Breviario de falsedades

Breviario de falsedades (12)

Nuevos microrrelatos y relatos cortos de José Manuel Vilabella, titulados 'Olvido', 'Maldición', 'VIP', 'Epifanía', 'Herramientas', 'Inversión', 'Subasta' y 'Boronov'.

/ por José Manuel Vilabella /

[OLVIDO] El hombre, que había cumplido 130 años y estaba cansado de la vida, salía al patio del asilo, miraba al cielo, agitaba los brazos como un molino de viento y gritaba a quien corresponda: «¡Que estoy aquí, caramba!».

[MALDICIÓN] Todos le sonreían al principio y le trataban con deferencia porque era un hombre distinguido y amable, educado, culto y con una conversación que, cuando él quería, podía ser fascinante; había viajado mucho y se notaba a la legua que disfrutaba de una desahogada posición económica, pero, a pesar de sus muchas cualidades, tenía muy pocos amigos. Las dificultades comenzaban cuando decía su nombre: «Me llamo Judas Iscariote y soy de una antigua familia de Galilea», confesaba abiertamente y con una sonrisa resignada porque sabía las consecuencias que su nombre iba a originarle. A partir de aquel momento se diría de él que era un pesetero y un mal amigo y que llevaba grabada en la jeta las siete señales del traidor. Se mató hace años en Guitiriz, en el balneario donde estaba tomando las aguas; se colgó de una higuera, lo que fue interpretado por sus amigos como una prueba de sentido del humor un poco triste.

[VIP] Cuando San Pedro lo abrazó y le dijo: «Bienvenido al cielo, don José», el industrial más adinerado de España, el ilustre difunto, no supo qué contestar al portero del cielo y, como era hombre generoso con los subalternos, se metió la mano en el bolsillo y le dio una espléndida propina.

[EPIFANÍA] Melchor, Gaspar y Baltasar empezaron a sospechar que se habían equivocado de regalos para el recién nacido cuando vieron lo desordenado que estaba el portal, lo inútil que era San José, lo desvalida que estaba la pobre María y lo guarro y maloliente que estaba el niño Jesús. Como los tres eran personas resolutivas se pusieron en contacto con las gentes del lugar y les cambiaron el oro por unas escobas, unos pañales, unos estropajos y unas pastillas de jabón, y los pastorcillos de Belén, al comprobar el magnífico negocio que habían hecho, se pusieron muy contentos, se emborracharon y se pusieron a bailar y a cantar villancicos, los primeros villancicos de la cristiandad.

[HERRAMIENTAS] Los objetos personales que descansaban encima de la mesilla de noche decían con toda claridad las virtudes que adornaban al difunto: el par de gafas graduadas, el monedero, la cartera de piel de Ubrique, el juego de ganzúas, las llaves del coche, el antifaz de cuero ajado, la fotografía de una señora mayor con sombrero, el revólver cargado y el puñal de asesino a sueldo. El director del Gran Hotel Excelsior dudó solamente un minuto cuando se encontró su cadáver. El médico certificó que había fallecido de muerte natural y la autopsia corroboró lo que dijo el galeno. El cadáver salió discretamente del hotel, por la puerta de servicio. El director hurtó los utensilios profesionales de aquel canalla y se los llevó a su casa. Los miraba con frecuencia y se imaginaba la vida aventurera de aquel huésped al que solo conoció de difunto. La comparó con su vida rutinaria y se sintió infeliz. Una noche salió y utilizó las ganzúas para robar en la casa de unos amigos ausentes; convirtió en una rutina sus salidas nocturnas y empezó a utilizar el puñal. Llegó a ser un asesino a sueldo de prestigio y dejó una fortunita a sus herederos con los trabajos extras. Se jubiló como director del prestigioso hotel. Yo lo conocí, le hice un encargo que cumplió a la perfección. Mató a mi socio, a Manolo. Era, lo recuerdo, un hombre elegante, muy amable.

[INVERSIÓN] El mendigo del sombrero de copa decía, en el cartel escrito a lápiz que tenía colocado en el suelo, que pagaba intereses del doce por ciento de las limosnas recibidas, y las gentes adineradas y generosas hacían cola durante horas en la vía pública porque las caridades aquellas, además de deducibles en la declaración de la renta, eran un chollo como inversión.

[SUBASTA] Adquirió en una subasta un conjunto de documentos manuscritos e impresos de las últimas disposiciones, gastos, mandas, ruegos y deseos del reo Felipe Gómez, cuya sentencia fue ejecutada en Murcia el año 1923. Tuvo que pujar con un coleccionista navarro que quería quedarse con el dossier y el expediente le había costado una pequeña fortuna. Pero aquella inversión cuantiosa mereció la pena. Con setenta años de retraso pudo enterarse de cómo había sido su padre y ver su firma plasmada en un papel, su letra infantil y torpona, sus adioses de última hora. Su madre nunca le había contado nada de su origen y solo por casualidad, y cuando era un anciano, había tenido conocimiento de la terrible historia: la violación de su madre y el asesinato del guarda, el prendimiento de su progenitor y su posterior ejecución en el garrote vil. Lo que más le impresionó fue la fotografía algo borrosa de aquel joven altanero que le miraba a los ojos; aquel joven que era su vivo retrato, que se parecía a él a su misma edad y tenía su misma mirada perdida y turbia; sus mismos ojos atormentados e igual orfandad y desvalimiento en su actitud. Aquel joven que no había tenido su habilidad para escabullirse en la noche, en lo oscuro, después de cada agresión, después de cada aventura…

[BORONOV] La autobiografía de Boronov, que al fin se publica en España gracias a la iniciativa de Ediciones La Muralla, era un oscuro lunar en nuestro irregular mundo editorial. Mientras que en Alemania ha superado la veintena de ediciones y en Francia y el Reino Unido otras tantas, en España ningún valiente se atrevía con las 16.000 páginas de recuerdos del escritor ruso Vladimir Boronov que, como es bien sabido, afrontó su último trabajo cuando había conquistado la fama y la fortuna gracias a su prolija producción literaria. Treinta y dos éxitos ininterrumpidos y sobre todo la difusión masiva de Los hijos del diluvio, traducido a más ciento veinte idiomas, le catapultaron a la gloria universal y a la riqueza material en una época en que el bestseller era un fenómeno desconocido en el mundo editorial. La muerte de su esposa Olga y el suicidio de su único hijo, Igor, le hicieron retirarse a su inexpugnable castillo de Escocia donde vivía frugalmente dedicado a la escritura y a la meditación. Nadie tuvo acceso al escritor durante los veinte años de soledad y creatividad del llamado «zar de las letras» por unos, y «el antecesor al pensamiento bolchevique» por los analistas disidentes. Tanto sus exégetas como sus enemigos coinciden en que fue prolijo y contradictorio; defendió una idea y la contraria. Boronov, como aseguraron recientemente las más altas instancias de la política e intelectualidad de su país, pertenece a Rusia, a todas las Rusias. Es, en una nación convulsa, el inspirador de ideas para unos y otros.  Todos quieren apoderarse del cadáver del autor del Bien como desdicha, que falleció a la avanzada edad de ciento cuatro  años. Una vida que, a pesar de las exhaustivas investigaciones llevadas a cabo a lo largo de un siglo, permanece todavía plagada de misterios sin resolver. Su larguísima autobiografía habla de él, sí, pero apenas de su vida. Nada de sus primeros años, los de la niñez, poco de su proceso creativo, algo de su ajetreada vida sexual y escasas referencias al amor profundo que sin duda tuvo por su hermano Fiódor. Para tener ideas claras sobre la figura de Boronov es preciso leer sus obras maestras y el osado lector que se atreva a meterse en el laberinto de su autobiografía ira destruyendo, una a una, todas las certezas e ideas claras que tenía previamente sobre el personaje y su periplo vital. La lectura del voluminoso texto que él tituló con una sola palabra: Memorias, resulta apasionante tanto por su amenidad como por su estructura formal. El lector habitual, culto, que conozca a fondo la literatura rusa y que se atreva a comenzar los dieciséis volúmenes de letra diminuta de Memorias podrá salir indemne de la aventura si tiene suerte y fortaleza mental, o quedará enganchado y no podrá abandonarla y la leerá una y otra vez sin poder librarse de la atracción obsesiva que esta obra enciclopédica y extraña ha producido, a lo largo de un siglo, en miles de víctimas. Las secuelas pueden ser de aturdimiento pasajero que para superarlo se necesiten fármacos adecuados y la ayuda de psicólogos o psiquiatras. Es un texto adictivo y ha sido clasificado por la Organización Mundial de la Salud como lectura peligrosa y desaconsejan a neófitos o simples curiosos que no se adentren en la prosa siempre sugerente de Boronov sin tratados de apoyo, como el del inglés James Wrigth, de la Universidad de Oxford, que dedicó una década a detectar algunas de las trampas, trucos y hoyos profundamente depresivos que contiene la voluminosa autobiografía. James Wrigth enumera los numerosos capítulos que es conveniente ignorar y este reputado especialista, junto a un equipo interdisciplinar, está preparando una versión resumida de tres mil páginas que carece, al menos en apariencia, de peligros nocivos para la salud. Memorias ha sido la responsable de suicidios grupales, tendencia a la anorexia, insomnios enfermizos, adicción a drogas duras o integración en sectas destructivas. Si la lectura de cualquiera de sus novelas es indispensable para conocer el siglo XIX en profundidad, en Memorias alcanza la cúspide más elevada de la literatura rusa a pesar de su naturaleza enigmática que puede causar la muerte en los casos más extremos. El lector medio tiene que evolucionar en el entorno filosófico y equilibrio psíquico personal para gozar de la belleza de su prosa sin quedar lastimado por ella. Todas las ideas que se tengan sobre el escritor ruso, todas las certezas sobre su carácter y fuerte personalidad se irán desmoronando, o mejor, difuminando, hasta convertir su figura en un fantasma inquietante y gigantesco que, en unos casos, contribuirá al crecimiento personal de sus lectores y en otros a pesadillas y desasosiegos difíciles de olvidar pero que nos conducirán, en ambas alternativas, a experiencias inolvidables.

