Laberinto con vistas

Ruido blanco

Antonio Monterrubio hace una comparación desfavorable entre nuestra democracia y la ateniense.

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

«En cuanto a la Constitución de Atenas, no puedo alabarla porque procura solo el bienestar de las clases inferiores en detrimento de los mejores». Esta declaración proviene del panfleto proaristocrático y antidemocrático del Viejo oligarca. En él, este individuo manifiesta su oposición y desagrado ante el régimen democrático establecido. Si el documento data del V a. C., el siglo de Pericles, la queja es la misma que han recitado las élites en el transcurso de la historia siempre que las tres hermanas fatídicas Libertad, Igualdad y Fraternidad se han asomado a la puerta. Aquello que pretende cambiar la suerte de los desfavorecidos es interpretado por los privilegiados como un atentado a sus derechos inalienables, sobre todo si es en forma de justicia tributaria. Dado lo muy y mucho católicos que por nuestros lares suelen ser, al menos de boquilla, los poderosos deberían conocer a sus clásicos. Recordemos que la frase «No le regalas al pobre una parte de lo tuyo, sino que le devuelves algo de lo que es suyo», lejos de proceder de algún izquierdista irredento, es de San Ambrosio, ilustre obispo de Milán. Sugerimos humildemente esta sentencia para su reflexión a grandes fortunas y empresas dedicadas en cuerpo y alma a la evasión fiscal. También a países que viven opíparamente de su estatus de Paraísos, o a autoridades y ciudadanos de comunidades autónomas que practican el dumping fiscal mientras aprovechan al máximo el efecto capitalidad.

Uno de los hechos que más exasperan a este buen señor es la concesión a todo hijo de vecino de la potestad de opinar en público. Con un toque presuntamente irónico se expresa de esta guisa: «Algunos criticarán que se permita hablar a todo el mundo en las asambleas y que todo el mundo tenga derecho a un lugar en el consejo. Así, dirán, cualquier descamisado puede levantarse y proponer algo conveniente para sí y los de su clase. A lo que los otros replicarán ¿Pero, qué es lo que puede proponer un descamisado sin educación? La respuesta será que, a pesar de su baja condición e ignorancia, un pobre con buena voluntad vale más que una persona superior, por mucha virtud y educación que tenga, si esta no pone interés en el gobierno». Esta tirada que se quiere satírica termina siendo una alabanza de un régimen democrático. A la vez revela los prejuicios que a lo largo de los siglos han mantenido los privilegiados respecto del pueblo llano. «Considerar a todos con el mismo rasero, ¡dónde vamos a ir a parar!». Ligar baja condición e ignorancia para justificar el apartheid social y político. Ver el mundo en términos de superiores e inferiores. Todo está ahí.

La mención a los descamisados es muy graciosa. Nos imaginamos a una Aspasia interpretando No llores por mí, Atenas en lo alto de la Acrópolis, ataviada con el quitón de los días de fiesta, cual Nacha Guevara o Madonna de la Antigüedad. El Viejo oligarca se extraña de que en la polis no esté permitido golpear a los esclavos o a los extranjeros. Monta en cólera ante ese atentado a la decencia y las buenas costumbres que hace imposible distinguir a toda esa ralea de los verdaderos ciudadanos por la vestimenta. Xenofobia y aporofobia son compañeras inseparables de las élites reaccionarias desde los principios de la historia. Desgrana luego su indignación al ver que el deporte o los espectáculos han caído en manos del vulgo, que lo deja todo lleno de manchas. «El populacho se ha apoderado de estas bellas artes […] la gente gana dinero cantando en los coros o danzando y corriendo». El discurso del potentado que cree que el resto de los humanos debe vivir del aire. Censuran la afición de los humildes al vil metal mientras ponen a buen recaudo sus pingües ganancias, no siempre de lo más lícito y a menudo poco éticas. Lloran lágrimas de cocodrilo por la profesionalización de actividades que, según ellos, tendrían que hacerse por amor al arte. Eso cuando no se habla de titiriteros y saltimbanquis, mostrando a las claras el desprecio de la facción ignorante de la clase dirigente a cuanto signifique cultura.

La democracia ateniense se ceñía a dos normas: Isonomía —todos los ciudadanos eran iguales ante la ley— e Isocracia —todos participaban en igual proporción del Poder—. La base del sistema era la Asamblea, órgano de democracia directa y no representativa, como las modernas, donde algunos actúan en nombre del pueblo que los ha elegido, sin tener que rendirle cuentas. Así pues, la autoridad suprema la detentaba la Asamblea popular o Ecclesia, y las otras le estaban subordinadas y eran responsables ante ella. Por si a alguien se le ha ocurrido la objeción, somos conscientes de que esta modalidad solamente es viable cuando se trata de una población limitada. Para asistir a la Asamblea se requeriría ser ciudadano y tener más de veinte años. Esto excluía a mujeres, esclavos y foráneos. Ahora bien, en las modernas democracias, las mujeres han alcanzado el derecho al voto anteayer. En España fue en 1933, repitieron en 1936 y como los hombres, tuvieron que esperar a 1977 para volverlo a hacer. En Francia solo pudieron estrenarse en las urnas tras la segunda guerra mundial, en 1946. Y en Suiza, esa tierra tan amada por las élites extractivas españolas, no accedieron a las consultas federales antes de 1971. En la mayoría de países desarrollados, las elecciones parlamentarias se llevaron a cabo mucho tiempo mediante voto censitario. Esto significaba que únicamente tenían derecho a sufragio varones, a partir de cierta edad y con un umbral de renta dado. Hasta mediados del siglo XIX o incluso más tarde, este fue el método en numerosas democracias consolidadas. Y respecto de los extranjeros, todos sabemos que aún hoy no votan en elecciones generales en ningún sitio. Solo en algunos casos pueden hacerlo en comicios locales. Así que deberíamos pensar un poquito en lugar de ponernos estupendos.

