Creación

Olvido

Un relato de Javier Pérez Álvarez, que se incorpora como colaborador a EL CUADERNO.

Olvido

/un relato de Javier Pérez Álvarez/

En el noveno piso, al final del angosto pasillo, está la puerta blanca. En el cuarto contiguo, que no precisa de una llave para entrar, está todo el material de limpieza amontonado, sin orden ni concierto; ¿quién querría robar todas estas fregonas y estropajos? Por la mañana, acariciando ya el mediodía, entro en el cuartucho y cojo lo indispensable para realizar una limpieza total y desinteresada del apartamento que se oculta tras la puerta blanca. Como es lógico, esta sí requiere del metálico y familiar contacto de una llave; ¿quién no querría adentrarse en esta radiante y despreocupada claridad?

Bajo qué circunstancias logré hacerme con esta llave, las locuras que me vi obligado a cometer, las barbaridades que tuve que proclamar —en su mayoría diáfanas y terribles verdades— no vienen al caso, o simplemente espero que no vengan al caso; no deseo en absoluto vérmelas con esa justicia implacable que no tiene nombre, pero sí voz, ¡y qué voz, como de ultratumba, negra y martilleante!

La puerta blanca responde amistosamente a mi improvisada presencia, y me deja entrar en ese mundo que tú creaste y me ofreciste y luego me negaste, pero siempre amparada por una incorruptible bondad (si no te importa, en alguna ocasión me dirigiré a ti directamente; no es necesario, si acaso inconveniente, que respondas). Las luces no están encendidas, pero reina la claridad de una mañana eterna e inamovible. Cargo con muchas cosas, demasiadas para esta conciencia destemplada —aunque visibles para todos los ojos tan solo una fregona pelada, un cubo de plástico rojo y un estropajo del que aún no he logrado adivinar su color—. En el recibidor, tras dejar los zapatos a la orilla del armario, esperando recibir la aprobación olfativa de este para poder ingresar, giro a la derecha y me encamino, sin asomo de vacilación, al baño, primera parada de este humilde servidor, cuya eficacia —que no su dedicación— está aún por comprobarse.

Tu ducha, vacía e inquietante, es la primera imagen que reciben mis ojos, y el cálido rumor del agua resbalando por mis recuerdos me calienta el cuerpo; pero inmediatamente se sobrepone el olor frío y dulzón del desinfectante. Me pongo manos a la obra con el baño, dispuesto a dejar inmaculado cada centímetro de él. Entretanto, tú te enjabonas, y canturreas y sublimas la última melodía que ensayamos; como en dos cronologías esquivas, errantes y opuestas, tu voz me busca entre el vaho, añorando una respuesta, y yo descubro en el espejo tu gris ausencia.

Los azulejos me resultan insoportablemente tristes y lánguidos, o… ¡espera, es mi rostro reflejado en ellos!; ese modesto reconocimiento nos anima a los dos, y los azulejos se esfuerzan ahora en brillar con más esmero. Me arrodillo en el plato de la ducha y quito el tapón del desagüe, presto a escarbar entre sus viscosidades. Me imagino una mano saliendo de esa metálica e impenetrable oscuridad, agarrando con fuerza la mía, mas no sería una escena aterradora, no habría gritos de pánico o auxilio —a quién solicitar ayuda, además—; es una mano amistosa y fraternal; su tacto, conciliador, si bien no está exenta de húmedos pelos negros. Y pienso que algún día descubriremos un mundo de niños abandonados que han crecido y madurado por entre las cañerías, desamparados; serán sus brazos tristes varas de hierro, y sus rostros, redondas lunas oxidadas.

Tras dejar el baño reluciente vuelvo al recibidor y, desde esa posición de mando, enfrento con la mirada el largo pasillo que conduce hasta el salón. Descubro tres pequeños cuadros que adornan equitativamente el pasillo en su recorrido. Sin embargo, el reflejo de la luz sobre ellos me impide descifrar su contenido, por lo que más que cuadros parecen ser tímidas ventanas al interior de la casa, al corazón de ladrillo y las arterias de cemento; ¡aún no se ha hecho polvo, aún no se han obstruido! Sin duda, razono, este apartamento debe conservar algo de la vida que tú le conferiste, tras años acogiendo tu cotidiana y entrañable estampa.

Decido abandonar la casa con una extraña sensación de cansancio, sin fuerzas ni ánimos para seguir limpiando. Salgo por la puerta blanca y se acaba la mañana.

