Diarios de cuarentena

Pandémica, terrestre, infernal (y 8)

EL CUADERNO cierra, con la octava entrega, una antología de poesía en la que 44 autores han recorrido con su escritura los abismos y las luces de la epidemia de 2020.

EL CUADERNO concluye, con la octava entrega, la antología Pandémica, terrestre, infernal en la que han participado 44 autores que desde sus cárceles de la cuarentena han descendido a los infiernos de la pandemia para atisbar la tragedia, pero también la luz, de i nostri tramonti. Todos ellos han rastreado con su escritura los diferentes formas del mal, del miedo, del desasosiego y de la incertidumbre que ha generado la epidemia de 2020, pero también los diversos rostros de la dignidad de los seres humanos. Se cierra esta antología con Fernando Sánchez Pendones, José Manuel Suárez y Ricardo Labra, cuyos nombres se suman a los de José Luis García Martín, Fernando Menéndez, Antonio Manilla, José Luis Gómez Toré, Rosario Neira, Pelayo Puente Márquez, Emilio Amor, Avelino Fierro, Ángeles Carbajal, Carlos Alcorta, José Luis Zerón Huguet, Candela de las Heras, Lourdes Álvarez, Antonio Rivero Taravillo, Sergio Fernández Salvador, Yasmina Álvarez, Héctor Pérez Iglesias,Álvaro Valverde, José Luis Argüelles, Ada Soriano, Luis Muñiz, Marta Mori, Fernando Menéndez, Tomás Sánchez Santiago, José Ignacio González, José Manuel Benítez Ariza, Fermín Herrero, Inaciu Galán, Melquiades Álvarez, César Iglesias, Carmen Crespo, Xuan Bello, Pelayo Fueyo, Pablo Fidalgo, Pedro Luis Menéndez, José Carlos Díaz, Javier Almuzara, José Luis Piquero, Martín López-Vega y Pablo Texón.

Fernando SÁNCHEZ PENDONES (Les Arriondes, 1946)

Desescalada

Tiempos con orden para conquistar
los días,
que el dolor no huela,
la quietud dejará de ser
un paisaje cotidiano.

Ahora tendremos extremidades
no piezas de baile.

No hay desamor, ni venganza,
sólo despedida de una
etapa
donde la memoria guardará
esa postal, sin que la mojen
lágrimas.

Ya no se puede esperar
fumando,
el tabaco también mata.
Los límites los haremos todos
para que la alegría
no sea como una metralleta
que taladra.
A bocas que estuvieron mudas
volverán las palabras,
las deudas con el silencio
quedarán saldadas.

La prudencia no es preciso
firmarla,
hay una obligación en los ojos,
lo que vemos no tiene que ser
manipulado.

Igual que la prosa convive
con el verso,
nosotros también debemos
acostumbrarnos.

Aún no sabemos si estamos
a mitad del camino porque
no vemos la meta,
por eso, sin necesidad de gimnasia,
tenemos que prepararnos.

Acariciar el día a día
con dedos de futuro,
para que este no se vaya
oxidando.

Hay que volver a reinventarse,
caminar siempre con la empuñadura
en la mano.

Camino cerca de Sèvres, de Alfred Sisley (1879)

José Manuel SUÁREZ (Piedresnegres-Llaviana, 1949)

Des(as)cendimiento

I

PRELUDIO

El siempre herido

I

Te han tendido una trampa, pobre amigo,
que arrastra tras de sí más necia muerte.
Cuando te das la vuelta, y miras, ya nada puedes ver:
tus pasos acompañan,
halagando sus huellas,
a otros pasos, serpientes
de inaudible respiración y cuerpo entero.
Sin malicia,
te entregas a la conversación,
sagrado imán.

No terminas de ver y ciegamente afirmas,
cervatillo avistado como pieza o trofeo.
Creyéndote seguro, por tu campo te mueves. No recelas.
Vienes y vas saltando alegremente.
Estás donde tú quieres, de otras almas llevado,
y en atracción de dones ofrecidos.