En la Asamblea cualquier ciudadano, independientemente de su nivel de ingresos o de formación, estaba habilitado para expresarse. La corona de mirto le concedía inmunidad y le daba voz. Y esto no sucedía de cuando en cuando. Al principio del siglo V a. C. la Asamblea se reunía unas diez veces al año. Al final de la centuria llegaban a cuarenta. En esas sesiones se leían las ponencias elaboradas por el Consejo. Si el pueblo no estaba conforme con ellas, se discutían. Los que querían tomaban la palabra, y solo cuando nadie más pedía hablar se votaba, habitualmente a mano alzada, pero si la situación lo aconsejaba, en secreto. El Boulé juntaba a 500 miembros elegidos por sorteo, ciudadanos atenienses y mayores de 30 años, para ejercer el cargo durante doce meses sin opción a repetir. Idénticos requisitos rezaban al formar parte del Heliea: había 5000 jurados y 1000 suplentes asimismo seleccionados al azar. Aquellos que tenían que intervenir en un juicio eran designados en la madrugada del día de su celebración, a fin de evitar en lo posible las malas artes. Esto de que el pueblo llano tuviera acceso a impartir justicia era otra de las obsesiones del Viejo oligarca, lo mismo que el exceso de días festivos y vacaciones. Porque también es costumbre de la élite considerar que solo sus socios deben gozar de la vida, pues solo ellos saben y tienen derecho a hacerlo.

Se nos dirá que todo esto dejaba campo abierto a la acción de demagogos y oportunistas, así como a la corrupción. Puede que fuera así, pero dada nuestra praxis colectiva moderna y posmoderna, sería aventurado afirmar que tales vicios estaban más extendidos entonces. Incluso es probable que la actualidad se lleve la palma con diferencia. Hoy nos encontramos lejos del ideal de Isonomía. La igualdad de todos ante la ley es un eslogan piadoso que encubre una realidad bien distinta, como cada día tenemos ocasión de comprobar. En cuanto a la Isocracia, ni está ni se la espera. Pero ahí queda la imagen del orador dirigiéndose a la Ecclesia con el único aval de su condición de participante en ella. Quien haya vivido largos debates y discusiones, contrastes de argumentos e ideas en asambleas universitarias o laborales sabe muy bien las gratificantes sensaciones que el derecho de palabra otorga. Se trata de una experiencia muy alejada de la que viven personas que acuden cada cuatro años a las urnas con temor y temblor, la papeleta ensobrada desde casa y escondida en el bolso. La libertad de voto, cuando la avalancha ideológica difícilmente permite al individuo reflexionar, evaluar, comparar y elegir según su libre albedrío, se queda en pirueta teórica. Nos rodea por doquier la ignorancia, bien servida por la engrasada maquinaria de una sociedad del espectáculo atenta a halagar los más bajos instintos, provista de altavoces y emisoras ilimitadas y de financiación infinita. El corazón de la conciencia ética ciudadana está seriamente atascado. El riesgo de fibrilación ventricular es claro, y no siempre se puede revertir a ritmo sinusal. El paciente se encuentra en estado de pronóstico reservado.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

2 comments on “Ruido blanco

  1. Francisco

    Hermosa poesía democrática. Dicen los que de esto saben mucho, no yo, que cuando la plebe tuvo una dolorosa inflamación inguinal, consecuencia del abuso de los oligarcas atenienses, montó una tangana sangrienta , allá por el principio del siglo VI aC y que uno de los señoritos más listo Clistenes, llegó a la conclusión de que si a l Laos, plebe sórdida, se le daba derecho a hablar y votar, controlado por los poderes reales, se creerian eso de la democracia. Así seguimos. La Revolución francesa abolió la monarquía porque por una vez el Estado clerical apoyó al plebeyo; ni Bastillas ni mandanga. Ahora el Laos ha aprendido a ponerse sólito las esposas y además a llamar al engendro democracia: la misma que expatrió a Solón y encumbró a Pisistrato.

  2. Agustín Villalba

    Extraño hablar de las «democracias» actuales y no citar la única real que hay en el mundo: Suiza. Mi mujer es suiza y recibe 4 o 5 veces al año un sobre para votar por internet en los referéndums regionales o nacionales (varios en cada sobre). Los suizos votan sobre toda clase de problemas, desde cosas tan concretas como la construcción de una pasarela hasta cosas más asbstractas como la seguridad alimentaria.

    En cuanto a las mujeres, en Francia votaron por primera vez en avril de 1945.

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