolviesen, si acaso un poquito, para exigir aquello de la dignidad intrínseca al ser humano. Y el miedo, ya se sabe, es un gas que paraliza cualquier esperanza de cambio porque, al fin y al cabo, hasta el más miserable tiene algo que perder. Poco ha cambiado la cosa, por cierto: quien paga, manda, y lo que suele mandar es que el vocero obediente reproduzca el monólogo tantas veces parloteado, reduciendo de paso la libertad de expresión a una mera licencia de sumisiones y repeticiones de papagayo.

El miedo ganó en 1964. En 1970, sin embargo, el pueblo chileno se sacudió sus temores, cosa rara en el bicho humano, y decidió romper por fin las amarras del sometido. La Unidad Popular de Salvador Allende venció, Chile osó abandonar su rol de pisoteado oficial y Henry Kissinger advirtió: 

—No veo por qué tenemos que esperar y permitir que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo. 

Para los Estados Unidos, nación con especial afición a dar lecciones de democracia, los pueblos solo son responsables cuando deciden elegir a los candidatos tutelados por Washington. Si se atreven a lo contrario, sucumbirán indefectiblemente ante la más importante libertad asumida por el Tío Sam: la del saqueo y la explotación. No fue el ministro de Exteriores chileno el que dijo que los resultados de unas elecciones democráticas en Estados Unidos eran inaceptables para los intereses de Chile. No fueron los servicios secretos chilenos los que organizaron un golpe de Estado contra Nixon, el presidente legítimo de Estados Unidos. No fue el gobierno chileno el que organizó un bloqueo internacional de préstamos bancarios, provocando escasez de alimentos para la población estadounidense. Todo eso ocurrió, …, aunque del revés. Estados Unidos acostumbraba —y acostumbra— a comportarse como el matón del patio de recreo global, cometiendo abusos a antojo mientras la pléyade de periodistas e intelectuales en plantilla blanquean los desmanes con consabidos y rutinarios palabros: ejes del mal, terrorismo global, seguridad nacional, acciones de la comunidad internacional y demás hierbas geopolíticas. Mezquinos eufemismos de lo que viene siendo, simple y llanamente, delincuencia internacional. Kissinger, que no iba en broma, recibió su merecido por estos trabajos y otros similares y fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Con semejantes preceptores de concordia y armonía, ¿a quién le extraña la guerra perpetua?  

En 1973, ya se sabe, cuartelazo de Pinochet, cazas bombardeando el palacio de la Moneda, la muerte de Allende, miles de desaparecidos y presos políticos, la DINA, la Operación Cóndor y las infinitas torturas de una dictadura «cruel y despiadada» en palabras de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Pero para los grandes medios aquello ya no daba tanto miedo; ya no había razón para anteriores temores y recelos. Era el orden, su ordennecesario y ya avisado tras las algaradas de un país de insensatos. Lo cierto, no obstante, es que el mismo Allende insistía una y otra vez en su total acuerdo con la legalidad constitucional y democrática y su compromiso con un tránsito pacífico del capitalismo al socialismo —la vía chilena— era palmario. Fue la Junta Militar la que asesinó, torturó, robó y violó la Constitución que había jurado respetar; como premio, Pinochet siguió siendo el jefe del Ejército una vez concluida su dictadura y, tras su jubilación, pasó a ser senador vitalicio de la República. El 11 de septiembre, día del golpe, fue la fiesta nacional de Chile hasta 1998 y dio nombre a una de las principales avenidas de Santiago hasta 2013. Solo en sus últimos años se sintió hostigado el dictador, cuando por fin se le exigieron responsabilidades por sus muchas corruptelas e inhumanidades. El juez Baltasar Garzón, aprovechando una visita médica de Pinochet a Londres en septiembre de 1998, solicitó su extradición a España por delitos de genocidio, terrorismo internacional, torturas y desaparición de personas. El Reino Unido, país igualmente habituado a sentar cátedra, terminó aduciendo su avanzada edad como excusa humanitaria para repatriarlo a Chile vía avión oficial. Margaret Thatcher y George H. W. Bush, por cierto, no dejaron pasar la ocasión de apoyar públicamente a Pinochet, su viejo mamporrero sureño en la sacrosanta defensa de la economía de mercado y la propiedad privada. Porque para los excelsos mandatarios del mundo libre, el único que de verdad merece libertad es el dinero de unos pocos. 

