Diarios de cuarentena

Pandémica, terrestre, infernal (5)

Quinta entrega de la antología de poesía de EL CUADERNO, que reúne diferentes formas de mirar al mal, al miedo, al desasosiego y a la incertidumbre generadas por la epidemia de 2020.

EL CUADERNO ha reunido los textos de un grupo de autores que desde sus cárceles de la cuarentena ha descendido a los infiernos de la pandemia para atisbar la tragedia, pero también la luz, de i nostri tramonti. Durante los próximos días se publicarán una selección de poemas que nos interrogan sobre los distintos rostros de la condición humana y sus fatalidades. Las tres primeras compilaciones recogían textos de José Luis García Martín, Fernando Menéndez, Antonio Manilla, José Luis Gómez Toré, Rosario Neira, Pelayo Puente Márquez, Emilio Amor, Avelino Fierro, Ángeles Carbajal, Carlos Alcorta, José Luis Zerón Huguet, Candela de las Heras, Lourdes Álvarez, Antonio Rivero Taravillo, Sergio Fernández Salvador, Yasmina Álvarez y Héctor Pérez Iglesias y Álvaro Valverde, José Luis Argüelles, Ada Soriano, Luis Muñiz, Marta Mori y Fernando Menéndez. La quinta entrega de Pandémica, terrestre, infernal incorpora textos de  Tomás Sánchez Santiago, José Ignacio González, José Manuel Benítez Ariza, Fermín Herrero e Inaciu Galán.

Tomás SÁNCHEZ SANTIAGO (Zamora, 1957)

Tres poemas

Himno de los adverbios turbios

saltaron los alambres que fijaban las palabras
de la felicidad

bocas incautas podían seguirlas pronunciando
pero ya se habían desconchado
sus fachadas de sílabas

de repente

golpe
y porrazo

también el hueso firme de las extensiones
dejó de distinguirse y nadie sabe ahora
qué dice cuando dice:

            cerca
                         lejos
            aquí
                         allí

bajo la piel de los adverbios
las láminas de la exactitud
no nos esperan ya, no nos revelan
nada:

            dentro
fuera


gramática nefasta
desdentados y sin constancia,
los nombres ya no nos pertenecen
en este tiempo molido
por las incertidumbres y los decretos:

            nunca
                         jamás
            tampoco
                        acaso

su médula cansada tiende al frío
o a la belleza oscura de la desolación

solo entra a los oídos un rumor
de húmedos paños brutos
y todos repetimos, sin ganas
y con la voz sedienta —como el coro
arrugado de aquellos niños: «mil veces ciento,
cien mil…»—, el himno del deseo
que nadie nos había enseñado
en las escuelas
para, al menos, detener un poco más
en las honduras residuales del corazón

el fervor ciego de vivir

Pandemia

Y no estaría tan mal terminar todo aquí.
El mundo, mal cuajado como una malograda
bechamel, detenido de pronto
en todo lo alto, igual que un gran reloj
parado para siempre.

Sefiní. Chao. The End. Adiós, muchachos.

Y lo siento. Lo siento
por los perros, tan resueltos cada mañana
a la estampida de la alegría. Y por los enamorados,
que se quedan sin manos para arañarse
dulcemente. Y también por los ojos sin trampa
de los niños y por las criaturas
del fervor (esos pájaros de temblor
vivaracho, esos insectos atareados sin pudor en vigilar
lo invisible, como los poetas). Por poco más
lo siento.
            Irse de golpe todo, terminar
de una vez con el dolor y la desesperanza
de la mayor parte de mis semejantes.
                        O, al menos,
irme yo, saltar
al otro lado,
ahora que todos están distraídos
palpándose las ropas, comprobando el alcance
de su respiración. Entretenidos
en demostrarse unos a otros
que aún dominan el asunto de estar vivos
y pueden volver un día, cualquier día,
a la costumbre y a la facilidad
de justificar la mampostería de su existencia.

