Creación

Del libro al asesino

«Cuando Armand Danunzio publicó su primer libro, se extrañó de recibir una carta en la que se le enaltecía un relato y se le denostaban los demás». Apuntes para un relato de Antonio Gracia.

/ un relato de Antonio Gracia /

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Cuando Armand Danunzio publicó su primer libro, se extrañó de recibir una carta en la que se le enaltecía un relato y se le denostaban los demás.

—Yo puedo ser un canalla: pero solo en mi vida; no en mi concepto de la vida —decía, años después, defendiéndose del crimen que se le imputaba. Luego abandonó el micrófono ante el que respondía a las preguntas de los periodistas. Nadie lo ha vuelto a ver.

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Anne Dumond fue encontrada con un libro de poemas engastado en la garganta, el paladar hendido, sajados los labios por la violencia opresiva del volumen enrollado sobre sí mismo, los pulmones encharcados con la sangre que, durante una muerte interminable, debió de fluir desde sus heridas hasta anegar su pecho. Un comentarista de los telenoticiarios recordó, pensando en esa muerte, las torturas por anegación de agua que infligía la Inquisición en sus tristes momentos de esplendor. Concluía el comentarista que el asesino parecía haberse ensañado con la víctima y que el ensañamiento había sido premeditado, reflexión que no resultaba tan gratuita si teníamos en cuenta que Anne Dumond era una conocida autora de «libros de versos», éxito conseguido a raíz de sus escándalos por sus amoríos con el ex nuncio de la nación, ahora enfrascado en política y autor de varios títulos de índole teológica. Algo delicado y atrevido, porque no hay que nombrar a la Iglesia en vano, al menos en nuestra sociedad. Todos prestamos más atención a estas afirmaciones cuando supimos que, en realidad, el comentarista no hacía sino repetir las palabras de nuestro admirado Detective, encargado del caso.

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Detective añadió algo más en su informe preliminar.

«La señorita Dumond era una conocida escritora, al margen de cómo consiguiera su fama. El señor Danunzio tiene incluso más seguidores y lectores. Eso tienen ambos en común: su dedicación a la escritura y el hecho de que se conocían. Ir más allá, condenar a Danunzio porque ha desaparecido en estos momentos, es prematuro. Personalmente, diré que no me entusiasman el uno ni la otra, aunque ella me parece más una mecachifle de libros que una verdadera autora, y él menos un auténtico creador que un político honesto, lo cual ya es decir. Esa mediocridad literaria también es un rasgo común. Tal vez por eso simpatizaban, si era simpatía y no rencor lo que los relacionaba. Pero basta leer dos o tres cuentos del uno y algún verso de la otra para reconocer que él no es un asesino y que ella merecía ser asesinada… metafóricamente, ustedes comprenden… por sus malos libros, quiero decir…».

Hay algo en Detective de inquietante e inusual. Es demasiado culto para su profesión. Se interesa por el arte más que por la rutina policiaca; se le ve más en los conciertos, exposiciones y conferencias que en las escenas del crimen de turno. Parece un monje cuyos monasterios son las salas de cultura y cuyo purgatorio está en las comisarías.

Hoy sabemos que fue la víctima quien escribió aquella carta al supuesto asesino tras su primer éxito. También, que fue el inicio de una breve correspondencia que acabó convirtiéndose en una relación tortuosa e indefinida. La carta decía, entre otras cosas: «¿Cómo puede ser usted el mismo autor del relato sobre el niño asesinado y de los otros donde las flores y el sol están llenos de vida como si fuesen inocentes?».

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En la comisaría, alguien insistió en condenar a Danunzio. Para quien hablaba en ese momento todo estaba claro. Los amoríos, los celos profesionales, la desaparición, todo señalaba hacia el escritor. Detective, que escuchaba mientras escribía despreocupadamente en un cuaderno que solía ilustrar con dibujos, dijo:

