Almacén de ambigüedades

Elegancia y distinción

«La tranquilidad de conciencia de los afortunados es uno de los grandes misterios de la Naturaleza». Un artículo de Antonio Monterrubio

/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /

La época Heian (794-1186) fue una de las más florecientes de la cultura japonesa. Arte y letras se desarrollaron brillantemente, así como el pensamiento filosófico-religioso y el refinamiento en las conductas y actividades cotidianas. ¿Se? Ni que decir tiene que todo esto estaba estrictamente limitado al magro ámbito de los elegidos de la fortuna. Al pueblo, a las multitudes de campesinos y a los poco nutridos grupos de artesanos, comerciantes o gente armada no les quedaba más que luchar por la supervivencia. Su lote, en especial el de quienes trabajaban la tierra, constaba de sangre, sudor y lágrimas.

La literatura de esa era es brutalmente elitista. La idea que preside aquel tiempo es la superioridad natural e incontestable de la nobleza sobre las masas. Nada que nos extrañe en la historia de Occidente. También allí el soporte teórico de la dominación es religioso. El sintoísmo, que predicaba la ascendencia divina del emperador y la aristocracia, y la interpretación interesada del karma en versión budista, justificaban la inviolabilidad de la estructura. El que la posición ocupada en esta vida estuviera condicionada por el buen o mal comportamiento en las anteriores, y sancionada por un pedigrí celestial, dejaba poco espacio a la discusión. Se instauraba una atroz jerarquía en la cual el abismo infranqueable que separaba a nobles y ricos del resto se presentaba como un orden no solo lógico, sino virtuoso. Cualquiera que cuestionara la organización de la sociedad y, por supuesto, el monopolio político del clan Fujiwara, pasaba a ser un enemigo del Estado, del pueblo y de postre, de las religiones y sus leyes eternas e inmutables. Este paisaje nos suena igualmente a los europeos.

Más sorprendente se nos antoja que las dos máximas luminarias literarias del periodo Heian sean mujeres. Murasaki Shikibu fue la autora de La historia de Genji, calificada por muchos como la primera novela psicológica, a la que se ha comparado con Jane Austen y Proust. Sei Shōnagon redactó Notas de la almohada, una miscelánea de apuntes personales donde alternan anécdotas, pensamientos, escenas más o menos imaginarias e impromptus, y sus famosas listas. Estas incluyen un abanico de Cosas, elegantes, hermosas, detestables, embarazosas, que hacen palpitar más deprisa el corazón o lo alegran, o que causan estupor. En ellas aparecen con frecuencia intensas fulguraciones poéticas, y a veces atinadas reflexiones críticas. «Un hombre que no tiene en particular nada recomendable discute toda suerte de temas al azar, como si lo conociera todo», impreca en Cosas odiosas. Por lo visto, ya en el medievo del Imperio del sol naciente existían los tertulianos. Hay otras ocurrencias del mismo registro, pero buena parte de lo que escribe delata una hiperbólica necesidad de distinción; de exhibir un alma grande capaz de detectar belleza y nobleza en los más mínimos actos o gestos. Simétricamente, hace gala de una sensibilidad casi enfermiza para ofenderse ante todo lo que a sus ojos resulta vulgar o tosco. Pone el grito en el cielo —del Buda Amida, suponemos— si «una está por oír una interesante novedad y justo empieza a chillar una criatura». Dado el tenor de muchos textos, deducimos que esas noticias frescas tienen que ver con rumores acerca de los numerosos líos de kimono que acaecían en la corte. El asunto se torna más grave con salidas de tono, como cuando le molesta considerablemente «una persona anciana que se calienta las palmas de las manos sobre un brasero y se alisa las arrugas […] ¡los viejos pueden realmente ser muy desvergonzados!». Y eso que parece que habla de seres de su propio mundo. ¡Qué diría si fueran pobres destripaterrones!

No seré yo quien niegue el enorme talento de Shōnagon. La elegancia y sutil sensualidad de sus descripciones de la vida cortesana, el equilibrio entre humor y lirismo, su agudeza psicológica o su magistral manejo de la ironía demuestran sobradamente su genio. Anota Octavio Paz que «la prosa de Sei Shōnagon es transparente. A través de ella vemos un mundo milagrosamente suspendido en sí mismo, cercano y remoto a un tiempo, como encerrado en una esfera de cristal» (Las peras del olmo). Y todo lo que cae fuera de ella no merece la menor atención. Es más, se hace acreedor del más olímpico —o fujiyamano— de los desprecios. Por eso puede escribir sin que se le deshaga el moño la frase siguiente: «Recuerdo que una vez escuché un verso espléndido acompañado del batir del guardafangos de un corcel. ¿Quién podría ser el jinete? Cuando dejé a un lado lo que hacía y salí a mirar, quedé espantada al ver que se trataba de un ser vulgar y corriente». En otras palabras, creyendo contemplar al príncipe azul se topa con el afilador, y la belleza del poema se desvanece en el aire. ¿Qué solidez ética o estética posee una sociedad donde la calidad del canto depende de la alcurnia del cantor? Esta no es tampoco una especificidad japonesa. En Europa, la discriminación entre trovadores y juglares se basaba en premisas similares. Por otra parte, no es difícil localizar en nuestra historia cultural literaturas dedicadas a la inmoderada alabanza de la delicadeza y distinción de monarquía y nobleza, y alardeando del odio más acerbo a villanos y gentes de baja condición.