***

Al día siguiente, como una sombra temprana, vuelvo a tu casa; nuevamente recojo del cuartucho todo lo necesario para continuar con la limpieza. En la cerradura de la puerta blanca se revela una pregunta, que es casi una acusación: «¿Dónde es preferible vivir: en la huesuda indiferencia del olvido, o en el cárdeno dolor del recuerdo?» Meditando una respuesta introduzco la llave; con mayor oposición que el día pasado logro despachar aquel acertijo, y este se derrumba para ofrecerme a regañadientes tu apartamento, hoy iluminado con menor intensidad.

Dejo los zapatos en el mismo sitio y por un momento me quedo a la espera. Es inútil, no escucho tu voz desde la ducha; enmudeció con la noche, y mis pesadillas aún no la han despertado.

Continúo recto hacia el corredor, con ese silencio polvoriento en la cabeza. Antes de agacharme, antes de posar las rodillas y la mirada en el suelo de parqué para limpiarlo y encerarlo, decido contemplar el primero de los cuadros, perdido su rasgo de humilde ventana. Es la pintura de un pequeño barco en mitad de un lago azul y desangelado, que tal vez pueda inspirar un leve e incierto sentimiento de soledad en quien lo contemple. Es inofensivo y no entiendo qué puede estar haciendo ahí; recuerdo lo inofensivo que era pasear de tu mano por las calles empedradas de Cimavilla, y por fin entiendo qué está haciendo ahí.

El segundo sigue el mismo patrón compositivo: es una campiña verde y amplia, y en su centro, dos jóvenes disfrutan de un picnic; el color del cielo resulta francamente repugnante, y no resulta difícil odiar a la feliz pareja.

La tercera pintura es una lámina blanca con un sangriento punto rojo en medio, del grosor de un pulgar adulto. Y en su esquina inferior derecha, una breve inscripción, también con letras rojas: «Prefiero quedarme ciego antes que ver arder mis sueños».

Sin reflexionar sobre esta última frase y su relación con esa macabra mancha roja, me lanzo contra los listones de madera y empiezo a limpiar y a pensar, sobre todo, en que cuando acabe con el pasillo tendré que entrar en tu habitación, y casi se me sale el llanto, pero lo aguanto porque el suelo no necesita más agua, si la necesitara, lloraría, te lo prometo, y así sigo pasando la bayeta con la mirada seca clavada en ella. Por eso trato de dilatar el tiempo todo lo que pueda, amasarlo y estirarlo con las manos hasta convertir el pasillo en una recta infinita que necesita más y más cera; pero cuanto más limpio, más recuerdo, aunque sean absurdeces, extravagancias que de pronto se te ocurrían, como tu infantil súplica de vivir en el último piso, allí donde fuéramos, por favor, en el último piso, para tener por vecinos «a los pájaros y a los astros», a saber de qué horrible novelilla sacarías esa idea. Y yo pensaba que, más concretamente, seríamos los vecinos de los excrementos de todas esas preciosas aves de tu imaginación, si acaso de pasajeros destellos de Venus,  pero asentía sonriente, graznaba si hacía falta.

Por desgracia, el pasillo no es infinito, y el olor de la cera está empezando a marearme, y la espalda, a dolerme terriblemente. Comprendo que es el momento de entrar en tu habitación porque así lo anuncia la lluvia en la ventana, repicando con insistente intermitencia y desprecio.

En el umbral de tu cuarto, en desoladora penumbra, me asalta la idea de marcharme corriendo, de huir de aquel páramo de amor, que en otro tiempo fue una isla y en otro una selva, y así por todas las geografías posibles de las que salí rechazado y enamorado a partes iguales. Me hago fuerte, crezco diez centímetros hasta casi rozar con el marco de la puerta, y esa idea cobarde desaparece. Entro en tu cuarto con pasos silenciosos; en tu antagónica y dulce cronología es posible que estés durmiendo, y lo último que deseo es convertirme en un mal sueño.

Al pie de tu cama —ya reducido a mi estatura natural— pienso en escribirte una nota, sí, fiel remedio la escritura: cuando no estabas tú estaba ella. ¿Por qué escribía entonces? Para que me quisieras un poco más, sin duda, y para intentar entender ciertas cosas, ponerles un cerco. Escribirte una nota, eso haré, y te contaré todas estas exageradas sospechas que me pasan por la cabeza —¡cómo te vas a reír cuando las leas!— para que me vuelvas a querer un poquito más, y para comprender definitivamente esas otras cosas, en fin, me repito y aún no he empezado; una nota para que me ayudes otra vez, aun cuando no tengas ni la más remota idea del bien que me estás haciendo.