«Danunzio puede ser un mal escritor; pero no un mal hombre. ¿Han leído su historia sobre el niño asesinado? Pues quien ha construido un relato hilvanando y recreando episodios de otros escritores y artistas, quien ha creado una vida literaria insertando fragmentos de cadáveres también literarios para construir una epopeya sobre el arte -como un moderno Frankenstein de la pluma y no del bisturí- no esconde un alma fervorosa de la muerte, sino de la existencia. Creo que Danunzio ha sido incomprendido; yo mismo me he equivocado con él; ahora que he releído sus libros con otra perspectiva veo mi error. Danunzio es un cantor de lo luminoso y no de las tinieblas. El reproche de la Dumond en esa carta («¿Cómo puede ser usted el mismo autor del relato sobre el niño asesinado y de los otros donde las flores y el sol están llenos de vida como si fuesen inocentes?») pretendió sin duda ser una condena y no es más que un disparate. Ella lo interpretó como un sadismo, y no es así. El horror de la muerte del niño contrasta con el clamor de la naturaleza para que el crimen sea más abyecto, no para que haya que culpar a las flores y al sol. Es decir: que el hombre cometa errores y se manche con sangre, o que existan hombres capaces de las mayores atrocidades, no implica que haya que condenar a los hombres, sino a comprender que, a pesar de esas excepciones, el hombre es también capaz, esencialmente, de las más excelsas virtudes y heroicidades. Ese cuento es una exaltación de la bondad humana, un repudio del mal inherente al hombre. Y quien lo escribió no responde a la tipología del depredador o del malvado. Danunzio es inocente. Hay que mirar para otro sitio. Y ese lugar está en los poemas de la víctima».

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Detective dijo:

«Recuerden el asesinato: la mujer no fue maltratada antes de que se le incrustase el libro en su garganta. Esta penetración del libro enrollado, redondeado y fálico en una oquedad tibia y carnosa nos remite a una metáfora sexual: ese acto de agresión contiene en sí mismo la tortura y la muerte, el castigo. Pero ¿cuál es el castigo, qué ha sido castigado? Si respondemos a esta pregunta tendremos la respuesta a todas las preguntas. Observen esta frase de Danunzio: «He recorrido el mundo buscándome. Ahora sé que para hallarme a mí mismo no necesito a nadie ni me sobra nadie». Lo escribió hace menos de un año. ¿Creen que quien siente y piensa así precisa matar a alguien? Y ahora escuchen estos poemas de la Dumond: blablablá, blablablá, blablablá… Eso es todo: blablablá. Nada de nada. Esta mujer tendría muchos encantos; pero entre ellos no figuraba el don de la poesía. Y bien: para asesinar a una persona se necesita, evidentemente y por muy perogrullesco que parezca, querer matarla; y este deseo presupone un motivo y una forma. Desconocemos el motivo del crimen; pero podemos deducirlo de la forma en que se produjo. ¿Alguno de ustedes cree que la causa resulta ajena a la consecuencia, que el libro con el que fue asesinada es circunstancial y no esencial? Señores: en los poemas, si así pueden llamarse, de la víctima se habla mucho de amores y lujurias, frívola y groseramente. Alguien, exquisito y perturbado, quiso que su autora se tragase sus palabras o que estas, en forma de libro, actuasen como una violación, o una felación si lo prefieren; alguien que vio en los textos y en su autora una ofensa para la poesía y para el amor. ¿No les parece? Debemos buscar un lector, tal vez también autor, que haya querido castigar la vulgaridad y al mismo tiempo la mediocridad; y eso significa que el asesino aún no ha terminado su castigo: cualquier otro autorcete o lectorcete de bodrios literarios -y piensen ustedes en los millares que pululan por las librerías, convertidas ahora en supermercados seudoculturales- puede ser el próximo objetivo… Manos a la obra … Por cierto: no teman ustedes por sus vidas, puesto que ni siquiera leen un mal libro…».

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Así es Detective. Azaroso y visionario, intuitivo y racionalista.

Durante cinco días estuvimos acechando supermercados, bibliotecas, librerías. Seguimos los pasos de conocidos de la víctima relacionados con sus actividades. Hicimos escrutinio de libros vendidos y leídos. Y lo peor: tuvimos que leer cientos de libros: ¿Se imaginan a todo un departamento de policía leyendo versos eróticos mientras, junto al corazón, pende la fría arma reglamentaria? Y realmente buscábamos no sabíamos qué. Pero él decía: «Leed, leed». Y nosotros leíamos.

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Búsqueda inútil la de nuestras lecturas, puesto que todas nos parecían la misma. Pero no la suya, como se verá. Debo reconocer que, leyendo, aprendí que sabía muy poco de los hombres: uno pasa su vida creyendo conocerlos porque está día a día con ellos; pero olvidamos que pocas veces somos como nos mostramos y que nuestros más íntimos secretos, nuestro verdadero ser, queda oculto y solo se manifiesta en los escasos momentos en los que se establece una comunión misteriosa con quien nos acompaña: y eso es precisamente lo que ocurre en los libros; sin necesidad de que algo suceda e implique a dos personas, una le dice a la otra toda su mismidad, le desemboca su misterio, abre su corazón tal como es. Y eso lo aprendí sin darme cuenta en aquella aventura de la dama del libro asesino, como los periodistas denominaron el caso que nos enloquecía.

