Creación

Nueve aforismos arbóreos

«El mejor cobijo lo he encontrado debajo de los árboles frondosos», escribe Mario Pérez Antolín en esta gavilla de pensamientos sobre los árboles.

/ por Mario Pérez Antolín /

El mejor cobijo lo he encontrado debajo de los árboles frondosos. Las cúpulas de las iglesias me aplastan, a las casas les falta ventilación, en los puentes la humedad te cala los huesos y adentrarse en las cuevas supone pactar con la negrura. Solo cerca de la corteza de un árbol presiento el acogimiento de las madres.

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Esta diminuta plántula llegará a convertirse en un pino, siempre que no la aplaste la pezuña de una vaca, si soporta el frío de las heladas y encuentra el agua necesaria. Esta diminuta plántula dentro de treinta años lucirá como un árbol alto y vigoroso, salvo que antes el fuego la calcine o el viento la tronche. Esta diminuta plántula vencerá seguramente porque no lo pretende.

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Cuesta imaginar un pueblo sin el gran árbol protector de la plaza donde anidan los jilgueros y a cuya sombra hablan quedamente los ancianos. Cuesta imaginar un pueblo sin un pozo muy profundo del que sale agua tan limpia como la flor del algodón. Cuesta imaginar un pueblo sin un campanario desde el que se divisan los baldíos polvorientos, los juncos del río y un camino de herradura. Soy incapaz de pensar en un pueblo al que le falten estos tótems, y, sin embargo, ya hace algunos años que ni en los dibujos infantiles aparecen.

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En la caducidad de los cementerios solo hay árboles perennifolios. ¿Cómo puede ser que ellos nunca pierdan del todo las hojas justo allí donde nosotros perdemos completamente las vidas? La constancia en el aire junto a la mortandad en la tierra.

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Ni las hojas sienten ni el fruto respira ni la corteza exuda; solo el árbol, al completo, bulle en su interior como el órgano interno visible durante una intervención quirúrgica.

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Un autor anónimo describió este lugar en una antigua leyenda. Hoy lo visito yo; pero los caminos no coinciden, el cauce del arroyo ha cambiado, los bosques tienen otros árboles y las piedras parecen más gastadas. Solo la quietud inalterable es la misma.

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Estos dos árboles se inclinan, a ambos lados del río Arbillas, como si quisieran entrelazar sus ramas en un abrazo desesperado de clorofila y parásitos. Aún no han conseguido formar un puente natural para que pasen, de una orilla a otra, roedores y felinos. Deben darse prisa porque quizá, durante la próxima crecida, sean arrastrados por una corriente insensible a cualquier aproximación parsimoniosa.

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¿Qué me pasa? ¿Por qué se entierran mis pies y se endurece mi carne? ¿Por qué la rigidez me inmoviliza? Mi piel es progresivamente más áspera y coriácea. Donde antes tenía pelo, ahora hay un ramaje a punto de brotar. Apenas siento el frío, aunque estoy desnudo. Voy dejando de pensar para que la imperturbable rotundidad de los árboles me posea.

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Sestear bajo un árbol y echar hojas como él. Como él llenarme de insectos que hagan cosquillas. Sestear bajo un árbol para que él salga andando y yo me enraíce.

[EN PORTADA: Avond, de Piet Mondrian (1910)]


Mario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) es uno de los aforistas más importantes de nuestro país. Sus libros en este género (Profanación del poderLa más cruel de las certezasOscura lucidez y Crudeza) han recibido elogios de pensadores tan eminentes como Eugenio Trías, Victoria Camps, Joan Subirats o Vicente Verdú y se han convertido, por méritos propios, en lectura obligatoria para aquellos que prefieran la fusión de la buena literatura con una filosofía disidente. Antólogo del libro titulado Concisos, que agrupa a algunos de los mejores aforistas españoles contemporáneos. Mención Especial en la 6ª edición del premio «Torino in Sintesi» de La Associazione Italiana per L’Aforisma. Su poesía, publicada en cuatro libros (Semántica secretaYo eres túDe nadie y Esta ínfima parte de infinito), destaca por la fuerza expresiva de las imágenes y por la profundidad reflexiva de las ideas, dando forma a un estilo muy innovador que tiene el reconocimiento de la crítica especializada dentro y fuera de España. José Luis Puerto y Juan Carlos Mestre han prologado algunos de sus poemarios. Su obra se conoce bien en Hispanoamérica: cuenta con un libro publicado recientemente en México.

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