Lo más sorprendente de la vida de Boronov es su nacimiento y lo poco que se sabe de sus primeros años de vida. Cuando Andréievich Dostoyevski, médico del hospital Mariinski de Moscú dedicado a la ayuda de indigentes, lo encontró aterido de frío, sucio, hambriento y cubierto de harapos en la puerta de su lugar de trabajo, estaba muy lejos de sospechar que unos meses más tarde las autoridades rusas se lo darían legalmente en acogida y que sería considerado como un hijo más durante una década en el seno de su familia. El mozalbete de once años apenas podía balbucear unas cuantas palabras inconexas, acaso porque tenía más de cuarenta grados de fiebre. Temblaba y caminaba con extrema dificultad. El doctor ordenó su ingreso hospitalario y su primer diagnóstico fue muy pesimista. Creyó que no lograría sobrevivir la primera noche, que se moriría sin remedio y no llegaría a ver el amanecer del nuevo día. En uno de los bolsillos de los pantalones se encontró un pañuelo con las iniciales VG y una nota escrita que decía textualmente: «El portador de este documento es Vladimir Boronov, nombre supuesto y único superviviente de una noble familia caída en desgracia y que fue ejecutada por orden del zar por oponerse a su gobierno despótico. Si alguien le puede ayudar se ruega que lo haga. Dios Nuestro Señor se lo tendrá en cuenta». El doctor leyó el mensaje, se lo metió en el bolsillo y regresó a su domicilio muy intrigado. Lo comentó con su esposa María Fiodorovna, le mostró el pañuelo y el papel arrugado pero legible que estaba dentro de un sobre sucio, pero de excelente calidad; un sobre de papel de hilo, forrado y sin duda perteneciente al cartapacio de una persona adinerada. ¿Quién será este desdichado joven?, acaso se preguntó el galeno y ordenó a su esposa que no comentase con nadie la historia del moribundo. Los tiempos eran difíciles y no se podía confiar en familiares ni vecinos. La policía secreta del zar tenía espías en todas las clases sociales y la desaparición de familias enteras aterrorizaba al Moscú de la época. El descontento era general, el frío y la hambruna convertían a la capital rusa en urbe fantasmal y peligrosa; se mataba por un copec, se moría por un rublo.

Al día siguiente, cuando el doctor llegó al hospital, Vladimir Boronov estaba en estado preagónico. En la enorme sala donde se hacinaban los enfermos más graves el joven tenía los signos de la muerte en su rostro; la nariz afilada, pálido, inmóvil; un hilillo de saliva salía de la comisura de sus labios. Se acercó a él, le tomó la mano y el joven se sobresaltó, abrió los ojos y bisbiseó un «ayúdeme, se lo ruego». Ordenó a una enfermera que se le suministrase un plato de sopa caliente y continuó con su ronda de visitas diarias. Por la tarde le volvió a ver y lo encontró mejorado. Su aspecto era más saludable y había recuperado la consciencia, pero un halo de tristeza le envolvía. Boronov le sonrió y con dificultad le expresó su gratitud con un gesto. Andréievich Dostoyevski decidió poner todos los medios a su alcance para salvarlo. En el hospital para indigentes el presupuesto era bajo y había que administrar sabiamente los fármacos en enfermos que tuvieran alguna esperanza de sobrevivir. Aquello era un pudridero. Allí se iba a morir. No obstante, algunos podían superar sus dolencias graves porque la dedicación de facultativos y auxiliares era ejemplar. Se ocupó de él con preferencia y de alguna manera lo escogió para librarlo de la muerte. Vladimir era solo un niño que se aferraba a la vida con una fortaleza poco común. ¿Por qué Andréievich Dostoyevski decidió ocuparse de él, meterlo en un coche y llevarlo a su domicilio? Nunca lo sabremos. El doctor era un hombre severo, de carácter difícil, cumplidor en su trabajo, pero algo distante, e incluso con su esposa María Fiodorovna, a la que amaba y en la que confiaba plenamente, era complejo y amargo. El doctor era una persona de largos silencios. Bebía con parsimonia su copazo de vodka y dejaba su mirada perdida en el infinito. El paso de los años lo convirtieron en un alcohólico. La historia ha tratado mal a este personaje oscuro, de carácter atrabiliario y cambiante, que tenía accesos de furor. Las crónicas cuentan que era despótico y brutal, una mala bestia que murió asesinado por un grupo de siervos que antes de pasaportarlo al otro mundo lo torturaron con saña y pavorosa crueldad. Sin embargo, la complejidad humana es un enigma. Cada hombre, incluso los más violentos y despreciables, tienen un lado positivo y el doctor Dostoivski no era una excepción; salvó vidas y sintió piedad y misericordia por sus semejantes. Cuando llegó aquel muchacho desamparado María lo aceptó de buen grado. Él la miró y le dijo: «Es el niño del que te hablé. En el hospital se moriría sin remedio». No fueron necesarias más explicaciones. María era una mujer compasiva y el doctor lo fue también en aquella ocasión. Tenían un hijo, Ismael, un rapazuelo de tres años que observó al recién llegado con curiosidad. Boronov, todavía muy débil, les agradeció su proceder y con palabras y maneras distinguidas les expresó su simpatía. Se pasaba horas y horas metido en el camastro de su diminuta habitación donde era atendido por María, siempre seguida por Ismael, aquel niño afectuoso de ojos enormes y negros que se escondía detrás de las faldas de su madre, una excelente mujer que llevaba con alegría sus últimos meses de embarazo. Boronov salió de hoyo poco a poco y con la salud recuperó la sonrisa. Dijo no saber nada de su pasado. Sostuvo, a lo largo de los años que pasó con la familia Dostoyevski, que ignoraba todo respecto a su origen e infancia. Sus únicos recuerdos eran su deambular por Moscú; el frío, la violencia con quien alguien le despojó del gorro y el abrigo de piel y cómo unos hombres lo dejaron a la puerta del hospital. Uno de ellos le dijo: «Chico, entra en esta casa y tal vez te salves». No tenía memoria, pero sí buenas maneras. Hablaba un ruso refinado y un francés aceptable con María Fiodorovna, sabía leer partituras y tocaba el piano con destreza de alumno aventajado. Un día descubrió que su dominio del inglés era notable y empezó a hablarlo con soltura con el doctor Dostoyevski. El joven se fue recuperando y a los tres meses el moribundo gozaba de buena salud y ayudaba en los quehaceres de la casa, jugaba con Ismael y al ajedrez con el doctor. Andréievich Dostoyevski solicitó formalmente la acogida a las autoridades y después de unos trámites muy simples le fue concedida la tutela. Era frecuente aquella figura jurídica que evitaba asesinatos y abusos a los desamparados, a los pobres de solemnidad. Un mes después María dio a luz en su domicilio, en un parto difícil, a su hijo Fiódor. Boronov asistió, ayudó, transportó agua y angustiado escuchaba los alaridos de la parturienta. Al fin cesaron y Boronov creyó que la mujer había muerto hasta que escuchó el llanto de un niño. Le permitieron entrar en la habitación y María le mostró sonriente al recién nacido. Boronov se acercó y emocionado abrazó al doctor, besó a la madre y con una efusión acaso algo teatral y desmesurada acercó sus labios a los del recién nacido y le dio un beso en la boca, a pesar de que su aspecto no era nada atrayente. El niño era feo y estaba ensangrentado y sucio; necesitaba urgentemente un baño. Al sentir el contacto físico se puso a berrear y solo las caricias de la madre lograron calmarlo.