Empiezo a buscar por los escasos cajones de la habitación un poco de papel y un bolígrafo con el que redactar todo lo que se me está pasando por la mente, ideas sin filtro e hiladas por una lógica de la que imagino que soy el único propietario. Mientras busco sin éxito creo escuchar una risa, desde algún rincón de la habitación, una risa fresca y burlona. Sin pensar en ella, sin pensar que me estoy volviendo loco, abro un nuevo cajón y solo encuentro unas bragas moradas, que pudorosamente devuelvo a su sitio, enrojeciéndome sin motivo, y de nuevo resuena la risa, tu risa, mucho más clara ahora, privada de malicia, y tan sincera que irremisiblemente me golpea el alma. Ya sé que odias que me ponga triste, así, de improviso —«¡No tienes motivos para estar triste, Javi; ni uno!», y a veces pienso que tan solo quiero olvidarte para tenerlos (no me digas que no es genial), y para que me mires con esos óvalos de gato, profundamente ofuscados. Pero, de pronto —no me dejas olvidarte tranquilo—, me envuelve el olor que yo más extraño, perturbador y magnético. El sexo no se cuenta, se vive, como dijo Martín, aunque en su caso se refería al fracaso (de lo próximos que están el sexo y el fracaso, también tengo que contarte algo). Pero es igual, nunca podría explicar el aroma que me envolvió por mucho que lo intentara, y de intentarlo diría que de estas sábanas, vivísima imagen del erotismo y la dulzura, emana un olor como de almendras tostándose en un fuego muy lento, y hasta ellas llego yo, crepitando, con un tembleque de evocaciones fantasiosas. Atrapo las sábanas como a una paloma mansa, y me las acerco a la nariz, a los ojos, a la imaginación que ya se desborda, dejándolo todo perdido con su libidinoso goteo. Tú habrías acabado antes con toda esta verborrea, diciendo que aquel mágico pedazo de tela olía a pasión, no, mejor dicho: a Pasión —y harías un gesto pretendidamente frívolo con las manos—. Así lo pronunciabas, y detrás de aquella palabra hueca y de aquel gesto veleidoso escondías dos cosas: una ilusión y un desencanto, enfrentados en una lucha constante, y de las cenizas de aquella contienda emergía tu rostro como una flor abierta, bañado en lágrimas blancas y serenas.

Y cambiando estas sábanas para que puedas repetir tu lascivo ritual sobre otro lienzo nuevo, cómoda y hambrienta, recuerdo las noches en que veía tu espalda, desnuda y morena, descansar sobre este mismo colchón. Y así, sin mirarme siquiera, me susurrabas: «Javi, ¿qué es la felicidad?» Y yo pensaba que quien hace ese tipo de pregunta es porque tiene la respuesta muy clara y su vida es un camino de rosas, o es porque está irremediablemente perdido en una travesía por el desierto. Pero yo te seguía el juego, claro, qué iba a hacer si no, además de que yo también tenía mis excentricidades, mi poquito de orgullo, y contestaba: «La felicidad son cien osos polares, peludos y orondos, retozando en invierno». Te girabas con una sonrisa condescendiente y maternal, y me plantabas un beso en la mejilla, largo y profundo como una siesta de verano, y otro ligero y veloz en la comisura del labio, antes de cerrar tus ojos negros y dormir el sueño de los despreocupados. Entonces yo pensaba puerilmente que quién podía conocer la felicidad si no te conocía a ti.

Tengo que dejar ya de doblar estas sábanas.

Inicio de nuevo la búsqueda del papel y el bolígrafo, y esta vez solo suena una risilla tímida e ilocalizable, si bien, paradójicamente, está en todas partes. Al fin encuentro el material necesario, por supuesto, en el último sitio en que me da por mirar, y me siento en tu silla a escribir y a pensar, en ese orden: primero escribo y luego pienso sobre las tonterías que he escrito. Leo: «Tú y los Demás, tal era la dicotomía del mundo cuando estaba contigo, meridiana y abrumadora». En seguida lo tacho con una fina línea, sin grandes borrones de tinta. Lo siguiente desconozco si lo escribo o lo pienso, pero definitivamente siento la vergüenza de admitir que no recuerdo tu rostro, tus manos, tus pechos; también me turba desconocer en qué momento olvidé la armonía de tu voz. Lo único que me queda es tu risa, resonando en cada esquina… Y cuando pienso o escribo esto, resuena triunfal, como una respuesta, como un perdón, como diciendo: «Sí, Javi, te dejo ir en paz». Pero hubo otra ocasión, antes de que estas paredes estuvieran tan vacías de ti y tan llenas de mí, en que esa misma risa tronó con igual esplendor y me ensordeció con una belleza solemne. Y sin necesidad de limpiar ni frotar, aun cuando observo la alfombra blanca felizmente teñida de vino, recuerdo: me preguntaste, con toda la ternura de tu ingenua inteligencia: «¿Qué es el mundo, Javi?». Y con toda la ternura que me inspirabas te respondí, deseoso de que fueras feliz en ese momento y para siempre: «El mundo es una caja azul». Y cómo te reíste, con cuánta dulzura tu risa se posó en mis oídos, Laura, ¡Laura!, no, no eres tú, en fin, con cuánta dulzura se posó en mis oídos, en mi sangre. ¡Qué no daría por que volviera tu risa y no este eco lastimero que parece una burla constante, un desafío a la limpieza total y definitiva de esta casa! Pero cómo hacerlo, si desconozco el etéreo camino que lleva de tu boca al silencio.