Pero hagamos un poco de historia, porque sin ella las luces suelen ser menos que las sombras. A fines del siglo XIX Chile era el primer productor mundial de nitrato natural, aunque los beneficios iban a parar, para variar, a capitales extranjeros. Con la aparición del nitrato sintético, las exportaciones se desplomaron y, allá por los años treinta, el cobre vino a cubrir el déficit, convirtiéndose de paso en la viga maestra de la economía chilena. La influencia del metal era tan relevante que llegó a representar dos tercios de las exportaciones del país y Radomiro Tomic, diputado y senador de la República, incluso afirmaba que «quien controla el cobre, controla Chile». ¿Y quién controlaba Chile entonces? Básicamente dos compañías estadounidenses: la Anaconda Copper Company, entre cuyos propietarios figuraban las familias Rothschild y Rockefeller y que controlaba Chuquicamata, la mina de cobre más grande del país y del mundo, y la Kennecott Utah Copper, fundada por la familia Guggenheim. Ambas compañías, recordaba Allende en un discurso pronunciado ante las Naciones Unidas, habían obtenido de la explotación del cobre chileno ganancias cercanas a los cuatro mil millones de dólares tras un monto de inversiones que rondaba los treinta millones. Con este panorama, el derecho a recuperar la soberanía sobre las riquezas básicas del país —consagrado por cierto en las resoluciones de las Naciones Unidas— llegó a ser una obsesión para Allende y toda la izquierda chilena, que tras la ansiada victoria prometió acabar con los monopolios extranjeros, nacionalizar la banca y la industria del cobre y acometer una profunda reforma agraria que mejorara las condiciones de los numerosísimos campesinos sin tierra. Mucho fue cumplido durante el primer año de mandato: los salarios se elevaron un 35%, los precios fueron congelados, las compañías mineras estadounidenses vieron expropiadas el 49% de sus propiedades sin recibir indemnización alguna y se organizó al campesinado en cooperativas que acelerasen los intentos de ejecutar la mencionada reforma agraria. No obstante, los contratiempos no tardaron en aparecer: la mayor parte de los programas de nacionalización de industrias ocasionaron mermas de productividad y beneficios, incrementando el desempleo; de igual modo, el aumento generalizado de salarios y la implementación de políticas monetarias excesivamente expansivas desataron una inflación incontrolable, que llegó a ser del 300% a principios de 1973, fatídico año que comenzó con una huelga en la industria del cobre de 74 días de duración. A todo ello se sumaba la enorme presencia de Estados Unidos en el país, con inversiones que rebasaban los mil millones de dólares y la desmedida influencia de Washington en el Banco Mundial y en la economía regional. Desde luego, resulta fácil, y ventajista, analizar los errores de la Unidad Popular con la perspectiva de los casi cincuenta años transcurridos. Allende y su gobierno fueron hijos de su tiempo, víctimas de la confusión entre deseo y realidad tan típica de la izquierda, de la fe desmedida en la estatalización por encima de todo y de las habituales prisas que solemos tener por cambiar un modelo de relaciones de poder forjado durante siglos en una única legislatura. Con todo y con ello, los conocidos reveses del gobierno de la Unidad Popular no explican, ni evidentemente justifican, el golpe militar y la dictadura que siguió. Nada se concibe sin la alargada sombra del gran vecino del norte y su maldita manía de meterse en los asuntos de su patio trasero, y acaso únicamente bastasen las palabras de Kissinger para demostrarlo.