Tanto en el Japón Heian como en entornos afines, tales actitudes revelan que «los valores estéticos de esa sociedad —por más exquisitos y refinados que nos parezcan— no eran sino los de la moda. Mundo sin pasado y sin futuro, con los ojos fijos en el presente» (ibídem). Estamos en un medio en el que ética y estética han divergido hasta extremos opuestos del universo. En nuestra autora, esa bipolaridad moral alcanza dimensiones insospechadas. «El desdén de Shōnagon hacia la clase baja, que ha llevado a un indignado crítico japonés a describirla como una tullida espiritual, y su adoración por la familia imperial eran tan pronunciados que parecían casi patológicos» (Morris en Quimera núm. 19). Y La historia de Genji no es mucho mejor en ese aspecto. En sus cientos de páginas no hay más que cuatro menciones al mundo exterior, y en ellas «se habla de harapientos leñadores, de montañeses cuya sola presencia es una afrenta, de pescadores y de mensajeros que no parecen seres humanos» (Rubio: Claves y textos de la literatura japonesa).

Estos elementos nos inducen a preguntarnos si el esplendor cultural de esas eras y ambientes no son en el fondo más que una gran mentira. Estamos ante sociedades cerradas que practican una civilización del buen gusto que poco tiene que ver con la excelencia estética. Oigamos la opinión de un experto como Carlos Rubio sobre las verdaderas inquietudes del bello mundo de la corte Heian, tan cercano al de otras. «Lo que más ocupaba las mentes de las clases aristocráticas […] eran las ceremonias, los vestidos, los pasatiempos elegantes como la identificación de perfumes, el virtuosismo en la caligrafía, los certámenes poéticos, los bailes y las músicas, la seducción amorosa llevada a cabo según las reglas del buen gusto imperante» (ibídem). La mayor parte de la producción artística e intelectual de la época gasta su pólvora en salvas. Encontramos poesía y prosa constituida por un ensartamiento artificial de estampas sin sabor, textos metafísicos o religiosos que no pasan de ser pura cháchara estéril u obras de arte que rebosan lujo y resultan agradables pero están vacías de alma. La Belleza y la Verdad se han divorciado de mutuo acuerdo. La élite cultiva una existencia sofisticada cuya inaccesibilidad para el vulgo certifica su convicción de pertenecer a los elegidos, en esta vida y en la que creen futura. Su éxito, más precario de lo que imaginan, se les sube a la cabeza hasta el extremo de acusar a los desfavorecidos como causantes y autores de su propia miseria. La tranquilidad de conciencia de los afortunados es uno de los grandes misterios de la Naturaleza.

Para esa cultura aristocrática que mira por encima del hombro con infinito desdén a los que no conforman el cogollito social, siempre tiene preparada idéntica coartada el batallón inagotable de los biempensantes. Es que entonces no era posible ni concebible otra actitud entre las élites instruidas. ¡Mentira cochina! En la primera mitad del siglo X el erudito ministro Sugawara Michizane, posteriormente caído en desgracia, escribía poemas donde aparecen campesinos fugitivos, leñadores, pescadores, arrieros, vagabundos, hortelanos, niños huérfanos o ancianas que acaban de enviudar. Y no se olvida de citar los tributos injustos y exagerados, el frío espantoso, la tierra empobrecida, los peligros de la enfermedad o el temor a los ladrones. Más aún, señala con el dedo la corrupción de los funcionarios y su rapacidad o la codicia de los comerciantes. Basta con quitarse la voluntaria venda de los ojos para ver el dolor y la sinrazón del mundo, pero también su Verdad y su Belleza. Denostar a los humildes por serlo y ensalzar sin rubor a los potentados son injusticias cósmicas. Quienes así actúan, sean o no integrantes de las clases privilegiadas, manifiestan síntomas de insuficiencia ética crónica. Y eso no reza menos si hablamos de intelectuales de postín o de artistas y escritores tocados por el genio. La belleza desprovista de verdad queda reducida a simple adorno. Y hay ocasiones en las que, como en su día sentenció Adolf Loos, «el ornamento es delito».

Sentimientos intensos, emociones elevadas y pensamientos profundos no son patrimonio de las sociedades ultrarrefinadas y los talentos exquisitos.

La hamaca pequeña
está vacía… en silencio
mira la luna alta sobre los rebollos
… el agua del río fluye hacia los rápidos
—¿fluye?— … las hojas caminan con el viento
toda la selva se mueve
También tu cama
se mece en el río.
Solo tú estás inmóvil
bajo la gran Piedra Negra.
Y yo que creía que todas las cosas
vivían solo para ti…

Este conmovedor planto se encuentra en una antología de poemas recopilados por Giorgio Constanzo en la década de los cincuenta, y fue resucitado por Claudio Magris en un artículo recogido en Utopía y desencanto. La cultura de la que procede no prestaría demasiada atención a los modales en la mesa ni a las fórmulas de saludo y despedida. Su autor fue un indio piaroa, un pueblo del que a duras penas sobrevivían en la época unos miles de individuos dispersos en las selvas que se extienden entre la Guayana y el Alto Orinoco. Este desconocido vate, de cuyos hábitos abominarían duques y marquesas, cortesanos, princesas y aristócratas de vario pelaje, nos hace pensar en Homero: «Como las hojas de los árboles,/ así son las generaciones de los hombres». El salvaje semidesnudo ha expresado con habilidad el llanto por el vacío que deja la muerte y la nostalgia por un mundo que, inevitablemente, ya no volverá. Nos enseña que la ausencia definitiva no es decible ni representable. Al final lo que queda es el panta rei heraclíteo. Todo fluye. Este poema, comparable a muchas grandes elegías de la literatura occidental, es un monumento perdurable a la unidad del espíritu humano y a su dignidad, que no entiende de aristocracias ni clases sociales.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.

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