Cerca del cielo

Diario de Urriellu, y III

Sergio Fernández Salvador concluye una crónica montañera en torno a la cumbre más emblemática de los Picos de Europa, que esta vez lo conduce hacia el mirador de la collada Bonita.

/ Cerca del cielo / Sergio Fernández Salvador /

Salgo del refugio a ver el día. Hace un viento fuerte y unas nubes encastilladas amenazan tormenta. Quiero rodear el Naranjo subiendo por la canal del Lebaniego y la collada Bonita y bajando por la canal de la Celada hasta el refugio, donde cogeré el resto de las cosas para volver no sé si a la civilización o a la barbarie. Primero hay que llegar a un collado, que se ve desde el refugio, con una gran roca en forma de dedo que señala al cielo. Intento ir ganando altura por un pedrero, pero el aire prácticamente me tira. Tengo que caminar casi a rastras. Si me vieran mis alumnos en posición tan ridícula perdería de un plumazo toda mi credibilidad. Pasado ese primer collado el camino está menos expuesto, pero es una tirada larga. Ya en la parte alta de la canal, los últimos metros antes del collado del Lebaniego son los de esa expectación nerviosa por la panorámica que se entregará de golpe, vivificante como la brisa promisora de cumbre.

Collado del Lebaniego con los Campanarios a la derecha

Tengo la suerte de ver el camino que tengo que seguir justo antes de que se eche una niebla fosca y se ponga a granizar. Debo bajar por el nevero de un hoyo hasta la mitad y luego ir girando a la izquierda hacia la collada Bonita.

Entrada a la collada Bonita (a la izquierda de la «U»)

Pasa la nube. Llego a la estrecha horcada, como un empinado pasillo al final del que va asomando a cada paso la cara sureste del Naranjo, la de la subida fácil. El cielo está abriendo y se ve a la derecha del Picu la collada a donde llega la canal de la Celada, ya terreno conocido.

El Picu desde la collada Bonita

Me recuesto en una abrigada entre dos rocas y como. Me rodea un circo mondo de roca caliza. Gran fuerza. Me siento tan plenamente acompañado, y a la vez tan contento por dormir hoy en casa que, como Romeo en su sueño, creo que podría volar. Bajando por la canal de la Celada, rodeando la mole, canto una canción, pero el subconsciente me acaba llevando a otra que estuvo de moda un verano, una de esas ridículas canciones que se pegan como el chicle a los zapatos. Vuelve a llover, pero ya es una lluvia mansa, inofensiva. Llego al refugio, recojo mis cosas y sin entretenerme sigo bajando hacia Pandébano, a hora y media, donde tengo el coche. Aún es pronto. Entre los que suben me cruzo con un grupo de cuatro jóvenes. Una de ellas está derrengada. Los otros la intentan convencer de que coma. No está de humor para escucharlos. Me vas a perdonar, le digo, pero tienen razón, tienes que comer antes de que te dé la pájara. Como los ciclistas, que están todo el rato metiendo. Aunque sea un plátano, un poco de chocolate. Para mi sorpresa, empieza a comer la barrita energética que le alcanzan. Venga, que en media hora estáis en el refugio, me despido. Sigo mi camino aún más contento. Empieza a llover con más fuerza. Las cabras no están en el camino, gracias a Dios. Las hayas cerca de la Terenosa exhalan una niebla que es como su sonrisa.

Voy tan empapado que ya me da igual la lluvia. Paladeo los próximos placeres que me aguardan, el cambio de ropa (hay una muda seca y calentita esperándome en el maletero), la intimidad del coche y un viaje largo por delante con mi música y un asiento que me parecerá un trono después de tanta piedra culera. 

Bajando por la pista se da un cambio importante en el cuentakilómetros, nada menos que de cinco dígitos: 350 000. Maravilloso el Saxo. Ya en la carretera de Sotres a Poncebos, con la ventanilla y el cielo abiertos, viene a despedirme un pájaro de canto monótono y agudo. «Adiós, compañero, hasta la vista». Pero se ve que no quiere que me vaya y, no sé cómo, me sigue. Advierto entonces que sólo canta en las curvas a izquierda. La dirección. Luego ya se sabe, eso tan remoto que llamamos realidad, la recurrente procesión de los días. Pero quien lleva el paso se diría otro, y sin embargo más él.


Sergio Fernández Salvador (León, 1975) es autor de los libros de poesía Quietud (2011), Lo breve eterno (2012) e Hilo de nada (2020), así como de la miscelánea Mitos y flautas (2013), selección de textos de su blog homónimo. Desde 1996 reside en Valladolid, de cuyo conservatorio de música es profesor.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Diario de Urriellu, y III

  1. Guillermo quintas

    Qué envidia me ha dado tu jornada!

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