A partir de ese momento empiezan los años oscuros de Vladimir Boronov. Sus biógrafos del siglo XX citan todos ellos la misma fuente: el diario del doctor Dostoyevski, el tomo de notas dispersas conservadas en el Museo Estatal de Moscú, ubicado en la Plaza Roja. Los estudiosos de Vladimir Boronov han peregrinado uno tras otro para lograr desentrañar en este diario irregular algo que no hayan conseguido sus colegas. Inexplicablemente las autoridades restringen las consultas que se llevan a cabo siempre en una sala especial y con la vigilancia de dos guardias armados y, aunque se ha reclamado en varias publicaciones que se facilite a los estudiosos un facsímil del manuscrito, como ocurre con lo que se conserva de su hijo Fiódor, las autoridades no lo han hecho y con su habitual falta de transparencia no han explicado las razones. El doctor Dostoyevski se refiere a Boronov en treinta y siete ocasiones a lo largo de una década. La primera nota, cuando Vladimir era un niño, puntualiza que su carácter era alegre, optimista. Dice textualmente: «No parece ruso. Está siempre riendo y haciendo cosas útiles. Es servicial y atento. María dice que es un ángel. No conoce la melancolía, esa tristeza peculiar de nuestro pueblo». El mismo año su padre de acogida se refiere al gran cariño que siente por Fiódor, lo mucho que le cuida. «Pasa horas y horas con el bebé, lo mira, lo acaricia, lo cambia. Cuando está presente ni siquiera Carolina ni la propia madre se ocupan de él. El diminuto Fiódor, si sospecha que el muchacho está cerca de su cuna, reclama a gritos que Vladimir lo atienda. Yo creo que huele su presencia. ¿Es eso posible?». Carolina, que el doctor nombra solo en dos ocasiones, es un personaje inquietante. Nada se sabe de esta mujer. ¿Era una criada, una pariente? Nada dice de ella Boronov en su autobiografía y tampoco Fiódor en sus libros se refiere a ella en algún momento. Es un personaje secundario que aparece como una estrella fugaz y del que solo conocemos su nombre. Lástima.

A partir de las treinta y siete anotaciones vemos crecer a Vladimir. Sabemos que asiste a algún centro de enseñanza. Y también tenemos noticias de que lleva a Ismael con él. Al parecer el pequeño Ismael no debe de ser muy espabilado y el doctor lo indica en una nota. «Las calificaciones de Vladimir son las más brillantes del colegio en cambio Ismael no despunta en nada. El maestro Yuri Karmelenko me dice que no presta atención en el aula, que lo ha tenido que colocar en el primer banco y que es inútil que siga con el solfeo y las clases de violín». Ismael morirá a la edad de treinta años en una pelea callejera. El primogénito del doctor Dostoyevski fue siempre un bala perdida que causó un gran dolor a su familia. Fiódor trató de ayudarlo y los eruditos han creído verlo reflejado en su novela Pobres gentes, concretamente en el patético personaje de Yerik. Sabemos que María Fiodorovna sigue pariendo hijos. El salario no les alcanza y pasan necesidades. Vladimir, que no quiere ser gravoso y que tiene conciencia de que es un hijo de acogida, hace trabajos de todo tipo: enseña a otros niños matemáticas y oratoria. A los dieciséis años encuentra una pequeña editorial que publica su primer libro de relatos: Estepa. De este libro, reeditado recientemente en ruso (solo en caracteres cirílicos), tenemos noticia de que es un texto brillante para un escritor en agraz. En 1936 se publicó en Alemania una edición que se ha convertido en una joya bibliográfica. A los diecisiete años viaja a la Universidad de Letras de San Petersburgo y se licencia, en solo tres años, en las distintas ramas de las lenguas del Imperio. Se gana la vida haciendo traducciones del francés e inglés. Está considerado un hombre de un talento precoz y la universidad trata de retenerlo, pero él tiene obsesión por la literatura y comienza su brillante carrera de novelista. Viaja a Moscú para ver a Fiódor y sigue cuidando de su hermano. Y, de pronto y por causas desconocidas, surge la ruptura familiar. ¿Los motivos? Es un misterio no revelado, aunque los investigadores de los escritores rusos más importantes del siglo XIX no han dejado de especular en torno a ello. El doctor Dostoyevski le insulta en la última nota de su diario y no lo vuelve a mencionar. «Boronov es un canalla, un ser perverso que me ha decepcionado. Nunca le perdonaré lo que ha intentado hacer. Ese malnacido se ha muerto para mí». En más de cien años de especulaciones no se han logrado averiguar las razones del desgarro familiar. Se barajan dos motivos. Uno íntimo y personal y otro político. ¿Guardó en el domicilio de la familia Dostoyevski varios explosivos para atentar contra el zar? En su primera novela de éxito, Anya o la maldad, los analistas han detectado una soterrada crítica al régimen feudal. La censura brutal no permitía ser explícito pero los expertos detectan, entre líneas, al revolucionario que termina por exiliarse en los últimos años de su vida y refugiarse primero en Estados Unidos y después en Escocia. Otra versión se refiere a su amor por María Fiodorovna, una mujer bellísima. ¿Se sentía atraído por su madre adoptiva? En su novela laberíntica, El último recurso, describe un personaje secundario, Jonás, que intenta seducir a su madrastra y, como no lo consigue, consuma una violación. Sea cualquiera las posibilidades que traten de explicar la ruptura, la triste realidad es que ningún investigador ha logrado probar fehacientemente su teoría. Todo se queda en especulaciones que favorecen la leyenda del personaje.