No sospechas contagios,
pero abatido estás.
Nunca verán tu sangre, cegada como tú, cayendo
del aire que tú amabas.
Entonces llorarás.
Pero estás solo. Y mejor será que no termine el viaje,
que te dejes llevar donde tu estirpe aguarda.
Cuando acaba el combate
las cenizas, ardientes todavía,
seducen al deseo,
que quisiera apagarse y no gozar la tarde sino herirla.
Pero tú no sabrás.
Te faltará el valor,
o quizá la impiedad de quien tiene y conquista.
Cuando mueras ya has visto.
Pesan sobre tus hombros, sabios, en majestad doblados,
las manos que te hirieron como el hierro
que no quiere esperar,
que a todos va igualando con el mismo dolor.
Veremos más abismos,
pues está por venir lo más terrible.

II

¿Y quién se cuidará de tus heridas?
Quién te podrá sanar de nuestra muerte?
¿Adónde irás sin que te infecte el aire?

No puedes combatir. ¿Quién, enemigo?
¿Y las armas igualarán los brazos?
Estás huyendo y no te reconoces
en lo que fuiste ni en el sol que amabas.
Tus ojos ya no ven pues ciega el frío.

Has bebido la hiel con todo el cuerpo.
En grutas remotísimas te ocultas,
donde tener más tuyo todo el llanto:
horas serán de un nunca contra el alma.

De aquella sima vienes: tu consuelo,
donde, amante, retornas, y doliente.
Tus manos, traicionadas. Encadenado vives.
Tanta sombra y silencio fueron antes palabras
cercanas, confidentes.

Después, lejanos astros,
cómodamente fríos,
cercaron tu pobreza. La envidiaron.
Por eso nada ves. Ni gritas. ¿Y esperabas?
Necio para las máscaras, vencido,
maniatado, suplicas. Pero tu sangre espera.
Cuando quieras llorar ya no verás tu muerte.

Y entonces, todavía,
volverás a esperar
jovencísima nieve, lo azul sobre los montes,
un río,
un ala,
un vuelo,
nuevas luces de un alba que no acabe,
y aquello que en tu día tan adentro guardabas.

III

No te sostiene el mundo. Tú estás fuera.
Desnudo de armaduras, barquero de otras aguas,
combates, sí, por fin, desde ti mismo.
Son otros frutos
los que la noche dio. Verás, cegado.

¿Qué dios adorarán los que te cuidan?
¿Qué dios adorarán los que te lloran,
pobre amigo que mueres porque amabas?
Nunca perecerás, el siempre herido.

II

KIRIE

Te desnudan también de lo que eres

I

Es el hierro. El hierro. Pesa y rasga. Hierro afilado hacia la carne
viva; la insidiosa reja; noche, miedo, desgarro. Es el hierro.
Quietísimo, se adentra. Entraña y frío. Mazo de triturar, mazazo, sucia
muerte. Las lanzas, limpiamente, están cayendo. Anocheciente pan
para unos labios yertos. Solo la boca ve. No llegará a la cena el invitado.

Pero nosotros, solos, solos. ¿Cuándo amanecerá? Se acortan
las cadenas. ¿A quién suplicaremos? Se estrecha el cerco. El pozo,
sin estrella. Bebemos de este barro, sorbemos, succionamos.
Qué concienzudamente vamos. Ya no llena la nieve la memoria.
Se oyen pasos, pero ver nos ciega. La roca en que tropezamos: un pedernal
en puño trepador. Tú, sol, no te desmorones: has de seguir viniendo.

II

Piedra de Elifaz, roca de Sofar, pedernal de Bildad:
qué bien han levantado su noche sin afueras.
Las sienes, lapidadas. Ríomuerte en tromba. Son dientes de sierra
contra un silencio pacífico: los eficientes colmillos de fuerza
imperativa. Son. ¿Cuánto más serán? Mordazas, cicatrices; lágrimas
que se deslizan de un párpado vacío, perdedor. Sobre la nieve van los pies
descalzos. Colmillos los desgarran.

Tiempo ya de callar. Horas mudas, finales. La casa son
cascotes. La mano en los escombros rasca, escarba. Los caminos,
zarzas invasoras contra unos pies sin patria. .

III

Escoriaincrustaciones, costras duras cierran estos labios.
Pisa el pie sobre un rastro que no reconocemos.
Labios balbucientes, en vilo, y encendidos.
La escoria los cerró. Tu cayado en la nieve ya no ayuda.
Claridad depredadora. Los días son ceniza contra los ojos.
Oíd, oíd, creyentes insumisos, la fe de vuestros látigos amados,
–la piedra de Elifaz contra la sien que sangra. Y cae.

