Estudios literarios

Tres extensiones leonesas de ‘La pobreza’

Jorge Praga rasca vetas leonesas que se agazapaban en su memoria para acoplarlas a las páginas de 'La pobreza', segunda entrega de las memorias de Antonio Gamoneda.

/ por Jorge Praga /

En 2009 Antonio Gamoneda publicó la primera parte de sus memorias, Un armario lleno de sombra. En estos meses trastabillantes ha visto la luz una segunda entrega, La pobreza, así como una reedición de la primera. La lectura que sigue de La pobreza rasca en vetas leonesas que se agazapaban en mi memoria y ahora buscan acoplarse a las páginas de Gamoneda.

El humor

La sabiduría de la experiencia dicta precauciones para el cuerpo o para el espíritu que siempre conviene tener en cuenta. Así como el acecho de un catarro o unas anginas aconsejan aplazar una excursión en jornadas frías del invierno, sé que tampoco debo iniciar la lectura de un poemario de Antonio Gamoneda si el ánimo no está pleno y fuerte, so pena de embarrancar en versos como «No hay memoria ni olvido y el error es la única existencia». Los libros de Gamoneda encadenan un sordo fluido de tristeza y desesperación que tal vez solo se quiebre en el canto naciente de Cecilia («Eres como una flor ante el abismo, eres/ la última flor»). Quién iba a esperar un hueco en sus páginas para la sonrisa, para el humor que abre los labios, para la remota carcajada. Sin embargo había algún indicio, «una vena humorística estrangulada», en Un armario lleno de sombra, su primer ejercicio memorialista. Que por fin da la cara en La pobreza, salpicando bastantes páginas y haciendo de contrapeso para el sufrimiento y el dolor que baña la obra. El anecdotario jocoso florece sobre todo en torno a la oficina bancaria donde el poeta pasó sus primeros veinticinco años laborales, un escenario de jerarquías y mediocridades suavizadas o engrasadas por el humor, necesariamente negro. El retrato de los entresijos diarios recuerda el enfoque de La oficina siniestra, aquellas viñetas del dibujante Pablo en La Codorniz contemporáneas de los últimos años de Gamoneda en el Banco Español de Crédito. Cómo no reír con el severo inspector que en una misma mañana le da tiempo a humillar a un subalterno que le quiere invitar al café, y que luego orinando en los servicios sufre la mano rápida de otro subalterno que se equivoca de espalda y tira de sus testículos al grito de «¡Ay, percebe, como te lanzas!». O cómo impedir la carcajada cuando el autor relata que, tras una amanecida de orujo y flirteo, sus ronquidos en la recepción de un premio literario en el teatro Calderón de Valladolid apagaron el brillo del charlista Federico García Sanchiz.

La obra de Antonio Gamoneda es una vía solitaria, un camino que solo él conoce, y solo él recorre. Pero no parece disparatado hacerle partícipe de la sorna y la ironía que cultivaron otros literatos leoneses, que en su trato cercano alcanzaron alguna forma de ósmosis grupal. Antonio Pereira enhebró esa veta guasona en muchos de sus relatos. Otros escritores más jóvenes, a los que Gamoneda dio entrada poética en la colección Provincia, utilizaron la corrosión de la sátira hasta casi darle forma de venganza de proximidades. Es el ejemplo de Luis Mateo Díez en La fuente de la edad, parábola certera sobre el León empiringotado. O la obra poética de Agustín Delgado, siempre atenta al alfilerazo. Pero si tengo que escoger un eco inmediato de estos brotes de humor de La pobreza, mi memoria me manda a la galería de personajes de Parnasillo provincial de poetas apócrifos. Es esta una pequeña joya que se ha ido enhebrando en distintas ediciones desde la primera de 1975, en la que Agustín Delgado, Luis Mateo Díez y José María Merino inventan con gracia infinita vates y literatos embadurnados en la mediocridad altiva de la provincia leonesa. De cada uno de ellos se recoge síntesis biográfica y un pellizco de su obra, con alusiones que a veces son cercanas en el nombre (Victorino Crema), o en los datos personales y poéticos (Pere Gimferrer, trasladado a Desiderio Carretero Osorio), cuando no recolecta empírica de ripios anónimos (Bar Astorga, W. C. Caballeros). Incluso se puede explorar una conexión con La pobreza en el imaginario Filemón Ambasaguas, «Beneficiado de Colegiata», que tal vez retrate a Filemón de la Cuesta, «penitenciario de la catedral», de quien Gamoneda recuerda el escrito periodístico en el que reconvenía a «esas muchachas coquetuelas que les sorben el sexo [sic] a los jóvenes». En ese hipotético trasvase entre el Parnasillo y La pobreza que estas líneas proponen, media el recuerdo embromado de un amigo o conocido de Gamoneda que bien habría podido figurar en la galería imaginaria del Parnasillo: «Rogelio S. de Castro (Rogelio Sobaco de Castro, para los enterados oblicuos). Hijo de un guardia civil, estaba huido del noviciado de los agustinos en Calahorra y escribía poemas con cierta habilidad y sentimiento». De él anota dos momentos: un domingo, para corresponder a invitaciones anteriores del poeta, le convida a un bar, y tras pedir dos vasos de vino, Rogelio S. de Castro sopesa las cigalas de la barra, escoge una, y con ella en la mano le pregunta: «¿Tú no compras una cigala?». En otra ocasión, paseando por las cercanías de un lupanar, «Rogelio entró en conversación con una muchacha para negociar que le hiciese algo en función del estipendio que se le hacía posible: una peseta. El negocio no se logró». Y como colofón a juego, este dato tardío: «Ya en su madurez, se proporcionó una inesperada reorientación sexual».

