Desde la antesala

Alopecias taurinas

¿Por qué no hay toreros calvos?, se pregunta José Manuel Vilabella en la tercera parte de sus 'Tauromakias'.

Desde la antesala

Tauromakias (3): Alopecias taurinas

/por José Manuel Vilabella/

Si usted quiere dedicarse al toreo y es calvete, tiene entradas pronunciadas o el cabello ralo, renuncie a su ambición y dedíquese a otra cosa. Le recomendamos que se haga, por ejemplo, perito mercantil, pues en la contabilidad por partida doble está bien visto tener el cráneo mondo y lirondo. En el ejercicio de la teneduría de libros no se da puntada sin hilo y si es usted competente, astuto y sin escrúpulos en un pispás hará una fortuna muy apañadita. Qué bonita profesión es la de perito mercantil. Se lo rifarán los poderosos y todo el mundo le llamará don Manuel con respeto y reverencia en lugar del Niño de Utrera, que es, dicho sin ánimo de ofender, una horterada.

El ejercicio activo de la tauromaquia requiere ciertas características físicas: ser delgado, saber decir con convicción «eh, eh, toro» sin esperar que el astado le contesté «¿qué?» y poner delante del cornúpeta una cara horrible, sacar los labios tal que así y, por supuesto, no meter el pico de la muleta para que no protesten los del siete. Sin embargo —¡qué paradoja!— no es óbice, cortapisa o valladar ser bajito, casposo, patizambo o feo. Ahí está el venerable Juli, que encabeza el escalafón y que cuando empezó era un chico guapito y en la actualidad es narigón y, con perdón, diestro nada agraciado. El torero curtido, si llega a viejo, deberá tener el cuerpo lleno de cicatrices, las manos destrozadas y los pies en mal estado por los pisotones de toros y novillos. Se convierten en hombres del tiempo, en barómetros vivientes. Una de las cicatrices anunciará temporales en el Cantábrico y otra la pertinaz sequía. La vida, que es muy cruel, suele decir con retintín: «A la puta y al torero a la vejez los espero».

La tauromaquia requiere tener, además de un valor casi suicida, una abundante cabellera; o sea, tres diminutos dedos de frente. ¿Por qué no hay diestros calvos? ¿Por qué todos los matadores de toros lucen, hasta una edad provecta, una frondosa melena? Esta pregunta nadie la ha puesto jamás sobre la mesa y negro sobre blanco. El firmante es el primero en denunciar el misterio y solicita la ayuda urgente de los laboratorios para que los calvos del mundo puedan ligar con bellas señoritas rubias y pecho exuberante y no se vean obligados a cortejar a los callos malayos. Es menester descubrir el secreto que haga desaparecer las calvas indecentes y brillantes de los PM (peritos mercantiles) y que surja, al fin, el crec pelo eficaz; el definitivo, el fetén. Ni sociólogos, psicólogos u hombres de ciencia se han ocupado en investigar la cuestión de la ausencia de alopecia en los que practican el arte de Cúchares. ¿Es el miedo, el pavor reprimido, lo que produce una serie de reacciones químicas en el cuerpo del sujeto que impide la caída del cabello? Un hombre normal, un PM, ante un astado de 600 kilos se defeca encima, se rila por la pata abajo; nos tememos que ante la fiera de poco vale la contabilidad por partida doble o la arquitectura financiera. Hará bien el respetado asesor fiscal, el bueno de don Manuel, en huir despavorido, coger el olivo y buscar la acogedora protección del callejón. Demostrará con este acto poco heroico prudencia, instinto de conservación y buenas piernas. ¡Bravo, don Manuel!

Los eruditos de la tauromaquia, los que dominamos el tema después de más de cuatro décadas de estudio y de contemplar en directo todo tipo de corridas y espectáculos taurinos; los pocos privilegiados que hemos gozado de la amistad de Antonio Ordóñez, ocupado barreras con Ava Gardner y Ernest Hemingway y entrevistado a Luis Miguel Dominguín en su casa de Somosaguas, podemos certificar y certificamos que solo un diestro pasó a los anales con poco pelo en la testa. Uno solo y este fue Rafael Gómez Ortega, apodado primero Gallito, más tarde el Gallo y por último el Divino Calvo. ¿Es el miedo lo que por una reacción química todavía por descubrir conserva la abundante cabellera de nuestros novilleros, matadores y enanos toreros o es que el arte de Cúchares solo lo practican los que han nacido en el arroyo, los peludos? Desde estas páginas exigimos una solución al misterio y decimos con la solemnidad que el caso requiere: habla, habla, científico.


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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