Creación

Lucas

Un relato de Fernando Prado Eirin,

Lucas

/un relato de Fernando Prado Eirin/

Lucas aparcó el coche a un lado de la estrecha carretera, sobre un lecho de hojas caídas y tierra blanda y mojada. Apagó el motor y abrió la puerta del vehículo, a continuación se bajó con cierta dificultad, dio unos pasos cortos y cerró la puerta tras de sí. Permaneció encorvado en frente del coche, buscó en el bolsillo del polo color crema la cajetilla de cigarros, la abrió con destreza a pesar del temblor de sus manos y se colocó uno entre los labios, lo encendió, dio una calada y expulsó el humo lentamente por la boca y la nariz mientras veía un pequeño ciervo correteando entre los árboles.

Se echó a andar por el sendero próximo al coche. Un verde intenso lo envolvió. Avanzó a través de la espesura asfixiante del bosque como quien lo hace por su propia casa. Uno no podría imaginarse un espacio con tanta quietud como aquel paraje de soberbia frondosidad a pesar del latido de todas las criaturas que lo habitan, de la vida apacible pero vibrante de los árboles, del avance imparable de las hiedras, del canto de las aves invisibles.

La voz de Lucas resonaba como el ronco de una gaita, grave y rasgada a causa de décadas de tabaquismo. Se detuvo un instante para apagar el cigarrillo, lo frotó contra la corteza de un alcornoque, pisó la brasa que cayó al suelo para asegurarse de extinguirla y se guardó la colilla en una cajetilla vacía que llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón vaquero descolorido que siempre vestía para sus paseos. Su caminar parecía el de una persona extraviada que se aleja cada vez más de la cordura. Delgadez extrema, ojos hundidos de mirada taciturna, rostro arrugado, sujetaba un palo que hacía servir de bastón y que utilizaba para apoyarse cuando se sentía inseguro.

Cada día llegaba alrededor de las cinco de la tarde, aparcaba en el mismo sitio y recorría el mismo sendero. No le importaba la lluvia, el frío o el calor. Solo cambiaba el horario de sus paseos a finales de octubre, cuando los días se hacían irremediablemente más cortos  —entonces iba al bosque por la mañana, después de desayunar- y volvía a retomarlo con la llegada de la primavera. Caminaba despacio; de vez en cuando se detenía a tomar aire o a remover el suelo con su bastón, pero invariablemente, cuando llegaba a un roble centenario, daba media vuelta y desandaba el camino hasta llegar al coche.

Esa tarde de finales de agosto se respiraba un aire diferente, la temperatura era más suave, el cielo estaba cubierto de nubes y por un momento Lucas tuvo la certeza de que pronto se irían las golondrinas y de que el otoño se acercaba de prisa. Finalizó su paseo después de informar a todas las criaturas sobre el estado general de la nación. Debatió consigo mismo sobre política nacional e internacional, sucesos, corrupción, feminismo, manteros, migración, economía y deportes y regresó al coche un poco cansado, como era habitual, pero con la sensación de haberse quitado un peso de encima. Esos paseos por el bosque suponían un alivio para su espíritu agitado, de naturaleza inquieta y con tendencias a la reclusión.

Abrió la puerta del coche y se dejó caer en el asiento. Permaneció en silencio unos segundos mientras recuperaba el aliento y a continuación encendió el motor, bajó la ventanilla y se puso en marcha. Volvió al pueblo por la estrecha carretera de curvas interminables. Eran las 18:47 y el mundo seguía igual. El pueblo presentaba un aspecto fantasmagórico; tiendas cerradas, bares vacíos, calles poco concurridas y, si cabe, más sucias de lo normal.

Lo normal no existía en aquel lugar construido en medio de la nada que milagrosamente no sólo había sobrevivido al paso del tiempo, sino que también había crecido sin parar hasta hacía 6 o 7 años gracias a la industria química; un crecimiento completamente descontrolado traducido en un urbanismo sin sentido. Ahora las cosas habían cambiado. Con la llegada de la crisis casi todas las fábricas cerraron y el éxodo de la población comenzó. Pero además, era el mes de las ausencias, la época del año en que todo aquel que podía se escapaba a cualquier lugar lejos del pueblo a pasar las vacaciones.

Lucas había hecho planes. Tenía la determinación de que su vida cambiaría drásticamente llegado el momento de su jubilación y, en efecto, así ocurrió. Annabella murió la mañana del primer día de su nueva vida; fue una tragedia inesperada, seguramente como todas. Después de tantos años de vida compartida ahora de pronto se encontraba irremediablemente solo y eso no estaba previsto, al menos no así de esa manera despiadada. Fue una muerte rápida y contundente, y eso había dejado a Lucas en una situación sumamente difícil, pues no estaba preparado para hacer frente a la complicada logística de la vida solitaria, a resolver los problemas cotidianos más simples, a gestionar la rutina de manera eficiente sin ahogarse en el cada vez más reducido espacio en el que habitaba, entre pilas de ropa sucia, una cocina desordenada, un cuarto de baño sucio, una nevera vacía y una cama siempre sin hacer.

No recordaba con exactitud en qué momento comenzó a pintar en las paredes. Tras la muerte de Annabella sintió la enorme necesidad de volver a expresarse como lo hacía en su adolescencia. Al principio utilizaba un trozo de papel cualquiera, el recibo de la luz, el tíquet de la compra, pero enseguida se dio cuenta de que no podía parar.