El frío

La pobreza solo da rienda suelta a lo que promete su título de forma oblicua, indirecta. O como esencia de todo lo que rodea al autor. El libro prolonga los años de penuria que con tanto énfasis y detalle se anotaban en Un armario lleno de sombra, correspondiente a la etapa infantil del autor; una pobreza que no se reduce a la evidente y extendida escasez material y alimentaria, sino también a la irrespirable atmósfera de la provincia franquista y a la ausencia de horizontes que ayudasen a soñar con franquearlos y cambiar de país y de existencia. Y con un cómplice específico: la geografía leonesa, que imponía desde sus calles orientadas al norte la visión de las cumbres nevadas durante varios meses al año, une irremediablemente la pobreza al frío. El niño Antonio Gamoneda se encontró una y otra vez con las heladas invernales que invadían su casa: «La galería. Allí, en las mañanas posteriores a una noche fría, que eran muchas, vi yo en su interminable belleza las huellas de las heladas. Los cristales amanecían blancos, cubierta su transparencia por armoniosas formaciones del hielo exterior». La poesía de Gamoneda alberga ese compañero inseparable del invierno leonés hasta dar incluso encabezamiento a una de sus obras: Libro del frío («Recuerdo el frío del amanecer…»). Más allá de las palabras, una evocación visual se me cruza en la lectura de la obra y la extiende hasta mis ojos como marco necesario de ese clima. Unas fotografías. El banco donde trabajaba Antonio Gamoneda estaba en el primer tramo de la calle Ordoño II, la arteria principal del nuevo León que se despegaba con racionalidad urbanística de las enrevesadas calles que bajaban desde la catedral. A pocos metros del banco, en la misma acera, había un establecimiento de óptica, La Gada de Oro, que ha permanecido activo hasta hace pocos años. Su dueño y fundador, Francisco Lorenzo, tuvo que cruzarse con el poeta en muchas ocasiones. Se ocupaba de la tienda, en paralelo al cultivo de aficionado fotográfico que ejerció toda su vida. Tras su muerte en 1997, su hija donó a la Filmoteca de Castilla y León más de diez mil positivos y negativos. Bajo el comisariado de Eloísa Otero, otro nombre ligado estrechamente a Gamoneda, se organizó una exposición de los fondos y la publicación de un libro. Y aquí reaparece el frío que entrevera La pobreza. El frío de León en aquellos años de posguerra, el frío en los pies, en las manos atenazadas, en el rostro enrojecido, un recuerdo inesquivable que se me abre ante la prosa de Gamoneda y en un grupo de fotografías de Francisco Lorenzo, en unión descontrolada que se arma en mi subjetividad. En la plaza de Santo Domingo, en la que nace la calle Ordoño II, se organizó en la Navidad de 1940 la entrega del Aguinaldo Social por la Hermandad de la Falange. Había nevada esa mañana, pero aun así la ceremonia se celebró al aire libre y gélido de la plaza, con los falangistas de camisa azul arremangada, y los pobres, la larga fila de pobres, esperando su turno sobre la nieve. Subidos a unas madreñas, quien las tuviera. Francisco Lorenzo estuvo allí con su cámara, se colgó de algún balcón de la plaza para capturar mejor la muchedumbre. Las fotos que logró estremecen el ánimo, congelan la espalda. Los pobres, en fila de cinco en fondo, forman una larga y oscura peregrinación sobre la nieve, reptante hacia el escenario fascista al que nada le falta de esos años de escarnio y penitencia. En ese puñado de imágenes de Francisco Lorenzo están todos los rostros de la pobreza que iban a ensombrecer la infancia y la juventud de Antonio Gamoneda para teñir luego sus volúmenes de memorias.