Todo clama: ¿Cómo ha sido? Yo no… ¿Cuándo, tú? Se acaba el día.
La amputación: un acero feroz que te sierra por dentro.
El surco en que te miras fue de ti cercenado, de tu brazo extendido.
Sin tu saco de siembra nada nace. A borbotones
seguirás removiendo la tierra. Cavas,
cavas pero tu nacimiento han abortado.

IV

Callas. Fue tu razón. Mira tus días: la luz que no has tenido
mejor te alumbra. ¿Cuándo darás más cuerpo a lo que sabes?
Congrega tus afanes dispersos. Con qué tenacidad muere tu pecho.
Porque has callado mucho, te desnudan también de lo que eres.
Las losas en que estás te van sabiendo.
Cómo amarás el plomo con que caes.

Tantos labios sin ti te están tañendo

I

Luz negroazulada, arriba. Rejas de arado, aquí, que ahondan,
llagadoras. Florecen los espinos
de marzo: estigmas de tu sed en la derrota. La semilla
se da sin combatir. Quien duerme orada su infinito.
El afán destronado cerró la puerta. Ya no quiere mirar.

Allí dentro otro fuego mayor se está avivando. Reinaron
los despojos, atrincherados en el altar vacío,
sobre todos los días que vinieron. Llevamos con nosotros las ascuas
en que la cena hierve. El humo es un sudario. Mi alimento
me da desde aquel día. Una brecha en el dios
tan a mano. Feroz, el mazo firme. Esquirlas en los ojos ciegan
lo más amado. Rueda monte abajo la roca de Sofar. Arrasará
los muros de la casa.

II

Trincheras cavaron contra nosotros las mismos brazos
que entonces nos buscaban. Cómo hablar. No podremos.
Late un vino que nos enciende, no de consuelo, tantas veces triunfal
habladuría, de sombra alumbradora. Quedémonos anclados a la copa,
que no es mentira, cuando sobre la mesa transfigura en breve paz
presente migajas que han sobrado.

Pero qué bien sabemos que muy pronto volverán a mordernos
las cavernas. Allí, descuartizados, fríos, todo el sol
y los ojos. Las águilas han vuelto. Astutamente nos pensaron.
No deja rastro la impotencia de madre amedrentada.
Pero un cuerpo infectado no entiende de multinacionales.

III

No recuerdo tu rostro. ¿Cómo hablarte? La furia del que hiere
nunca fue perezosa: ametrallante, con su medido horror contra el callado.
Llega, cumplidos ya los días del que espera, del que presiente
la tierra sobre sí. Y aún sonríe. Los cómplices le abrazan.

Qué lucidez entonces. Qué certero callar. Nada removerá sus labios.
Son nieve en que la huella fue. No solo da dolor, ciega los pasos.
¿Podrá decir un rastro lo que ha sido o lleva, hundido en la maleza
que lo abriga y seduce sin ternura? Dejado allí,
¿dirá lo que sabe y lo que ha visto? Sigo aquel rastro: solo el vuelo
de un ala al ir cayendo. Tantos labios sin ti te están tañendo.

IV

Coronado de auroras has nacido. No mueren los muros,
losas frías te llevan a aquel fuego en que te abrasas. Más albas llegarán
para el despierto. Callas. Pero no ignoras. Amaneces, y una espada
ostentosa está a tu lado. ¿Ves la rosa cortada a tu medida?

Te roza su amenaza en beso vil.
Son las huellas de un ala al ir cayendo.

Aquel cuerpo clavado en cruz de escorias

I

Vimos piedra enflechada. No vimos dianas que abrieran claridad
hospitalaria. Vimos del arco su tesón ambicioso. No vimos
púrpura noble ni gesto de perdón. Vimos campanas suspendidas
de su duelo. No pudimos ver lágrimas tuyas, aquí, junto a nosotros.

Gira el torno desde este tiempo de nadie a otro tiempo sin nadie.
Ya que así fuimos desterrados, bebemos en lo oscuro
de rebosante vaso, fiel heredad en el quicio del tiempo. Se escuchan
las cadenas. Deja el hueso su rastro. Relumbres enrejados
quisieran galopar desde orientes distantes. Me arrastra su embestida.