Hasta aquí la vida de Boronov. Adentrémonos ahora en la de Fiódor Dostoyevski. Hay varias fotografías del escritor que murió el 29 de enero de 1881, en San Petersburgo, por epilepsia y enfisema pulmonar. El retrato de Vasili Perov, conservado en la Galería Tretiakov de Moscú, nos acerca a un Fiódor cincuentón, con aire aburguesado. Es un retrato favorecedor. El pintor nos lo muestra con un gabán algo raído, las manos entrecruzadas y una mirada perdida en el infinito. El origen de este óleo, realizado por Vasili Perov, es oscuro y no está claro si lo encargó el propio escritor o fue un encargo de Vladomir Boronov. Lo pinta menos calvo y enjuto de lo que era. Las fotografías que se conservan son más significativas. Hemos viajado a Moscú para examinarlas de cerca. Hemos tenido los originales en nuestras manos sintiendo la emoción del encuentro con nuestro escritor favorito. El director del museo, Iván Crakoitan, al que acudimos con una carta de recomendación de la directora del Archivo de Simancas, nos recibe y nos atiende con cortesía. Su inglés, con un marcado acento ruso, es lo suficientemente expresivo y coloquial para que podamos conversar y entablar una relación sin cortapisas. En el museo es un caballero muy profesional y cuidadoso, pero en el restaurante, donde comemos una sopa de verduras y un estupendo solomillo, se muestra distinto, alegre, risueño. Nos confiesa que es muy frecuente que investigadores como nosotros viajen para poder examinar de cerca los manuscritos de Dostoyevski, pero que no todos lo consiguen: «Usted, amigo mío, viene muy bien recomendado y además su currículo lo avala sobradamente», me dice riendo mientras carraspea y se atusa el bigote.  En las fotografías y en los manuscritos, en su mayoría sobadas y con manchas —algunas, acaso, por las lágrimas del genio— la emoción que se siente es muy intensa. La colección es dispar pero significativa: un carnet de identidad, varias cartas, una diminuta libreta con anotaciones personales.  Las dos horas que hemos tenido el privilegio de pasar examinando documentos del autor de Crimen y castigo han supuesto mucho más que décadas de estudio, una tesis doctoral, una voluminosa biografía y ocho libros sobre el autor ruso. Es un encuentro íntimo que compensa los cuantiosos gastos que suponen para un catedrático jubilado nuestra peregrinación a Rusia. Si uno fuese un cursi —que no lo es— diría que es como una experiencia religiosa. Después de examinar los documentos pasé al examen de las fotografías que, por supuesto, conocía. Pero una cosa es verlas impresas en libros y otra muy distinta observar los originales, las que pertenecieron a Dostoyevski y tienen sus huellas digitales. Iván Crakoitan hace una verdadera excepción con nosotros que nunca le agradeceremos lo suficiente. Tanto los documentos como los originales fotográficos permanecen en una cámara a una temperatura constante; entramos en la cripta debidamente protegidos para no contaminar los documentos de valor incalculable. Crakoitan nos los muestra y por un instante los sostenemos en nuestra mano enguantada. La mirada evasiva, su barba desaliñada, el caballero que se viste con sus mejores galas para visitar al fotógrafo, nos emocionan y sin poderlo remediar nos quedamos al borde de la lágrima. Crakoitan lo nota y nos pone la mano sobre el hombro y con un gesto cortés nos invita a salir del archivo. Hemos pasado un par de días con el director del museo, pero han sido tan intensos y la sensación tan profunda que las horas se han alargado. Einstein tenía razón; el tiempo es relativo. Cuando nos íbamos a despedir y dar por terminada la visita al museo y a Moscú, Crakoitan pronuncia unas frases que nos desconciertan. Deja de sonreír y se reviste de una cierta solemnidad. Aunque han pasado unos meses procuraré reflejar con toda fidelidad la conversación que mantuvimos:

—Es curioso; llevamos unas horas juntos y usted no ha nombrado a Boronov. Me sorprende. Los visitantes ilustrados siempre lo hacen, para disentir o no, pero lo mencionan. Su omisión, su reserva, su discreción me hace sospechar que es usted un creyente. ¿Me equivoco…?

Y dejó en el aire de los puntos suspensivos un misterio que me alteró sin saber muy bien el motivo.

—¿Un creyente? —pregunté perplejo, desconcertado.

Crakoitan continuó imperturbable.

—Sí, así conocemos en Rusia a los que creen que Boronov no solo trató y quiso a su hermano adoptivo Fiódor sino que lo protegió y condicionó su vida e incluso su obra. Los pocos que sostienen esa tesis, a mi juicio sin fundamento, no gozan de la simpatía del régimen; digamos que es una cuestión poco grata. Y eso ha ocurrido siempre, desde la época de Stalin a la de Putin.

Bajó la voz, abrió mucho los ojos y me dijo en un bisbiseo:

—No se les persigue pero, en cierto modo, se les margina. Hay un dedo invisible que los señala.

—Creía que Rusia se había convertido en un país capitalista, moderno, libre. En España viven miles de compatriotas suyos, sobre todo en Alicante y su provincia —dije con ironía.

—Es verdad. Sí, eso ocurre, pero el aparato burocrático sigue siendo muy poderoso en mi país. Los millonarios, aunque son miles, son la excepción. Los pobres y la clase media, los que no especulamos ni somos negociantes, la mayoría de la población, en suma, seguimos dependiendo de la autoridad competente. Lo llevamos en nuestros genes. Hemos pasado del zar a Stalin y de Stalin al capitalismo sin solución de continuidad. Si yo fuese usted no me marcharía de Moscú sin contactar con ellos, con los creyentes.

 —Mi situación económica creo que no me lo va a permitir. Dentro de tres días pensaba regresar a España. Estoy en el Hotel Ararat Park y mis medios son muy limitados; ya sabe, un jubilado…

Crakoitán sonrió abiertamente.

—Deje ese hotel para potentados. ¿Puede gastarse mil euros para pasar ocho días con pensión completa incluida? No tengo ningún interés personal. Pero un amigo, que me consta sostiene sus mismas tesis sobre el tándem Boronov-Dostoyesvky, le resultará muy útil y, además, el personaje lo merece. En fin, medítelo y si quiere lo arreglaré. Llámeme mañana por teléfono con la respuesta.

Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y salí del museo. Hablé con él el día siguiente, pero jamás lo volví a ver.

Hice números, examiné mi menguada economía y decidí quedarme. Veinte horas después llamé al museo y Crakoitan me facilitó el nombre del creyente. Me dijo riendo:

—Pase por una buena tienda de alimentación y gástese los mil euros en excelentes productos gastronómicos. Mi amigo Sergio Molotov es un gourmet. Creo que harán buenas migas; le gustará conocerle.

Y me facilitó su dirección.

Sergio Molotov, que ya no está en este mundo, era un hombre peculiar. Bajito, calvo, gordo, culto y simpático. Vivía en las afueras de Moscú en un enorme piso destartalado repleto de libros y papeles. Me recibió con la típica cordialidad rusa. Echó un vistazo al contenido de la bolsa repleta de botellas de vodka, latitas de caviar y jamón dulce, hizo un gesto de aprobación y bisbiseó un «tiene usted muy buen criterio». Me instalé en su casa en una habitación cómoda y compartí con él siete días que jamás olvidaré. Siete días que han cambiado mi vida para siempre. Afuera una ola de frío polar y las copiosas nevadas nos recluyeron en el domicilio, lo que nos permitió disfrutar de horas y horas de conversación.

Molotov no solo era un creyente.  Era mucho más. En sus archivos se atesoraban todas las teorías de los heterodoxos soviéticos sobre las vivencias del genio, de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski y los análisis detallados de cómo Boronov había condicionado su vida, hasta tal extremo de que, además de propiciar la obra inmensa de su hermano de acogida, desvió el curso de la Historia, de la Historia con mayúscula.

Las investigaciones que sobre Boronov y Dostoyevski habían ocupado buena parte de mi tiempo con los escasos medios a mi alcance, y de las que me sentía orgulloso, no habían pasado de hipótesis académicas que interesaban solo a unos pocos. El mapa y el calendario de coincidencias que yo había detectado con las llevadas a cabo por los rusos no soportaban un análisis crítico. Me di cuenta, a mí pesar, del desenfoque o de las premisas falsas de las que había partido. Y a las pocas horas y gracias a las confidencias de mi nuevo amigo tuve acceso a datos que arrojaban una luz desconocida a un tema que no era solo cultural, que trascendía y tenía relevancia política.

