De rerum natura

Un país sin paletos

Escribe Pedro Luis Menéndez que «a pesar de que desde hace unas décadas utilizamos la pantalla de un supuesto ecologismo de salón [...], y abarrotamos las verdes praderas bajo la etiqueta de turismo rural, nuestra reivindicación del campo no llega a los nativos, que siguen siendo vulgares y bastos».

/ De rerum natura / Pedro Luis Menéndez /

La RAE define paleto como persona «poco educada y de modales y gustos poco refinados», advirtiendo su matiz despectivo, como también lo señala en otra de sus acepciones: persona «rústica y sin habilidad para desenvolverse en ambientes urbanos». Ese no saber desenvolverse en la ciudad procede, como es lógico, de la primera de las acepciones, «que es de un pueblo pequeño o del campo». Como el tamaño de las poblaciones es relativo en nuestra percepción social, a los ojos de quien vive en una gran capital con millones de habitantes a cualquiera que viva en una ciudad pequeña ya se le puede aplicar el término, como del mismo modo ocurre en la apreciación de una aldea para quien vive en un pueblo de cierta extensión.

Más allá del bucolismo intelectual del beatus ille horaciano y de las buenas intenciones del revival renacentista o de la alabanza de aldea de Antonio de Guevara, el campo ha sido históricamente menospreciado desde todas las ideologías modernas y contemporáneas. Para la derecha, el clasismo que exhibe el burgués no deja al margen su desprecio, al menos aparente, por el mundo rural, asumiendo incluso las contradicciones de sus propios orígenes. En 1993, Julio Llamazares ironizaba en un artículo titulado precisamente «Paletos» sobre uno de los cánticos de grada del fútbol madrileño cuando se enfrentaba a equipos de provincias: «¡Todos los paletos,/ fuera de Madrid!».  A lo que Llamazares añadía: «Esperemos que eso no ocurra: se quedaría vacía».

La izquierda no ha toreado mejor sus relaciones con el campo, si exceptuamos abertzales y nacionalistas en su defensa de la vida sana (excursionismo, montañismo, y afanes micológicos parecidos, también ridiculizados por quienes hablan de los de la boina enroscada), porque la izquierda urbanita, progre y moderna, de siempre ha contemplado con recelo el conservadurismo de las gentes del campo (nada nuevo: ya pensaban lo mismo los bolcheviques). Las únicas excepciones destacables las encontramos en los movimientos agrarios andaluces, herederos del anarquismo más puro (y duro), y vistos con bastante desconfianza desde cualquier despacho oficial.

Por supuesto, nosotros los urbanitas, desde la segunda mitad del siglo XX, somos los hijosdalgo frente a ellos, los paletos. Nosotros estudiamos, tenemos gusto adquirido y educado para la gastronomía, la moda, y hasta si me apuran para las tribus urbanas, con su propia cultura urbana, sin raíces pero urbana. Es la bandera de los nuevos ricos, aun en los casos en que no sean ni nuevos ni ricos. Y a pesar de que desde hace unas décadas utilizamos la pantalla de un supuesto ecologismo de salón (ese que nos empuja a adquirir productos saludables que pueblan las estanterías de los macrosupermercados a los que acudimos en nuestros coches), y abarrotamos las verdes praderas bajo la etiqueta de turismo rural, nuestra reivindicación del campo no llega a los nativos, que siguen siendo vulgares y bastos. Así que no puede extrañarnos demasiado que sus habitantes hayan decidido huir del estigma y vaciar, aunque sea por temporadas (las que el mercado del trabajo permite) sus lugares, sus lares y sus ocupaciones: ellos convertidos en camareros o albañiles y ellas (¡ay, aquellas sanísimas criadas y amas de leche!) en médicas o maestras.

Ya planteaba Paco el Bajo en la siempre magistral Los santos inocentes de Miguel Delibes «que los muchachos podían salir de pobres con una pizca de conocimientos», o cómo «ahora la Nieves nos entrará en la escuela y Dios sabe dónde puede llegar con lo espabilada que es», frente a la miseria humana y moral de don Pedro, el Périto, el personaje más ruin de la novela, digno representante de la clase media con ínfulas de parecerse a sus amos: «Ahora todos te quieren ser señoritos, Paco, ya lo sabes, que ya no es como antes, que hoy nadie quiere mancharse las manos, y unos a la capital y otros al extranjero, donde sea, el caso es no parar, la moda, ya ves tú, que se piensan que con eso han resuelto el problema, imagina, que luego resulta que, a lo mejor, van a pasar hambre o a morirse de aburrimiento» (triste argumentario sobre los explotados de la tierra en su discurso cínico y cobarde).

Así las cosas, desaparecidos los paletos de Delibes, con la excepción de unos pocos ancianos que ya no van a durar mucho (si nos ayudamos de más pandemias como la presente podemos hasta acelerar el proceso), nos dedicamos a la importación de trabajadores especializados y braceros extranjeros, que también son paletos, como los magrebíes o los subsaharianos, pero que ya «no son de los nuestros». Y ponemos el grito en el cielo cuando algunas organizaciones (ellos no se atreven) reclaman mejores condicionales laborales o sanitarias, o incluso insinúan —¡vaya sacrilegio!— situaciones de explotación o cuasiesclavitud. Mientras tanto, nosotros callados, tal vez porque tenemos la boca llena con las naranjas, tomates o fresas que ellos recogen.

En definitiva, ese proceso de huida que encabezaron los señoritos herederos de la vieja nobleza, que pasó por quienes salían de pobres estudiando o especializándose en trabajos no agrícolas, y que culminó con los braceros que pasaron a engrosar las cifras del paro o a malvivir en las ciudades con sueldos miserables, está hoy prácticamente culminado. La España vaciada no se volverá a llenar. Pero, con ellos, también se fueron sus saberes, sus oficios, nuestras raíces. Por eso, los medios de comunicación destacaban con grandes titulares hace unos días la presencia en nuestro país de esquiladores uruguayos, llegados en pleno confinamiento por la urgencia de la campaña de la lana.

No hay problema: somos un país rico; podemos prescindir de nuestros paletos mientras podamos contratar a otros paletos del mundo entero que gustosamente se ponen a nuestro servicio. Así somos los señores, tan ocupados desde siempre en defender a la patria. La que sea.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016), la novela Más allá hay dragones (2016), y el libro de prosas cortas Postales desde el balcón (2018). Recientemente ha dado a la luz en Trea el libro de poemas La vida menguante (2019). Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias.

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