II

El paso, balbuciente, miedoso a arremetidas, como cuando subimos
las gradas numerosas. Con el vino sangrado se adormila el dolor.
Pero tú, laborioso, al acecho, pedernal de Bildad
contra el callado, taladrado de ardiente habladuría. La espinas
dan su hierro y certeza. Penetran los cuchillos; se engolfan
en la herida, vaciándote.

Despertaremos y conoceremos. No se cerrará la herida que recuerda
soles ciegos, cegados. Fuimos callando todos. Todos:
los retenidos en la supuración de patria y tiranía. Piedra a piedra,
pared para quien edifica entre huesos. Rastro propio y ajeno; calle
de grava para unos pies descalzos.
Un camino entre escombros y pompas calculadas.

III

En cuclillas la frente, en la mañana y tarde y noche y mediodía.
A todas horas una sonrisa que complace al fuerte.
No dejan rastro los pies del compasivo. Quedan sus ofrendas
en puerta sin adentro. Ellos, allí, tiritan de extinción.
Azul, negro ya a traición, negroluciente cielo sobre un corazón
encendido de ver, llama grande —no sigilosa llama—, vela y voz.

Latido para dar sin beneficio, sin cálculo de intereses;
solo arder. Lámparas de más noche, ya apagadas:
nieve o flor hacia ti, en tu rincón de hostiles bendiciones.
Clavado quedó un cuerpo contra su cruz de escorias.

IV

Fue tu raíz y verdad el día en que supiste ser tierra en la tierra.
Sabes con otra voz. No te engaña: mudo vuelo de labios que aletean.
Testifica que han robado tu pan.
Tu voz te lleve. Para dar en tus losas otros pasos.

Llénate, Job, de quietud y vacío.
Verás tu plomo un día, desascendiendo, en vuelo arriba.

III

CODA

Saber es recordar lo padecido

I

Dolor sobre dolor, vuelven a casa
tus pasos.
Atrás quedó, sin asilo y sin dueño,
la huella padecida.
Los labios, si enmudecen,
destilan su avaricia
por ver, y retener, y amar su miedo.
Ya acabó la jornada. No se cierran
las heridas que el hierro desgarró.
Agónica ceguera ve su casa.

II

Este miedo que mata
también salva y sabe.
Saber es recordar lo padecido,
llagándolo de ser. Misericordia
que no es embuste ni fraude provechoso.
Ya amanece, y es luminosa el alba,
pero sin resplandor ni dueño.
Sin fe. Sin acogida. Mas tú
volverás a ser niño llevado de la mano.

Los Dents Blanches en Champéry al sol de la mañana, de Ferdinand Hodler (1916)

Ricardo LABRA (Llangréu, 1958)

(1) Augurios y adioses

Esta montaña pertenece al cielo.
Su materia es de luz.

Ángel González

Fulgor amarillo

Una luz fría y áspera
recorre las calles
como un cuchillo desdentado.

Sangran los recuerdos sin saber quién liberó
los peces insomnes de  las viejas heridas.

Razón de ser

Todas las cosas que contemplamos tienen el sabor
—o el color o el sonido, no estoy seguro— de un recuerdo.

Todas las cosas que recordamos tienen el color
—o el sonido o el sabor, no estoy seguro— de lo contemplado.

Todas las cosas que imaginamos tienen el sonido
—o el sabor o el color, no estoy seguro— de lo vivido.

Fulgor rosa

Una jauría ensangrentada de lobos hociquea
la enfangada noche, devorando sus sombras.

Es la fiebre —le dicen—, ¿quién puede seguir el rastro
violáceo de las pesadillas?

Enero vuelca sus soles fríos sobre el tapete
mientras febrera la suerte,
                                           o era la muerte,
—la que me digo— está echada.

Razón de estar

Permanecer en el tiempo como una flor en la ladera
de un desabrido acantilado.

Permanecer en el recuerdo como el acantilado espera
que al abrigo de tu mirada vuelva
a germinar en la ladera su flor.

Fulgor añil

Nada hay más absurdo que el azar,
precisamente, porque nadie puede
sustraerse a sus guarismos, a sus cifras implacables,
a la serie infinita de sus números caprichosos
y al cruce incesante de  su fortuito fluir.