Molotov, lo primero que hizo cuando nos sentamos frente a frente, fue preguntarme lo que conocía de la historia. Yo expuse durante un par de horas mi teoría, apoyándome en todo momento en las informaciones de mi ordenador portátil. Dije fechas, lugares, coincidencias; cité el diario de Boronov, que había leído en francés y contrastado con la traducción española, las implicaciones en la política soviética, en la pre-revolución y los momentos difíciles en que la casualidad y la buena fortuna habían salvado a Dostoyevski de perecer. Como especialista en la obra del escritor ruso y como uno de sus biógrafos con más prestigio en lengua española conocía su vida y su carácter. Fiódor era un hombre sumamente frágil, de moral quebradiza y grandes debilidades. Se había endeudado por su afición al juego y, sin embargo, había salido indemne del percance y había evitado la prisión por deudas. Fue recluido en Siberia por sus devaneos políticos pero amnistiado a los pocos años, y durante su periodo de reclusión gozó de privilegios importantes que le permitieron sufrir la condena de forma cómoda.  Era incapaz de buscarse por sí mismo el sustento, pero siempre había encontrado editores para sus obras y sitios donde ganarse la vida. En sus momentos difíciles, cuando todo parecía perdido, una mano salvadora —a mi juicio la de Boronov, su protector en la sombra— le había librado de perecer.  Molotov me escuchaba atentamente. Solo me interrumpió en un par de ocasiones para pedirme alguna aclaración. Cuando terminé sentí una extraña sensación; incluso creo que enrojecí y sin saber por qué me sentí avergonzado. Había hecho del estudio de la obra de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski el centro de mi vida. Había conseguido, desde una universidad de provincias, reconocimiento público por mis libros sobre él; mi ingreso como miembro correspondiente en la Real Academia de la Historia se debía específicamente a mis investigaciones y a la audacia de mis teorías vinculando la vida de los dos hermanos. Y, sin embargo, en aquel momento sentí la sensación de que todo había sido en vano, que estaba equivocado y me sentí amedrentado por la mirada escrutadora de mi interlocutor.

Molotov estuvo unos momentos en silencio, como escogiendo las palabras. Me dijo finalmente que mis investigaciones eran en general acertadas y que mi tesis le había parecido interesante.

—Sus conclusiones son rigurosas y muy académicas. Le felicito. Pero me temo que analiza al personaje sin haber pisado el terreno y, sobre todo, sin dominar la lengua rusa. El ruso, como todos los idiomas complejos, tiene una serie de matices en su uso coloquial, en sus significados y significantes, en sus esquemas sintácticos, que han ido variando con el tiempo. En ciento cincuenta años las lenguas se transforman. Es un excelente trabajo teórico el suyo, sí, acierta en ocasiones, pero se aleja de la realidad y fantasea sobre puntos clave porque parte de premisas equivocadas, motivadas, acaso, por las sutilezas del lenguaje. En su Europa empezaron esta investigación treinta años después de la muerte de Fiódor Dostoyevski. Nosotros la empezamos antes. Es más, el propio novelista tuvo conocimiento antes de morir de la identidad de su protector. Dostoyevski sin Boronov no habría sobrevivido un invierno y jamás habría encontrado editor para sus obras. Era un escritor genial pero un hombre débil y sin recursos. Nosotros sostenemos con pruebas irrefutables que los dos hermanos estuvieron juntos antes de la enfermedad definitiva del escritor. Y un Fiódor lúcido se abrazó al hombre al que había repudiado y le agradeció su protección. Al final la violación de su madre, si existió, fue aparcada o se trataba de una simple leyenda. Ese extremo no hemos podido dilucidarlo. Es un misterio.

La convivencia en un espacio cerrado, casi comparable a un iglú, y el efecto que produce la buena comida, el alcohol y el estado hipnótico de dos cajas de habanos que nos fumamos mano a mano, propició la intimidad de nuestras confidencias. Molotov era un hombre expansivo que, si bien se mostró reservado las primeras horas de nuestro encuentro, después se abrió y me enseñó documentos. Su archivo, formado por cientos de carpetas, era el fruto de más de un siglo de investigaciones llevadas a cabo por personas distintas. Al tercer día empecé a sospechar que, si bien la relación de Dostoyevski y Boronov era un asunto apasionante como tesis académica y para un amante de la literatura rusa, era irreal que implicase algún peligro para los disidentes. El régimen de José Stalin había rozado el absurdo. Se habían proscrito a una serie de escritores, músicos y artistas como enemigos del régimen, pero, entre ellos, jamás Fiodor Dostoyevski había aparecido como tal. En los medios cercanos al sátrapa ruso se rumoreaba que la novela preferida, su libro de cabecera, era Los hermanos Karamazov.

—¿Ha oído hablar de Julios Martov?

—Por supuesto. El líder de los mencheviques —le respondí algo molesto.

—Como usted sabe los mencheviques se oponían a los bolcheviques en cuanto al calendario revolucionario. Creían en las ideas de Marx y Engels, pero, antes de la implantación del comunismo, defendían que era preciso una época democrática para que el ruso común se ahormase como ciudadano antes que como revolucionario. Habíamos sido siervos, esclavos, durante siglos. Pues bien, los mencheviques aceptaron la tesis de la influencia de Boronov sobre Fiodor y los bolcheviques la negaron. Era un asunto menor, de detalle, pero el triunfo de Lenin convirtió este tema baladí en algo importante. La anécdota se mutó en categoría.

Conocía sobradamente esa teoría. Molotov estaba jugando conmigo. Me decía con aire misterioso datos elementales al alcance de un alumno aventajado, daba un parón, observaba mis reacciones y me confiaba secretos sorprendentes.

—En la larga dictadura de José Stalin desaparecieron los libros de Boronov de las bibliotecas y librerías rusas. Fue absolutamente ignorado. Solo contadas personas, jugándose la vida, mantuvieron el culto a su figura. Las investigaciones se llevaban a cabo desde la clandestinidad. De todos los creyentes de la época solamente quedó uno con vida. Uno, sí, pero muy astuto, tanto que, para lograr sobrevivir, se acercó tanto a Stalin que estuvo a punto de quemarse y llegó a ser uno de los jerarcas del régimen. Aquel hombre era mi padre.

—¿Cómo, es usted hijo de Viacheslav Molotov, el que fue ministro de Asuntos Exteriores del dictador? Creí que su apellido era una mera coincidencia.

—Sí. Tuve una infancia y una juventud muy felices. En este país se moría la gente de hambre y desaparecieron millones de personas, pero los cercanos a Stalin vivíamos con todo tipo de lujos. Yo acompañé en muchas ocasiones a mi padre por todo el mundo. Fui un niño privilegiado —dijo con cierta nostalgia triste.

—Y un amante de la gastronomía —me atreví a bromear.

—Me temo que tiene razón. Soy, a mi pesar, un gourmet.

Y bajando la voz matizó un poco más sus actividades.

—Un gourmet y un conspirador. Ambas cosas las heredé de mi padre.

El ambiente irreal propiciaba las confidencias. Ahora me doy cuenta de mi ingenuidad casi infantil. Sutilmente Molotov me fue mostrando documentos reveladores. Me los traducía del ruso al inglés. Hasta que llegó a la revelación final cuando hizo la pregunta definitiva:

—¿Nunca sospechó usted que un tema literario podría ser solo una tapadera para algo mucho más importante para este país en constante crisis, que va dando palos de ciego sin encontrar su camino?

No necesité meditar mi respuesta demasiado.

—Jamás —dije rotundo.

Y me sentí ridículo al confesar mi ceguera.

—Boronov no perdió la memoria. No sufrió amnesia cuando lo salvó el doctor Dostoyevski. Recordó siempre de quién era hijo.

—¿…?

—Molotov, en un corto discurso, reflejó su desprecio por los dos últimos zares del imperio, como prólogo a sus revelaciones finales.

—Alejandro II fue un buen zar. Fue el libertador. Abolió la servidumbre, pero no la pobreza. Tuvo siete hijos, pero solo uno, el segundo, sobrevivió y pudo sucederle en el trono: Alejandro III, que no se pareció en nada a su padre y tenía un concepto desmesurado de su importancia histórica. Era un mequetrefe egoísta, ególatra, soberbio y de una simpleza que rayaba la idiotez. Su padre lo sabía y si no hubiese sido asesinado habría colocado en el trono a su descendiente bastardo, a Boronov, que era la sangre nueva.

Comprendí que se trataba de una conspiración que podía haber tenido una importancia histórica.