Luis Sáenz de la Calzada

La actividad clandestina de la militancia comunista de Antonio Gamoneda ocupa sitio en La pobreza. Citas, averiguaciones, amenazas, también miedo. En un par de conversaciones furtivas con un dirigente llegado de Madrid, el ingeniero Cirilo Benítez, se le pregunta, entre otros, por Luis Sáenz de la Calzada: «de éste, un dentista, pintor y poeta que había estado con Lorca en La Barraca, fui amigo años después». No hay más, la prosa retorna a la prisa de la conversación y a las medidas de seguridad para separarse tras la entrevista.

Luis Sáenz de la Calzada: subo en un ascensor antiguo que daba más de un problema, entro en un piso de techos altos, me conducen a una sala de espera en la que unos cuadros extraños dispersan un poco la atención del dolor de muelas. Por fin me recibe el dentista, un hombre muy delgado, ojos vivos y bigote fino, atento, sonriente, distinguido, interesado por mis futuros estudios científicos. Lleva años calmando mis aflicciones bucales, aplicándome curas y empastes que necesitan fraguar en esperas que él aprovecha para retirarse a un despacho contiguo donde yo sospecho de otra vida suya de lecturas y olvidos. En la ciudad inerte de León de vez en cuando alguien le cita ligado a la vida clandestina, al Club Cultural Amigos de la Naturaleza que encubría otras actividades. Luego, demasiado tarde, ya supe de su alistamiento anterior con Federico García Lorca en La Barraca, de su familia quebrada por el exilio, de la sonoridad de sus silencios. Publicó en 1976 La Barraca. Teatro Universitario en Revista de Occidente, fijando su estirpe intelectual en la Residencia de Estudiantes de la República y en la Generación del 27. «Gloria sin fama, grandeza sin brillo y dignidad sine pecuniae» es el lema que recoge y comparte con otros compañeros de aquella generación sin igual. En León, durante las largas décadas de la posguerra, aplicó y dio vida al lema. Tras su muerte en 1994, sus herederos publicaron en Ave del Paraíso un poemario que había compuesto cuarenta años antes, Pequeñas cosas para el agua. «Un muerto es nada más que un poquito de olvido/ o una lágrima gris en la memoria», decía en uno de sus versos. El libro, con su altura poética, contradice los versos. Un libro que lleva además un prólogo de Antonio Gamoneda, en el que alarga esa amistad que promete cuando le anota en sus memorias, y en el que, antes de entrar en el elogio de sus poesías, deja un retrato sucinto de Luis Sáenz de la Calzada: «aquella sonrisa tolerante que era una manifestación de bondad, desde luego, pero también señal de suave ironía; una y otra, bondad e ironía, suponían, en socrático acorde, los datos de una inteligencia y un saber superiores». Luis Sáenz de la Calzada era una cita presentida entre los recuerdos de Gamoneda, además de un cruce inevitable entre mis caminos y experiencias de León. Acabaré con una imagen que cada poco se reproduce en los periódicos o auxilia en las exposiciones sobre los aledaños de la guerra civil. Corresponde a un homenaje a Rafael Alberti y María Teresa León, celebrado el 9 de febrero de 1936 en Madrid, pocos días antes del triunfo electoral del Frente Popular. Federico García Lorca, en pie, lee un texto, con los homenajeados a su izquierda. A su derecha, encandilado, le mira alguien en el que creo reconocer a Luis Sáenz de la Calzada.

[EN PORTADA: Antonio Gamoneda, fotografiado por Mar Astiárraga]


Jorge Praga Terente (Sama de Langreo [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999) y Cartas desde Omedines (2017), y participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de CastillaLa Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.

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