La política económica de Washington, tan celosa en la defensa de la democracia y la libertad, tan virulenta contra totalitarismos y tiranías, no aguanta los fríos datos. La democracia está bien, pero a veces no tanto. Una semana antes del golpe fue rechazada una petición de crédito urgente del gobierno de Chile para adquirir trescientas mil toneladas de trigo con la que se intentaba paliar la carestía del grano. Pocas semanas después del golpe, el régimen de Pinochet recibía 24,5 millones de dólares en créditos para compra de cereales. En los dos años siguientes, la Junta Militar recibió créditos por valor de unos dos mil millones de dólares del Banco Mundial, que había rehusado tratos con el gobierno de Allende y otros bancos privados extranjeros. El Banco Mundial, esa organización que se define como fuente de asistencia financiera y técnica para los países en desarrollo y que, en realidad, termina debiéndose a sus caudillos, que ya mandan mucho, mientras orilla a los que ya andan orillados y casi ahogados, tenía como director en 1973 a Robert McNamara, expresidente de la Ford Motor Company, antiguo secretario de Defensa de Estados Unidos y principal artífice del bloqueo económico a Cuba y de la intervención masiva del ejército norteamericano en Vietnam. Otro campeón de la libertad que, como Kissinger, recibió recompensa a sus noblezas y fue nombrado director de la, en teoría, principal institución multilateral encargada de la financiación al progreso del mundo. Por eso el mundo progresa muy bien para algunos pocos y muy mal para los demás. Los estatutos del banco, esclarecedores para quien quiera ver, establecen que los créditos otorgados se deciden proporcionalmente en base a los derechos de voto de cada país. Estados Unidos controla el 16,38%, seguido a bastante distancia por Japón, con el 7,86%. Veinticuatro países africanos controlan juntos el 2,85% del poder de voto. Cualquier decisión respecto al reparto de créditos o al convenio constitutivo del banco requiere el apoyo del, ¡sorpresa!, 85% de los votos. No hace falta ser un avezado matemático para caer en la cuenta del único país con derecho de veto. Con estas instituciones de ayuda al desarrollo, el subdesarrollo se explica solo.

En el fondo, el mayor crimen de Allende no fue tratar de implantar el socialismo, sino hacerlo desde unas instituciones que amenazaban con superar la acostumbrada farsa electoral cada cuatro años. La democracia en Chile amagaba con ser tomada en serio, como reconocían Kissinger y sus ayudantes cuando afirmaban que Allende era mucho más preocupante que Fidel Castro, puesto que «era un ejemplo fehaciente de reforma social democrática en América Latina» que podía crear conflictos en la zona e incluso en Europa, donde el eurocomunismo tenía un peso significativo en los parlamentos de Francia e Italia y podía contagiar en exceso las futuras democracias de España y Portugal. Eso debía de pensar también Samuel Huntington, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Harvard, lamentando la falta de celo de su despistado país al afirmar que «si Estados Unidos hubiese sido tan activo en las elecciones populares de 1970 como lo fue en las de 1964, hubiese podido evitar la destrucción de la democracia chilena en 1973». Otra curiosa concepción de libertad la del ilustre docente: para salvar la democracia hay que asesinarla primero. Si esto se enseña en la, según se dice, primera universidad del mundo, casi que a uno le entran ganas de estudiar en la última.

El éxito del gobierno de la Unidad Popular era, por tanto, inaceptable, inasequible para los intereses de la gran potencia, que optó por recurrir a la vieja cantinela de la amenaza a su seguridad nacional, tantas veces utilizada como excusa en la región. Así, por obra y gracia de la Doctrina Monroe, del Corolario Roosevelt, de la teoría de la manzana podrida de Dean Acheson o de cualquier otra idea feliz, la historia de Chile, de México, de Cuba, de Nicaragua, de Guatemala, de El Salvador y de tantos otros ha sufrido decenas y decenas de intromisiones y atentados, de sinrazón y vileza, sin los cuales es imposible comprender el desafío afrontado por Salvador Allende. Por eso, en el aniversario de su toma de posesión, y mientras su país encara el absurdo económico provocado por sus verdugos, sirvan estas humildes palabras para honrar la inquebrantable dignidad del hombre que, aún hoy, aquí y allá, sigue alumbrando el camino de las grandes alamedas. 

Léase

Noam Chomsky: La quinta libertad, Crítica, 1988. 

Walter LaFeber: Inevitable revolutions, W. W. Norton & Company, 1993. 

Eduardo Galeano: Patas arriba, la escuela del mundo al revés, Siglo XXI, 1998 

Tomás Moulian: Chile actual: anatomía de un mito, LOM, 2002 

Éric Toussaint: Banco Mundial: el golpe de Estado permanente, El Viejo Topo, 2007.

Varios autores: 1973, Chile: la caída de Allende, Reader’s Digest México, 1991.


Pablo González (Grau [Asturias], 1985) escribe sobre tecnología, sociedad y política y ha colaborado en diversos medios digitales. Entusiasta defensor del software libre, ha asesorado al Ayuntamiento de Grau en materia de nuevas tecnologías. Fue cocreador de Moshtown, una app buscadora de conciertos para dispositivos móviles. Ingeniero técnico de telecomunicaciones por la Universidad de Oviedo y máster en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, actualmente trabaja como consultor de sistemas y seguridad en el sector tecnológico. Además, es aprendiz de músico y gaitero y toca el bajo en la mundialmente desconocida banda de punk The New Ones.

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