Bajo la mirada y observo el papel, las parrafadas de tinta desquiciadas, contemplo la imposibilidad de escribir tu nombre, ese código confuso que me produce vértigos. Arrugo el papel con una mano y lo tiro al suelo, a la alfombra manchada, y me digo que ya lo recogeré mañana.

***

De camino a tu casa, la mañana que me ofrece el cielo no es una mañana, no te puedo decir qué es, tengo nublada la cabeza de tanto fregar y tanto escribir sin pensar, pero aún estoy en condiciones de garantizar que no, no es una mañana esto que me acecha. El trayecto en ascensor se hace hoy más largo, aunque, como de costumbre, no haga ninguna parada; no coincido con ningún otro inquilino cansado.

Recorro el pasillo de moqueta áspera y verdosa hasta llegar al cuartucho; me abastezco. Frente a la puerta blanca que cada vez esconde menos cosas, saco la gastada llave —cumplí, al menos, la promesa de no contar cómo la conseguí— y, antes de introducirla, ya sé que algo va mal, o al menos no va como debería ir. La cerradura me niega el paso, rechaza esta pequeña llave absurda. Y tras un momento de ingravidez física y mental, en el que el mundo es enteramente blanco, como absorbido por la puerta del noveno piso, pienso inútilmente: «Nunca me fui de esta casa, por eso no puedo entrar». Intento de nuevo meter la llave, pero no hay manera; es un rechazo fulminante, sin atisbo de duda o compasión, el cerrojo autoritario convierte a la llave en su súbdita, y con ella, al portador. Ya no me acordaba de lo que era sentirse así.

Me aparto dócilmente de la puerta, y apoyo mi espalda contra la pared del pasillo, en ese fondo oscuro y nunca contemplado. Dejo todo el material de limpieza a un lado, con cariño, y me observa como uno, dos o tres perros, crédulos y bonachones, que jamás concebirán que su dueño pueda ser derrotado. Parecen preguntar: «Javi, ¿qué hacemos aquí tirados?». Me dejo resbalar por la pared hasta sentarme en el suelo, como si tú misma me hubieras arrojado desde el umbral, desde tu habitación —el centro mismo de la existencia— dominada por una misteriosa fuerza. En fin, tengo el culo en el suelo y la espalda dolorida sobre un radiador frío. Qué puedo hacer más que esperar a que la puerta se abra sola, es el único acto de fe que me queda por acometer. Nunca había estado tanto tiempo en este pasillo; me resulta un lugar sucio, familiar e inhóspito.

Oigo ruidos dentro del apartamento: es la ducha cerrando el paso al agua; son gotas tibias salpicando unos pies desnudos y hermosos; es tu mano desempañando el cristal, ofreciéndome el rostro que desesperadamente rechazo. Y luego un silencio espantoso e inhumano, y luego unos pasos, en la cocina, de unas zapatillas de felpa que pisan las migas que aún no he barrido del suelo; esas zapatillas se mueven por toda la casa, elaborando una serena radiografía de esta, así avanzan, crac, crac, repartiendo por cada rincón las migajas de pan, como diminutos y frágiles pedacitos de mi alma. Pienso: «Así de triste suena una casa vacía». Considero redactarte otra nota; esta vez será mental, claro, pero aún así espero fervientemente que la leas o que la intuyas, allá donde estés tras esta puerta blanca. Y sin necesidad de que tú me lo preguntes, la ocurrencia salta por sí sola, desenfadada, manifestándose puro y honesto el deseo de regresar bajo la sombra de tu mirada tierna y permisiva. Digo, escribo y pienso: «La tristeza es un oso polar, famélico y moribundo, navegando en un solitario bloque de hielo». Y pienso que quién puede conocer la tristeza si no te ha olvidado.

Sigo siendo un niño.

El radiador está helado, pero sostiene mi cuerpo.


Javier Pérez Álvarez (Gijón, 1997), graduado en lengua española y sus literaturas por la Universidad de Oviedo, cursa en la misma institución el máster en español como lengua extranjera, con el firme propósito de hacer vida lejos de estas fronteras. Apasionado de la literatura y el cine, escribe relatos que ven la luz por vez primera en EL CUADERNO.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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