Mirar al retrovisor

Recuperar el museo

Joan Santacana escribe sobre la transformación dramática, en los últimos años, de los museos, sometidos a la tiranía del beneficio trimestral y los gerentes grises sin el menor conocimiento humanístico.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Estos días hemos celebrado, con más pena que gloria, el Dia Internacional de los Museos. Muchos museólogos han hecho declaraciones, han dado entrevistas, han hablado del futuro. Yo no se cómo será el futuro, pero si sé que querré seguir viendo la Gioconda, la Maja desnuda o Las señoritas de Avignon. Me seguirá interesando el arte universal y su fabulosa historia. Y me seguirá apasionando el museo como paradigma del avance tecnocientífico del mundo. Y como yo, millones de ciudadanos. En este tiempo futuro, los museos, que llevan muchos siglos abriendo sus puertas, volverán a hacerlo. Los museólogos de hoy —qué palabra, ¿no?— dicen que, ahora sí, apostarán por la digitalización de sus equipamientos. Algunos dicen que se han dado cuenta de que lo que puede aportar la digitalización de los museos no es sólo la comunicación, pero ¿ha hecho falta el maldito virus para esta evidencia? También dicen —lo he oído muchas veces antes— que apostarán por la calidad más que por la cantidad en lo referente a las visitas. Nada nuevo, pues.

Los historiadores pueden intentan rastrear, mirando hacia atrás, la decadencia de la mayoría de nuestros museos al final de los tiempos anteriores a la crisis económica del 2008. Las administraciones querían museos rentables culturalmente y, por ende, intentaban concentrar en edificios nuevos, a veces costosísimos, los contenidos y depósitos de objetos de muchos pequeños y medianos museos. Estábamos en plena burbuja de la construcción, que, por contagio, llegó a los gestores de nuestra cultura. No les importaba invertir millones de euros en cemento y, sin embargo, sí el aumento del coste del personal técnico. Tampoco les importaba su degradación profesional y científica. Sustituían investigadoras por azafatas y técnicos por maniquíes. Maravillosos museos pequeños, con historias interesantes detrás, pasaban a convertirse en una planta de las nuevas sedes museísticas. Esto no solo pasó acá; pasó en casi todo el mundo. Pero, hasta que llegó la crisis, no parecía que este proceso fuese tan irremediable.

Los efectos de estas modas, en el personal técnico, al igual que en las universidades, fueron catastróficos. Parecía que se imponían cuotas de productividad a los servidores y técnicos de museos y al profesorado de las universidades. A éstos, las tareas burocráticas y administrativas, el llenar formularios, les impidió hacer aquello para lo cual estaban en sus despachos. El nivel de calidad fue descendiendo rápidamente: triunfaban los gerentes, que se ufanaban de poder gestionar desde una red nacional de ferrocarriles hasta una red de museos. Esto no sólo pasaba en los museos y centros patrimoniales: André Schiffrin, el que fuera director de la famosa editorial norteamericana Pantheon, describió su perplejidad cuando, al frente de la institución que había dirigido durante treinta años, pusieron a un banquero «que no paraba de ufanarse de que estaba siempre demasiado ocupado para leer un libro». Su tarea era generar beneficios (y, dicho sea de paso, no los generó: la editorial se hundió). Pero la cuestión es simple y consiste en interrogarse cómo es posible medir el rendimiento de la cultura en millones de euros. ¿Cómo medir la validez de la investigación fundamental? La gestión de los museos no debería supeditarse a una norma de beneficios trimestrales.

Hace años, muchos años, hubo museos que investigaban, publicaban, incluso promocionaban excavaciones arqueológicas. Hoy estas actividades se están terminando. Es como si les hubieran dicho: «Vosotros, a conservar lo que tenéis; a exponer y comunicar al público lo que se expone. ¡La investigación no es cosa vuestra!». Pero, entonces, ¿cómo innovar? ¿Cómo crear nuevos contenidos? ¿Cómo mantener la mente despierta de los que trabajan en semejantes depósitos de materiales?

Los museos no tienen salvación a la vista dentro del sistema actual: son una especie de bastiones del statu quo. Han de recuperar su actividad científica; han de ser centros de investigación vivos; han de priorizar la creación de conocimiento; han de incorporar científicos en sus equipos. No es cuestión de maquillaje; es una cuestión estructural. Las ideas y los proyectos de los museos, en el futuro, deberían juzgarse, no por su potencial lucrativo o de gestión económica, sino por su importancia científica, por su rigor, por su capacidad de emocionar a los visitantes y de contagiarles el entusiasmo de descubrir algo verdaderamente interesante.

[EN PORTADA: Interior de la Galería Nacional de Arte, en Washington DC]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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