—Alejandro II tuvo una larga relación con la pintora Andrea Stucarvinch. Fruto de ese amor apasionado nació un niño que, desde los primeros años, demostró ser un superdotado. A los seis años hablaba cuatro idiomas, a los ocho escribía como un ilustrado, tocaba el violín y tenía una curiosidad sin límites. Era el dirigente que Rusia precisaba. Si hubiese llegado al trono el destino de nuestra patria habría sido totalmente distinto. Cuando Alejandro II fue asesinado su amante corrió la misma suerte y el pequeño Boronov estuvo también a punto de morir violentamente. Se cree que una de sus profesoras lo ocultó en su domicilio y después fue rotando de casa en casa protegido por los creyentes. La clandestinidad lo convirtió en un adolescente astuto. La policía le seguía los pasos. La consigna era acabar con la vida de aquel muchacho cuyos únicos pecados eran su origen y su talento. Pudo sobrevivir un año a duras penas yendo de casa en casa. Imaginamos que cuando estaba a punto de ser descubierto su último protector solo tuvo tiempo de ayudarlo a escapar, de abandonarlo en la calle. El Moscú de la época era terrorífico. La muerte de Alejandro II sumió al país en el caos y la incompetencia de su sucesor precipitó su ruina. Pero Boronov tuvo suerte. Sobrevivió.

Me quedé estupefacto y también me sentí afortunado por conocer aquellos secretos de alcoba. Todo se trataba de un juego entre monárquicos. ¿Qué hubiese sido de Rusia si en lugar de un pésimo zar como Alejandro III se hubiera coronado a un genio, a un Boronov? Nunca habría llegado al trono Nicolás II y la historia de Rusia y del concierto de naciones habría sido distinta.

—Es apasionante. Pero a estas alturas lo único que se pueden hacer son conjeturas —le repliqué.

Vaciló solo unos instantes y continuó su parlamento.

—Para nosotros nunca es tarde. El sentimiento monárquico jamás ha desaparecido. Todavía hoy está vivo, vigente.

Le miré con fijeza y de una forma un tanto abrupta manifesté mi desacuerdo.

—¡Por dios, amigo mío, qué cosas dice usted! El sentimiento monárquico en la Rusia actual ha desaparecido. Es impensable que los descendientes de los Románov tengan ninguna aspiración razonable. Han renunciado oficialmente al trono. Son solo los jirones del pasado. Además, no necesito recordarle que el zar Nicolás II y toda su familia fueron ejecutados y que los Románov que forman la organización familiar son todos parientes lejanos.

—Lo que usted dice es cierto. Los monárquicos rusos no somos tan ingenuos de basar nuestras aspiraciones en una estirpe decadente. Pero los descendientes directos de Boronov pueden llegar, vía democrática y a pecho descubierto, dando la cara y en unas elecciones libres defendiendo la vuelta de una monarquía renovada. Nuestra oportunidad está cerca. Lo sabemos.

—Boranov no ha tenido descendientes. Su único hijo, Igor, se suicidó.

Molotov, en lugar de sentirse acorralado, abrió los brazos y con un fulgor en los ojos que denotaban entusiasmo y también fanatismo, continuó sus revelaciones.

—Ese es un dato falso. No se suicidó. Digno hijo de su padre fue un hombre inteligente y muy brillante. Bajo nombre supuesto y con una vida apasionante alcanzó una reputación importante como jurista. Llegó a ser miembro del Tribunal Supremo del Reino Unido.

—No puedo creerle. Permítame que dude de sus palabras.

Mi anfitrión no se sintió ofendido con mi réplica destemplada. Se levantó, rebuscó en su archivo y me enseñó documentos que probaban sus palabras.

—Boronov tuvo dos hijos varones. ¿Quiere saber quién fue su segundo hijo?

Asentí con la cabeza.

—Se lo revelaré: Vladimir Nabokov. El autor de Lolita y otras obras maestras de la literatura universal. El cuarto descendiente de Boranov, su tataranieto, es un hombre joven de reputación sobradamente conocida. No estoy autorizado para decir su nombre. Pero seguro que ha oído hablar de él. ¿No cree que un personaje de talla universal que se presentase a unas elecciones libres y democráticas tendría posibilidades de salir airoso en la Rusia actual? ¿No es acaso Vladimir Putín un zar rojo?

La semana transcurrió para mí de sorpresa en sorpresa. Me enseñó documentos, me hizo todo tipo de confidencias que, bajo palabra de honor, me comprometí a no revelar nunca, a no ser, como es natural, que fuese autorizado a hacerlo.

—Se ha convertido usted en un creyente y en un conspirador. Todos estos años hemos logrado sobrevivir gracias a la prudencia y a la lealtad de innumerables damas y caballeros. Es usted, querido amigo, uno más en la lista de personas protectoras del pueblo ruso —me dijo con aire solemne.

Y añadió:

—Algún día se le reconocerán sus servicios.

Y me entregó un voluminoso sobre con el ruego de que lo conservase en mi poder hasta que él me lo reclamase.

Tengo que reconocer que mi lealtad se tambaleó ligeramente cuando me hizo esa petición. Sentí un temor inconcreto, como una amenaza que me encogió el estómago y me produjo una sequedad repentina en la boca. Nunca he sido un héroe, mi vida ha sido fácil, tranquila, sin sobresaltos. Procuré no pensar en ello y ahogué mis temores en vodka.

Nos despedimos con un abrazo fuerte, apretado. Y, para mi sorpresa, mi anfitrión me dio un beso en la boca, a la rusa: el símbolo de las amistades inquebrantables.

—No se ponga en contacto conmigo bajo ningún concepto. Yo le avisaré a quién deberá entregar los documentos —me dijo.

Después cogió un billete de diez rublos, lo partió y me entregó la mitad.

—Mi mensajero se presentará en su domicilio. Tardará solo unas semanas, como mucho un par de meses.

Salí de Moscú sin ningún problema y llegué a mi domicilio sin sobresaltos. Eso sí, muy cansado. Agotado. Me sentí seguro e íntimamente regocijado por mi suerte. Coloqué el sobre bajo llave en mi mesa de trabajo y la mitad del billete lo guardé en una carpeta de documentos. Me gustaba mi papel de conspirador. Cada noche abría el cajón y observaba atentamente el sobre lacrado. ¿Cuál sería su contenido? Pesaba bastante. Lo coloqué encima de la balanza de la cocina y el sobre arrojó el peso exacto de un kilo y doscientos diez y ocho gramos de secretos de Estado. Fueron, las siguientes, unas semanas felices. Estaba exultante. La cocina casera, el invierno templado y mis fantasías hacían muy llevadera la pereza que se apoderó de mí. Las investigaciones que me habían ocupado hasta entonces se me antojaron infantiles. Intenté trabajar, pero no podía. ¿Era el precio que tenía que pagar por haber accedido a un secreto de importancia capital? A los dos meses empecé a preocuparme y a los noventa días me dije a mí mismo que los cien días serían el plazo máximo, que me pondría en marcha y tomaría medidas. Cumplí mi propósito, pero fuera de plazo. Concretamente el día ciento veintitrés de mi regreso a España. ¿Qué hacer? No podía comentarlo con nadie. Mi vida, fuera de las clases universitarias y de las investigaciones sobre Dostoyevski y Boronov, había sido muy solitaria. Feliz, sí, pero solitaria. No me habían interesado demasiado las mujeres. O a las mujeres no les había interesado yo. Era una persona reconocida, pero con mala fama; decían de mí que era un plomo, que no tenía conversación, que solo sabía hablar del monotema. Un día me enteré de que, a mis espaldas, me llamaban don Fedor. No caí en principio en la ironía, pero cuando percibí que tanto colegas como amistades circunstanciales me hacían el vacío comprendí el doble sentido del término, me sentí ridículo y entendí el agobio de mi madre cuando se estaba muriendo: «Hijo mío, cambia, busca a una mujer limpia y honesta y deja descansar en paz a Dostoivski y a Boronov. Aburres a las piedras». Todos los libros publicados sobre el tema los había editado a mis expensas y aunque tuvieron cierta relevancia —porque me preocupé de que los recibieran todos los miembros de la Real Academia de la Historia y los rectores de las universidades del país— me habían arruinado. No tenía ahorros ni amigos. Era un fracasado, un náufrago.