Una cifra que de pronto se tambalea
como tu mundo, como tu vida, como los infinitos
granos de arena de un verso.

Razón de permanecer

El roedor que se cobija en tus venas
huye calculadamente de ti esta noche.

Dame un beso, amor, el beso último
de un tiempo al que todavía
no le han estrangulado los relojes

para que los peces insomnes sobrenaden las esferas
y se mueran de asfixia sus latidos.

¡Qué listos los roedores y qué bien saben
leer las señales!
        Dame un beso, amor,
el beso último que me cobije después.

(2) Espacios y tiempos

Partir desde los sueños más remotos
hasta la piedra escrita por el rayo.

Alberto Vega

Vita flumen

Nada fluye por los arenales de la muerte
y en su quietud ningún cisne.
Nada
en el mismo lugar permanece.

Una vez más Heráclito vuelve
a ganar su redoblada apuesta.

El otro principio de Arquímedes

No todos los ojos son pardos
por mucho que pesen los fluidos
de sus lágrimas.
                            Dame los tuyos
y moveré mi mundo.

Covid sunt

¿Dónde están las mujeres que tejían las sombras
y urdían las luces del día?
¿Dónde están los hombres que arreglaban
las horas torcidas
y las bielas de los segunderos?
¿Dónde se ha ido el sabio anciano
y la docta profesora?
¿Por qué no han acudido al trabajo
los disciplinados empleados
y no han ido a sus iglesias los devotos feligreses?
¿Qué sucede para que el mundo se haya vuelto
de pronto silencioso
y no haya gente en las plazas
ni niños adueñándose de las aceras?
¿Por qué los gorriones se han apoderado de las alas
de los aviones
y ya no hay aves exóticas sujetando las maletas?
¿Cuál es la causa de que la luna parezca la llama
luctuosa de un cirio desolado
sobre el sarcófago común de la noche?

Caballo de Troya

No hay enemigo pequeño.

A Goliat no lo derribó David con una piedra,
sino con un abrazo.

Non omnis moriar

Debajo de las cifras que borran los algodones
para que no se coagule la sangre
hay dos lunas gemelas.
                                         Primero
el verbo, luego la sombra
de su carne.
                     Solo los justos

significados de una vida pueden vencer
la implacable usura del tiempo.

No morirás del todo en los gemelos
latidos de otros labios.

Crepsidra o crisálida

Las gotas del tiempo tejen sus alianzas.
Hay quien llama a las hebras de su urdimbre
fatalidad, ventura, destino…
                                            Las dudas
que siempre plantean los paréntesis
de unos pasos.
                         Hoy no reniego de nada,
simplemente tiro de otro hilo de la trama.

(3) Espejo

¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!

César Vallejo

Cámara oscura

Fuiste buzo o astronauta de regiones ignotas.
Ahora, recién llegado de una burbuja de oxígeno,
vuelves a amasar con tus manos la luz de la tierra.
Lázaro renacido del espejismo y del artificio
para que la vida pueda enfrentarse de nuevo
a su fracaso.

Metamorfosis (I)

Tu rostro busca la máscara adecuada
en el espejo,
                  Hamlet o Fausto,
mientras el niño que fuiste juega a disfrazarte
con el ropaje reconocible de cada día.

Propósitos de enmienda

Vuelves del sudario a la casa
vacía,
       como un espectro
—te delata tu palidez—
pero con los ojos intactos
de la vida.
               Ahora, dime,
¿qué vas a hacer entre los muertos?
¿Volverás de verdad a ser un resucitado?

Metamorfosis (II)

En Altamira un cazador dibuja
un bisonte
al que Picasso en su cuadro
da las últimas pinceladas.
Jugar a ser otro
siendo el mismo.
                          Caín
que matará al bueno de Abel.

La luz tiene sus invenciones
y también sus fantasmas.

El crucificado

En la soledad de su cuarto notaba
cómo se ensanchaba su esperanza
y se desprendía de sus brazos

por mucho que los extendiese.

Metamorfosis (III)

Otra vez ante las dos caras
del espejo,
como si tal cosa:
                          gusano
o mariposa.
                   Ya siempre escindido
en dos mitades.

Caín y Abel, de Pietro Novelli (primera mitad del siglo XVII)

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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