Estaría bien. Levantarme, pedir
permiso y salir a oscuras procurando
no rozar las rodillas a nadie, como quien se marcha
de la sala a ciegas en mitad de una película,
ahora que esto se ha puesto así,
tan oscuro de porvenir,
ahora que el mundo es un lugar extraño
y sin caricias, lleno
de música desafinada,

ahora que nadie tiene labios y la risa (¡ay,
la contagiosa risa!)
se disuelve en muecas voluminosas

y crecen peliagudos los relatos

y se niega a sonar, como una crema cansada, el pulso de los niños

y todos nos amontonamos en las habitaciones

y nada me va a ayudar a llegar
hasta ti.

Canción de ánimo

No te vengas abajo, corazón.
Tú nada has de saber de esos pozos
nocturnos que llenan de trallazos
el alma de las cosas.
                                    Ánimo, ánimo,
sigue, mi pequeño cordero atormentado,
sigue adelante, álzate ahora y busca
pasto aunque sea entre las flores últimas
del día

y no hagas caso nunca
de ese sabor a lágrimas,
a pescados oscuros
que arrastra el aire hasta los callejones
donde hombres abandonados tiran sus ropas
a la cal, llenas de pesadumbre
y aún con restos hirvientes del amor.

Ahora tú
alza la cara, alza
la voz
y canta sin crujidos,
corazón mío,
suelta tus huevas blancas otra vez
y aguanta el oído contra el mundo

aunque oigas solo
ahí
el jadeo asustado
que a todos nos retiene
en la espesura atroz de nuestros domicilios.

Yield VI, de Faustino Ruiz de la Peña (2020)

José Ignacio GONZÁLEZ (Siana-Mieres, 1960)

El poso de la sombra en los relojes

Para que nadie ignore
el poso de la sombra en los relojes,
diré que fui silencio algún otoño,
que tuve entre las manos las migajas
de un tiempo de esperanza,
y que sembré con ellas estas tierras
donde hoy corren los niños.
                                                     No hay latido
más cercano a los sueños
que estas briznas de paz que se estremecen
en los acordes de un violín,
                                                    que, a veces,
también erré los pasos,
que quise detener, inútilmente,
el tiempo de la dicha.

Que me fue dada toda la hermosura
de una vida sin miedo, que ahora dejo
en los surcos de luz de la memoria
las consignas que deben ser cumplidas.

Sabed que la poesía sólo es cierta
si todas las palabras fueron vida.
Triste es que todo pase,
pero más triste es no dejarlo escrito.

El despertador, de Diego Rivera (1914)

José Manuel BENÍTEZ ARIZA (Cádiz, 1963)

Marzo-abril 2020: Paisaje con flamencos

Pudiste comprobarlo en aquellos sombríos
meses de 2020: si algún día
el hombre se extinguiera, si quedaran
desiertas las ciudades y una especie de lepra
deshiciera las tensas nervaduras de hierro
del hormigón, mientras la hierba, como
ocurre en ciertas zonas industriales
desmantelandas, va invadiendo
poco a poco el asfalto;
o si, sencillamente, el temor a estas cosas,
como ha ocurrido ya, despoblara las calles,
incluyendo el paseo flanqueado de palmeras
que mira a las marismas
en torno a mi ciudad, entonces,

ante esa desacostumbrada
calma sobrevenida, algún flamenco
de los que habitualmente se refugian
en los recesos del marjal,
perdería el temor a ese fragor
lejano de las zonas habitadas
y poco a poco se desgajaría
de la seguridad de la bandada
para asomarse abiertamente
—todo su cuerpo un gesto interrogante—
al pretil que separa nuestro mundo del suyo.

Ahí, frente a las palmeras desmandadas,
probaría a picar en el barro inmediato
a donde no hace mucho se sentaban
las parejas de novios y los desocupados.

Y luego seguirían otros, hasta
que, como sucedió en aquellos anómalos
días de 2020, el frente entero
del paseo desierto se llenara
de flamencos danzando su espaciada
coreografía ancestral
de lentos movimientos, sostenidos
sesgos y milimétricas
inmersiones del pico en pos de un rápido
reflejo que se escurre entre sus patas.

Eso hicieron entonces,
ahí enfrente, casi al pie de mi ventana,
como si no estuviéramos;
como si esos extraños roquedales con huecos
de los que a veces pende un postigo batiente
y en los que ahora anidan las gaviotas
no hubieran albergado
jamás una conciencia que interroga,
una mirada que constata,
un instante final, inútil, por tardío
—y aquí también nosotros intentábamos
atrapar un reflejo—,

de deslumbrada lucidez.