Decidí llamar primero al director del museo, a Iván Crakoitan, para sondear de forma discreta noticias de Molotov. Me costó un par de días enterarme del trágico suceso. La mujer que contestó a la primera llamada farfullaba un inglés macarrónico. «Ah, sí, Crakoitan. No está. Con ángeles. Muerto». Me quedé estupefacto. Muerto. Muerto, sí, pero cómo. Fui de ruso en ruso, me comuniqué con varios cargos importantes del museo. Tuve que dar explicaciones largas. Dije quién era. Antes de darme cualquier información todos querían saber por qué preguntaba por Crakoitan y el motivo de mi curiosidad por el difunto. Uno puede ser pesado. Lo reconozco, sí, soy insufrible. Mi voz es tan monótona que mis alumnos me abandonan y apenas dos o tres despistados acudían a mis clases. Algunas veces llegaba y el aula estaba vacía. Pero los rusos me superaban, eran mucho más reiterativos que un servidor. Después de largas explicaciones por mi parte ellos respondían de forma lacónica y colgaban. Me dejaban con la palabra en la boca. Deduje, no obstante, que mi amigo Iván Crakoitan había muerto en un accidente, atropellado por un coche cuyo conductor se dio a la fuga. A la semana siguiente recibí, al fin, una llamada aclaratoria que me produjo alegría y después inquietud. La que se comunicó conmigo fue una mujer joven, muy cordial, encantadora, que hablaba español con un leve acento.

¡Oh, ha sido horrible! Una gran pérdida para el museo. Iván deja un gran vacío. Insustituible, Crakoitan era un sabio. Un hombre cordial y comunicativo y sentía por usted auténtica veneración. No dejaba de hablar de su amigo español. Su lucidez le causó un impacto imborrable y también su amenidad y simpatía arrolladora.

Ratificó lo que ya sabía y me interrogó con habilidad sobre quién era yo y lo que pretendía. Naturalmente me explayé. Le conté mi vida y mi especialidad académica. Dije que era catedrático porque a nadie le puede interesar que mi verdadero cargo sea el de profesor auxiliar contratado. Decir catedrático produce en los que escuchan una mejor impresión. Se despidió de mí con cordialidad. Me dijo que me admiraba. Le pedí su teléfono y su nombre. Dijo, con voz cantarina, que se llamaba Olga y que era una de las subdirectoras del museo y que estaba a mi disposición para cualquier tipo de información. Me facilitó su número directo. Halagado por sus piropos me quise poner nuevamente en comunicación con ella e hice más de cincuenta llamadas inútiles; su número o no existía o comunicaba. Llame al teléfono del museo y me dijeron que allí no había ninguna empleada que se llamase Olga. Seguí marcando el número de la centralita del museo, fui tan insistente, que al escuchar mi voz colgaban directamente y me insultaban en ruso. Me di por vencido cuando oí que una voz airada me dijo en español chapurreado: «¡Caballero español; váyase usted mierda, please».

Después de meditarlo durante unos días consideré saltarme la prohibición y llamar directamente a Molotov. No caí en la tentación. Sus palabras habían sido terminantes. «No me llame bajo ningún concepto o pondrá en peligro toda la operación». Tal vez el hijo del ministro de Stalin había percibido ciertas peculiaridades de mi carácter porque me insistió en que obedeciese sus órdenes en repetidas ocasiones. Incluso me dijo: «Estimado correligionario, míreme fijamente a los ojos y repita conmigo: No llamaré a mi contacto pase lo que pase. ¿Entendido?». Resistí disciplinadamente durante tres meses y catorce días. Incluso me olvidé del tema y, como no tenía amigos ni familiares a los que dar la lata, me dediqué a ver la televisión durante catorce horas diarias. Lo veía todo. Solo salía para comprar víveres. Me hice desaseado, sucio; dejé de ducharme. Me di cuenta de que los efluvios que desprendía no eran de rosas cuando la cajera del supermercado le dijo a una compañera señalándome con poco disimulo: «Merche, a don Fedor le cheiran los alerones». Y la tal Merche se rio a carcajadas y me miró con desprecio. Una madrugada en un reportaje sobre Rusia, y cuando estaba medio adormilado, me pareció ver un incendio en Moscú. Ardía un edificio singular, muy parecido al de la casa de Molotov. Era inconfundible. Al día siguiente me puse en marcha con toda la artillería disponible. Llamé a la cadena de televisión, conseguí que me dijesen el nombre de la productora del programa y después de repetidas gestiones localicé al director. El responsable, un amable caballero que respondía al sonoro nombre de Juan Benito Peribáñez y Valle Inclán, ante mi insistencia, lo envío a mi correo electrónico. Examiné la secuencia cientos de veces. Las llamas poderosas, devoradoras, dejaban aquella casa de cúpulas multicolores convertida en cenizas. Qué horror. La tragedia había achicharrado a ciento veintinueve personas. Los bomberos habían intentado en vano salvar la vida de los vecinos. El fuego se propagó de forma repentina. Una voz en off describía la tragedia. El olor de la carne asada de hombres, mujeres, niños, perros y gatos, dos loros y catorce periquitos provocaba la compasión y la náusea. Me quedé anonadado, dejé pasar unos días y tomé una decisión. Cogí el teléfono y llamé a Molotov. A los pocos segundos una voz un tanto osca dijo algo parecido a aló.

—¡Amigo Molotov, qué alegría sentir su voz! —exclamé.

Mi interlocutor tardó unos segundos en reaccionar y me respondió en pésimo inglés.

—¿Quién ser tú?

—Soy Adolfo. Tu amigo español.

—¡Ah, Adolfito!

Nadie me había llamado Adolfito en mi vida, lo que me hizo sospechar que no era Molotov. Entre otras cosas porque no me llamo Adolfo, mi nombre es Carlos Ambrosio. Colgué y tuve la certeza de que Molotov había pasado a mejor vida. Y llegué a la conclusión de que con él había desaparecido todo el archivo de los creyentes. ¿Era yo, acaso, el único superviviente de la conspiración?

Durante días sentí una ligera inquietud. Cada mañana examinaba el sobre de documentos y me preguntaba: ¿Qué debo hacer? ¿Abrirlo, quemarlo, devolvérselo a los rusos de forma anónima? La inquietud, con el paso de los días, se fue convirtiendo primero en temor y después en horror. Cada jornada recorría la escala del miedo. A primera hora me quedaba tranquilo, me decía a mí mismo que en España no podía pasarme nada, que yo era un ciudadano y estaba protegido por la Constitución y las fuerzas del orden y en cambio, cuando anochecía, me entraban los pavores y los sudores. Las semanas transcurrían y los meses se sucedieron puntualmente. Llegaron los fríos y los calores. Volvieron las moscas. Me tranquilicé, pero seguí recluido en mi domicilio. Me notaba viejo, acabado; nadie me llamaba ni se interesaba por mi salud. Vivo en un primer piso y, desde siempre, mi única perversión es espiar a la vecina de la casa de enfrente. La conozco desde que era una niña, pero le he dirigido la palabra en contadas ocasiones. Es feíta, pero tiene un buen cuerpo: senos duros, amplias caderas, nalgas blancas, blancas como la nieve. Rondará ahora los cincuenta años y creo que no ha conocido varón. La espío con todo tipo de instrumental. Con prismáticos, con un visor potente y con un catalejo. Se llama Enriqueta. Se desnuda en su dormitorio que está después de un largo pasillo en la habitación del fondo. Creo que solo yo puedo verla, desde los pisos superiores el ángulo no lo permitiría. Tengo la exclusiva de sus desnudeces y después de tantos años de voyeurismo es para mí como una amante. Cada noche, a eso de las doce y cuarto, se desnuda Enriqueta y yo estoy en mi puesto de vigilancia. Disfruto observándola. Conozco todo su cuerpo; el catalejo me permite observar cada granito que le sale y los prismáticos me proporcionan una visión más lejana. Naturalmente la miro cada noche sentado en un cómodo sillón de orejeras.

Abandono mi domicilio solo una vez a la semana. Lo hago los martes a plena luz del día, cuando hay gente en la calle. Actúo con tantas precauciones para evitar ser secuestrado. Quiero poder pedir auxilio a gritos en caso de necesidad; venderé cara mi vida. Pero, sobre todo, confío en la bondad de los desconocidos. Ya me imagino la primera plana de La Voz de la Provincia con un titular: «Eminente profesor de la Universidad secuestrado por malhechores rusos». Cuando salgo cierro la puerta con doble llave y también el cerrojo que he mandado instalar para estar más protegido. Apenas estoy fuera una media hora. Hago la compra y regreso a casa.