Y Detective dijo:

«¿Qué se nos ha olvidado? ¿Qué hemos pasado por alto? Lo más evidente. Lo oculto solo permanece oculto porque nos lo parece. Como Danunzio parece que se esconde deducimos, sin racionalizarlo, que es el asesino, y nos lo creemos; la razón inerte lo cree. Creemos saber qué corbata llevamos porque la hemos escogido ante el espejo, y luego resulta que hemos olvidado su color cuando nos lo preguntan. Actos reflejos, no voluntades. Queremos mucho a nuestra esposa, y no se lo decimos. Olvidos involuntarios porque damos por supuesta su expresión con nuestra presencia. Veamos: ¿Qué hemos dado por supuesto y hemos pasado por alto? Tanto libro… ajeno y propio… pero, ¿y el más íntimo, el incrustado en el cadáver? Eso hemos relegado de la escena: su núcleo. Si el libro es el arma homicida y un símbolo sexual, su contenido lleva el nombre del asesino, lo proclaman sus palabras para quien sepa leer. Y nosotros no hemos sabido leerlo. Atiendan: no han sido inútiles nuestras lecturas y pesquisas; ellas nos conducen a esta otra conclusión; sin ellas estaríamos como al principio. Dejemos a Danunzio: probablemente, aparecerá en cualquier momento, asesinado de forma parecida; entonces nos ocuparemos de él, como otra víctima; ya les dije que Dumond no sería la primera. Fijémonos en el libro causante de la muerte: es la firma del asesino. Antes de observarlo con detenimiento yo pensé que su autor sería alguno de tantos Bukowskis como ruedan por el mundo con sus mierdismos líriconarrativos; o que habría nacido de la pluma de John Donne, Catulo, algún cantor más o menos atrevido de los placeres de la carne que el asesino odia porque profesa un reverencial amor a los más puros sentimientos. Y así lo parece a primera vista; y así resulta, pero al revés. Los versos de estos autores, y los de Anne Dumond, son sacrilegios para nuestro hombre -hombre, digo; nunca mujer- porque profanan sus conceptos sublimados; tan sublimes que deben de resultarle asexuados, intocables, sagrados. Y de sacralización a sacrilegio hay un paso. Pues bien: el castigo consistía en purgar el “sacrilegio” de vulgarizar y sexualizar algo tan sacro para nuestro hombre como el amor y la poesía. Por eso, en su confusión y laberinto, no podía castigar carnalmente, mediante una física y real violación, a quien, según él, se burlaba del cielo con palabras y cosas del infierno, sino poniendo en práctica el “ojo por ojo” bíblico. Buscó un texto apropiado, y, a fe, que no se equivocó. Cuando examiné las casi ilegibles páginas manchadas con la sangre de la víctima, pensé que pertenecían al “Cántico espiritual”, de Juan de Yepes; pero, más astuto o desquiciado, nuestro hombre se fue a los orígenes de la confusión entre erotismo y misticismo: eligió a Salomón, el que utilizó el asesinato de un niño como estrategia para descubrir la auténtica maternidad; el libro fálico y “justiciero”, el utilizado para el crimen, es El cantar de los cantares. Y ahora díganme: Si reducimos el número de lectores al de autores y el de estos a los que además no son seglares —otra apariencia que nos pareció normalidad, realidad, y nos despistó— sino clérigos, ¿cuántos probables asesinos nos quedan? Y si les hago saber, o mejor, les recuerdo, que nuestro inquieto ex prelado y ex nuncio siempre mantuvo que su relación con la Dumond fue exclusivamente amistosa y “platónica”, aunque nadie lo creyera cuando veía los afrodisíacos volúmenes de la señorita Anne, y que todo ese escándalo lo sumió en una melancolía depresiva que lo ha mantenido bastante tiempo lejos del bullicio mundanal, y ahora obstinado defensor en el parlamento de leyes contra la sexocracia, ¿cuántos nombres nos quedan?».

8

Ya lo he dicho: así es Detective. Manipulador, también poeta a su manera. Fabulador y sentencioso.

Cuando invitamos al ex nuncio a la comisaría nos rogó que fuésemos a su domicilio. Allí, con los ojos inmersos en un sueño intemporal, nos dio las gracias por redimirlo de aquel suplicio de callar queriendo confesar. Yo pensé tontamente que podía haber aceptado de nuevo sus hábitos sacerdotales, haberse confesado consigo mismo y guarecerse en el secreto de confesión. Un crimen perfecto. Porque, realmente, nada podíamos demostrar de cuanto sabíamos o creíamos cierto. Pero la culpa siempre exige su castigo, tal y como él debía de pensar y practicar (y cual nos enseñó Raskólnikov).


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

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