La colonización de superficies se hizo necesaria para sedar la dolorosa ausencia de Annabella, o quizás como un intento desesperado de comunicarse con ella a través de los trazos; lo cierto es que no pasaba un día sin coger un lápiz, un bolígrafo, un carboncillo o un pincel e invadir un trocito más de pared. No existía un plan ni un orden, carecía por completo de metodología, no había un objetivo, simplemente dibujaba y pintaba siguiendo una especie de instinto, un impulso vital, una necesidad básica sin la que vivir sería imposible.

 

Una mañana radiante de enero Lucas sujetó entre sus dedos un lápiz HB medio gastado, lo afiló con una delicadeza pasmosa dejando caer al suelo los trocitos de madera y grafito que se desprendían. Había cubierto todas las paredes del apartamento con sus dibujos, trazos y más trazos que en ocasiones parecían fundirse unos con otros, formas que tal vez carecían de sentido pero que conformaban un todo, como un organismo compuesto de miembros, órganos y fluidos que trabajan sin descanso para mantener la vida en marcha; paredes blancas en las que Lucas traspasaba, como si usara papel carbón, todas sus penas, fobias, angustias, necesidades, en las que se podía leer una diatriba desesperada contra la soledad.

Había llegado el momento de terminar. No había más superficies que cubrir, incluso las puertas estaban pintadas; solo quedaba un trocito de pared junto al marco de la ventana del salón, un lugar incómodo y de difícil acceso por la altura y porque era necesario apartar la cinta de la persiana para poder dibujar. Lucas estiraba su cuerpo todo lo posible, poniéndose de puntillas, sujetaba el lápiz entre sus dedos arrugados, movía la mano con sorprendente soltura y dibujaba sin parar como si estuviera poseído por un ente que ordenaba todos sus movimientos y le decía qué era lo que debía hacer.

Tiró el lápiz al suelo, recuperó su postura ligeramente encorvada y dio tres pasos hacia atrás para contemplar lo que había dibujado, la cabeza ladeada y los ojos mirando por encima de las gafas que se sujetaban en la punta de la nariz: una llave en posición horizontal con los dientes hacia arriba. Sacó la cajetilla del bolsillo del pantalón, la abrió y se colocó un cigarro entre los labios secos y agrietados. Tras encenderlo soltó el humo por la boca como si fuera un suspiro. Por la ventana abierta entraba una suave brisa que traía el inconfundible olor del cloro que producían en una fábrica cercana. Se asomó y miró a ambos lados de la calle por la que circulaban algunos coches y una figura humana irreconocible escondida debajo de varias capas de ropa que paseaba un perro diminuto.

Mientras fumaba en la ventana sintió un vacío profundo que le causaba un dolor insoportable, una punzada intensa de origen desconocido. No era la ausencia de Annabella, no, era una sensación de inutilidad, la cáscara de una naranja exprimida a conciencia que se tira a la basura. Pensó en abandonarse en el bosque por el que paseaba a diario, buscar un lugar remoto alejado de cualquier camino y oculto entre los árboles donde sentarse y simplemente esperar a que la inanición, la intemperie, y los elementos le arrebataran la vida. Sería una manera de devolverle a la tierra todo lo que esta le había dado, el agradecimiento y la aportación definitiva al ciclo vital.

El sol asomó por encima del edificio de enfrente y acarició el rostro arrugado de Lucas. Sus párpados se cerraron ligeramente ante la luz cegadora del astro. Consumió el cigarrillo hasta el filtro, entonces retrocedió y cerró la ventana, dejó la colilla en el cenicero y fue a la cocina, donde se lavó las manos con agua fría y unas gotas de lavavajillas. Regresó al salón y se dejó caer en el sofá. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer, cuál era el siguiente paso a dar, hacia dónde ir. Se quedó allí sentado mirando la pantalla negra del televisor apagado, esperando a que algo ocurriera, cualquier cosa, prestando atención a todo sonido, variación de luz, vibración u olor que le produjera un impulso capaz de moverlo del viejo sofá en el que se estaba hundiendo cada vez más debido a la inconsistencia de la espuma.

Le sorprendió el hambre mordiendo la boca del estómago. Se levantó despacio desprendiéndose de la masa que lo envolvía, se puso el abrigo y se enrolló una bufanda gris al cuello, cogió la cartera y las llaves del coche y bajó por las escaleras las tres plantas que lo separaban de la calle. Abrió el portal del edificio y se plantó en la acera, dubitativo. Finalmente se echó a andar. Se sintió ligero, como si de repente se hubiera librado de un gran peso.

Caminó durante un tiempo que le pareció eterno. Se sentó exhausto en un banco de madera con el barniz descascarillado situado de espaldas a una hilera de plátanos medio desnudos, de donde provenía el murmullo del riachuelo cuyas aguas discurrían suavemente por aquel valle contaminado. Encendió un cigarro, expulsó el humo hacia el cielo y se quedó mirando cómo las nubes cambiaban de forma. Comprendió que había llegado el momento de irse con ellas.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela) pero afincado en Barcelona, es escritor, músico e ilustrador. Colabora con la web de ilustración Boreal y ha participado en varios experimentos musicales.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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