Me di cuenta del robo inmediatamente; los ladrones no habían tenido ni siquiera la cortesía de disimular un poco y dejaron la puerta de la calle abierta. Entré con precauciones y noté el desorden. El cajón del escritorio estaba descerrajado y el sobre con los documentos había desaparecido. Un sudor frío me empapó la camisa, los calcetines, los calzoncillos. Hasta ese momento el miedo había sido lejano e inconcreto; pero ahora me amenazaba algo tangible; sabía que no eran aprensiones mías. ¿Qué hago?, me dije. Y yo mismo me respondí: «Pues, coño, qué vas a hacer. ¡Llamar a la Guardia Civil!». Tendría que haber esperado a tranquilizarme un poco pero no lo hice y mi petición de auxilio fue poco reposada. Hice, lo reconozco, una denuncia desastrosa: grité, lloré, supliqué; pedí ayuda de forma desordenada. Al otro lado la voz de una señorita me decía: «¡Tranquilícese, caballero, tranquilícese!». Después de unos minutos de histeria pude comunicarle mi dirección y a los quince minutos un coche de la Guardia Civil, con la sirena puesta, aparcó debajo de mi casa. Del vehículo bajaron cuatro agentes portando armas —metralletas, concretamente— y subieron corriendo las escaleras. En ese momento me defequé encima; me rilé, sí, por la pata abajo. Disimulé como pude y abrí la puerta ante los golpes de la Benemérita pero un sospechoso olor a excremento invadió todo el piso y salió, me temo, por el patio de luces.

—Señor, ¿qué ocurre? —preguntó el cabo.

—¡Me han robado! —contesté.

—Tranquilícese. Estamos aquí para protegerle. ¿Qué ha notado en falta? —dijo el buen hombre.

El olor se esparcía por el saloncito y noté que uno de los guardias, sin duda un asturiano, le decía a su colega: «¡Cagose de terror!», y me observó con una pizca de simpatía. Más tranquilo, dije que solo me habían robado un sobre.

—¿Un sobre con dinero? —inquirió el cabo.

—No, con documentos.

—Ah. ¿Importantes?

Esa pregunta fue mi perdición. Hablé del viaje a Rusia, conté lo sucedido con todo tipo de detalles. Para darme importancia, solo para fardar, hablé de mi tesis, de mis investigaciones, de Boronov y Dostoyevski, de los asesinatos de Crakoitan y Molotov, de la conspiración. El pobre cabo me observaba desde la incredulidad y el desconcierto. No sabía si yo era un imbécil o estaba ante un hombre amenazado de muerte por una conspiración política internacional. Tomó una resolución instantánea y dijo:

—Lo lamento, pero tiene que acompañarnos al cuartelillo.

Salimos de mi domicilio con todo tipo de precauciones. Me rodearon para protegerme, me introdujeron en el vehículo y, con la sirena puesta, me condujeron al cuartel. El interrogatorio lo continuó un brigada, después se incorporó un teniente, vino luego un capitán y terminó preguntando un comandante. Todos al entrar en la habitación exclamaban: «¡Coño, aquí huele a mierda!», e indefectiblemente señalaban al culpable: «Aquí, el señor…». Los interrogatorios duraron siete horas y me tomaron por un botarate. No me creyeron. Hicieron varias llamadas y las referencias fueron negativas. Me despacharon con un despectivo:

—Señor, tiene que ir al médico del seguro y que le receten algo para los nervios.

Noté inmediatamente que al salir del cuartelillo unos hombres me seguían. Ni siquiera trataban de disimular. Los dos llevaban sombrero y vestían traje oscuro. Si yo apuraba el paso ellos también lo hacían. Entré en un bar a pedir ayuda. Se lo dije al camarero y el hombre salió a la calle; los sujetos habían desaparecido. Me miró con desconfianza y dijo: «¡Lávate, coño, hueles a estiércol!». Al día siguiente La Voz de la Provincia dio la noticia. Me enteré por la llamada de un risueño comunicante que, sin poder contener las carcajadas, me dijo: «Don Fedor, majete, ya eres famoso. Habla de ti la prensa». Venciendo el miedo me arriesgué a salir. Compré el periódico local y efectivamente se ocupaba de mí. No venía mi nombre, pero contaba lo sucedido con poca simpatía; me llamaban «pintoresco ciudadano» y otras lindezas que me dejaban en ridículo. Arrugué con desesperación el infamante libelo y lo tiré a la basura.

Me enclaustré en mi domicilio. Miraba con temor por la ventana. Ni rastro de los desconocidos. Cuando empezaba a estar tranquilo todo se desmoronó. Una llamada suave, apenas perceptible me sobresaltó. Observé por la mirilla y vi a dos individuos con mala pinta al otro lado de la puerta. «¿Qué queréis?», inquirí. «Abra, somos policías», y sacaron sus placas. Me dieron un empujón y entraron. Fueron directamente al salón y cuando localizaron el catalejo, el visor y los prismáticos encima del sillón de orejeras me trataron sin ningún respeto: «¿No te da vergüenza, asqueroso, perseguir a una mujer que podría ser tu hija?», dijo el policía bueno, y el malo me cogió por la solapa y me soltó en mis narices: «¡Te vas a enterar, acosador!». Me llevaron detenido. Salí esposado de mi casa. Antes de ser interrogado tuve la certeza de que Marcelina había sido la causante de mi detención. He sabido siempre que soy un canalla y un miserable. Pero no puedo arrepentirme de mi pasión obsesiva por la vecina. Es más fuerte que yo. Mi lado claro son Boronov y Dostoyevski y el oscuro, el perverso, es la pasión que siento por esa cincuentona feúcha que se desnuda en su casa y a la que yo espío y agredo con obscenidades impropias de un caballero. Me llevaron a la comisaria y el policía bueno me dijo: «Canta», y yo canté. Lo dije todo, firmé mi declaración y me encerraron en un calabozo. Al día siguiente una jueza me tomó declaración y me miró con severidad. «Tiene usted algo que alegar en su defensa», me dijo con semblante serio. «Nada, señoría. Soy culpable». Me dejó en libertad con cargos, pero me impuso un alejamiento de quinientos metros de mi víctima. «¿Y dónde voy a vivir?», pregunté alarmado, y cuando traté de explicarle que estaba siendo perseguido por unos rusos desalmados sonrío y exclamó con íntima satisfacción: «No diga sandeces. Ese es su problema». El policía bueno me acompañó a mi casa para que recogiese un par de maletas con mis cosas. El policía bueno no era tan bueno como parecía y me soltó en mis narices: «Apura pringado, que tengo prisa. Qué jodío el bueno de don Fedor; el ilustre miserable con aires de grandeza».

Me instalé en Pensión Florinda. Y aquí llevo varios años. Al fin tengo una familia que me cuida y que se preocupa de mí. Soy feliz. Aquí me encuentro bien. Juego al parchís con Florinda y no se come mal. La criada, Petra, me llama don Carlos. Los tres, cuando se van a trabajar los otros huéspedes, vemos un rato la televisión y después nos ponemos a la faena. Yo también ayudo, limpio los váteres, friego el pasillo, soy como un director general de mantenimiento; hago algo parecido a mi trabajo en la universidad. Me divierten las labores caseras y aquí me tratan con cariño. Los rusos no han vuelto a aparecer. Petra me pregunta con admiración: «O sea que usted, don Carlos, ¿fue conserje en la universidad?». «Pues sí», digo con orgullo. Y añado: «Allí aprendí mucho por el roce con sabios enseñantes». A veces me acuerdo de mis investigaciones, de aquellas tonterías que pensaba; de un tal Boronov y de un escritor muy famoso, de Dostoyevski…

[EN PORTADA: Estatua de san Pedro sosteniendo las llaves del cielo, en el Vaticano]


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias. Recientemente ha publicado en Trea unas Memorias de un gastrónomo incompetente.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Breviario de falsedades (12)

  1. Muy sugestivo, Boronov.

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