Cuadro del propio Benítez Ariza para acompañar su poema

Fermín HERRERO (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Que vuelva a ver, de buena mañana,
la bruma rasa por el pinar,
un ligero pespunte, mientras desafina
el mirlo en sus maitines, pletórico
—los mirlos cantan como les viene en gana,
a su albedrío, como lo notó Stevenson,
no tengo en la cabeza su melodía—
y, al callarse, se escuche el rumorcillo
que acude alegre, como retozando,
por el arroyo claro, el que nacía
de la fuente serena, allí.

Mirlo de ala roja, de Joseph Laurro (2013)

Inaciu GALÁN (Gijón-Xixón, 1986)

Nel andanciu

¿Cuántu tiempu llevo en casa?
Pienso mientres el reló
avanza ensin decatase
de les circunstancies.

Y l’aire ximelga la ropa
secando nos tendales,
les gaviotes son les ames del cielu
y el so glayíu nun lu tapez nada.

¿Cuántes hores ente estes cuatro paredes?
Revisando, recoyendo, recordando,
escaeciendo, esbillando, esbabayando…
Sintiendo tantes coses.

¿Cuántes llárimes cuando atapez?

Y nunos años, da igual con quien,
da igual ónde, vas parar a falar
nuna plaza soleyera de Palermo
o nuna cai con baruyu de Bangkok,
y entrugarás:
¿Qué fixisti tu cuando l’andanciu?

Asoméme a la ventana
Y escribí poemes,
Falé colos vecinos
Baillé con ellos
Lloré, porque’l tiempu nun para
Y la vida siguía esperando
Dempués de la posa
Y calmé los nervios
Con amigos al teléfonu
Y eché unes rises en familia
Y lluché como pudi
Polo de siempres
Con toles ganes,
#dendecasa
Escalé y desescalé
Pelos sentimientos,
Sentí dolor con cifres
Asustéme y frivolicé
Creí y nun di créitu.
Vi, sentí y
Tanto recibí
Que nun retuvi nada.

Asoméme a la ventana
Y vi xente triste
vi soledá
vi solidaridá
vi un mundu distintu,
estrañu y al mesmu tiempu
mui real, mui duru.

Y quedo escribiendo,
Mientres la xente duerme
Y aguarda un día más
Cola esperanza
de que seya unu menos.

En la epidemia

¿Cuánto tiempo llevo en casa?
Pienso mientras el reloj
avanza sin percartarse
de las circunstancias.

Y el viento agita la ropa
secando en los tendederos,
las gaviotas son las dueñas del cielo
y su graznido no lo oculta nada.

¿Cuántas horas entre estas cuatro paredes?
Revisando, recogiendo, recordando,
olvidando, seleccionando, haciendo el tonto…
Sintiendo tantas cosas.

¿Cuántas lágrimas cuando anochece?

Y en unos años, da igual con quien,
da igual dónde, vas a parar a charlar
en una plaza soleada de Palermo
o en una calle alborotada de Bangkok,
y preguntarás:
¿Qué hiciste tú cuando la epidemia?

Me asomé a la ventana
Y escribí poemas,
Charlé con los vecinos
Bailé con ellos
Lloré, porque el tiempo no para
Y la vida seguía esperando
Después de la parada
Y calmé los nervios
Con amigos al teléfono
Y me reí en familia
Y luché como pude
Por lo de siempre
Con todas las ganas,
#desdecasa
Escalé y desescalé
Por los sentimientos,
Sentí dolor con cifras
Me asusté y frivolicé
Creí y no di crédito.
Vi, sentí y
Tanto recibí
Que no retuve nada.

Me asomé a la ventana
Y vi gente triste
vi soledad
vi solidaridad
vi un mundo distinto,
extraño y al mismo tiempo
muy real, muy duro.
Y quedo escribiendo,
Mientras la gente duerme
Y espera un día más
Con la esperanza
de que sea uno menos.

(Traducción del autor)

Niebla en Gijón, de Juan Díaz

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